Las mujeres seguimos siendo lo más negro del mundo



John Lennon era un puto genio. Y Yoko Ono también, ya sabéis que siempre he sido una gran defensora de ella. Juntos eran capaces de componer canciones perfectas como la que muestro hoy, una composición desgarradora que es una de mis preferidas y que forma parte de un concierto alucinante, el Live in New York City de 1972 (que, por cierto, es uno de mis vinilos más apreciados). En YouTube se puede ver entero, es la última vez que tocaron juntos John y Yoko.

Quiero que leáis la letra con calma porque es conmovedora y tristemente actual.

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La mujer es la más negro del mundo, sí. La esclava de los esclavos. La última de todas las filas. El cero a la izquierda. El decimal más lejano. La canción no miente, refleja este asco de sociedad en que vivimos.

Parezco la tipa más pesimista del mundo, lo sé, pero es que últimamente sólo veo señales negativas e indicios de que la situación no cambia, es más, que incluso va a peor. Por ejemplo, el otro día me fui de cena y estaba con la sra. Blenk cuando me dijo "no vuelvas sola después de la cena". Tengo 42 años y creo recordar que mi madre no me había hecho esa advertencia desde que era adolescente. ¿Adónde estamos regresando? ¿A la paranoia? ¿Al miedo a ir por la calle de noche o a frecuentar calles peligrosas? Me veo a mí misma fingiendo que hablo por el móvil cuando veo a alguien sospechoso detrás de mí o empuñando las llaves entre los dedos como si fuera un puñal.

Las que no tenemos novio o novia volvemos a casa siempre solas, es lo que hay, así que nos las tenemos que apañar como podemos. No debería ser así, no tendríamos que acelerar el paso o cerrar la puerta del portal con el corazón al borde de la taquicardia. La noche de la cena regresé a casa en taxi y también desconfié del taxista porque le pillé mirándome un par de veces por el retrovisor.

Tal vez la paranoia y la desconfianza también se han apoderado de mí. Antes no me fijaba en estos detalles pero ahora no puedo dejar de indignarme con todo lo que veo a mi alrededor. Por ejemplo, en verano suelo llevar falda y escote por nada en especial sino simplemente porque me gusta, no debe de existir un motivo, no sé, algunas prendas que tengo son así y punto. Y además hace calor, motivo suficiente. Siempre, y cuando escribo siempre es un siempre de verdad, pillo algún tipo mirándome con una de esas miradas que te revuelven las entrañas. También me fijo en las otras chicas y sucede lo mismo, siempre hay alguien que babea al mirarles el culo o las tetas o todo el conjunto.

En esas miradas hay mucho más que deseo sexual: hay desprecio, hay dominio, hay superioridad, hay poder... En mi mirada hay asco. Y tristeza, mucha tristeza porque veo que esto va a más, que los jóvenes de hoy están más chapados a la antigua que la gente de mi generación, por ejemplo. Veo actitudes machistas cada día: los celos, el control, el no soportar el rechazo, etc.

Las mujeres seguimos siendo lo más negro del mundo, sí, mi querido Lennon. 

Y ya sé que no se ha de generalizar y todo eso políticamente correcto pero... lo cierto es que los hombres son la causa de la gran mayoría de males del planeta. Y punto, yo lo veo así, es muy feo decirlo pero considero que si la sociedad estuviera compuesta sólo por mujeres otro gallo nos cantaría. Menos agresiones, menos muertes y menos guerras, eso seguro.

Ya me podéis fusilar.




Pienso en esa ciudad y en el poder fascinante que tiene sobre mí



Agosto se agota y me doy cuenta de que en realidad ha pasado más rápido de lo que imaginaba.

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Una hora después retomo esta entrada y no sé cómo continuar porque no recuerdo de qué pensaba escribir. He recibido una llamada de teléfono y he estado chateando con varias personas. Se me ha ido el santo al cielo, como suele decirse, así que no voy a escribir nada esta noche. Simplemente voy a cenar y luego me pondré una buena peli en Filmin. Así es mi noche de viernes, bastante tranquila, para compensar el ajetreado día que me espera mañana.

Elena acaba de enviarme una foto de su bebé, durmiendo sobre una cama enorme, atrincherada entre cojines para no caer rodando al suelo, que para ella es como un precipicio mortal. Al lado descansa su gato pelirrojo, que parece que vela su sueño. La instantánea me ha conmovido, dos cachorrillos durmiendo felices y tranquilos, ajenos a todo lo malo de este mundo. Me ha parecido una imagen hermosa de hogar y ello me hace preguntarme cuál podría ser mi imagen de hogar, la del mío propio. 

Se me ocurre que sería mi desayuno por las mañanas, milimétrico y completo. O mi bici plegada al lado del armario. Las plantas del balcón, cuando han salido las flores. Mi agenda nueva con mi boli preferido sobre ella. Mis anillos y mis chapas. Mi colección de zapatos, cada vez más exageradamente grande. Mi cama blanca con las sábanas recién cambiadas, oliendo a nuevo y a esperanza.

Joder, pues menos mal que no iba a escribir nada hoy.

