Mi madre me compra semillas de sésamo para desayunar, como si yo fuera un pajarillo



Mediados de julio. Me veo a mí misma tumbada en una camilla. El anestesista es colombiano, muy guapo pero nada creído, y me habla de sus vacaciones en Andalucía, lugar que adora. El cuerpo no me pesa apenas nada, mi boca se relaja, mis miembros flotan. Me pregunto cuánto tiempo estaré allí y si habrá valido la pena operarme la miopía.

Puede que así vea con más claridad mi vida.

………………………………………………………………………………………

Confieso que no he leído Rayuela. Y estos días, por fin, me he decidido a leer esa gran obra, citadísima y subrayadísima. Si no la he leído antes no ha sido por ningún motivo en especial, tal vez porque siempre me ha dado algo de pereza. Cuando me hablan demasiado de algo en concreto, suelo alejarme de ello porque deja de sorprenderme o de llamarme la atención. Soy más de secundarios desconocidos.

No sé si es buena idea lo de cargar con Rayuela cerca de los cuarenta, siempre me dijeron que esa obra te marca cuando eres un adolescente torturado. Bueno, creo que aún tengo posibilidades porque siempre que he visitado París ha sido de soltera así que todavía puede hacerme daño, en caso de que algún día viaje bien acompañada.

………………………………………………………………………………………

A veces, al pasar por ciertas calles de Barcelona a solas, ya de noche, tengo miedo de perderme. Entonces recuerdo que dejé un rastro de semillas de sésamo para saber volver porque mi madre me las metió en el bolsillo de la cazadora con una nota secreta: para que nunca te pierdas, Carol.

Y logro volver a casa aunque bastante tarde, sacudiéndome el miedo poco a poco.


Nota: no lean este post los que no hayan visto 'El tercer hombre'

Adoro el final de El tercer hombre.

Es sencillamente espectacular.

El tipo de desenlace que me gustaría algún día ser capaz de escribir.

God only knows, que decían aquellos, y yo escribo un martes antes de cenar porque si lo dejo para luego me habré desinflado



Hoy me he despojado de una buena parte de mi adolescencia. He lanzado a la basura los siguientes objetos:

- 93 cintas de vídeo grabadas de la televisión, algunas de ellas tuneadas de manera maravillosa, aunque bastante rudimentaria (aquí se admite que en la década de los ochenta yo no tenía más que unas tijeras, rotuladores, cinta adhesiva y muchas revistas).

- Decenas de tarjetas de visita de profesionales a los que sé que jamás volveré a ver (exceptuando algún médico, pero para eso ya me sirve Google) así como de restaurantes a los que probablemente tampoco vuelva (sería extremadamente doloroso, ahora lo comprendo, aunque me apena comprobar que ni siquiera los recordaba).

- Papelitos con frases anotadas, de salvavidas del momento, supongo.

- Unas doce cajas de zapatos, vacías. Ya, esto es incomprensible (la señora Blenk se ha guardado las dos más bonitas, lo cual resulta más incomprensible aún).

- Un puñado de bolígrafos nuevos pero tan secos por el paso del tiempo que era absurdo guardarlos. Me ha hecho pensar en lo importante que es escribir/decir/gritar/susurrar lo que sentimos en el momento porque si no lo hacemos se nos secará, como los bolígrafos.

- Otros objetos no destacables.

El otro día pensaba en la canción de los Beach Boys que encabeza el post porque no recordaba la mitad del estribillo. Al leer la letra me he dado cuenta de que es terriblemente dramática. Me planteo elaborar una lista de Spotify con temas de lagrimeo amoroso. Hecho.

Sé que cuando hago listas me reconstruyo un poquito. Eso es bueno.

Ahora pienso en que tal vez si alguien se para a recoger todos esos objetos puede que sepa bastante de mí, pero de mi yo adolescente, que lo mismo ya no tiene casi nada que ver conmigo.


-------------------------------------------------------------------------

Acabo con un tema maravilloso que me ha descubierto alguien a quien aprecio muchísimo. Y viene de un poema de Manuel Alcántara. Grande. Sigo descubriendo música buena y eso me alegra.

Le gustaban pocas cosas

Cada día me gusta más

Debe de ser muy difícil componer una canción perfecta. A veces sucede.



Mi libro para Sant Jordi 2013 o cómo perder casi un tren por redactar este post a última hora



Me voy a celebrar Sant Jordi donde está la acción: entre las paradas de libros, rosas y rostros anónimos en busca de su dragón invisible.

Mi recomendación es esta joya titulada Siete años, un martes y un septiembre, de Julio Oliva. Motivos para ello:

- Está publicado por Ediciones con carrito, la nueva editorial/sueño de mi amiga Nuria Rita Sebastián.

- La fotografía de la portada es de mi amiga Vanesa Casanova.

- El contenido es de Julio Oliva, autor madrileño que ha concebido esta maravilla mitada en castellano, mitad en catalán, demostrando lo precioso que es la mezcla de lenguas. ¿Cómo puede ser que yo no lo conociera y, peor aún, que no conociera su estupendo blog?

- La edición es tan delicada que estoy deseando que publiquen más libros para comprarlos todos y regalarlos todos.

Ése es mi libro para hoy. Hacedme caso y compradlo, que vale la pena, que no es peloteo sino que realmente se nota cuando los proyectos se han hecho con el corazón al rojo vivo.

Toda la suerte del mundo para esta gran editorial.

Página de Ediciones con carrito

Blog de Julio Oliva

Lo íntimo es lo seguro, aunque no guardes una pistola huérfana



De pequeña me aprendí una canción en italiano, sin saber que era un cover de Stand by me. Como un monillo, la memoricé fonéticamente, a fuerza de repetirla una y otra vez.

Preguero per te, caera no tener cuo ese tu lo borrae crederae, cantaba.

Y a día de hoy, aún me la sé de memoria. Esta noche la he cantado a pleno pulmón mientras lloraba un poquito, sin saber el motivo, pero sintiéndome bien en mi pequeño reino.

Supongo que es la celebración íntima de haber sabido hoy que no me han echado del trabajo.

Grande Celentano.

Banda sonora del blog

Las canciones que aparecen en el blog

Sígueme

Follow by Email

Sección reivindicativa

Seguidores

Desaparecer