Gigantes

El autobús hoy ha cambiado el recorrido y me ha dejado en una calle desconocida, he tenido que andar más rato para llegar a casa y he pasado por rincones de mi ciudad que desconocía. Así te pasa en la vida a veces, que te dejan en un lugar algo inhóspito y te las has de apañar para regresar antes de que oscurezca.

Mientras caminaba, he reparado en la bolsa que llevaba con mi última compra: dos kilos de naranjas. ¿Debe significar algo eso? Pues tal vez debería buscar el sentido, como que siempre se conservan las tradiciones o que lo básico jamás se ha de descuidar.

He comido con mi madre en el último día del año. En las noticias salía la gente en la Puerta del Sol con esas ridículas pelucas de colorines y los cuernos de alce. Y he recordado que yo también lucí una peluca lila en un fin de año en Madrid, desde un balcón precioso. Y al ver a toda esa gente dando saltos y pidiendo sus deseos ante la cámara, se me ha puesto un nudo en la garganta y me he tenido que esconder en el cuarto de baño para llorar. Ha sido una melancolía muy triste. Fuimos muy felices en esa ciudad pero también en otras, lo cierto que en todas.

Como cuando me entró la cabezonería de buscar un piso nuevo porque quería una terraza para hacer barbacoas con los amigos. Y visitamos mil pisos pero ninguno nos gustó así que al final nos quedamos con el que teníamos porque nos dimos cuenta de que era perfecto, que a veces las cosas buenas las tienes delante de las narices pero te empeñas en buscar otras por pura ambición.

O cuando defendíamos a Mourinho y celebrábamos los goles del Madrid delante del mundo entero, colgando una bandera de Corea del Norte en el balcón, y nos nos importaba ir contracorriente porque sabíamos que estábamos en el bando de los buenos.

Tengo dos horas para llorar esta melancolía.

Fuimos dos personajes que se volvieron personas. Y fue hermoso, y fue precioso, y fue todo. Y necesito escribirlo porque el personaje necesita llorar también por lo perdido. Aunque en el fondo no se trata de una pérdida sino de un recuerdo, de una historia ganada.

Antes de esa historia yo odiaba estas fiestas, y ella consiguió que la Navidad estuviera en mi cara de manera que a partir de ese momento ahí se quedó. No volví a odiar estas fechas, me quedó una calma buena después de aquello. Y ahora siento gratitud por ello, porque sé que siempre estará ahí, conmigo, en un rincón de mí.

Es el día justo para cerrar algunos círculos. Para dar gracias por todo lo vivido porque no pudo ser mejor ni más perfecto y es por eso mismo que deseo que el último post del año sea de gratitud y de buenos recuerdos, no de pena negra.

Y tal vez no debería escribir sobre melancolías ahora pero tengo dos horas para mí, para pensar en todo por última vez, para fumar y empezar a emborracharme.

Una gran noche con un título pequeño porque siento que camino de puntillas

El fin de semana ha sido tan intenso que no he podido ni escribir, así que éste es el post número 1066 cuando podría haber aumentado más la cantidad de entradas.

Los amigos de verdad son los que te llenan la casa de risas, de cervezas, de vino tinto y de canciones de Russian Red. Los que te emocionan cuando salen al balcón a fumar contigo y te explican que se han enamorado con la misma intensidad que hace quince años. Y tú los escuchas y te emocionas también, en paralelo a ellos, y les haces mil preguntas mientras se ponen otra cerveza y se encienden otro pitillo.

Y tu casa se pone a rebosar de cartulinas de colores y pegamento de cola porque todos estáis medio locos y habéis decidido escribir deseos para el año que viene, que estáis hasta los mismísimos del 2013, que casi os vence la tristeza aunque al final no, porque por suerte os habéis sujetado los unos a los otros, como quien rema en medio de un temporal insesperado.

Y cuando se marchan a la hora de la cena, te quedas sola recordando sus risas y entonces lloras un poquito porque se te ha puesto un nudo en la garganta y rezas para no perderlos nunca porque ahora sabes que son un tesoro precioso, aunque la expresión sea una jodida frase cursi pero ya te sabes el truco de insertar un "jodida" en medio para eliminar posibles cursilerías.

