31 de agosto de 2014 (siento como si se acabara el año)



Hoy he salido a la calle sólo a tirar la basura y a comprar comida. No he cocinado porque me ha dado pereza pero por la tarde me he preparado un mojito espectacular, lo cual me ha hecho sentir algo mejor, como más ama de casa responsable. Hacerte un mojito para ti sola es similar a prepararte una paella, que hay que estar muy entera para eso. Lo he conseguido. Me he fumado dos cigarrillos, estoy bastante contenta por eso a pesar de que ayer -que fue mi sábado torturado- me pasé de la raya.

Tengo una duda acerca de cómo hacer correctamente la cama. No sé cuál es la posición correcta de la sábana, mi madre me enseñó que la sábana se ha de poner con el dibujo hacia abajo para que el embozo (RAE: doblez de la sábana de la cama por la parte que toca al rostro) se vea al doblarlo y quede bonito. A mí, sinceramente, siempre me pareció una manera muy absurda de colocar la sábana: sacrificas todo el dibujo sólo para que se vea el embozo, no sé si me explico. El otro día decidí hacerlo al revés: poner la sábana del lado del dibujo de forma que el embozo quede con el dibujo cara abajo. Me parece mejor que se vea toda la sábana completa sobre la cama.

Para variar, la cuestión de las sábanas me ha hecho reflexionar acerca de otros temas. No sé, es como si a veces sacrificáramos el lado bello de algunas cosas simplemente para que lo más visible se pueda lucir. Creo que es una teoría complicada de explicar, a veces trato de escribir aquí para verbalizar lo que siento o pienso y así no perderlo aunque al final acabo olvidando la mayoría de las teorías.

Me gusta mucho Richi (Ricardo Vicente). Quería poner otra canción pero no la ha encontrado así que he elegido ésta, que me parece muy buena; es realmente conmovedor eso de "aviso que voy a quererte demasiado, aviso por si luego tú te asustas y te crees que he exagerado". Creo que yo no saldría corriendo.

Nadie encaja conmigo

Ya he vuelto a casa. Una casa en la que ahora sólo se fuma en el balcón. Una casa que ahora me gusta con locura. Una casa en la que a veces me tropiezo conmigo misma a pesar de que he estado estudiando muchos meses cómo aprender a evitarme.

Este verano la estancia en el convento no me ha servido para demasiado. Broncas diarias con las monjas, pérdida de dos kilos, tan sólo dos libros leídos, ése ha sido el austero inventario.

El lunes empezará septiembre de nuevo, como cada jodido año. Trato de alargar el verano, mis ganas de ser feliz, mi empeño por sentir que todo se acopla, que la máquina funciona, que nada chirría. En sábados inútiles como éste siento que todo el mundo que me rodea encaja menos yo, la pieza tarada de serie.

Sigues siendo una sola. Y ya está, Carol. Y no le des más vueltas. Y no te obsesiones con no tropezarte contigo misma porque te va a seguir pasando y nadie va a tener la valentía de salvarte, que el mundo no está montado de esa forma, y nada va a suceder para que tú te dejes caer sin red en ese jodido mes de septiembre que ya estás empezando a odiar con todas tus fuerzas, porque hacerse preguntas cuando uno está en modo bucle es muy peligroso y entonces piensas en llamar a Ewan ya que él es el torturado rey y siempre te entiende, siempre te abraza cuando toca -nadie sabe abrazar, joder, nadie sabe cuándo hay que estampar un buen abrazo- pero Ewan ahora tiene una novia formal que se llama Margaret, pobrecillo, que yo sé que él ya se ha enamorado de ella y Margaret es una destrozaalmohadas en toda regla, una tipa más fría que el Polo, pero él se empeña en que ya es su chica y yo, sintiéndolo mucho, le digo con todo el cuidado del mundo que no, que ella no es su chica, que seguramente nunca lo va a ser porque este tipo de chicas tienen el alma hipotecada consigo mismas y nunca dejan a nadie que se acerque de verdad, y la pena que siento por mi amigo es muy profunda, tanto que hasta lloro un poquito por él, porque estas situaciones se ven muy fácil desde fuera, que cuando lo jodido te toca a ti tú también caes en los mismos errores aunque, no obstante, decido escribirle una mini carta a Ewan para aconsejarle que no se fíe de nadie más que de sí mismo porque al final no hay nada sincero y limpio, y por supuesto el amor no se salva, tal vez eso sea lo peor de todo, que caemos como imbéciles en algún momento de nuestras vidas, aunque lo importante es darse cuenta y entonces salir corriendo con la dignidad que nos sobre bien agarrada, y es que Margaret fuma como fuman los mentirosos y de eso me he dado cuenta en seguida, que puedo ser muy lenta para algunas cosas pero capto bastante bien el lenguaje no verbal, y ella no le conviene, Ewan, mi vida, mi chico guapo y perdido, todo esto te lo digo para evitarte dolor, que al final es lo que va a llegar y de nuevo el pasar por todas esas mierdas de fases, la negación, la rabia, el esconderte del mundo, el tiritar solo por las noches, el buscar a los monstruos bajo la cama para asegurarte de que has de seguir durmiendo en el sofá...


