Y como parece que el corto verano se acaba...



No dejo de pensar en ella.

Estoy esperando que vuelvas



Sé perfectamente que ya publiqué este vídeo
En otra ocasión
Y hoy creo que es el día justo
Para volverlo a recordar
Porque estoy esperando que vuelvas.
(Fuiste tú quien me lo descubrió,
Que yo ya conocía la canción
Mas no las imágenes).

Hoy he vuelto a casa
Después de pasar las últimas semanas
En el convento.
He puesto una lavadora,
He limpiado el balcón,
He hecho mentalmente
Una lista de la compra,
Me he puesto una copa
Y un platito de frutos secos,
Y me he envalentonado un poco
Con esa única bebida
-Joder, Carol Blenk,
Que ya con una sola copa
Te envalentonas,
Cómo te tienes que ver-
Para lanzarte un mensaje
Que tú no verás
Pero tal vez eso sea lo de menos.

Te escribo sin paracaídas
-Como el Calamaro-
Contando las horas
Que me faltan
Para tenerte en mi cama.


Dicen que hoy es el día más feliz del año, pues menos mal, porque a mí me parece que no es en absoluto así, un llapis d'Ikea, un pistatxo, wa yeah, ¿dónde están los de Antònia Font para salvarnos de tanto sábado gris ensuciado?

Este verano he vuelto a ir al Sur, llevaba dos años seguidos con las monjas toledanas pero he conseguido que Mary Blenk (aka la Sra. Blenk) me permita regresar a mi convento preferido, dentro de todo lo malo, claro.

En cuanto llegué aquí pregunté por ella pero todo fue silencio, ninguna de las monjas me dijo -o me quiso decir- nada acerca de su paradero. Es como si a Sor Elena se la hubiera tragado la tierra. En el 2012 se portó muy bien conmigo, compartimos muchas complicidades y, aún lo recuerdo con emoción, ella me llevó de regreso a Barcelona en su Mini azul cielo, ahorrándome pasar los días finales en el convento y logrando burlar las órdenes de la Sra. Blenk.

Anoche volví a ver a Sor Elena. Yo había salido al patio después de cenar, haciendo tiempo para que dieran las doce, que es la hora en la que nos obligan a ir a dormir. Escuché mi nombre susurrado tras unos arbustos y allí estaba ella ofreciéndome un Camel.

—Es que ya no fumo pero… gracias.
—¿Que ya no fumas? ¿Qué me he perdido? ¿Acaso se acaba el mundo o qué?
—Es muy largo de contar, Elena. Pero cuéntame tú, ¿cómo estás? Le he preguntado a todas por ti y nadie ha abierto la boca…
—La lié bien liada, Carol.

Me percaté de que no deseaba hablar del tema así que desvié la conversación y le puse al día de mi vida en estos casi tres años.

—No sé qué decirte, Carol, veo que tu vida ha dado muchos giros, te veo muy diferente a aquel verano… Mucho mejor, no sé, cambiada pero a mejor.
—Bueno, creo que tu vida sí que ha dado realmente un cambio, ya no llevas hábito…
—Conoces la trilogía de El Padrino, ¿no?
—Claro.
—Pues imagínatela pero en monjeril.

Se me escapó una carcajada y tuve que contenerme para que no nos descubrieran. La situación era muy curiosa: ella de rodillas tras los arbustos y yo sentada en el banco de madera roída y desgastada por el sol andaluz, como si nos halláramos en pleno acto de confesión. Podía ver sus pequeños ojos orientales en la oscuridad, mirándome fijamente. No quedaba claro quién le estaba contando los pecados a quién, reconozco lo extravagante de la situación.

—¿Y cómo te has enterado de que este año he vuelto aquí?
—Pues por tu blog.
—¿Aún me lees?

Me sigue pareciendo un milagro que la gente me lea después de tantos años así que siempre hago la pregunta retórica, como queriendo confirmar que es cierto.

—Pues claro, no he dejado de leerte en estos años. Siempre me dejas en ese limbo entre ficción y realidad, Carol.

Entonces hizo algo que me inquietó, me cogió la mano. Y recordé de repente las cartas que me había ocultado a hurtadillas de la monja jefe aquel verano, de los mensajes en el bote de Cola Cao y de tantas otras cosas… Lo cierto es que gracias a ella los días pasaban menos lentos en el convento y siempre se inventaba algo para sorprenderme o para hacerme la estancia más llevadera.

—Siempre me has gustado.

Ya está. Lo soltó. Como quien deja caer toda una cristalería de Bohemia.

—Lo sé. Siempre lo supe, esas cosas se notan a la legua, Elena.

Dejó mi mano y se puso de pie, me levanté de la silla y esperé.

—¿Para qué has venido?

Se encendió otro cigarrillo y tuve que hacer verdaderos esfuerzos malabares mentales para no pedirle una calada.

—Para que te vengas conmigo a terminar el verano.

No daba crédito a las palabras de Sor Elena. Me estaba pidiendo una cita de verano en toda regla, así, a bocajarro, como las verdaderas valientes.