Y acabas escribiendo en directo justo cuando deseabas cerrar el post porque la intención era irte a dormir a una hora prudente pero lo cierto es que esta noche ya no existe ni prudencia, ni cobardía ni redes que te sostengan.

Descubriste una frase que se te ha metido por dentro y te ha hecho ver lo que tenías delante de tu cara: no renuncies a algo que no puedes dejar de pensar ni un sólo día.

Y resulta que es una sentencia un tanto vulgar y manida (la has buscado en Google) pero te parece que es deslumbrante y decides tenerla en cuenta ya que esconde una verdad alucinante.

Recuerdas 41 segundos fulminantes de Lauren Bacall -sin ningún motivo ni conexión con la sentencia, ni con el día de hoy- para recuperarla porque sí, sin más. Y algún día volverás a ver esa película, porque ahora sí que te apetece, aunque sabes que la quieres ver sola, que hay cosas que no se comparten con nadie, como ciertas películas.


Conseguí que cantara en catalán para demostrar lo bien que puede sonar



Con las flores de tu vestido
y el mar de la ventana
haremos un buen jardín
en una casa de color de anís
que nunca se abandone
y se esté bien dentro.


Y allí te haré muchos más hijos
y saldrá alguno albino
y miraremos el pasado
como si no fuera posible
que hayamos tardado tanto en llegar.


Con las frases roncas que no llenamos
y alguna mala letra que encuentro por el camino
aprenderemos las caras y los perfiles
de los hombres sin prisa
que tendremos de vecinos.



Y allí te haré muchos más hijos
y ninguno se llamará Agustín
y miraremos sus cabezas como si no fuera posible
que les crezca el pelo tan largo.


Con las horas muertas de las mañanas
y todas las resacas que callamos durmiendo
dibujaremos algunos amigos
y haremos una fiesta
como cuando éramos pequeños
con el señor "Cordones" y el perro alterado.

"Sin música la vida sería un error", que decía mi querido Nietzsche



Hay canciones que son de enamorarse. Y no hablo de alguien en concreto, no de amores pasados, ni presentes ni futuros, no sé cómo explicarlo pero sé que hay canciones que son justo eso.

Hoy me he dado cuenta de que The party, de Bigott, es una canción de enamorarse. Lo mismo de uno mismo, o de la vida que hay que descubrir, o de las copas que nos tomamos solos porque un amigo nos ha dejado plantados, o de los mails que recibimos de personas a las que pensábamos que les importábamos una mierda y no era así, o de una sobrina que te abraza dos veces seguidas y te mira como un cachorro sin decirte nada porque no es necesario, que los niños en silencio son los seres más sinceros del planeta, o de enamorarte de tu madre que te dice adiós por la ventana y luego te llama por teléfono y se despide de ti con un so pretty, mi girl, o de un jersey negro con lentejuelas grises que has pensado comprarte antes de que acabe el año porque alguien te ha dicho que hay que estrenar algo por Navidad, que da buena suerte, o de enamorarte de tus ojeras por la mañana, o de la única cana que permanece después de tantos meses en un rincón de tu pestaña derecha, o de tu bolígrafo preferido que jamás sacas de casa por miedo a perderlo, o de las toallitas desmaquillantes que usas cada noche para quitarte el rimmel.

Enamorarte de una canción de la que no entiendes la letra porque las mejores canciones son justo ésas, las que te permiten imaginar la letra que te apetece.

Una canción para escuchar en bucle porque es breve como un pensamiento de invierno en tu pequeña ciudad.

Los superhéroes suelen llorar el día de Navidad cuando nadie les ve



No me entiendo con ella, literalmente. No hay manera de que aprenda más de dos frases seguidas en castellano y yo, con mi inglés limitado, no puedo mantener una conversación coherente. En la comida de Navidad nos hemos comunicado básicamente con lenguaje corporal y con buena voluntad mas hay un punto en el que me canso de esforzarme y me tengo que marchar.

He caminado unos tres cuartos de hora eludiendo ciertas canciones de mi lista porque sé que deben mantenerse todavía congeladas y no me agrada tentar al destino.

