A la izquierda de esta cama ahora no hay nadie, nada de nada



Durísimo el día de hoy
En el que he tenido que coger un taxi
Y salir pitando como en las películas
Mientras marcaba el mismo número de teléfono
Una vez tras otra.
Como en las películas,
La chica que sale de casa con el pelo alborotado
Recién mojado de la ducha,
Con los dientes sin cepillar
Y un bolso cazado al vuelo del armario.
Mientras le pagaba al taxista
-Un tipo seco que me preguntaba con sorna
Si conocía Barcelona-
Los 8,75 del trayecto
Recordaba tu escote
Y forcejeaba conmigo misma
Para intentar vencer
La tentación de llamar a tu trabajo
Y pedirte una cita lo antes posible.
Despertarme y comprobar que el animalillo amarillo
Ha estado velando mis sueños
Toda la noche
Sobre mi mesilla
Me ha puesto contenta
Y me he sentido la tipa más protegida
Del planeta,
Como si llevara un escudo nuevo e invisible.

Encuentra la pista y házmelo saber




Éste es un mundo en el que nada nunca se resuelve

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Dentro de unos días hará justo un año que terminé la novela. Y ha tenido que pasar otro año para que haya reunido el valor suficiente para hacerla llegar a las manos que la deben tener. Ahora me muero de la vergüenza al pensar en la historia porque me parece muy tonta, muy de amoríos, infidelidades, y pensamientos torurados pero… es lo que escribí y en ese tiempo es lo que me pasó por la cabeza. Y me gustaba, y disfruté al escribirla. Y lograr poner el punto y final me hizo sentir bien conmigo misma porque fui capaz –por primera vez en mi vida- de terminar algo que me importa realmente.

En el convento tengo mucho tiempo para pensar. Demasiado. La otra noche la pasé revisando mentalmente amigos y conocidos. En una lista coloqué a los que están solteros y en la otra a los que han formado una familia, bien sea en pareja o solos con hijos. La primera lista estaba en clara desventaja con respecto a la segunda.

El siguiente paso fue imaginarme a mí en ambas listas. En la primera de ellas me veía como a Rust Cohle, el detective de la serie True detective, que me tiene absolutamente fascinada. En la segunda lista me veía con una familia indeterminada, tal vez con un par de hijas… Y si pudiera recuperar la custodia de Jimena, ya tendría tres. Sí, una vez tuve una hijita pero, al igual que al lince ibérico bebé, la perdí. Eso es una historia pasada, muy antigua, pero sucedió una vez.

Me veo muy diferente en las dos listas. Es evidente que se trata de dos situaciones vitales totalmente opuestas y ahora, con los cuarenta recién cumplidos, siento un desasosiego difícil de explicarle a nadie. Tal vez por eso lo oculto, porque no me veo capaz de concretarlo, y tampoco creo que nadie lo pueda entender ya que hay sentimientos que verbalizo muy mal.

Miro las fotos de antiguos compañeros del colegio en Facebook y los veo sonrientes en sus playas y en sus montañas con sus hijitos y sus parejas, siempre felices, siempre abrazándose, siempre besando. Observo entonces mis fotos y me parecen las de una tipa de veinte años. Con sus cervezas, con sus pitillos, con su moreno de piscina y sus nuevos zapatos de tacón. Y me hago muchas preguntas. Y no sé cómo contestarlas.

Y me encanta Rust Cohle pero está solo. Nadie se queda con él. Él no se queda con nadie. Apenas sonríe. No tiene fotos de familia. Bebe sin cesar. Fuma sin cesar. Se tortura sin cesar.

Y me inquieta pensar en que puedo ser Rust Cohle, en que tal vez ya soy un poco como él. Y no poder hacer nada para impedirlo. Probablemente, no querer hacer nada para detenerlo.

“Éste es un mundo en el que nada nunca se resuelve. Alguien una vez me dijo: ‘el tiempo es un círculo plano’. Todo lo que hemos hecho y todo lo que haremos, lo repetiremos una y otra vez.”

"Si tuviera que vivir mil vidas..."

Aquí en el convento paso muchas horas leyendo, además de realizar otras tareas varias como las que me indican las monjas: regar, limpiar el huerto de malas hierbas, cocinar, etc. No tengo mucho tiempo porque escribo esta entrada desde el iPhone, lo conseguí colar gracias a mi madre pero no tengo cargador así que tengo que dosificar con precaución la batería hasta que salga de aquí.

Hoy sólo escribo para recomendar una novela fantástica: ¡Melisande! ¿Qué son los sueños?, de Hillel Halkin y, dicho sea de paso, traducida con todo el esmero y la perfección del mundo por Vanesa Casanova. En la página de Libros del Asteroide (una editorial muy indie) hay muchas reseñas.

