Que como te echo de menos no hay en el mundo un castigo

Los 29 de febrero siempre me han fascinado. Me parece que no deberíamos trabajar y que el día entero se habría de dedicar a realizar imposibles, no sé, tareas arriesgadas, sin marcha atrás. Reviso el anterior año bisiesto y escribí algo muy parecido:

El 29 de febrero se debería instaurar para hacer actos irrepetibles y locos. A mí me encantaría, por ejemplo, tomar un avión a cualquiera de nuestros destinos.
No habrá otro día como el de hoy hasta dentro de cuatro años. Y aún así, no será como el de hoy. Seremos otros, respiraremos diferente, besaremos diferente, beberemos otras bebidas y llevaremos otros zapatos.
Sigo sin cambiar las sábanas desde la última vez que dormimos juntas. Su olor en mi cama es lo más cercano a su piel que me queda en esta casa, aparte de las notas ocultas bajo la almohada.

Este día debería estar a su lado. Para no hacer nada en especial. O para hacerlo todo especial. Lo que pienso ahora mismo se me agolpa en la mente y se me atraganta de lo rápido que fluye, como cuando respiras el cola-cao en la leche y te ahogas y toses y parece que te mueres así, de improviso, con una merienda.

Me gustaría poder escribirle una carta a mano y llevársela al trabajo, en plan sorpresa. Que la leyera delante de mí y que yo aguantara el tipo como una valiente. Ya no sé escribir textos amorosos como antes pero ahora, en cambio, soy mucho más honesta. Eso debe de sumar puntos.
Ignoro qué será de ella, qué será de mí el 29 de febrero de 2020. Es mucho tiempo, en cuatro años la vida puede cambiar totalmente. Lo que es seguro es que no estaremos igual que ahora, sigo teniendo esa certeza porque yo no tengo nada que ver con la Carol de 2012.

Me pregunto si en el 2020 se acordará de mí. Si nos seguiremos hablando. Si recordará mi forma de besar y mis películas favoritas, si añorará mis cenas improvisadas, si reirá al recordar cómo se proclamó independiente Catalunya. 

Yo sí. No deseo olvidar ni una sola instantánea de todo lo que hemos vivido juntas.
Soy una auténtica filibustera, creo que ella ya se ha dado cuenta.


Alegato en defensa de los tendederos plegables y de Ava Gardner

Esta semana voy a vender la secadora. Yo nunca había tenido una pero cuando me emancipé la compré por inercia porque era lo que tocaba, no tenía una terraza grande (solamente un balcón para improvisar cenas de dos, imposible de tres) y todo el mundo me aconsejó adquirirla por mi bien. No me gustó la experiencia, la ropa se envejecía prematuramente, los colores se marchitaban y los tejidos nunca más volvían a tener el tacto del principio.

Ahora que he vuelto a vivir sola he dejado de utilizarla, vuelvo a secar la ropa en mi apreciado tendedero plegable (en mi tierra lo llamamos coloquialmente "sisí", desconozco el origen). He recuperado el placer de tender, de que toda la casa huela a ropa recién lavada.

La venta de la secadora es algo más que una simple venta. Me parece algo simbólico, es como mi renuncia (¿definitiva/temporal?) a formar una familia. Creo que la había mantenido durante estos últimos años como si fuera una especie de bastión (bastión también es una palabra que adoro), creyendo que la necesitaría porque el número de habitantes de mi hogar tal vez aumentaría. No pienso esto con amargura sino después de haberlo reflexionado bastante los últimos días.

Me hace feliz, no obstante, saber que mi secadora se va a un hogar donde la van a querer muchísimo.

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Os recomiendo el documental La noche que no acaba, de Isaki Lacuesta. Si os interesa la figura de Ava Gardner (a mí me fascina desde que tengo uso de razón) y sus vivencias en España, además de conocer una cara a menudo poco conocida de las producciones cinematográficas, tenéis que verlo.

Recuerdos de ópera un viernes por la tarde para tratar de no pensar tanto en ella

Hace poco fui a la ópera a ver Otello, de Verdi. Me gusta mucho ir la ópera porque me supone una desconexión total de todo, una vez que me arrebujo en mi asiento y se apagan las luces ya no puedo pensar en nada más que en la ficción, en las notas musicales. No soy nada entendida, soy una simple aficionada que se lee los libretos con auténtica devoción, eso sí.

El otro día cuando llegó el cuarto acto hubo un momento en que las notas me recordaron vagamente a otra ópera, como cuando olfateas un perfume desde lejos, percibes que te es familiar pero piensas no, no puede ser, es imposible. 

Aquellas notas me remitían al Parsifal de Wagner, no tenía ninguna duda. ¿Verdi se inspiró en Wagner? ¿Podía ser? 

Al llegar a casa me puse a investigar y resultó que sí, que Otello se inspira en Wagner, hay bastantes estudios al respecto. No me había equivocado. Sonreí pensando en que tenía un buen olfato musical.

Me sentí un poco petulante. Volví a sonreír. La palabra petulante es una de mis preferidas. 