Ha sonado la hipnótica The Reno Poem justo en el momento en que quedaba bien porque iba atravesando una avenida iluminada a rabiar, tanto que he tenido que sacar las gafas de sol a las siete y media de la tarde.

Me he sentido como un superhéroe destronado, al que han echado de la película porque se ha terminado el presupuesto y nadie se hace cargo del proyecto. El superhéroe que ha de abandonar su traje en el camerino porque era prestado. El superhéroe que, cansado de salvar vidas ajenas, se pregunta quién le va a salvar a él ahora, si es que alguien percibe que necesita ser salvado al menos una vez en su vida. Porque desearía saber qué se siente -una sola vez en su historia- cuando alguien te rescata de un incendio, un alud de nieve o una aburrida reunión de trabajo.

Y aquí estoy, cenando frutos secos, un gin-tonic y el primer pitillo del día. La noche del 25 de diciembre, cuando me pregunto cuántos solos o solas como yo estarán en sus casas bebiendo un gin-tonic, comiendo frutos secos y fumando el primer pitillo del día.

Sé que habrá alguien en todo el planeta que lo esté haciendo justo ahora, y eso me reconforta un poco.

La añoranza balear la suplo comiendo queso de Mahón.

El año de la valentía

Hace algunas semanas estuve en el cementerio de Montjuïc, ya lo expliqué en otro post. Hoy he recordado algo que me impacto muchísimo, y es que había unos nichos en los que la maleza había campado a sus anchas, rebentando las lápidas, llenándolo todo de verde de manera que resultaba imposible ver nada que no fuera un retazo de naturaleza salvaje.

En ese momento no lo supe apreciar pero luego me di cuenta de que era la imagen perfecta de que la vida siempre se abre paso, incluso en un cementerio. Brotando del sitio más insospechado y en el momento más impensable.

Atando cabos y pensando en el año que termina por fin, he llegado a una conclusión que formulo a modo de deseo (a algunos de vosotros ya os he hablado de esto así que perdón por la reiteración pero me apetecía compartirlo aquí también).

Mi deseo para este 2014 es, una vez más, que el año que viene siga escribiendo como una bellaca y que vosotros me leáis aún. Seguir vivos y bien, vaya. Algo sencillo pero increíblemente bello.

Y para este año me pega mucho el verbo declarar, ya que tengo la intuición de que va a ser un verbo clave. Intentad declararlo todo: vuestras ideas, el talento, la convicción, la honestidad, la generosidad, la curiosidad, la mirada nueva sobre las cosas, la capacidad de sorprenderos, el amor a quien os guste, el amor a quien os gustó. Declararlo todo como si os hubieran detenido en la aduana, sin miedo, porque sobre todo hay que declarar la valentía.

Éste va a ser el año de la valentía, lo acabo de decidir.



(Una versión de los Tachenko nada navideña que acabo de descubrir y que me ha encantado, por el subtexto precioso que se desprende de los gestos y de las miradas).

Si fuera hetero estaría enamoradísima de Santi Balmes



- Què? Estem contents, eh?

Me tropiezo con la vecina en la puerta de casa y me pregunta con una sonrisita: ¿qué? ¿estamos contentos, ¿eh?. Me quedo cortadísima porque no tengo demasiada confianza con ella y le devuelvo la pregunta: per què ho dius? (¿por qué lo dices?); noia, portes tot el matí cantant!, me responde,  (chica, ¡llevas toda la mañana cantando!).

Corte total. Pillada. Sí, claro, me he pasado la mañana cantando temas de Love of lesbian a grito pelado, como si fuera la única habitante del edificio, la sobreviviente de una plaza de zombis, por ejemplo. Y la acción musical temeraria me ha pasado factura.

Debe ser la fuerza que me da saber que pronto le daré patada al 2013, por fin. O simplemente, que la voz de Santi Balmes me combina bien, me acoplo fácil a su tono, supongo.

Por eso es mejor cantar con quien mejor te acoplas porque si no, te cargas el tema.