Elvis sigue siendo nuestro ángel de la guarda y eso es importante porque nos protegerá de todo lo malo, aunque nadie nos crea

Me fui a la cama a las 23:45. Concentración, respiración tranquila y profunda. No podía dormir, demasiado ruido en la calle: la parada de metro cercana, los borrachos soltando sus truenos al viento, los adolescentes agitados retrasando al máximo la vuelta al hogar. Y yo en otra casa, en una cama desconocida con sábanas limpias y frescas. Y yo en un dormitorio ajeno aunque extrañamente acogedor. Qué necesario el dormir de vez en cuando en camas lejanas para reencontrarse a una misma en la primera esquina de los insomnios. La 1:45 y decido soltar el móvil tras hacer el recorrido completo por las noticias de cultura, de tecnología e injusticias varias. Quiero irme a su habitación y pedirle que me abrace, que me ayude a sujetarme porque me estoy escurriendo por los límites del colchón y no quiero hacerme más daño. No me atrevo ni a respirar porque no deseo parecer una intrusa, porque sé que una cama ajena es un hogar exclusivo que merece respeto y distancia. Las cinco de la mañana y ella tampoco puede dormir. Pienso en Ciudad sin sueño, de Morente, no en ese instante sino ahora. Y entonces ella se tumba a mi lado y nos partimos el insomnio como si fuera un bizcocho recién hecho. Y luego me deja entrar en su cama, en su refugio, tras ese pequeño parapeto que parece que nos va a dar un par o tres de horas de sueño. Me desaparece el miedo a los ruidos callejeros y sus brazos me vuelven a acoger como si no hubieran pasado los años, pero ahora sin sexo, sin deseo, sin ninguna violencia ni pasión extrema. Siento que su piel es la misma de siempre, joven y morena, limpia, aunque conozco que también ha sufrido durante este tiempo, al igual que yo. Nos abrazamos todo lo que resta de noche como se abrazan los que se han amado de verdad durante muchos años.

Siempre te recordaré, Natasha, siempre



De nuevo en casa. Y muy triste porque Natasha, mi querida planta carnívora, se ha muerto. Es la única que no ha sobrevivido a mi ausencia, la he encontrado con las hojas del todo ennegrecidas, con restos de insectos pegados a ella. No ha debido soportar el exceso de calor o tal vez la falta de agua, el caso es que he sentido una pena enorme. Hemos compartido muy poco tiempo juntas pero ha sido muy intenso y ella me ha escuchado muchos días en los que nadie ha estado tan cerca.

Siempre te recordaré, Natasha, siempre.

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Estoy nerviosa, mañana tengo cita en una de esas peluquerías modernas en las que tipos tatuados hasta las cejas te peinan mientras suena Sidonie. Me han dicho que te cortan el pelo basándose en tu estilo de ropa así que me han recomendado que me vista en plan "con la ropa que te sientas mejor o más guapa". Qué estrés y qué tensión, me estoy jugando la estética del final del verano y no deseo meter la pata, justo ahora no, por favor.

La última semana en el convento ha sido una pesadilla. No puedo explicar lo que ha sucedido exactamente porque no me implica sólo a mí y siempre he sido muy discreta con las historias ajenas así que no puedo ventilar los trapos sucios de la familia Blenk. Lo único que puedo comentar es que las monjas se despidieron con una misiva escueta y clara:

Apreciada Mary Blenk:

Carolina Blenk no ha demostrado ningún tipo de avance ni mejoría durante estas semanas debido, sin duda alguna, a su total falta de interés y a su carácter extravagante e hiperbólico. 

Atentamente,

Sor Julia

La sra. Blenk ya tuvo cuidado de dejar la carta bien visible sobre el salpicadero del Mini para que yo la pudiera leer. No le hice ningún comentario al respecto, ¿de qué habría servido? Tal vez esperaba que le dijera algo pero nunca soy capaz de expresar mis sentimientos ante ella. La maldita barrera idiomática.

Estoy nerviosa. Por lo de mañana y porque dentro de cuatro días estaré haciendo la maleta de nuevo, en esta ocasión para viajar sola. Quiero huir de casa lo antes posible, antes de que me pille el final del verano.



DÍA 17 (la entrada de hoy es totalmente prescindible pero no he tenido tiempo de más ni mejor)


Me he despertado a las 6:30 y ya no he podido dormir. He empezado a pasar lista a todos mis despropósitos y extravagancias y, a pesar de que sabía que eso no me iba a relajar, mi mente ha seguido haciendo de las suyas. Cuando me desvelo siempre pienso en cuántas personas deben de estar desveladas como yo, a esa misma hora, en otras camas, en otras ciudades. Si el significado de desvelar fuera “quitar el velo” sería bonito, pensaba en la cama, y otras tonterías similares. También pensaba que tengo ganas de volver a Barcelona para ver un par de exposiciones que me atraen mucho: la de Bruce Davidson y la de Philippe Halsman. Queda superguay ir a exposiciones de foto pero yo no lo hago por hacerme la moderna ni la cultureta, que no sabía ni quiénes eran estos tipos hasta hace unas semanas. Me gusta ir a exposiciones porque me evado de todo, la sensación que tengo de inmersión es brutal, como cuando leo una buena novela o veo una buena peli, sencillamente es eso. Pasarme horas viendo arte me relaja mucho y es como si me metiera un chute de algo, una felicidad pasajera pero muy real. También tengo ganas de ir a visitar la casa de les Punxes, que la acaban de abrir, pero esto ya será en otoño, sin prisa. Y el Museo Picasso porque, aunque me avergüence decirlo, nunca lo he pisado a pesar de vivir al lado. Para Madrid me reservo la de El Bosco, que a mediados de septiembre la retiran y entonces… no puedo seguir escribiendo, me tengo que ir.