(Se dice que Mario del Monaco ha sido el que mejor ha interpretado a Otello, que no ha sido superado todavía. Me fascina saber que lo enterraron con su traje de Otello).

Gracias, George, por todas esas canciones y esos solos de guitarra inconfundibles

Cuando George Harrison sacó Cloud nine yo tenía trece años y recuerdo perfectamente la ilusión al recibir el vinilo, fue un regalo. Me encantaba la portada, que saliera en ella con su Gretsch auténtica de la época de los Beatles, sus gafas de sol modernísimas, su camisa tan chula. Era un trabajo muy comercial pero debo reconocer que me encantó y durante mucho tiempo estuve sin sacarlo del tocadiscos. Fue bonito que George Harrison volviera a estar de moda con aquel videoclip, Got my mind set on you.

Hoy me ha caído del cielo una de las canciones, creo que debe de hacer por lo menos veinte años que no la escuchaba y me he quedado paralizada. Yo por aquel entonces era muy cría y apenas entendía las letras, estaba convencida de que iba de amor pero hoy me he dado cuenta de que no, que es algo mucho más intenso. Es un tema de tortura existencial, cómo iba yo a entender de eso a los trece. Ahora lo sé.


"El amor visto desde el aire" siempre me pareció un título muy sugerente



Un año más sigo con mi tradición de poner el gran tema de Deneuve. Soy mucho de tradiciones, qué se le va a hacer.

Me he colgado.

Los viernes por la tarde se llevan mejor con una canción de los Stones

Vas al supermercado a hacer la compra de productos básicos, lo normal, leche, agua, pan de molde, azúcar, chocolate... Te llevas el carro y lo dejas atado dejando un euro como prenda. Inicias la compra recorriendo los pasillos por orden, sin saltarte ninguno porque hoy no has hecho lista y la única forma de no olvidarte de nada es escudriñando todos los apartados. 

Cuando finalizas llega el momento decisivo. Te toca el turno y vas colocando todos los objetos en la cinta: primero los pesados y por último los más frágiles. Tomas consciencia de lo metódica que eres para algunas tareas mientras se acerca tu turno. Y es justo ahora cuando debes iniciar una carrera para salir de la cola, recuperar tu carro y regresar antes de que la cajera -que ha escaneado a la velocidad de la luz todo lo que has comprado- te diga: son treinta y seis con ocho, ¿tarjeta cliente?

Has conseguido llegar en el último segundo, como siempre.

Ésta es una de las cosas que no soporto de vivir sola, ese sentimiento de cachorro indefenso mientras lo guardas todo en el carro de la compra. Y regresas a casa arrastrando los víveres como quien arrastra el peso de toda una semana marcada de ausencias.

Acabo de releer lo escrito (nunca lo hago) y me doy cuenta de lo triste que sueno. Me río de mí misma, en el fondo soy una tipa bastante alegre -salvas cualquier reunión, me dice siempre Elena- pero mi tendencia a la hipérbole me lleva de arriba a abajo.


Ennio Morricone es la mejor banda sonora para escribir sobre traidores

Voy a dedicarte exactamente 07:30 minutos, que es lo que dura la canción que acabo de poner para ambientarme un poco. Y te voy a escribir en directo, sin puntos para ir más rápida. Probablemente no lees mi blog, no lo puedo saber ni me interesa saberlo, la verdad. O puede que sí lo leas de vez en cuando, por puro morbo, para saber si estoy bien o si estoy en la miseria. Por suerte no compartimos amigos, ni siquiera vivimos en el mismo continente, es imposible que tenga noticias tuyas porque todos mis conocidos saben que no deseo saber nada de ti, ya les dije que mataría al mensajero así que durante estos tres años han sabido perfectamente lo que había que evitar. Hoy es tu cumpleaños, lo recuerdo muy bien. Si menciono este detalle es por si el azar te trae hasta aquí y dudas. No lo hagas, sabrás muy bien que esto va por ti aunque te parezca extraño que después de estos años escriba algo relacionado contigo. Qué ironías tiene la vida, ¿verdad? Aquel día te felicité y tú ya me estabas apuñalando por la espalda, como los amigos miserables, ya estabas robando algo que no te pertenecía, ensuciando mi presente. Jamás había conocido a alguien tan traidor y falso como tú, ni en las ficciones más terribles podía imaginar un personaje así. Me pregunto si dormías con la conciencia tranquila, si alguna vez te llegaste a plantear escribirme o llamarme para pedirme perdón. Ahora ya no pienso en ello, sé que la gente como tú es como esos pirómanos que prenden fuego sin volver la vista atrás, sin importarles todo el mal que han hecho con sus acciones. No soy una tipa perfecta, también tengo mi lado oscuro como todo el mundo pero puedo jactarme de dormir tranquila. Para mí la amistad tiene un valor, tiene un lugar, jamás la mancharía. Me alegro de no haber sabido nada de ti durante este tiempo y ojalá no vuelva a saber nada, ojalá no volvamos a cruzarnos, es muy poco probable, por no decir imposible. No te escribo en plan venganza, ya te gustaría tener ese protagonismo. Te escribo porque el tiempo me ha dado la serenidad necesaria para ponerte en el lugar que te mereces: la nada.

