Y suena Rufus y en mi ciudad también llueve



Una cama elevada tres metros
a la que se llega subiendo una escalera plateada
que se tambalea en los tres primeros peldaños.
La cama en una casa imposiblemente preciosa
de irreal
de misteriosa
y de acogedora.
La casa en una calle a la que el coche de Google Maps
no puede acceder
porque es un destino secreto
al que sólo puedes llegar si memorizas el mapa
y después te lo tragas sin masticar.
La casa en una ciudad mínima que tiene cuatro tildes porque
sus habitantes la pronuncian como bárbaros felices.
No dejemos pistas, no soltemos lastre,
no miremos a los lados,
no subamos la guardia ni una vez más.




"Ya no me hacen falta galones", qué buena frase, tanto que duele



He vuelto de comer con Elena por una carretera por la que hacía mucho tiempo que no pasaba. He llorado bajo el parapeto de las gafas de sol pero ella, que es muy lista, me ha cogido la mano y me la ha apretado fuerte. No he llorado por nadie, por nada, ni siquiera por mí. No sé por qué he llorado, era una de esas tristezas punzantes, como algunas canciones de La Habitación Roja, que siempre son jóvenes y siempre te cuentan historias de dolor y de penas tremendas. Y te duele, joder cómo te duele ese sol tiránico tras los sucios cristales del coche de Elena, mientras notas el corazón estrujado como una bayeta de cocina, escurriendo agua, que en tu caso será sangre o cualquier otro líquido imposible. Y no le confiesas toda la historia a Elena porque temes el acto de verbalizar, siempre comprometedor, siempre incómodo, aunque a veces necesario. Mentalmente le echas la culpa a las canciones sabiendo que te agarras a esa excusa como quien lo hace a un salvavidas defectuoso, condenado al hundimiento. Sabes que mañana estarás de nuevo de puta madre, que te enfrentarás al trabajo con la ropa impoluta, planchadísima, recién desayunada y oliendo a perfume europeo. No habrá nada, absolutamente nada, en tu aspecto que pueda dejar al descubierto tus flaquezas, y mejor así, porque empiezas a estar harta de que te disparen a matar cuando resulta que tú te mueves por el universo sin coraza ni chaleco antibalas. Recuperas tu ingenuidad y la pierdes tres minutos más tarde y eso, joder, eso, bien sabes también lo que duele porque no es necesario que te restrieguen por la cara que los Reyes no existen, que también son un fraude, uno más, y que los mapas te han sido arrebatados en el peor de los momentos para que tropieces contigo misma, como Audrey, ya sabes, otro día rojo, una vez más, tan intensa como la primera de las primeras. Y puede que la culpa real, la verdadera de todo este momento negro, sea de esos campos insultantemente verdes, que han sido escenario incluso de una película que no piensas ver pero que tal vez acabes viendo porque eres así de imbécil a veces, incluso cuando no te lo propones. Esos campos perfectamente labrados, sembrados de cosechas invisibles, trazados con un pulso magistral, tan perfecto que su aspecto te parece artificial a pesar de que sabes perfectamente que son parte de lo poco real que vas a ver durante el día de hoy. Elena sigue conduciendo y la miras; esta noche no tocará comportarse como una persona responsable sino todo lo contrario, saltándote los horarios, encerrándote en tu tortura adolescente, tan pasada ya de rosca que ni siquiera resulta especial, a tu edad ya no, que no estás en la década de los noventa por mucho que te empeñes. Después de quince copas de vino tal vez aciertes a ponerte el pijama y a desmaquillarte el poco color que te habrá sobrevivido después de tu bloqueo desde las seis de la mañana, hora en la que la alarma te ha sacado de tus sábanas de domingo, impecables. Y sientes vergüenza de ti misma, de tus putos problemas de ham (burguesa) acumulados como el polvo bajo las camas de las casas de los enemigos, de la tuya nunca, porque es algo que no toleras, que tu suelo está tan brillante que podrías derramar sobre él litros de gazpacho para lamerlos después. La vida siempre se abre camino, la vida siempre se abre camino, la vida siempre se abre camino. Cópialo mil veces en el cabecero de tu cama, Blenk, tállalo con tu navaja suiza de imitación para que jamás se borre y se te instale en el disco duro de tus sueños o pesadillas, dependiendo de lo que te toque esta noche.