(Darth Vader, te amo. Ya tengo el aliciente para diciembre)

DÍA 16 (la mejor manera que se me ocurre de despedirme es con una de mis canciones favoritas)

La entrada de hoy será la última o la penúltima, aún no lo sé. A partir de mañana mi estancia va a ser mucho más complicada que hasta ahora ya que me van a trasladar a otra celda, en el ala norte del convento, un lugar inhóspito y apartado.

La culpa ha sido mía, para variar. Ayer por la tarde alguien dejó un Camel al lado de mis papeles, así como quien no quiere la cosa. Llevo unos veinte días sin fumar pero al ver aquella delicia me vinieron las ganas, que una no se topa con un pitillo tan rico todos los días aquí en el convento. Sabía que me la estaba jugando porque fumar está prohibidísimo pero me creí más lista y pensé que si me agazapaba en el rincón de detrás de las tomateras nadie podría pillarme.

Al poco llegó Sor Maléfica –no sé cuál es su nombre real, la sra. Blenk siempre la ha llamado así- y se me quedó mirando con cara de asco mientras yo expulsaba el humo con la mirada hacia abajo. Espero que seas consciente de lo que te va a pasar a partir de ahora, dijo mientras se alejaba.

Así está la situación, pasaré la semana que viene sin ningún contacto con el exterior y no podré escribir ni ver películas, tan sólo me han dejado llevarme un par de libros, que es lo más analógico que tengo, seguramente.

A veces pienso que sí, que logran el propósito de bajarme el exceso de imaginación. Lo creo por las mañanas, mientras me peino y me lavo los dientes. Que debería centrarme en mi futuro, en allanarme el camino y dejar de cometer fechorías que nunca me reportan nada positivo. Lo medito mientras pongo la mesa de las monjas con sus treinta y cinco tenedores, treinta y cinco cuchillos y treinta y cinco cucharas. Mientras hago gazpacho para treinta y cinco y me concentro para no excederme con ninguno de los ingredientes. Y entonces es cuando me asoma un poco de nostalgia al recordarla a ella -#gazpacholove- porque ya no comeremos gazpacho juntas y hay algo que se me retuerce en el estómago, de las ausencias que pesan demasiado en verano, de las risas que ya no puedo recuperar, de imaginarla al sol, guapa y rebelde. Y hay una punzada de dolor que dura tres segundos al preguntarme si ella también se acordará de mí, si sabrá que estoy en el convento, un verano más, si me habrá echado de menos, a mí y a mí sobre ella, a ella sobre mí, a las dos sobre las dos.

Sacudo la cabeza como para alejar de mí estos pensamientos. Que no duelen, que no perforan, que no dejan huella, son sólo tres segundos, tres segundos, tres segundos que pasan como un caballo en plena fuga.

Entonces es cuando leo la prensa, escucho la radio o veo las noticias en la televisión y me indigno con las putas perseidas. Otro verano más con las jodidas lágrimas de San Lorenzo. Dejadnos ya en paz, de verdad, qué pesados sois desde el inicio de los tiempos. Y siempre es lo mismo, que si la lluvia de este año va a ser la más grande de las últimas décadas, que si desde la sierra de Gredos es desde donde mejor se ven, que si tal… Dejadnos ya de hablar de las putas perseidas, de verdad os lo ruego. Porque me pone muy triste y es algo que no soporto, siempre me destroza esa noticia, desde que tengo uso de razón, ¿tan relevante es para que cada jodido verano os paséis los telediarios hablando de eso? No queremos ver las putas perseidas, no queremos, nos negamos, no queremos saber cuándo van a caer, por mí como si explotan ya de una vez por todas, que es lo mejor que podría pasar. Dejad ya de hablar de ellas, de una vez por todas, por favor.

Y con esta petición (que caerá en saco roto, por supuesto, porque todo el mundo adora a las putas perseidas) digo adiós, hasta que vuelva de regreso a mi hogar, o hasta mañana, no lo sé. En todo caso, ha sido un placer poder estar en contacto desde aquí, un verano más.



Con tu estrella a la deriva 
y los tranvías 
sobre hierba roja
con tu luz del sol. 
Soy lo que quieres. 
Pienso que a veces 
que ya es hora de volver 
desde el cono sur 
no sé 
si los rabinos mienten. 
No te parecen 
No te parecen 
Con el dinero y con la lástima 
nos vamos a comprar 
dos desayunos 
en el vips 
donde amanece 
donde otras veces. 

Con tus maneras de Moldava 
ya te echaron una vez. 
La vieja Europa duerme 
entre tus pieles 
duermen los reyes. 

Quién tratará de impresionarte. 
Quién te comprará dos medias lunas y un café. 
Quién te lo debe 
Quién lo merece.

