Que diez años no son nada (lo celebro con los más grandes y tal vez con mi favorita de ellos)

Queridos y queridas:
El 2 de octubre del 2004 escribí el primer post en este blog. 

Hoy, 10 de octubre de 2014, con diez años más sobre las espaldas, sigo emocionándome al teclear una entrada y, sobre todo, al imaginar que puede haber alguien al otro lado leyéndome.

Esto ya no es lo que era, desde luego, porque falta mucha gente a la que me encantaba leer, porque Facebook y Twitter -los grandes enemigos- devoran cada vez más a los blogs, pero a pesar de todo me sigo sintiendo como una tipa que pasea por su antiguo barrio con la mirada emocionada y la gabardina raída de tantos años.

A veces creo que no soy la misma de entonces. A veces creo que sí, que en el fondo la esencia se conserva porque al fin y al cabo me siguen interesando las mismas cosas, las mismas personas.

Gracias por todo. Por estar ahí los fieles, los nuevos, los despistados, los aburridos, los cotillas, los amigos, los conocidos y los desconocidos, los virtuales y los cercanos.

Mil gracias de las buenas. Y un sentido abrazo a cada uno de vosotros.

Y esta vez os voy a contar algo de verdad, sin trampa ni narración: mañana cojo un avión y últimamente me da algo de desasosiego así que no quería volar sin celebrar antes aquí mi pequeño cumpleaños bloguero.

Por eso de que una década es algo simbólico.

Os adoro, 

Carol Blenk


Poemilla en directo y entre paréntesis a las 17:18 de este miércoles interminable



Los balcones con banderas,
Los bancos con pegatinas acusadoras,
Los ríos desbordados
Mientras dedico un pitillo
A pensar en si te gustan los Beach Boys
Y esta canción,
Que tal vez te haga llegar
Algo de sol y calor
Aunque sea brevemente.
Esas son las cuestiones que me inquietan
Ahora mismo y en este momento.
Ya ves, mi irresponsabilidad social
Es inversamente proporcional
A lo que te pienso.

En 1978 nacieron dos maravillas y una de ellas es Grease


(Grease es una de las mejores películas de la historia. Aquí uno de los momentos más torturados de Sandy y que he recordado esta mañana. El plano final con la piscina hinchable es uno de los planos más indies de la historia del cine).

En el momento actual, si no ves series televisivas eres un marginado. Me explico. Todo el mundo ve series, miles de capítulos, cientos de temporadas, infinitas ficciones. La gente las devora, las engulle sin masticar, y entonces las sacan a las terrazas, a las conversaciones de pitillo en el descanso del trabajo, en las mesas de los bares mientras se desayuna... Y si no las sigues te quedas fuera. Y te aburres soberanamente porque, claro, no te enteras de nada, no entiendes las tramas, no te hacen gracia los diálogos memorizados y repetidos en voz alta, no te generan intriga los finales de temporada. 

¿Qué está pasando? Esto es una plaga y me da mucho miedo. En poco tiempo la gente no tendrá ningún otro tema de conversación, nadie comentará el último disco de Nacho Vegas, el último libro de Murakami, el último beso que te has dado con esa chica. Serán temas aburridos que no interesarán a nadie, que no pasarán por el infame Twitter -abajo las síntesis de 160 caracteres, arriba los blogs prolijos- y que se quedarán en tu pensamiento porque cualquiera se atreve a hablar de esas cosas con el resto de adictos a las series.

Y aquí uno tiene dos alternativas: o bien ponerse a ver series como un loco para, simplemente, poder participar en las conversaciones diarias; o bien pasar de todo siendo consciente de que será un marginado en las charlas de ficción televisiva. Otra opción es que te pase lo que a mí, que veo poquísimas series pero resulta que las que veo no las ve nadie y, por lo tanto, no puedo compartirlas con nadie. Debe de ser mi sino. 

Lo tengo muy claro. La próxima vez que se inicie una de esas interminables conversaciones me levantaré y me iré a pensar en mis cosas. Tal vez recordaré cuando se hablaba de Twin Peaks, de Friends o de Doctor en Alaska. Pero sin esta adicción enfermiza y pesada que existe ahora mismo. Me resulta del todo insoportable.

Así que paso aún más de las series. Me seguiré centrando en las películas y en los directores que descubro como, por ejemplo, Jean-Marc Vallée. Un crack.

Aquí, reconquistándome a mí misma, que es la reconquista más difícil pero también la más agradecida


Un pitillo, Spotify en modo emisora basada en tal grupo y un gin tonic. Con esto puedo ser casi feliz, que la felicidad completa no existe, ya se sabe. Es la hora de pensar en lo que me ha aportado el día, como si fuera la tipa más reflexiva del mundo.

Una niñita de unos cuatro o cinco años se ha subido en el autobús con mi madre. Nada más entrar me ha mirado descarada, yo llevaba gafas de sol y no me he dado cuenta enseguida pero al poco me he percatado de que unos ojos me estaban observando. Entonces la he mirado y me ha sonreído, le he devuelto la sonrisa y nos hemos intercambiado gestos tontos. Me he preguntado por qué le habría caído simpática así, sin hacer nada, sin currármelo. Siempre he creído que los niños tienen una especie de sentido que les hace saber cómo te sientes, aunque no te conozcan, y actúan en consecuencia. Es algo muy curioso que me parece impactante. 