Y acabo jugando al billar y dando un impulso imposible a una carambola magnífica, tanto que me asusto y tengo que sentarme porque comprendo, al final, al término de este jodido día repleto de tacos y de lágrimas innecesarias pero obligadas, que todo tiene un sentido finalmente: las cinco letras de mi nombre. Uno mismo. Con su reflejo en los escaparates de las tiendas de barrio, esas que tanto me agradan, y que me devuelven mi imagen algo más trillada pero puede que más consecuente aunque siga tropezando conmigo misma en este lunes cruel e interminable. Paradoja de las paradojas.

Y ya no tendré miedo



Y me encontraré contigo
y estaremos bien
como dos desconocidos
sin saber qué hacer.


Quiero una pastilla que me impida dormir porque necesito 24 horas al día, más que nunca



Nawja está cantando ahora mismo en la dos en un programa de esos modernos presentado por Alaska. Está muy cambiada, lleva el pelo rubio y me da la impresión de que está como muy curtida y triste pero me sigue pareciendo muy sexy. Creo que la han entrevistado pero me lo he perdido, sólo he llegado al final del programa. Ya tengo tele así que estoy aterrizando en la parrilla televisiva como quien lo hace en un país exótico. Aún no estoy acostumbrada a esa banda sonora.

Me gusta mucho este momento de la noche en que me preparo un café y me fumo el último pitillo escuchando una música cuidadosamente elegida. Es la hora en la que todo cuadra, la hora en la que todo sucede de manera casi matemática y regular, aunque no es una precisión fría sino más bien calmada.

A veces dejo la mente prácticamente en blanco, otras se me acelera y hago planes imaginariamente, sabiendo de antemano que serán complicados de cumplir pero no deseo renunciar a ellos. Por ejemplo, uno de ellos es ir a Rovaniemi, y lo llevo arrastrando desde hace siglos. Por aquello de estar esperando la casualidad de mi vida, supongo. La más grande. Qué pesada, escribiendo sobre los mismos tópicos durante años, pero es que es complicado innovar muchas veces. Pronto hará tres años que viajé a Finlandia y no llegué a Rovaniemi, fue imposible, seguramente el destino lo quiso así. No era mi año.

Me planteo ir sola. Como me propongo ir a conciertos sola pero al final siempre me echo atrás y me fastidia enormemente no ser capaz de hacerlo porque me siento pequeña y cobarde. Deberíamos ser capaces de hacerlo todo solos. Pues no. Sigo sin ser capaz de lograr estas metas.

El último disco de Najwa suena en bucle. Es muy electrónico. Muy de no pensar, de besar, de lamer, de enrollarte horas y horas con un cuerpo moreno desconocido y conocido a partes iguales, intrigante, eléctrico, impactante e inacabable.

El mejor de los brindis no es el imaginado



Como es tradición en este blog, hoy toca escuchar la misma canción de cada año justo en esta fecha.

Letras torturadas con música puede ser igual a insomnio o desvelo


Voy actualizando la banda sonora del blog, compuesta de todas las canciones que han aparecido directa o indirectamente en estos nueve años. Gracias a todos los seguidores, de verdad.

♫ Narraciones (Carol Blenk) ♫

Los peores abandonos no son los que tienen lugar en un contenedor



(La imperfección vocal de Chet Baker es la más hermosa de la tierra, siempre me cala como ningún otro).

Eso de que abril era el mes más cruel, ya sabes, por el poema de T.S. Elliot, no es muy cierto, al menos en la vida de una tipa tan terrenal como yo. La experiencia me ha demostrado que es febrero el que manda, para bien y para mal. Febrero es un mes que puede ser muy jodido pero, al mismo tiempo, te puede lanzar de una patada al mismísimo cielo. Las mejores cosas y las peores me han pasado en febrero en los últimos años. Es por eso que me impone tanto, a pesar de que intento ignorarlo con todas mis fuerzas.

Anoche apenas dormí. El día anterior me emborraché y lo combiné con drogas blandas, exacto, todo un ejemplo. A veces sucede esto. A veces no sucede. A veces ni te enteras de que sucede y eso fue justo lo que me pasó. Fui feliz durante muchas horas y no fue impostado sino que realmente lo quise y lo conseguí. Eso me hace pensar que en ocasiones se puede lograr lo que uno ansía y ello te proporciona un vértigo extraño. Como lo de ser feliz ayer. De repente te encuentras fumando con un amigo y explicándole que te habías planteado ser madre, porque te apetece, porque te ilusiona, porque es algo contagioso y resulta que Elena también quiere ser madre y eso a ti te ha impactado mucho porque no se trata de una tipa cualquiera sino de Elena y cuando piensas en todas las batallas que habéis perdido y ganado juntas, te cuesta un poquito aún imaginártela con un cachorro entre los brazos. Los giros de la vida son así, algo más realistas que los de las películas.

