Siempre fuiste más de la versión surf de esa canción



Qué domingo más jodido. Y no puedo explicar qué me pasa. Es lo malo de ser detective, que te has de tragar tus miserias con piel y con espinas. Un amigo de una amiga me vende unas botellas de medio litro de una bebida alcohólica con sabor a fresa que es una delicia. Voy por la tercera copa y el cuarto cigarrillo. Y no sé cuándo parar, ni si debo parar, ni si una llamada o una canción podría pararme.

Hoy sí puedo decir, con la cabeza bien alta, que estoy en modo drama.

Y la gente sigue llegando a este blog preguntándose si Manolo García es hijo de Peret. Y sí, dejad ya de cuestionarlo, es su hijo y punto. Y también desean encontrar fotos de Marilyn Monroe triste; claro que sí, era una de las solas más tristes del mundo. O si existen gitanas lesbianas; por supuesto, un día escribí sobre eso.

Lo más sorprendente es cuando llegan preguntando quién soy.

Soy la tipa que iba el otro día en el autobús leyendo a hurtadillas el ebook de una mujer, por pura curiosidad, y era una novela porno. La pillé justo en el fragmento en que dos chicas se empiezan a enrollar. La mujer estaba tan absorta en la lectura que la vi alejarse por la calle leyendo, caminando por la calle a ciegas.

Soy la tipa que está jodida un domingo a las 22:08 pero que mañana a las 09:08 estará reluciente y perfecta, lista para emprender una serie de tareas mecánicas y frías, como esos robots aspiradora que tanto me fascina mirar.

Soy la tipa que gana o pierde tiempo dependiendo del color de la camiseta que se ponga para dormir.

Pues eso soy.

Tengo que comprarme una tostadora, una impresora y una tele. Me da tanta pereza que vivo desde hace semanas sin esos trastos.

No se puede emprender una carrera loca para evadir la vida. Hay que enfrentarse a lo que nos duele y horroriza, con un simple martillo para ir destrozando lo que nos impida avanzar. Es facilísimo escribirlo, todo es más sencillo y claro si lo escribes. Cuando se verbaliza viene el mal trago.

Es como echar de menos lo que no se tiene o lo que jamás se ha vivido. Algo absurdo e incoherente. Puedes atarte una venda y salir, o bien limpiarte las gafas y enfrentarte a ello con todas las consecuencias.

Romper en mil pedazos la lista de los pros y los contras para encontrar algo de calma.


La vida sin los grandes del jazz sería una tortura


 
La de arriba es una de las canciones más importantes de mi vida. Tal vez por lo mucho que me costó llegar a ella tras años de búsqueda cuando aún no existía Internet y un bendito día me topé con su título en un vinilo de Billie Holiday. Jamás podré explicar todo lo que sentí cuando la aguja del tocadiscos aterrizó, como el más bello y preciso de los aviones, en el surco exacto.

Es una canción que se ha de escuchar, obligatoriamente, con un pitillo entre los labios.

Él también hizo una versión, aunque no supera a la de Billie.

Me consuela saber que siempre podré ser una grandísima pianista imaginaria



Las doce y veintisiete. En serio, no entiendo por qué he de dormir, por la noche es cuando más me cunde, es el momento en el que manda el silencio y no sucede absolutamente nada en la calle. Nada se agita entre mis manos.

Echo de menos el siglo XIX. Debussy. En mi familia siempre han sido muy fans de este siglo y así me lo inculcaron. Mi madre siempre me lo repetía, en su inglés oscuro, como el XIX nada, hija, ningún siglo será como ése.

Mal asunto el de medio emborracharme sabiendo que mañana me levantaré ojerosa y en modo zombie.

Nunca he sido de medias tintas.

Ojalá pudiera llevar gafas de sol las veinticuatro horas del día



La primera vez que escuché esta canción me pareció feísima. Le di otra oportunidad y, tras ponerla unas tres o cuatro veces al día, puedo afirmar que es una de mis favoritas. Los Pixies me dan aire estas semanas, son como una transfusión de sangre constante.

Debería estar en Donosti viendo películas pero mañana me levantaré a las seis de la mañana y me fumaré un cigarrillo antes de entrar al trabajo, acompañado de un cortado de esos que te ponen para llevar.

Debería estar en cualquier ciudad menos en ésta. Debería cambiar de una maldita vez el cuadro del dormitorio. Y debería llevar una vida más sana y menos imaginativa.

Hay una diferencia entre "debe de" y "debe, sin preposición.

En mi agencia han contratado a un señor nuevo en la plantilla. Es un engreído que me mira por encima del hombro porque aparento menos edad que él (evidente, querido, te pasas de sobra de los cincuenta) y porque llevo en la chaqueta una chapa con un mensaje bastante obsceno (en inglés).

Me repatea infinito ese tipo de personas.