Me encanta fumar a las dos de la mañana mientras escribo en directo



Esta canción siempre me conmueve y me pone un nudo en la garganta, de inicio a fin. No puede existir una canción más bella, imposible, y quien diga lo contrario debería abandonar este planeta e irse a Marte, por lo menos. Y el inicio es una nana preciosa para dormir en calma.

No es un secreto que mi acento es un acento de ninguna parte porque nací en las Baleares, he vivido muchos años en Barcelona (ahora en Madrid), mi madre es inglesa y el resto de mi familia está repartida en Finlandia. Me parece una riqueza ser bilingüe y tener esa mezcla de culturas y tradiciones en la piel, en la vida. Por eso detesto las razas puras, los pensamientos excluyentes y los radicalismos catetos.

Poder susurrar te quiero, t'estimo o t'estim es realmente un lujo.

Vivir en el penúltimo día

- ¿Señora Blenk?
- Sí, soy yo.
- Siéntese en la sala B de Barcelona y espere a que le llamemos, por favor.

Así que me voy rápido a la sala B porque queda al final del pasillo, no vaya a ser que me llamen antes de que haya llegado y pierda el turno. Aunque sé que esto es del todo improbable.

Unos minutos después, me llaman y una enfermera andaluza simpatiquísima me da las instrucciones para realizarme la mamografía.

- Agarra la barra amarilla, pon los pies mirando hacia delante, gira la cara hacia este lado y sube la barbilla un poco más...

A mí me da por reír pensando en la situación: llevo sólo unos vaqueros y las botas y tengo el cuerpo totalmente torcido como un cuadro de la época cubista de Picasso, o mejor aún, parezco una sevillana torpe que se ha quedado estática tras la primera (mírala cara a cara que es la primera, etc.).

- Cuanto más te duela, mejor saldrá - me advierte.

Joder, pienso, pues qué bien, a sufrir se ha dicho, todo sea porque se vea nítido y no tenga que repetirme la prueba.

Dos de lado y dos de cara, cuatro momentazos de sevillana semidesnuda.

Me visto y me dice que tengo que esperar los resultados. Evidentemente, me quedo mordiéndome las uñas, como siempre que uno espera el resultado de algo en la vida. Lo peor es que ella sale al cabo de un buen rato, me levanto, me acerco y me susurra en plan confidencia.

- No te asustes pero...

Ya está. La frase maldita que uno no desearía escuchar jamás pero que, fatalmente, siempre está presente a nuestro alrededor.

Me explica que hay que repetir la prueba por motivos de seguridad y otros detalles. Lo próximo es una ecografía mamaria. Así que me trasladan a una especie de sala a media luz en la que me atiende un médico realmente guapo, con un timbre de voz perfecto. No está mal, ya que te han de manosear, al menos que sea alguien con encanto.

Me embadurna de gelatina y apenas respiro. Es mi primera vez y no sé qué he de hacer, si le he de mirar, si he de contestar a lo que me pregunta o mantenerme en silencio. El tipo se hace el interesante y cada vez que detiene el aparatito demasiado tiempo en una zona del pecho me voy al borde del infarto.

Por fin termina. Me pone un papel secante a modo de bikini y pienso que estoy en plan foto moderna. Todo está bien, nos deseamos felices fiestas, nos damos la mano y salgo aliviada de la sala con luz romántica.

Ignoro el tiempo que ha pasado entre la incertidumbre de no saber qué me podría pasar y la certeza de que no tengo nada. Ha sido una agonía. He visto mi vida pasar, como suele decirse. Tal vez soy una exagerada, probablemente sí, siempre he asumido mi mirada hiperbólica sin vergüenza, es lo que hay.

Si me hubieran dado otro resultado habría sido terrible pero lo tendría que haber asumido, como lo asume tanta gente. Cada vez -es curioso- conozco a más personas con algún tipo de problema importante de salud, no los problemas tontos de ham (burguesa) que a veces nos preocupan, yo incluida.

Deberíamos empatizar más con algunas personas que sufren, no estar tan alejados de ellos porque el día menos pensado -un jueves 19 de diciembre lluvioso en Barcelona, por ejemplo- la vida nos puede dar un giro inesperado y difícil de reconducir. Y no es que el tema me sea ajeno, he perdido a varias personas cercanas por motivos muy parecidos, sólo que a veces nos olvidamos de que nos puede tocar el número fatídico.