Con el dinero y con la lástima 
nos vamos a comprar un día entero en Roma. 
Si te apetece 
Si te apetece 
Porque te digo la verdad 
Hoy estoy bien mañana mal 
Lo que me importa en realidad 
es volver a verte.

Con la memoria en la mesilla 
de un casino en Uruguay. 
Puerto Madero llueve. 
Salen las flores. 
Frenan los coches. 
Luego al dejar el buque bus 
te preguntas si eres tú 
o son las diez y veinte. 
Noche de reyes 
No lo parece.



DÍA 15 (Cécile de France, ¿dónde he estado todo este tiempo para no reparar en ti?))


El primer beso (el beso largo, en la calle) que se dan en La belle saison me parece uno de los más sexys que he visto en mucho tiempo. Joder. Joder. Qué gran película la de Catherine Corsini, anoche la vi por fin.

Hay una historia detrás de ella, una especie de círculo que se acaba de cerrar. En mayo me pasó algo bastante duro y lo único que deseaba era entretener la mente para distanciarme de aquello. Vi que proyectaban esta película en una sala bastante peculiar, decidí entrar, pensando que estaría todo repleto de chicas y que al menos me alegraría la vista. No sabía nada de la película, ni de la directora, simplemente quería descubrirla, era francesa y estaba ambientada en verano así que tenía puntos para ser entretenida.

Para mi sorpresa, la sala estaba repleta de heteros de la tercera edad, algo que me pareció del todo extraño, no me pegaba nada. Me senté en una esquina, intentando comprender el motivo de la afluencia de ese público tan extraño pero pensé que mi juicio era a su vez absurdo porque nosotros nos tragamos constantemente películas con historias de heteros y no pasa nada.

Lo más peculiar no fue eso sino que vino a sentarse a mi lado una de las personas que peor me caen en este mundo –una chica que no podría causarme más asco- y que, fatalmente, no es consciente de ello. Si eso me hubiera pasado en otra tesitura no habría tenido la menor importancia pero en aquellos días yo no estaba para soportar un trago como aquel así que decidí marcharme de allí justo antes de que comenzara la película.

Fue un desastre y, ahora que lo recuerdo, lo cierto es que también fue bastante ridículo por mi parte el actuar así.

Y justo ayer alguien me mencionó esta película así que la recuperé y la vi por fin.

Un día después sigo impactada. No voy a contar nada de ella para no estropearla, pero sí diré que es una de las historias más bellas, reales y bien narradas que he visto en mucho tiempo.

Y el primer beso.

Ese primer beso.

Como para morirse.

Que me quiero ir a vivir a París en otoño, con eso lo digo todo.

DÍA 14 (o la soledad de la astronauta)

 

La astronauta exiliada
Se pone los auriculares
Para escuchar ella sola
A la chica de la voz susurrante
Que canta como si tuviera
Una ligera afonía de por vida.

No se entera de lo que dicen las letras
No sabe si son de amor
Guerra
Triunfos
O esclavos
Morenos de tanto sol.

Su sueño de astronauta
Fue más un delirio
Que una carrera
Más una obsesión
Que un acierto
Logrado al fin dentro del plazo.

Sus estudios
Científicos
Cinematográficos
Y cinéticos
Para escapar
De ella.

La astronauta
Prefiere la palabra exilio
Al destierro
Aunque intuye
Que ambas
Servirán para señalarla.

Su traje de astronauta impoluto
La protege del exterior sucio
Mientras sueña con entender
Algún día
En algún otro planeta quizás
Lo que canta Najwa.


DÍA 13 (a cada cana que me nace mi pena va en aumento)

Me deprime septiembre. No es algo nuevo, me sucede todos los años pero creo que éste un poco más de lo normal, por eso he decidido hacer un mini viaje a finales de agosto, en plan despedida del verano. El viaje lo haré sola porque la situación es ésta y tampoco hay que darle más vueltas. La ilusión es la misma, y la emoción también, aunque los comentarios que surjan me los tendré que guardar para mí, quizás es eso lo que más me cuesta.

Una de las buenas noticias de este verano es que me he sacado el First de inglés y que eso me hizo sentir como la mejor gladiadora de los juegos romanos, una sensación de poderío y de subidón de ego que pocas veces he experimentado. Ahora me debato entre continuar estudiando inglés para sacarme el C1, o bien iniciar otros estudios que realmente me motivan muchísimo más. Por un lado me parece una pena abandonar el inglés porque me ha costado mucho llegar hasta ahí y sería un desperdicio dejar la plaza que tengo para ese nivel pero, por otro lado, pienso que ya no necesito más, que igual me agobia estudiar de nuevo lo mismo pero mucho más difícil. Y los estudios nuevos, sin embargo, me permitirían muchas cosas positivas: mejorar mi trabajo como detective, conocer a gente relacionada con este mundo, etc.

Otra opción sería matricularme de ambos cursos puesto que el de inglés dura todo el año y el otro finaliza en diciembre así que lo único malo sería que faltaría unos tres meses a clase de inglés. Tal vez me desconectaría demasiado.

El caso es que he de tomar una decisión en breve, antes del 1 de septiembre, y me mata tener que elegir, me sigue costando horrores.