Siempre vuelvo a los Simpson y el día en que no lo haga méteme un balazo sin dudarlo



(Este dramático tema de Bjork con aire flamenco me sirve para este martes en el que reina el viento)

Acabo de estrenar gafas y me siento algo rara. Son muy ligeras y bonitas, eso me parece, cada vez que me cambio de gafas creo que también lo hago de cara, es curioso. Mi oftalmóloga ha decidido modificar la graduación, me la ha bajado porque considera que veo perfectamente con menos dioptrías así que ahora debo acostumbrame a los cristales. Es como cuando te dicen que vas a cobrar menos, que te puedes apañar igual, o que has de limitar el número de cervezas o de tabletas chocolate. Puedes vivir con menos, dear.

Al regresar a casa, tratando de no perder el equilibrio a causa del viento, he recordado el capítulo en el que Bart vende su alma, es uno de mis favoritos de los Simpson. Él vende su alma a Milhouse y éste la revende a su vez. Al principio no sucede nada pero poco a poco Bart se va percatando de que no tener alma te convierte en una especie de ser inanimado, podría decirse. Las puertas automáticas no se abren a su paso, no logra empañar los cristales con su aliento, su madre, al abrazarlo, dice que lo siente raro, como si le faltara algo, su perrillo le rehuye. Es una situación terrible. 

Eso pensaba al volver, en cómo debe de ser no poseer alma o, peor aún, haberse desprendido de ella a cambio de cualquier otra baratija.

Carol


(Leer la entrada mientras suena el inicio de la banda sonora, si es posible)

Se han apagado las luces. Ha comenzado a sonar la banda sonora de Carter Burwell y me he sentido como si estuviera dentro de un cuadro de Hopper. 

[...]

Se han encendido las luces. He salido del cine con el corazón encogido y me he puesto a deambular durante casi una hora. Las calles estaban llenas de gente paseando y me he dado cuenta de que no quería volver a casa. He comenzado a llorar, presa del síndrome de Stendhal.

Me dolía todo y he desviado mi camino por calles secundarias, lejos del bullicio y de los comercios. Hacía mucho frío, de hecho en el cine estaba congelada, como si me hubiera metido tanto en la ficción que incluso me estaba rozando la nieve.

Carol siempre fue una referencia para mí, lo debo de haber contado alguna vez en este blog; si me llamo así es por la protagonista, Carol Aird. Ese libro fue una revelación cuando trabajaba de dependienta, supongo que en realidad soñaba con mi propia Carol, con que un día cualquiera me toparía con una mujer así. 

Nunca sucedió. Carol no apareció en mi vida pero, sin embargo, yo fui la Carol de muchas otras.

Y así pasaron los años.

Hoy se cierra el círculo de alguna manera. 




Publicación de 'La pertenencia' de Gema Nieto, el evento que va a salvar febrero y que, tal vez, nos salve un poco a todos de tanta realidad gris

No recuerdo cuándo descubrí su blog ni de qué manera llegué a él pero lo que es seguro es que en el 2008 ya me deslumbraba su escritura. Siempre he leído muy pocos blogs y ahora, lamentablemente, menos todavía porque los que más me gustaban han desaparecido. Su blog ya no existe y eso me apena porque desde que se cerró hemos perdido a una gran escritora. Cada vez que la leía la admiraba un poco más y, lo reconozco, ansiaba llegar a escribir con su fuerza, con su perfección, con su talento.

¿Por qué me gustaba tanto? No lo sé, ¿acaso puedo saber por qué prefiero el ron añejo al blanco o por qué motivo me encantan todas las películas de Wes Anderson? Pues no y tampoco creo que sea necesario justificarlo. Creo que empatizaba mucho con ella y con sus pensamientos; era rubia, fumaba, vivía rodeada de nieve y niebla y sé que guardaba una pistola en algún lugar de su casa, esos detalles nos unían sin duda.

Hay personas que, sin conocerlas de nada y tan sólo con su escritura, te revelan muchas pistas valiosas. Siempre he creído que era una tipa auténtica, honesta, inteligente y con mucho valor (valor de valentía pero también de cualidad).

Hace unos meses recibí un correo suyo en el que me contaba que le iban a publicar su primera novela nada más y nada menos que en una de las grandes editoriales. Desde entonces espero esa obra con la emoción de la llegada de algo que sabes que te va a encantar y emocionar. 

A veces suceden pequeños milagros que logran que vuelva a pensar que el mundo es un gran lugar y que las personas que se lo merecen tienen su oportunidad. Maine (el nick con el que la conocí en su blog) publica el 18 de febrero su primera novela titulada La pertenencia en Caballo de Troya, nada más y nada menos que de la mano de Alberto Olmos.

Ahora que ya la conocéis me encantaría que os animárais a ir a la presentación que será en Madrid el próximo 24 de febrero, estará arropada por Alberto Olmos y Belén Gopegui así que será un evento fantástico.

Y comprad su novela, devoradla, porque sé no os va a defraudar y... porque las personas con talento merecen ser conocidas y que apostemos por ellas, que las apoyemos siempre.


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