Cuando he terminado todas las pruebas -había algunas más, de las que aún no sé los resultados- he salido a la calle y caía una llovizna feliz, pero no feliz del todo sino a un cincuenta por ciento sólo. Me he dirigido al metro a coger la línea verde para regresar a casa y he sentido una pena muy intensa en el centro del estómago al no coger la amarilla.

Mientras veía pasar las paradas, pese a todo, como no puedo evitar este sentido del humor detectivesco, he sonreído al reproducir mentalmente el diálogo con la ginecóloga.

- ¿Relaciones sexuales?
- Sí... Bueno, ahora no muchas, más bien pocas...
- ¿Método anticonceptivo?
- Ninguno.

Silencio. Como ya tengo experiencia en el tema, prefiero zanjar pronto mi supuesta imagen de promiscuidad de zorrón.

- Me van las chicas.
- Ah, bien, entonces, ¿ninguna relación heterosexual?
- Ni una.
- Pues oye, mejor para ti, que los hombres son todos unos trastos.

Silencio. Me quedo muerta con su comentario. La tipa tiene pinta de alemana moderna, con el pelo cortísimo, como las uñas, y ningún anillo. Escudriño su despacho en búsqueda de alguna evidencia que niegue su heterosexualidad, como buena detective. No hallo ninguna. Seguimos hablando y nos despedimos con un buen apretón de manos. La duda está servida.


Tachenko me parecen más románticos que nunca, pero no en plan cursi o dramático, sino en plan valiente





La foto la tomé hará unos cuatro años en Girona, en el Museo del Cine. Es kryptonita de verdad, la que aparece en la película. Recuerdo que me impresionó muchísimo y esta noche la he buscado expresamente porque me apetecía recuperarla.

He estado pensando en los efectos de la kryptonita en el superhéroe, es terrible porque resulta fulminante. Supermán cae al suelo, debilitado, indefenso, a punto de desaparecer.

O sea, que lo que conviene ahora es mantener la kryptonita bien alejada de nuestras vidas, para que no nos pueda derrumbar. Nos ha costado mucho (y aún nos cuesta) ir guardando dosis de superpoderes así que no debemos bajar la guardia en ningún momento, no sea que algún malvado nos arroje el mineral cerca, tendiéndonos una trampa.

Pienso en estas cuestiones mientras camino. Hoy me he hecho casi diez kilómetros, cinco de ida y otros cinco de vuelta. Me he quedado un rato mirando a la gente en la pista de patinaje que han puesto en la calle, me encanta ver a los niños patinando, me parecen muy indies. Los niños son una de las pocas cosas en el mundo que son indies porque sí, sin proponérselo. Lo llevan dentro, claro.

He paseado como una sola, como antes, con las manos en los bolsillos, gafas de sol y los Tachenko sonando bien fuerte. Y he recuperado el abrigo azul que había estado a punto de abandonar pero es que me gusta tanto que no soy capaz de desprenderme de él.

El día lo he cerrado con una copa de vino, un bombón y un cigarrillo. Una celebración íntima y dulce. He tomado una foto para inmortalizar el momento, aunque a veces no soy mucho de fotos pero creo que era necesario, supongo que deseaba grabar esa instantánea.

En el fondo, soy una sentimental.

No tengo escapatoria, y no es ningún pretexto



Ayer recordé una película que me encanta, Corre, Lola, corre. Pensaba en que a veces en la vida no sólo es importante y decisivo correr rápido sino correr bien, como la protagonista de la historia.

Se nos ofrecen diferentes posibilidades y, dependiendo de la que elijamos, el final será uno u otro. En esta película se comprueba claramente, si ella corre más rápido o si sortea mejor los obstáculos, su vida termina de una forma distinta.

Es algo que da vértigo si lo piensas. Todo está lleno de opciones, de decisiones, de momentos en los que te juegas algo sin nisiquiera intuirlo. Y es difícil saber si lo que hemos elegido es lo mejor de entre todas las posibilidades.