Pensaba en éste y en otros asuntos en la consulta del dentista, mientras esperaba turno. He ido a que me limen los colmillos porque me rozan y me hacen heridas en las encías. No os podéis imaginar lo incómodo que resulta tener colmillos grandes, es terrible y muy engorroso.

DÍA 12 (Should I stay or should I go)


La buena noticia del día es que la sra. Blenk me va a llevar a la Alhambra la semana que viene. Ella se la sabe de memoria porque era el monumento preferido de mi padre que, como buen granaíno, sentía devoción por ella. Yo debo haber ido unas cinco o seis veces en mi vida pero hace tantos años de la última vez que me apetece muchísimo y, además, es un monumento tan bello que siempre es como descubrirla.

Las monjas encantadas, claro, mientras la sra. Blenk les vaya extendiendo cheques no hay ningún problema en entrar o salir del convento el día que nos plazca. Habría preferido venir sola, como cada verano, pero ella me dijo que esta vez se quedaría conmigo. Creo que no se fía de mí, que desea ver cómo paso realmente los días en este encierro, para valorar si sirve de algo.

Sé perfectamente –y se lo he dicho a ella mil veces- que estos retiros no sirven absolutamente de nada. Mi exceso de imaginación y mi tendencia a lo hiperbólico no se puede curar, es algo que tengo diagnosticado de por vida y punto, yo lo tengo muy aceptado y asumido pero ella sigue creyendo que se podría curar. Tu homofobia también debería poderse curar, le he soltado en alguna ocasión. Shut up, dear, shut up, please, es lo que me suele contestar.

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Este mediodía, al poner la mesa, me ha pasado algo inexplicable. Llevaba un par de vasos pequeños y una barra de pan a la mesa y, en el camino, uno de los vasos se me ha roto en la mano. Ni se me ha caído ni se ha chocado con el otro vaso, sencillamente ha crujido y se ha resquebrajado de repente. Me he quedado asombrada, sosteniendo el cristal roto entre los dedos, sin saber qué hacer.

Se lo he explicado a Sor Rocío y me ha dicho sin dudar: le ha dado un mal aire. Y yo, que no tengo ni idea de sabiduría popular andaluza, le he preguntado qué era un mal aire. A veces pasa, así de repente, tienes suerte de que no te has cortado la mano, me ha contestado. Ésa ha sido su única explicación, nada científica. La suerte de que el mal aire no ha sido más directo conmigo, tan sólo eso. Me ha dado la impresión de que no ha querido explicarme la verdad de lo que significa realmente un mal aire.

Lo de que te de un mal aire me ha parecido una metáfora magnífica de lo que le puede pasar a veces a algunas personas.

Día 12, madre mía, y parece que llevo aquí un siglo entero con sus noches y sus días.

DÍA 11 (estoy en la mitad del encierro)


“Si alguna vez necesitáis una prueba infalible para saber cuánto va a durar una relación, observad cómo reacciona vuestra pareja cuando está con niños. Y fijaos en cómo reaccionan éstos al estar con él o ella: son listos de cojones y si no quieren acercarse a determinado adulto, suele haber un buen motivo”.

La cita es de Instrumental, de James Rhodes. Me ha llamado la atención porque, inconscientemente, es algo en lo que siempre me he fijado, en la manera en que se relacionan algunas personas con los niños. Está claro que hay adultos que caen fatal a  los críos mientras que otros son adorados por ellos.

No sé si algún día seré madre. Ya no me refiero sólo a madre biológica sino de las otras, de las que son madres sin tener un lazo de sangre (un hijo adoptado, una novia con hijo). Tampoco sé si sería buena madre, si haría las cosas bien o si sería un desastre total. El tipo de la novela, el propio James Rhodes, no era el mejor ejemplo de padre pero quería a su hijito a morir, ¿puede eso ser suficiente? En su caso creo que no ya que él tenía una lista de problemas demasiado larga como para estar al cuidado de un pequeño.

En dos ocasiones de mi vida he tenido el impulso de ser madre, así en plan serio. Y las dos veces salí huyendo como una liebre en fuga. Mi amiga E también se lo estaba planeando y, al igual que a mí, también le entraron las dudas y se quedó paralizada. Una tarde, entre cervezas, llegamos a la conclusión de que no habíamos seguido adelante porque estábamos solteras, si hubiéramos tenido un apoyo seguro que nos habríamos lanzado. Es un consuelo muy pobre, lo sé, el admitir que no somos capaces de hacer algo porque no tenemos a alguien al lado, bajo nuestro mismo techo. Supongo que eso dice muy poco de mí.

No sé si tomé la decisión adecuada y siempre he sentido que eligiera lo que eligiera no iba a ser lo correcto al cien por cien. Igual sí que lo habría hecho bien, al menos eso es lo que me dice Elena, que lo habría hecho genial, sin duda alguna.

O tal vez no, que por eso me quitaron la custodia de Jimena, la hija imaginaria de cinco años que tuve. Cómo la quería… sentía una devoción absoluta por esa cría.

Todo este rollo es para contestar a la pregunta que me ha hecho esta mañana en la terapia Sor Rocío, ¿te has planteado alguna vez ser madre?

Es una de las cuestiones más complejas que conozco.

