Saltando de hipérbole en hipérbole



Sometimes the silence can be like the thunder.

I'm wearing my heart like a crown (esta frase me parece sublime)

A veces me siento como uno de esos hámsteres enjaulados que dan vueltas sin parar en la rueda. En bucle, un día tras otro, sin tregua. Otras veces, desconociendo el motivo, salgo del encierro por mi propio pie y no vuelvo a casa hasta pasada la medianoche, el tiempo justo para que no se me escape el último autobús.

La incertidumbre y la duda son para mí dos palabras con demasiado peso, dos términos que trato de desterrar de la mente pero que se me enganchan como un dulce pegajoso a los dedos. Intento vencerlas con tecnología, empleando una táctica que en algunos casos me funciona y que en otros solamente me inspira para escribir cuatro estupideces.

Mi método es muy sencillo. Pienso en los términos que ejemplifican lo que me preocupa o inquieta o perturba. Por ejemplo, el título del personaje de una película y un par de sustantivos.

Google: Jasmine café beso

Y entonces inicio la búsqueda de imágenes, porque a mí lo que me ayuda son las imágenes casi siempre. La respuesta que hallo es ésta: Puerto Mogán, uno de los pueblos más bonitos de la costa suroeste de Gran Canaria.





He aquí la respuesta que buscaba: proponer un viaje a un lugar especial a alguien con quien quisiera compartir un café y un beso. Es un método muy sencillo de llevar a cabo, lo empleo casi todos los días pero no siempre me resulta tan fácil interpretar los resultados. También podría haber significado: alquilar un apartamento en un lugar costero y reescribir mi novela tomando café e inspirándome en los besos no dados. O bien: esperar a que alguien me invite a un café, me bese, y me lleve al mar.

Puede que no sea un método transparente del todo sino algo tramposo. Es complicado.

El día de hoy se tiene que acabar con un par de cervezas y una canción escogida con mucho tino.

La voz de Najwa siempre será una de las más bonitas, sobre todo los lunes por la noche

Esas películas de bajo presupuesto cuya localización es en algún país europeo nórdico y civilizado, con nieve, siempre ha de nevar. Los protagonistas son hetero -eso es lo de menos- y se enamoran fatalmente aunque siempre se intuye, desde la primera secuencia, que no podrán terminar juntos. Mucho ruido alrededor, demasiadas historias secundarias entorpeciendo la principal, los típicos argumentos para justificar la ruptura y la distancia inevitables.

A mí hace ya tiempo que no me atraen las películas de final edulcorado y cerrado. Confío más en las de final feliz o triste pero abierto, ha de ser un desenlace sin cerrar porque si no es así no me lo creo. Me resulta más cercano a mi propia vida, supongo.



Lisboa es rara, es una ciudad en la que tengo recuerdos de cosas que no he vivido. Pero eso me hace ir despacito, más tranquila, con dos dedos, torpe, pero acertando las letras que quiero dar. Estoy tranquila, por fin. Al menos ya no siento que me muero por dentro. Eso es bueno. Y tengo ganas, pequeñas, de volver a empezar otra vez. Y olvidarme de que ésta y cualquier ciudad a veces está tan triste como yo. Y notar que estoy cambiando, aunque sólo sea un poco. Bueno, si es mucho, mejor. ¿Has visto qué egoístas nos volvemos cuando estamos solos?

Francesca Woodman y morir en el intento

“Mi vida en este punto es como un sedimento muy viejo en una taza de café y preferiría morir joven dejando varias realizaciones… en vez de ir borrando atropelladamente todas estas cosas delicadas…”, se dice que escribió antes de morir Francesca Woodman a un amigo.

A mí siempre me encantaron sus fotos, tan imitadas ahora, tan vulgarmente copiadas por muchas modernillas cámara en mano. Aunque supongo que tiene ese halo maldito de los suicidas, de los que truncaron su vida por decisión propia y no ajena. Y dicen que tuvo un desengaño amoroso muy duro, que rechazaron su obra... Esas cosas jamás se saben porque la única persona que podría explicarlo ya no está.

Creo que tiene instantáneas muy inquietantes pero también algunas sumamente hermosas, como éstas, que son de mis preferidas:








Hoy me da un poco pena todo. Me han descartado en algo en lo que tenía un poco de ilusión a pesar de que en el fondo sabía perfectamente que era un imposible. A veces nos emocionamos con muy poco o nos agarramos a un clavo ardiendo y luego nos duelen las marcas del calor en las palmas de las manos.