Desde ayer tengo unas ganas locas de correr sin parar, como la chica del pelo naranja. Pero de hacerlo bien, de correr de una forma limpia, sin tropezarme con nada ni con nadie, de rebasar los récords del mundo, incluso.

Hoy martes correría toda la mañana solamente para celebrar que es 17 de diciembre, un día hermoso, y porque no se me ocurre otra forma mejor de hacer las cosas bien, como la chica de la película. Y así recordaría siempre que pasé esa mañana corriendo, sin parar, sin detenerme a descansar, esperando una gran noticia.

Yo me fío mucho de mi intuición, creo que puede ser un buen criterio.


Pitillo cenital



28 de enero de 2005. La foto era de una calidad pésima pero era un buen inicio de algo que dejé a medio escribir. La luz del pitillo era azul, como la combustión del gas, eso sí me pareció brillante de la instantánea. No la había vuelto a recordar hasta hoy. Estaba echando la vista atrás, supongo que es inevitable porque se acaba el año y hay que cerrar algunos círculos.

Aunque, ¿cómo se cierra algo que jamás se hizo tangible? O en realidad no es una certeza absoluta, sí comenzó pero ni tú ni yo estábamos mirando en esa dirección en ese momento justo. Como cuando pasa por la calle un coche despampanante y un amigo te dice, mira, mira, qué cochazo, y tú, cuando te giras, ya es demasiado tarde, tus ojos se han vuelto lentos y te has perdido esa instantánea.

Nos lo perdimos por no saber mirar.

Anoche pensaba que el mundo se divide en dos grupos: los que adoran a los Pixies y los que no. Y me acordé de ti y creí que posiblemente te gustaría mi frase por su extrema radicalidad. Y luego me dio mucha pena enterarme de que tocarán en Barcelona en mayo y no sabré si ir o no porque me costará ir sola a ese concierto, aunque jamás me hayas acompañado a ninguno, es como si en éste me faltaras, y soy consciente de lo absurdo de mi argumento pero no lo puedo sentir de otra manera.

Y no estoy en modo drama, bien lo sabes. Sólo que algunas veces te invade esa nostalgia extraña, o la saudade, o como lo quieran llamar, que te pone la piel más vulnerable de la cuenta y entonces te escribiría y te contaría todo esto porque sé que nunca llegarás hasta aquí para leerlo.

O pasaría otras cien horas bebiendo cerveza a tu lado para que me expliques qué ha sido de tu vida y ponerte yo al caso de la mía.

Envalentonarse



Arconada sólo espera su momento. Como yo.

Mi ratito de sola que escribe en directo

Las 17:41, una hora perfecta. Llego a casa, coloco la compra (otra vez se me ha ido de las manos, véase la foto más abajo), me pongo un café y preparo el primer pitillo del día, seguramente el penúltimo. Enciendo el ordenador y allí está Christina, la rubia más rubia de todas. Es mi ratito a solas. Cuando pienso con más fuerza en todo lo que ha permanecido después de la marea de este año. No con tristeza sino con ganas de que termine diciembre para estrenar mi agenda nueva, que es realmente bonita, no como la de este año que compré un modelo diferente por error y así me ha ido. La del 2014 es grande y la semana es a vista horizontal, como debe ser. Y así podré apuntar más cosas porque tendré más espacio y podré incluso tachar todo aquello que no suceda o que no quiera hacer porque justo se trata de eso, de elegir lo que más te convenga, de decir un no bien alto o un . Una buena agenda para preparar bien a todo mi ejército de valientes, dispuestos a salir al campo de batalla con sus uniformes relucientes. Sonrientes y guapos.


Regalar arte como señal de amor


Si uno no se ama a sí mismo, mal vamos. Parece algo evidente pero no lo es tanto si nos paramos a pensar. En fin, el post no va de eso (que podría ser si me animo y se me va la mano, como suele sucederme) sino de que me he hecho a mí misma un regalo navideño, un poco para compensar que estas navidades van a ser muy raras para mí y porque, posiblemente, no voy a recibir ningún regalo de amor.