Tengo la impresión de que la señora Blenk se está despidiendo de mí poco a poco. Lo llevo pensando desde hace varios días, puede que semanas, porque mi sentido del tiempo está algo descompasado últimamente. Me enseña labores de cuando era joven y todavía no vivía en este país. Por ejemplo, un pañuelo blanco digno de novela de Jane Austen, realmente precioso, con un trazado de hilos que me parece imposible de realizar de lo microscópica que es. O me narra anécdotas de cuando veraneaba junto a sus amigos de la infancia -bastante resumidas porque ella jamás se extiende- para terminar confesándome que era el amor imposible de los tres jóvenes más guapos del pueblo. Y que el verano pasado una amiga común le confesó que uno de ellos, el único que aún vive, jamás la olvidó. Es como si todo me lo explicara para que su historia no se pierda, para que no haya sido en vano como las narraciones que jamás se explican y que, por eso mismo, tienden a desaparecer. Prefiero no pensar en ello de lo duro que me parece.

Al volver a casa he sentido una punzada de tristeza porque en un contenedor de basura alguien había desparramado un montón de libros. Me he quitado las gafas de sol y allí estaban varios ejemplares de las mujeres alteradas de Maitena junto a las aventuras de los cinco, de Enid Blyton. He sentido el impulso de llevármelos a casa de la pena que me ha dado el verlos allí abandonados y, posiblemente, camino de ser triturados, toda una injusticia. A pesar de ello, me he vuelto a poner las gafas y me he marchado sintiéndome una miserable cobarde, incapaz de realizar un gesto heroico de salvación literaria.

Al fin y al cabo, no soy una superheroína, ni jamás lo seré. Ni lo fui.

Luciérnagas en el ring



Las 00:21
Y me queda un 23 por ciento de batería,
Medio pitillo y medio vaso de agua.
Llevo dos días seguidos escuchando
A Ben Harper
Y muriéndome de la envidia
De tener su voz
Para cantar
Waiting on an angel.
No la tengo, claro,
Ni aprendí a tocar la guitarra
Sencillamente
Porque jamás me puse en serio a ello.
Mi vida.
Una lista de tareas incompletas
Que se quedaron naufragando
Un poco como yo.
En este medio silencio
Me siento la tipa más afortunada
De mis 69 metros cuadrados
De casa.
Ya no subo la guardia,
Mis guantes de boxeadora están guardados
Y en el ring sólo estoy yo sentada,
Sonriendo tranquila,
Con el pelo despeinado
Porque han anulado el combate
Y puedo respirar calmada,
Todo está bien,
No puede ser más perfecto,
No necesito nada más
Que seguir sentada en el ring.
Al lado de mi propia respiración
Temblando de las ganas
De que llegue el momento tan deseado.

Empiezo a llevar una vida responsable y con corbata en el desayuno






Nunca he tenido una televisión propia. Prestadas, regaladas, pero jamás he comprado ninguna con mi dinero. He pasado cuatro meses sin tele y ha llegado el momento de adquirir una nueva, a pesar de que no la he echado demasiado en falta. Esta tarde la he pasado montando una mesa nueva -para la nueva tele, claro- y me he quedado embelesada mirando los tornillos y otras piezas cuyo nombre desconozco tras sacarlas de la caja. No me ha costado mucho montarla y me he sentido bien conmigo misma, un pequeño triunfo dominguero de esos que te hacen pensar que no eres tan torpe, que puedes arreglártelas y que si has podido con una mesa lo próximo tal vez sea algo más sofisticado.

Luego me he dado cuenta de que el mérito no era mío sino de las cabezas pensantes de Ikea. Ellos son los que trazan el plan por ti: las instrucciones, el número exacto de piezas, los agujeros en el lugar correcto. De eso se trata, de preparar previamente las estrategias para después saber cómo debemos actuar y no equivocarnos de camino.

Desde luego que escuchar buenos temas también ayuda a saber hacia dónde se ha de ir, como si tuviéramos el mejor de los mapas en las manos.

Empiezo a pensar
Que no hay un día
Que no quiera verte

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