No puedo extenderme tanto como me gustaría pero sólo quiero resaltar que se trata de la mejor novela que he leído en mucho tiempo, se ha convertido en una de mis historias favoritas. No deseo explicar nada sobre el argumento, simplemente se trata de una historia de amor, de recuerdos, de literatura, de pasión, de la vida en estado puro nada más y nada menos.

Los grandes libros te dejan así. Con un nudo en la garganta, con la sensación de que la vida se va gastando y no la apuramos lo suficiente, con ganas terribles de vivir al máximo como los personajes de la novela, de sentir lo que ellos sienten... Las grandes novelas te dejan temblando, tiritando de la emoción, con los ojos más intensos que nunca.

De ahí mis ganas irrefrenables de contarle a todo el mundo lo buena que es Melisande.

La he devorado en tres tardes. Y he soñado con vivir una historia como la de Hoo y Mellie. Me gusta que los amantes se llamen con nombres secretos, con apodos ingeniosos que sólo suenan así en los labios de la persona amada.




Del norte al sur en un coche que atraviesa el cielo (y si sobrevivo a esto será casi un milagro)


Hasta hoy no he podido acceder a un ordenador. Los últimos días han sido una locura. La señora Blenk me ha sacado del convento de Toledo y me ha llevado de nuevo, como en los veranos anteriores, al sur. Todo comenzó de la manera más absurda.

Un martes por la noche comencé a sentirme mal, me dolía horrores el estómago. Me levanté de la cama y fui al lavabo a vomitar. Allí me encontré con Sor Encarna, que salía de uno de los lavabos con la cara pálida. Las dos habíamos cenado exactamente lo mismo, lo recuerdo perfectamente porque éramos las únicas que elegimos salmón a la plancha ese día. Una intoxicación en toda regla.

Al día siguiente la señora Blenk estaba plantada en la puerta del convento esperándome con la puerta de su Audi –que sólo conduce los lunes y los miércoles, curiosa manía- abierta.

Sube al coche, Carolina. I can’t stand this situation.

Subí al coche obediente y atónita.

—¿Qué pasa? Oye, no me encuentro demasiado bien del estómago mejor…

Me interrumpió bruscamente como suele hacer.

Oh, come on… Ya lo sé, esas monjas son unas tacañas y os hacen comer esa… esa… oh, shitWe must go to the south right now…

Me cuesta mucho entender el inglés de mi madre y encima, cuando habla cabreada y fumando, es mucho peor, apenas pillo el sentido. Lo único que creí captar fue que las monjas toledanas eran unas tacañas, que no hacía falta que hiciera el equipaje porque se había encargado ella personalmente de hacerme una maleta nueva, y que nos íbamos en ese mismo momento al convento de hace tres veranos. Su preferido.

Me esperaban bastantes horas de viaje con la única compañía de una madre fría y extraña. La misma que cada año me obliga a retirarme a un convento para, según ella, tratar de curar o aliviar mis excesos de imaginación. Yo le sigo el juego porque en el fondo me gusta. Es como una especie de reto, un estar a solas conmigo misma, sin nigún estímulo exterior, aunque siempre busco una forma de burlar la vigilancia y escribir o mandar mensajes a mis amigos. Eso por no hablar de las historias inolvidables vividas los veranos pasados con algunas monjas que aún recuerdo…

—Mamá, ¿puedes parar un momento?
—Ohhh, what happens now, Carolina? Si seguimos a esta media llegaremos antes de la cena…
—¿Es necesario que conduzcas siempre como si alguien te persiguiera?

Se salió de la carretera y aparcó en una especie de descampado propio de cualquier serie americana de esas en las que los narcos se reúnen para hacer el intercambio de mercancía.

Se encendió un cigarrillo sin mirarme y me invitó a uno.

—Hace casi dos semanas que no fumo.
Sorry, dear, olvidaba que en tu retiro jamás fumas.

Seguía sin mirarme, con las gafas de sol puestas.

—Mamá, hoy es mi cumpleaños, los cuarenta.

Pasaron varios minutos en silencio hasta que vi cómo le resbalaba una lágrima por la mejilla.

Encendió un segundo cigarrillo y el motor del coche. Volvimos a la carretera y, tal como ella había previsto, llegamos al convento a la hora de cenar.

PD: Sé que tengo comentarios que contestar, no me he olvidado de ellos, en cuanto pueda volver a tener acceso a Internet los contestaré todos.

Qué sexy me parece todo últimamente, joder



Ahora mismo sé que estás trabajando y que escuchas a Ben Harper. Pienso en que tal vez lo has elegido porque te recuerda a mí y no puedo evitar sentir esa emoción infantil de corazoncillo acelerado.

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