Así que voy a recomendar justo eso: que os regáleis arte. A vosotros mismos o a quien os dé la real gana. La ocasión es perfecta, se puede aprovechar para amadrinar un par de tejas en Casa Tía Julia (ya hablé de este genial proyecto de mi amiga editora hace poco) y conseguir así una de las obras de arte de Cristina Mas, artista de lo sutil y de lo evocador. A mí sus obras siempre me llevan a otra realidad paralela, me encantaría saber más de arte para expresarlo de una forma algo más elegante pero no sé. Lo único que acierto a decir es que me gusta, que me llega muy adentro todo lo que sale de sus manos y de su mente.

Pues eso, si no sabéis qué regalar ahí va un consejo.

Esta noche he aprendido tres cosas, las debo apuntar para que no se me esfumen

La nostalgia de lo que aún no te ha pasado.

Las cosas no son importantes porque existan, son importantes si se piensa en ellas.

La importancia de los desvíos.

Por eso tenemos que estar muy atentas, porque hay muy pocas cosas buenas y si encima se te pasan porque estás hablando por el móvil o pensando en otra cosa, sería una mierda.

No sé cómo ha sido, pero me había perdido esta película. Por suerte, me he topado con ella así, de casualidad, de casualidad de la buena.

Últimamente, es como si cada día fuera el penúltimo y estuviera mirándolo todo con ojos nuevos.

Acabo de decidir que jamás voy a envejecer



Sí, como Christina Rosenvinge o Coque Malla, jamás voy a envejecer. Y en Madrid siempre seré feliz como la cría del videoclip.

Y creo que desde hoy, además, súper fan de Bigott. Adoro descubrir música nueva de la buena. Y si me la descubren, mucho mejor.


Me encanta quedar a la una para tomar el vermut con gafas de sol en una terraza



En realidad ayer quería escribir sobre la rubia sevillana que conocí en el tren pero finalmente me dispersé (una vez más, y ya van cien mil) y se me pasó.

Llegué diez minutos antes de que saliera el tren, tuve que correr mucho para no perderlo y cuando bajé al andén no tenía la certeza de que estuviera en el sitio correcto. Mi coche era el 31 así que tenía que caminar hasta el final del andén y cuando llegué sólo había una rubia que desafiaba el frío. Le pregunté adónde iba y me confirmó que no me había equivocado. Le sonreí aliviada.

Entonces sacó un cigarrillo y lo encendió. Me quedé asombrada, oye, pero, ¿aquí se puede fumar?, le pregunté. Su respuesta fue su mirada hacia una papelera metálica en la que había grabado un cigarrillo. Sólo dirigió la mirada con el cigarrillo aguantándosele en los labios.

Por supuesto, saqué un pitillo y le pedí fuego. Me lo encendió con una galantería impropia de una hetero. Dudé de ello. Me explicó que una vez se durmió en el AVE y se pasó de parada iniciando así una tragedia de viaje que la hizo llegar a su destino con mil horas de retraso. Yo le conté una historia de una mujer a la que le vendieron un billete de avión equivocado. Ella pensaba que viajaba a Granada (España) pero en realidad volaba hacia otra Granada, la isla en las Antillas. La tipa le comentó a su compañero de asiento las ganas que tenía de visitar la Alhambra y el pasajero debió de palidecer al comprobar lo que estaba sucediendo.

En ese momento llegó nuestro tren. Nos despedimos, le deseé buen viaje y no nos volvimos a ver.

Sé que llegó a su destino porque se bajaba en la última parada y no había riesgo de que se volviera a dormir.

Creo que cada vez me impactan menos las rubias.

ocupas mi imaginación,
ahuyentas mis fantasmas
con una leve oscilación

Mi hermana no está de acuerdo conmigo y me ha dicho que donde pongo el ojo no pongo la bala sino todo lo contrario


Hubo una época de mi vida en la que me encantaba volar. Cogía un avión unas doce veces al año aproximadamente y no me importaba en absoluto, es más, me parecía un medio de transporte utilísimo, el mejor de todos sin duda.