A la izquierda de esta cama ahora no hay nadie, nada de nada



Durísimo el día de hoy
En el que he tenido que coger un taxi
Y salir pitando como en las películas
Mientras marcaba el mismo número de teléfono
Una vez tras otra.
Como en las películas,
La chica que sale de casa con el pelo alborotado
Recién mojado de la ducha,
Con los dientes sin cepillar
Y un bolso cazado al vuelo del armario.
Mientras le pagaba al taxista
-Un tipo seco que me preguntaba con sorna
Si conocía Barcelona-
Los 8,75 del trayecto
Recordaba tu escote
Y forcejeaba conmigo misma
Para intentar vencer
La tentación de llamar a tu trabajo
Y pedirte una cita lo antes posible.
Despertarme y comprobar que el animalillo amarillo
Ha estado velando mis sueños
Toda la noche
Sobre mi mesilla
Me ha puesto contenta
Y me he sentido la tipa más protegida
Del planeta,
Como si llevara un escudo nuevo e invisible.

Encuentra la pista y házmelo saber




Éste es un mundo en el que nada nunca se resuelve

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Dentro de unos días hará justo un año que terminé la novela. Y ha tenido que pasar otro año para que haya reunido el valor suficiente para hacerla llegar a las manos que la deben tener. Ahora me muero de la vergüenza al pensar en la historia porque me parece muy tonta, muy de amoríos, infidelidades, y pensamientos torurados pero… es lo que escribí y en ese tiempo es lo que me pasó por la cabeza. Y me gustaba, y disfruté al escribirla. Y lograr poner el punto y final me hizo sentir bien conmigo misma porque fui capaz –por primera vez en mi vida- de terminar algo que me importa realmente.

En el convento tengo mucho tiempo para pensar. Demasiado. La otra noche la pasé revisando mentalmente amigos y conocidos. En una lista coloqué a los que están solteros y en la otra a los que han formado una familia, bien sea en pareja o solos con hijos. La primera lista estaba en clara desventaja con respecto a la segunda.

El siguiente paso fue imaginarme a mí en ambas listas. En la primera de ellas me veía como a Rust Cohle, el detective de la serie True detective, que me tiene absolutamente fascinada. En la segunda lista me veía con una familia indeterminada, tal vez con un par de hijas… Y si pudiera recuperar la custodia de Jimena, ya tendría tres. Sí, una vez tuve una hijita pero, al igual que al lince ibérico bebé, la perdí. Eso es una historia pasada, muy antigua, pero sucedió una vez.

Me veo muy diferente en las dos listas. Es evidente que se trata de dos situaciones vitales totalmente opuestas y ahora, con los cuarenta recién cumplidos, siento un desasosiego difícil de explicarle a nadie. Tal vez por eso lo oculto, porque no me veo capaz de concretarlo, y tampoco creo que nadie lo pueda entender ya que hay sentimientos que verbalizo muy mal.

Miro las fotos de antiguos compañeros del colegio en Facebook y los veo sonrientes en sus playas y en sus montañas con sus hijitos y sus parejas, siempre felices, siempre abrazándose, siempre besando. Observo entonces mis fotos y me parecen las de una tipa de veinte años. Con sus cervezas, con sus pitillos, con su moreno de piscina y sus nuevos zapatos de tacón. Y me hago muchas preguntas. Y no sé cómo contestarlas.

Y me encanta Rust Cohle pero está solo. Nadie se queda con él. Él no se queda con nadie. Apenas sonríe. No tiene fotos de familia. Bebe sin cesar. Fuma sin cesar. Se tortura sin cesar.

Y me inquieta pensar en que puedo ser Rust Cohle, en que tal vez ya soy un poco como él. Y no poder hacer nada para impedirlo. Probablemente, no querer hacer nada para detenerlo.

“Éste es un mundo en el que nada nunca se resuelve. Alguien una vez me dijo: ‘el tiempo es un círculo plano’. Todo lo que hemos hecho y todo lo que haremos, lo repetiremos una y otra vez.”

"Si tuviera que vivir mil vidas..."

Aquí en el convento paso muchas horas leyendo, además de realizar otras tareas varias como las que me indican las monjas: regar, limpiar el huerto de malas hierbas, cocinar, etc. No tengo mucho tiempo porque escribo esta entrada desde el iPhone, lo conseguí colar gracias a mi madre pero no tengo cargador así que tengo que dosificar con precaución la batería hasta que salga de aquí.