—No puedo, Elena, y tampoco quiero. Tengo a alguien esperándome y muero porque llegue el momento de reunirme con ella.
—Sigues siendo una romántica, Carol, la vida te va a dar muchas más hostias, pero de las que duelen, no las del rito cristiano.

Tuve que contener de nuevo la risa. Aquella situación estaba derivando en lo esperpéntico. Casi eran las doce y yo estaba escuchando algo parecido a una declaración amorosa de los labios de una ex monja con cuerpo de atleta.

Y entonces volvió a coger la mano, me besó el dorso y desapareció en la oscuridad sin dejarme decir nada más. Al cabo de unos minutos escuché el motor de su Mini azul cielo, un acelerón brusco y después de nuevo el silencio del convento.

Volví a mi celda y me tumbé en la cama sin quitarme la ropa, no sé cuánto tiempo pasó hasta que me percaté de que había algo bajo mi espalda, no había encendido la luz así que no había visto nada al entrar. Era una copia del Blonde on Blonde de Dylan, mi preferido. Contenía una nota:

“Carol, si estás leyendo esta nota es porque has decidido no venirte conmigo. En el fondo sé que es lo mejor para ti, porque sólo te voy a causar problemas y yo… Yo en realidad ni siquiera sé qué es lo que busco, ni si lo podría encontrar en ti. Creo que te he idealizado, a ti y a aquel verano del 2012 en que compartimos tantas cosas, supongo que aún te acuerdas. Espero que no me guardes rencor por esto. Te dejo el CD de Dylan, porque sé que te encanta y que vuelves a él cada verano obsesivamente. Tienes un reproductor de CD a pilas en el montón de las toallas, en medio de la segunda y la tercera, de la primera pila, cógelo mañana temprano, antes de que se te adelante alguien. Lleva pilas alcalinas, tal vez te aguante hasta que te vayas.

Aún recuerdo aquello que me repetías, lo de que en realidad todos nos acabamos enamorando de la persona equivocada, me pregunto si aún lo crees, si todavía lo piensas… Yo me reía de ti, de tu escepticismo, pero finalmente me he dado cuenta de lo cierto de tu frase…

Sé feliz, Carol, sé todo lo feliz que puedas. Me alegro inmensamente de haberte conocido.

Elena”.

Estaba atónita tras leer la nota. La tuve que leer una vez más para entender que me hallaba ante un monjadrama en toda regla.

Salí de mi cuarto y fui a buscar el reproductor de CD, necesitaba escuchar inmediatamente a Dylan. Después, de nuevo en la cama, me puse a pensar en todo lo que había pasado con los auriculares puestos y los ojos fijos en el techo.

Me sabe realmente mal por Elena, porque es una gran tipa y me cae bien. Y me sabe mal porque, efectivamente, yo soy la persona equivocada. Somos todos como piezas de un puzzle infinito tratando de encajarnos unas con otras, ignorando deliberadamente que no, que la mayoría de veces resulta imposible, que la pieza con la que encajamos no es esa, que tal vez nunca lleguemos siguiera a conocerla.

No recuerdo cuánto tiempo pasé dándole vueltas a la cabeza, lo único que recuerdo es que me quedé dormida después de escuchar casi todo el disco de Dylan y que después comencé a perder la noción del tiempo y de la realidad con una estrofa… Pero quiero más, yo quiero más, la que cantaba Coque Malla en aquella canción.

6 de agosto de un verano fatalmente amoroso

6 de agosto

De un verano en el que sueño
Con bombas atómicas que se derriten
Sobre el asfalto hirviendo.
Mientras suena alguna 
De Ben Harper
O de Nacho Vegas
Porque justo esta noche
He decidido
No poner ninguna resistencia
A esa mezcla
De saudade y emoción
Por el futuro.
Pienso en Tokio precisamente hoy
Tras ver en las noticias
El aniversario tristísimo
Y a los ancianos 
Que eran niños
Asustados
Asustados
Asustados.
Pienso en Tokio
Y en mis planes
Apareces tú
Inevitablemente.
No imagino Tokio
En soledad
Aunque sea una sola
Y a pesar de que contigo
Sea tal vez
Difícil,
Improbable o
Imposible.
Ahí queda mi hueco para la tortura
De este 6 de agosto
En el que te echo 
Tremendamente de menos
Y mi mente
Entra en esos bucles que tanto 
Odio
Pero que trato de evitar.
Los bucles de besos lejanos
Que se te clavan en la nuca
Y no te dejan dormir
Y te embisten las pesadillas
Y te tapas con la sábana
A pesar de que marca
Treinta y pico grados en la noche.

(Vuelvo a estar en mi retiro estival. La Sra. Blenk me ha vuelto a aislar en un monasterio del Sur para tratar de rebajar mis excesos de ficción, un año más. Esta noche he logrado encender el iPhone y conectarme, a pesar de la prohibición. El texto lo he escrito raudo y veloz así que pido disculpas por si hay algún error, ortográfico o sentimental. Daría la vida por poder escuchar algo de música o por una copa.)

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