Bastantes años después, he comprobado que cada vez me da más miedo volar. No soporto las turbulencias ni el despegue y el aterrizaje. Me despido mentalmente de las personas amadas cada vez que tomo un vuelo. Creo que la última vez que volé sola fue hace unos dos años y no he vuelto a repetir la experiencia, ahora trato de no hacerlo sola o bien opto por otro medio de transporte alternativo.

Hoy he viajado de nuevo en AVE, soy muy fan del tren, me parece el medio perfecto, con la duración justa, el espacio justo, la velocidad justa. Es una especie de equilibrio y puede que por eso me siento segura aquí, sin los sobresaltos de las turbulencias aéreas. Es un poco como la vida misma, que cuanto más llana es, mejor se lleva. No se trata de buscar el aburrimiento, en absoluto, todo lo contrario pero controlando el camino.

Creo que el escribir aquí muchas ocasiones me ayuda a ordenar las ideas porque voy tirando de ellas y logro descartar las que me van a servir de algo de las inservibles. Como elaborar listas mentales antes de ir a dormir o mientras desayuno.

Tengo el presentimiento de que mañana va a ser uno de esos días grandes.





La ocasión lo merece


Hoy ha sido uno de esos días intensos en lo que notas, sientes, olfateas y paladeas que hay algo invisible que se te está metiendo entre los cabellos y entre las sábanas. Por eso tal vez, cuando he entrado al supermercado del barrio de mi madre (y esto es absoutamente cierto) sonaban las Alegrías del incendio y no podía dar crédito de tan deliciosa banda sonora para acompañar mi compra.

Claro, al llegar a casa y revisar lo que había adquirido, me he percatado de lo absurdo de mi compra. Me he quedado parada sin saber qué hacer, puede que una foto para ver si me podía inspirar. Necesitaba comprar algo para cenar y sólo me ha servido uno de los ingredientes. La Coca-Cola de vainilla no la he podido abrir porque la cafeína me altera el sueño y, además, desconocía que existiera tal sabor.

Y eso me ha hecho pensar en la gran cantidad de cosas que desconocemos, porque se nos escapan o porque sencillamente no existían hasta ese momento. No sé si la cola aromatizada con vainilla ya existía o es una novedad, lo cierto es que no me importa en absoluto.

Otra vez al traste mi plan de irme a dormir pronto. De nuevo me dan las dos de la mañana. Y me lleva directamente a Burning, a la canción a la que siempre se vuelve a estas horas, para cerrar la noche de un día intenso de inicio a fin.



I've got to see you again



Soy una tipa a la que le cuesta lo mismo comenzar una adicción que superarla. Esto puede sonar pretencioso pero creo que no es en ese sentido, lo veo ahora mismo más como una ventaja. Por ejemplo, mi última adicción son los frappé margarita de maracuyá que hacen en la Rosa del Raval, un sitio delicioso. Me bebería cada día uno, por eso últimamente entro a ese lugar única y exclusivamente para degustarlo, la camarera rubia ya me sonríe, cómplice y algo extrañada, supongo. Y encima son baratísimos, teniendo en cuenta que hablamos de Barcelona. Podría alimentarme exclusivamente de frappé y no moriría.

Mejor agarrarse a lo delicioso, a lo que sabe bien, a lo que nos hace sentir mejor. Lo único que puedo garabatear ahora se concentra en una sola frase, que es una especie de frappé porque es una mezcla de varios sentimientos. Y cuando los vierto, entonces sí, sale la frase clara y bien escrita.



Sería posible conocerte más por dentro

Llevo un par de noches seguidas con insomnio, justificado, eso sí, por dos motivos: la ingesta de alcohol y un encuentro. Y sería realmente tentador escribir sobre ello pero es la una y pico de la mañana y no tengo ningún ángel de la guarda que ahora me ponga el despertador y mañana cuide de que mis tostadas queden simétricamente doradas por ambos lados.

Reconocerte en alguien puede ser gratificante y jodido a partes iguales. ¿No ves que ya es inevitable? Ya es tarde para precauciones, me han dicho hoy. Y esa frase se me ha metido por dentro de las botas, me ha recorrido toda la lencería y, finalmente, se me ha quedado en los labios. La parte más vulnerable.

Mirada universal
de alcance personal,
me hipnotizó por fin
con su verso letal.

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