"Ara saps que la mort no és morir-te / sinó que mori algú estimat" (Miquel Martí i Pol, uno de mis grandes)


Esta mañana he pasado casi cuatro horas vagando por el cementerio de Montjuïc. No había estado nunca y lo cierto es que no me arrepiento de la visita, es un lugar realmente bello. No iba buscando las tumbas ilustres, aunque me he topado con algunas como la de Isaac Albéniz. Pero lo realmente asombroso de este cementerio (dejando de lado las más de 150.000 tumbas que lo forman) es su ubicación, ocupando la montaña, serpenteando por ella como si quisiera extenderse hasta el cielo.

Hay tumbas por todos los rincones imaginables, y de todos los tipos, desde las más austeras hasta las más deslumbrantes. Nunca me pareció la muerte tan estética como me lo ha parecido hoy. Me sentía como una escaladora silenciosa que sólo se atreve a romper el silencio con el chasquido del encendedor. Las vistas desde la cumbre son impagables, se puede ver el mar, a un lado, y la ciudad, al otro.

He pensado mucho. He sentido mucho. Creo que debería cambiar "mucho" por "intensamente" o "con fuerza" porque es más apropiado.

Me he propuesto seguir la ruta de los cementerios y visitar todos los que pueda.

Uno nunca sabe cuándo va a morir pero yo hoy he decidido que quiero un entierro como en el XIX, mi siglo preferido ya que ahora es posible (aunque quisiera que los músicos también vayan de época).


Y si lo de la luna fue un fraude...

Georges Méliès siempre me ha fascinado. Bueno, he de admitir que soy de esas personas que comienzan a ahondar en ciertas figuras o personajes y acaban admirando hasta el aire que respiran. Algo así me sucede con el gran maestro de la ciencia ficción.

La última vez que estuve en Madrid me pasé media mañana en la mejor y más completa exposición sobre Méliès que se ha montado nunca (que yo sepa) y me pareció increíble. Aún hay tiempo de verla, yo sería capaz de volver un solo día únicamente por repetir la visita.

Allí me senté a ver un fragmento de La invención de Hugo (Martin Scorsese, 2011) y, por supuesto, también me atrapó. Esta semana he conseguido ver la película y completar de alguna manera mi revisión de Méliès. Me ha emocionado aunque reconozco que no es el tipo de film que me llega pero estaba el genio francés presente y eso es lo que de verdad me interesaba.

Y ahora hundo mis dedos en mi manta nueva, que imita una piel de mamut o algo similar. Y siempre había soñado con una manta así, de las que te dan tanto calor que acabas con el termómetro estampado en la pared y el mercurio chorreando hasta dejar un reguero plateado fino.

¿A quién le importa Méliès un viernes a estas horas?

Love always wins



Y llorar por ello.

Imposible pero verosímil

Tendría que caminar durante 126 horas pero valdría la pena.

Mi vida sin medio diente será otra

Hoy, mientras estaba comiendo costillas de cordero, se me ha roto un diente. Pensaba que era un trozo de hueso pero era la mitad de uno de mis premolares. Lo extraño es que se ha desintegrado así, sin morder fuerte ni nada, de repente.

Lo he envuelto en papel de plata y ahora yace encima de mi mesa blanca, como una pequeña reliquia prehistórica. Sonrío al verlo, me parece algo tierno.

A Chet Baker también le faltaba un pedazo de diente y se reían de él.


Qué hará mi ropa interior sin ella

Qué hará mi ropa interior sin ella.
En qué cajón se esconderá,
En qué colada,
En qué interminable noche
Añorará sus manos
Y sus labios.
Adónde irá mi ropa interior
Sin ella.
Vagará por la cocina,
Por el baño
Y tal vez salga al balcón
Esperando una señal
Del cielo.
Y a mí se me encogerá el alma
Al ver mi ropa interior
Triste y confusa
Como un ejército de desertores
Llorando en un cajón.

1 de noviembre de 2013






Cada año, por estas fechas, la señora Blenk enciende una vela por cada uno de sus seres queridos fallecidos. Por motivos que no vienen al caso, esta vez ha sido la primera en toda su vida que no ha seguido la tradición. Así que he sentido (aquí no podría ir otro verbo diferente a sentir) la necesidad de ser yo la que tome el relevo y comience a recordar a mis seres queridos, a los que se fueron.

He encendido una vela por cada uno de ellos, seis en total. Y me he sentado un rato a pensar en lo afortunados que somos por seguir aquí, aunque a veces maldigamos a nuestra suerte.

La tristeza del astronauta. La soledad es un lugar tan vacío sin ti.

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