Hoy sólo escribo para recomendar una novela fantástica: ¡Melisande! ¿Qué son los sueños?, de Hillel Halkin y, dicho sea de paso, traducida con todo el esmero y la perfección del mundo por Vanesa Casanova. En la página de Libros del Asteroide (una editorial muy indie) hay muchas reseñas.

No puedo extenderme tanto como me gustaría pero sólo quiero resaltar que se trata de la mejor novela que he leído en mucho tiempo, se ha convertido en una de mis historias favoritas. No deseo explicar nada sobre el argumento, simplemente se trata de una historia de amor, de recuerdos, de literatura, de pasión, de la vida en estado puro nada más y nada menos.

Los grandes libros te dejan así. Con un nudo en la garganta, con la sensación de que la vida se va gastando y no la apuramos lo suficiente, con ganas terribles de vivir al máximo como los personajes de la novela, de sentir lo que ellos sienten... Las grandes novelas te dejan temblando, tiritando de la emoción, con los ojos más intensos que nunca.

De ahí mis ganas irrefrenables de contarle a todo el mundo lo buena que es Melisande.

La he devorado en tres tardes. Y he soñado con vivir una historia como la de Hoo y Mellie. Me gusta que los amantes se llamen con nombres secretos, con apodos ingeniosos que sólo suenan así en los labios de la persona amada.




Del norte al sur en un coche que atraviesa el cielo (y si sobrevivo a esto será casi un milagro)


Hasta hoy no he podido acceder a un ordenador. Los últimos días han sido una locura. La señora Blenk me ha sacado del convento de Toledo y me ha llevado de nuevo, como en los veranos anteriores, al sur. Todo comenzó de la manera más absurda.

Un martes por la noche comencé a sentirme mal, me dolía horrores el estómago. Me levanté de la cama y fui al lavabo a vomitar. Allí me encontré con Sor Encarna, que salía de uno de los lavabos con la cara pálida. Las dos habíamos cenado exactamente lo mismo, lo recuerdo perfectamente porque éramos las únicas que elegimos salmón a la plancha ese día. Una intoxicación en toda regla.

Al día siguiente la señora Blenk estaba plantada en la puerta del convento esperándome con la puerta de su Audi –que sólo conduce los lunes y los miércoles, curiosa manía- abierta.

Sube al coche, Carolina. I can’t stand this situation.

Subí al coche obediente y atónita.

—¿Qué pasa? Oye, no me encuentro demasiado bien del estómago mejor…

Me interrumpió bruscamente como suele hacer.

Oh, come on… Ya lo sé, esas monjas son unas tacañas y os hacen comer esa… esa… oh, shitWe must go to the south right now…

Me cuesta mucho entender el inglés de mi madre y encima, cuando habla cabreada y fumando, es mucho peor, apenas pillo el sentido. Lo único que creí captar fue que las monjas toledanas eran unas tacañas, que no hacía falta que hiciera el equipaje porque se había encargado ella personalmente de hacerme una maleta nueva, y que nos íbamos en ese mismo momento al convento de hace tres veranos. Su preferido.

Me esperaban bastantes horas de viaje con la única compañía de una madre fría y extraña. La misma que cada año me obliga a retirarme a un convento para, según ella, tratar de curar o aliviar mis excesos de imaginación. Yo le sigo el juego porque en el fondo me gusta. Es como una especie de reto, un estar a solas conmigo misma, sin nigún estímulo exterior, aunque siempre busco una forma de burlar la vigilancia y escribir o mandar mensajes a mis amigos. Eso por no hablar de las historias inolvidables vividas los veranos pasados con algunas monjas que aún recuerdo…

—Mamá, ¿puedes parar un momento?
—Ohhh, what happens now, Carolina? Si seguimos a esta media llegaremos antes de la cena…
—¿Es necesario que conduzcas siempre como si alguien te persiguiera?

Se salió de la carretera y aparcó en una especie de descampado propio de cualquier serie americana de esas en las que los narcos se reúnen para hacer el intercambio de mercancía.

Se encendió un cigarrillo sin mirarme y me invitó a uno.

—Hace casi dos semanas que no fumo.
Sorry, dear, olvidaba que en tu retiro jamás fumas.

Seguía sin mirarme, con las gafas de sol puestas.

—Mamá, hoy es mi cumpleaños, los cuarenta.

Pasaron varios minutos en silencio hasta que vi cómo le resbalaba una lágrima por la mejilla.

Encendió un segundo cigarrillo y el motor del coche. Volvimos a la carretera y, tal como ella había previsto, llegamos al convento a la hora de cenar.

PD: Sé que tengo comentarios que contestar, no me he olvidado de ellos, en cuanto pueda volver a tener acceso a Internet los contestaré todos.

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