DÍA 10 (necesito una alegría para mañana lunes, por favor)

Dispongo de seis minutos para escribir esta entrada. El día de hoy ha sido un desastre total. Sor Rocío me ha sacado de la cama esta mañana a las cinco y media y me ha dicho que ya estaba bien, que qué me había creído con el rollo ese de la fobia al sol, que lo que yo tenía era mucho cuento, además de una caradura impresionante. Así que a las seis ya estaba limpiando el huerto vestida de blanco y con un sombrero ridículo que me han dejado. La sra. Blenk me miraba desde lejos mientras fumaba un pitillo tras otro.

Las monjas están muy descontentas conmigo así que han decidido castigarme: una semana sin ducha, ir a la cama a las 23:30 como hora límite, nada de libros ni películas. Eso sería lo más destacable, el resto son tonterías como prohibirme el café y comer frutas “exóticas” (kiwis y piña, por ejemplo). Malditas sean.

En el fondo sé que me lo merezco. Los últimos días me he comportado como una petulante, como una arrogante, una altiva y, lo peor de todo, como si tuviera derecho absoluto a lograr todo aquello que quiero.

Odio esta sensación de vergüenza por mis actos. No debería haber ido a verla, debería haber tenido más juicio y elegir a otra víctima. Sólo rezo para que ella no sepa jamás qué es lo que ha pasado estos dos últimos días.

A ver cómo me lo monto yo ahora para seguir viendo Stranger things, que voy por el capítulo quinto. Las 23:34, me he pasado cuatro minutos, debo dejarlo aquí por hoy.

DÍA 9 (Marilyn también quería ser invisible de pequeña)




Hoy he recibido un correo con esta canción de regalo. Acierto total, ese álbum de Blur me parece delicioso y este tema es de una genialidad que te mueres.

¿Cómo puedes saber si estás viviendo los mejores días de tu vida? ¿Existe ese concepto? ¿Se repiten los mejores días, tal vez? ¿No son únicos?

Tras mucho pensar, he llegado a la conclusión de que no existen los días mejores “únicos” sino que siempre se van a repetir, quiero decir, que todo son etapas. Resulta un tanto ingenuo, por lo tanto, afirmar “nunca volveré a ser tan feliz como en el 2010” o “la historia con esa chica fue la mejor de toda mi vida”. Pues no, es una estupidez absoluta porque no sabemos qué es lo que nos va a deparar la vida. Para lo bueno y para lo malo, claro, que esto tampoco es un manifiesto buenrollista, no soy de esas. Si he de vivir una pena negra la vivo dándolo todo aunque ya no muero de eso.

Hoy he probado el poder de la invisibilidad. He regresado a su casa y me he dedicado a espiarla. La he visto despertarse, ir al baño y mirarse el cuello. Por suerte, mis colmillos apenas le han dejado marca porque la mordí con mucho cuidado, succionando lentamente su sangre. Me he duchado con ella haciendo equilibrismos para que no advirtiera mi presencia y luego la he acompañado mientras desayunaba.  No podía apartar mi vista de su escote, de su cuello, de sus ojos. Creo que probar su sangre ha hecho que me guste de una forma diferente, no sabría explicarlo, es como algo más místico o profundo.

Después ha recibido una llamada de su novio y me he salido al balcón a fumar para no estar presente, me ha parecido abusar demasiado. Me he preguntado qué tipo de relación llevarían, en cómo la trataría, en cómo se divertirían juntos, en cuáles serían sus restaurantes favoritos. A mí siempre me ha parecido importante tener un restaurante predilecto con tu chica o con tu chico.

Luego se ha vestido y ha salido a comprar. La he acompañado a un Mercadona y le he lanzado un beso antes de irme.

No sé si esto que estoy haciendo es bueno para mí.

DÍA 8 (¿quién debe leerme en pleno agosto?)


Recorrí 419 kilómetros en poco más de cuatro horas. Salí a las diez de la noche de mi celda dejando el típico bulto escondido bajo las sábanas de la cama, a modo de coartada simple pero efectiva. Aquí todo el mundo sabe que no me encuentro todavía demasiado bien, que tengo temblores, que me paso los días tiritando y profiriendo frases sin demasiado sentido así que nadie me echaría en falta durante la noche.

A las dos y algo de la madrugada estaba ya caminando por Malasaña, con el corazón a mil y los ojos más transparentes que nunca. Entré en un bar y pedí una Mahou, deleitándome en retardar el momento que tanto estaba esparando, después me fumé un pitillo mientras observaba a los jóvenes pasar por la calle (debo mejorar lo de fumar con colmillos, aún no lo controlo).

Nunca había estado en su casa así que debía tener cuidado con no tropezar con ningún mueble o hacer ruido. Entonces pensé que tal vez había sido una imprudente ya que no había contemplado la posibilidad de que ella estuviera aún despierta a esas horas, al fin y al cabo no era tan tarde y sabía que a veces se quedaba trabajando hasta las tantas. Me detuve aguantando la respiración por unos segundos, el corazón me latía tan rápido que me acordé del relato de Poe, temiendo que el bombeo de mi sangre fuera tan estruendoso que la pudiera sacar de la cama.