La madre le ha tirado del brazo y se han bajado. Me he quedado sentada, pensando en esa niña desconocida. Y entonces he comenzado a reflexionar sobre la adopción, en todo lo que implica. Hace mucho tiempo me planteé adoptar a un niño y es algo que nunca he llegado a descartar del todo. Algunas personas -poco inteligentes, claro- me han dicho a veces que nunca se puede querer igual a un hijo adoptado que a uno biológico, que la sangre es la sangre y nada tira más que eso. Esos argumentos siempre me han dado mucha risa, de absurdos que me parecen. 

Evidentemente, un hijo que has parido tú debe de ser lo más pero una relación de sangre -no lo olvidemos nunca- siempre surge de una relación de no sangre. Me explico. Conoces a alguien, te enamoras de esa persona y decides formar con él/ella una familia. Ahí surge todo -los vínculos, la sangre- pero nace de una relación con una persona desconocida, que no tiene lazos contigo. Me parece una teoría aplastante de tan cierta.

Por eso la sangre para mí tiene tan poca relevancia.

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Y cuando se ha puesto el sol me ha dado por pensar en las reconquistas.

Reconquistarse a uno mismo es algo muy bueno. Deberían enseñarlo en todas las escuelas.

Ahora sólo me falta hacerme experta en flamenco clásico y ya sí que tengo el cielo ganado (los flamencos son uno de los seres más torturados del mundo)



No sé cómo me puedo dispersar tanto. Si me pagaran por ello sería casi rica. Hoy me ha dado por investigar las cantiñas, un género musical increíble (así llaman al flamenco de Cádiz, que incluye las alegrías, el mirabrás, las romeras y los caracoles, he leído por ahí).

Me encantaría poderme pasar una semana entera escuchando cantiñas y aprendiendo más sobre este tema. Cuando algo me apasiona lo investigo hasta la saciedad y por eso mismo hoy he estado leyendo letras que me han parecido el colmo de lo poético.

“Con los ojos señas
compañera de mi alma
que en algunas ocasiones
los ojos sirven de lengua”
Pericón de Cádiz, Cádiz 1901.
 
«De qué sirve la experiencia
de qué sirve el saber
si luego toíto se olvía
apenas llega el querer”
Fosforito, Puente Guenil (Córdoba) 1932.
 
“Dímelo tú compañera
que me está pasando a mí
que el sueño no lo consigo
si no te tengo a mi vera”
El Torta, Jerez de la Frontera 1952.

Cañones de artillería
aunque me pongas en tu puerta
tengo que pasar por ella
aunque me cueste la vida”
Pericón de Cádiz, Cádiz 1901.

“Serrana que por ti muero
otro te lo dirá
yo nunca te he dicho ná
que soy el que más te quiero”
Fosforito, Puente Guenil (Córdoba) 1932.

“Que yo ya no puedo más
mi locura es tal locura
me siento como una hoja
en medio del vendaval”
Diego Clavel, La Puebla de Cazalla (Sevilla) 1946.

Más tormentos
desengáñame de veras
porque yo mi vida la diera
por saber tu pensamiento”
Chano Lobato, Cádiz 1927 – Encarna Anillo, Cádiz 1983.

“Lo que me despierta a mí
no es la tormenta ni el viento
es el fuego de tus ojos
que no me dejan dormir”
Juanito Villar, Cádiz 1947.

“Tu calor ni tu cariño
ninguna noche me falta
no es porque estés en mi cama
que es porque sueño contigo”
Miguel Ortega, Los Palacios y Villafranca (Sevilla) 1975.   
   

A las siete de la mañana aún es de noche pero cuando llego al trabajo, casi a las ocho, ya ha amanecido y eso me parece alucinante, soy así de impresionable

Qué fatiga de comunidad autónoma. O debería decir automona, tal vez (aquí es cuando vuelvo a quitarme lectores, pero esto siempre me pasa, como cuando hablo de toros, partidos políticos o famosos que salen/entran/duermen en el armario). Me cansan mucho las etiquetas, los adjectivos despectivos, el escuchar contínuamente que los catalanes odiamos a los madrileños, o que ellos nos repudian. Me hastía infinito y ya no sé dónde esconderme para no tener que aguantar tantas estupideces. Y lo que más me entristece es cuando mezclan a los niños en toda esta locura. Como el otro día, el día de la Riada, perdón, de la Diada (aquí va un guiño que nadie entenderá, pero lo entiendo yo y me quedo tan feliz). Iba en el tren rodeada de esteladas humanas -esas banderas tan bonitas que están de moda en los balcones catalanes- y vi todo el proceso en el que una madre le pintaba la cara a su hijo (de unos diez años) con una estelada, vamos, una vulgaridad absoluta. Y el pobre crío allí aguantando el tipo, ya convertido a la doctrina nacionalista, tal vez feliz de contribuir a la causa contra el esclavismo catalán.

Me asquean todas las banderas. Y de igual forma me habría entristecido que al crío le pintaran la bandera española o la italiana. Me fatiga todo esto. Y las mentiras. Y las etiquetas. Y que me llamen facha si no soy nacionalista, y que me llamen roja por ser lesbiana. Y miles de tonterías. Que la gente sigue sin entender que las cosas no son blancas ni negras, que hay miles de matices.

A mí ahora mismo me emociona recordar que por fin he estado en Pamplona y que con ella cualquier pintxo es espectacular. Lo demás me lo puedo y quiero saltar a la torera.

Ocupat no fent res, he hagut de trobar el temps per poder perdre'l amb tu. Avisa'm quan surtis de la feina!

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