Me asomé al dormitorio y allí estaba, durmiendo tranquilamente sobre las sábanas, sólo llevaba una camiseta blanca ceñida y ropa interior también blanca. Evidentemente, nunca la había visto así, nuestras otras citas habían sido siempre en lugares públicos y con ropa, claro. Me quedé parada, no era capaz de moverme, de repente me arrepentí de lo que estaba haciendo y me sentí una miserable. No por irrumpir en su casa sin su permiso, no por utilizar los poderes que sabía que tenía, no por hacer realidad lo que ambas nos debíamos desde hacía doce años.

Detuve mis pensamientos y me puse a observar todo lo que había allí: pósters de películas clásicas, su biblioteca, sus vinilos… Sonreí pensando en todo lo que nos unía, en todas esas intersecciones en las que siempre nos habíamos topado. Nunca había escrito sobre ella pero –ahora me había dado cuenta- siempre había estado en mis escritos, de una forma sutil, invisible tal vez, como eso que llaman intertextualidad. Ella había sido siempre mi jodida intertextualidad.

Volví a mirarla, esta vez más cerca. Me senté a los pies de la cama y le aparté un mechón de pelo rubio que le colgaba sobre los ojos. Después de tantos años su presencia seguía mareándome. Pensé que lo que sentía no era tanto un deseo sexual como el simple deseo de besarla. Tan sólo eso, abrazarla y besarnos una sola vez.

Nunca había dejado de gustarme. Siempre supe que jamás pasaría nada entre nosotras, nisiquiera un desliz, tampoco una historia breve, menos aún una relación. Sabía que nada de eso pasaría nunca pero siempre pensé que nos debíamos ese beso. Una sola vez.

Me levanté y me apoyé contra la pared, tenía mucho calor, notaba las gotas de sudor deslizarse por mi espalda. No podía seguir con aquello, no de esa forma. Si ella hubiera estado sola sí, pero sabía que tenía novio, uno de esos novios de verdad, de los formales, y eso es algo que va en contra de mis principios. No puedo irrumpir en la vida de otras personas de ese modo porque no es justo ni honrado.

Cada vez me sentía más mareada, necesitaba saciar mi hambre o acabaría desmayándome en su casa, lo cual sería la peor de las tragedias para mí en mi estado.

Le aparté el pelo y la mordí en el cuello.

De regreso al convento volví a pensar en el beso que nos debíamos, en cómo sería un beso que se ha deseado durante más de una década.

DÍA 7 (una de las más bellas canciones de amor de la historia de la música, al menos para mí)

Qué espantoso es tener una pasión que dicta cada segundo de tu vida y carecer de la valentía moral para desarrollarla (Instrumental, James Rhodes).

James Rhodes cuenta en su libro que, en una de sus estancias de reclusión en un psiquiátrico, un buen amigo le pasó un iPod nano lleno de música dentro de una bolsa de plástico, escondido dentro de un bote de champú (tenía prohibidísimo recibir ciertos objetos del exterior). La música, una vez más, le salvó la vida.

Si no me falla la memoria, creo que el verano pasado una de las monjas me consiguió el Blonde on blonde de Dylan. Aquello fue una salvación y ahora, un año después, vuelvo a él, sólo he tenido que rebuscar detrás de la tercera baldosa de la columna sexta de la despensa y… allí estaba.

¿Por qué lo escucho sólo en verano, en mi reclusión en el convento? Sinceramente, no lo sé. Es un hecho, como que ahora ha de hacer calor y en invierno frío, así de simple.

Hoy me encuentro algo mejor a pesar de que mi recuperación no es todo lo rápida que desearía. He estado documentándome acerca de los efectos positivos y las ventajas que puede tener mi estado actual y creo que voy a aprovecharme de ello. Los puntos que más me interesan son los siguientes:

- Poder ser invisible.
- Atractivo sexual imposible de rechazar.
- Rapidez para desplazarse en vuelo a unos cien kilómetros por hora.

Se me ha ocurrido algo, creo que voy a urdir uno de esos planes adolescentes que tanto me levantan el ánimo. Pensaré en la estrategia y tal vez mañana la lleve a la práctica.



(Confesión: Siempre soñé con una chica que me besara mientras suena I want you en la radio del coche. Que fuera fan absoluta del Blonde on blonde, por supuesto).

DÍA 6 (y lo que me queda todavía)

Me han encerrado. Tal cual. Me dan comida que no como y agua que no bebo. Les digo que eso no me sacia el hambre, que necesito alimentos rojos, ese es el eufemismo que empleo. Entonces me traen botellas de rioja y algunos pedazos de ternera y pato. Los engullo sin respirar y sin saborear. Me estoy quedando en los huesos, cada vez tengo más ojeras y más canas. Menos fuerzas y más ganas de salir de aquí. Ignoro cuánto va a durar esto y maldigo los días que pasé en aquel hotel y que hicieron que me contagiara con esta pesadilla de virus.

Lo peor es que la enfermedad –porque lo es, no cabe duda- me está haciendo desvariar y está agudizando sentimientos que estaban bastante controlados en mi cabeza.

La añoranza.

La jodida añoranza.

Que no, que no es añoranza de las de llorar, es de las de echar de menos.

Añoranza de la de ahora te escribiría un correo y te explicaría mil cosas. Te preguntaría si has visto Stranger Things, una serie que sé que te encantaría, porque es ochentera y que tengo muchas ganas de ver porque la protagoniza mi adorada Winona Ryder. Te preguntaría si has ido a la playa, si el agua estaba transparente, si hacía calor. Te pediría que me descargaras el ebook de OITNB, porque aquí no tengo megas y lo necesito para hacer un trabajo. Te explicaría lo de mi enfermedad y sé que te descojonarías. Comentaríamos lo de la independencia de Catalunya y te pondría al día de todos los detalles. Te explicaría que ya he cazado a Pikachu y que Pokémon Go me entretiene mucho cuando me va a estallar la cabeza preocupándome por otras cosas. Te enseñaría mi nueva camiseta por Whatsapp. Te explicaría que acabo de empezar un curso que trata de uno de los temas que más te interesan y te pasaría los apuntes y los vídeos. Nos indignaríamos juntas por las mismas injusticias.

También te contaría que estoy leyendo Instrumental, de James Rhodes. Es un libro devastador, muy sincero, muy real, muy cercano pero de esos que te dejan con un sabor agridulce en la boca. Me encanta la manera en que está estructurado, cada capítulo está encabezado por un tema musical clásico y se explica brevemente la historia de éste y de su compositor. Es algo que me ha chiflado. Te confesaría que me tomaría sin dudarlo una cerveza con James Rhodes porque me parece un tipo realmente encantador y creo que es un superviviente absoluto de la que creo que es la peor pesadilla que puede vivir alguien: haber sufrido un abuso sexual de niño.

Igual me pondría a llorar al contártelo porque soy muy blanda con estos temas. No sé.

Ya ves, es sólo esa añoranza de las de echar de menos muy fuerte. De las de abrazar hasta que te crujan los huesos.

DÍA 5 (tan sólo deseo estar bien)

It’s my fault, my dear, no debería haberte arrastrado a estar aquí.

Me habla de perfil sin mirarme, como siempre. La observo y veo que una lágrima se desliza por debajo de sus gafas de sol, las Chanel blancas, sus preferidas.

—No es tu culpa, me habría pasado igualmente, aquí o en Barcelona, mi cuerpo ya lo estaba incubando desde hace días.

Finalmente he recibido la visita del médico, un especialista que ha venido del exterior y que me ha recetado antibióticos, esos tan modernos que te tomas tres comprimidos en tres días y en teoría tu organismo se queda limpio. También me ha dado unas pastillas para después de las comidas, tres veces al día, y un spray para los colmillos. Bueno, para esto último creo que ha improvisado un poco porque me he percatado de su extrañeza y asombro al ver cómo se me habían desarrollado. No ha comentado nada al respecto.

Antes de irse ha cuchicheado algo con la sra. Blenk, he sido incapaz de captar el mensaje y, tras esas breves palabras, me ha puesto una inyección, para que esté tranquila esta tarde, me ha dicho.

No me veo capaz de escribir nada más por hoy. Tan sólo tengo ganas de cerrar los ojos y dormir. Daría lo que fuera por poderlo hacer ocho horas seguidas, tan sólo pido eso.

Día 4 (Loquillo, adoro esta canción tuya desde hoy)




No me encuentro bien, llevo en la cama desde ayer por la noche y no he logrado levantarme, le he tenido que decir a la sra. Blenk que me excuse ante las monjas porque hoy no voy a poder realizar mis tareas.

Me siento atontada, sin fuerzas, desganada y sin ganas de comer, creo que tengo fiebre, eso lo explicaría todo. O tal vez haya algo más. Gracias a un comentario en el post de ayer, me he dado cuenta de que la situación es más crítica que un simple catarro veraniego. Me siguen doliendo los dientes y hoy he descubierto que me están creciendo los colmillos. Pero para que esto se entienda debo remontarme a los hechos que sucedieron hace seis años.

Por aquella época adopté otra identidad –una historia demasiado larga y compleja como para mezclarla con ésta- y estuve viviendo durante un tiempo en un hotel, el Hotel Melancoisla. Recuerdo aquellos días repletos de hechos inexplicables, borracheras sin justificación alguna, encuentros con personas de lo más inverosímil y noches de deseo y sexo al límite de los límites.

Me enamoré de CM de la manera más visceral y salvaje que podáis imaginar. No nos conocíamos de nada pero me embrujó desde el primer minuto que nos vimos y pasé aquellos días tras ella como una zombi que deambula sin pensar por sí misma.

CM chupó hasta la última de la sangre de mi cuerpo. No podía salir de día, dejé de comer y comencé a arrastrarme por el hotel y por los alrededores –acantilados y más acantilados, el sueño de cualquier suicida- como una aparición. Estaba demacrada, cansada, sin fuerzas para escapar. Me hallaba –ahora lo sé- bajo el influjo vampírico de CM.

Por suerte, aquellos días terminaron y me recuperé. Limpié toda mi sangre y mi cuerpo se vio libre de aquella especie de enfermedad. Ella me dijo, la mañana en que nos despedimos, que en algunos cuerpos el virus podía brotar de nuevo seis años después.

Han pasado seis años. La historia se está repitiendo. Tengo mucho miedo de lo que pueda llegar a hacer. Estoy sola. Aquí estoy demasiado sola para controlar mis actos.

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