Intento fechar el día en que dejé de confiar en la gente, así, en general. Pero da igual la fecha concreta, el espacio o el tiempo, e incluso el personaje.

Estoy agotada.

Creo que me voy de viaje. Largo. Con paradas. Con poquísimo equipaje. Lo acabo de decidir.

Y que me reemplace el empleado engreído.

El Ártico se derrite o yo me paso el tiempo huyendo de lo que pienso

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El Ártico se derrite.
Me salió en uno de esos auncios de YouTube
y lo leí porque siempre presto mucha atención
a los letreros insignificantes y espontáneos.
Después de (p)asarme la tarde
trabajando condenadamente en mis emocionantes
proyectos -que no me sacan de ningún atasco
pero que me facilitan comprar tabaco caro-
he pensado que hoy pasaría
porque llevo una camiseta de color marinero clarísimo
rubísimo y ojos azulísimos también
y unos vaqueros por los que mi madre
sencillamente me fusilaría,
sucedería algo
porque los Pixies han sacado cinco canciones
y desde el 2004 no abrían las guitarras.
Echo de menos a Kim.
Supongo que por eso a veces lloro un poquito en el Caprabo
ante la indecisión de comprar una u otra
marca de atún.
Cuando lo que llevas dentro se te sale por la boca
tal vez es bueno, quién sabe,
puede que inicie una etapa de transparencia
y de caminos algo más planos.
Lo de que estaba hastiada del exterior
creo que ya lo dije otro día.
Por lo tanto, no insisto más en la idea.
Es posible aislarse y embalarse
como esas maletas guiris de los aeropuertos
que siempre sigues con la vista
deseando correr tras ellas
porque imaginas que su destino
será mejor que el tuyo,
o al menos más exótico o frío.
Busco trabajo en Finlandia
desde finales de agosto
pero tengo problemas con el inglés
y no me aceptan en ninguno de los puestos
a pesar de que mi curriculum es cercano y sincero.
Sobre mi mesa blanca  
el libro de Julio Oliva
-Siete años, un martes y un septiembre-
me suplica que lo siga leyendo.
y no puedo, y me jode no ser capaz,
porque sé que no es pereza, que no es desgana,
es que es tan bueno que me duele leerlo,
y voy espiando con el rabillo del ojo
algunas páginas
y me encanta cómo escribe este chico
y deberíais comprarlo ahora mismo
(publicidad en un poema o lo que sea esto, pero he llegado a la conclusión de que me importa poco o nada ya lo que pueda parecer mi vida)
que yo no lo puedo leer porque estoy medio rota
y la belleza me destroza aún más en esta tesitura.
El verdadero escollo es haber encontrado
una marca de tabaco que me sabe tan buena
que considero la idea
de no dejar de fumar en mi vida
mientras sigan cultivando esta mezcla de Virginia
fabricada en Alemania.
Pero el escrito no iba de esto
sino del deshielo del Ártico.
De mis ganas,
de mi empeño en que alguna madrugada
-ha de ser a una hora intempestiva, que sabrá mejor-
suceda.
Y a partir de ahí seguramente
no sabré qué hacer
ni cómo encajar las piezas.
Podría pasarme la vida entera
escuchando a los Pixies,
y bebiendo cerveza con pistachos.
Un bonito ejemplo
para la sociedad
puede parecer.
Elijas la canción que elijas
aciertas desangrándote,
besándote con alguien
o metiendo balazos al cielo. 

I soon forgot myself and I forgot about the brake
I forgot all laws and I forgot about the rain. 

Ojalá nadie me eche de más nunca.


(Para comprar el libro de Julio Oliva sólo hay que ir a buscarlo a Ediciones con carrito)

A los monstruos se les vence matándolos de hambre

Hoy me han dado una mala noticia de trabajo que me estoy intentando tragar a base de crema de orujo y pitillos. Preocupante es mi alcoholismo nocturno. Aunque también preocupante es el acompañado en otras ocasiones. A veces me caigo mal, no me soporto, y me soporto menos cuando me leo.

Estoy harta del exterior, hastiada de todas esas flechas que me apuntan y que trato de esquivar lo mejor que puedo. Una sólo se salva del exterior embalándose con una buena coraza, tratándote como si fueras la cristalería más cara.

El insomnio acarrea sueño a la hora de fregar los platos y eso es terrible. Pequeños dramas. A veces es tan nocivo no pensar como hacerlo en exceso.

Cuanto más has de cargar la batería del móvil, más está envejeciendo el dispositivo. Los objetos también se cansan de estar ahí, al pie del cañón, día tras día. Y me canso yo también de estar en guardia madrugada tras madrugada.

Puede parecer que estoy triste o abatida. Puede. Aunque eso no es lo que más pesa. Es el desengaño absoluto de no entender muchas de las tramas de mi historia. Como si el creador hubiera sido el guionista más inútil del equipo, el que trabajó drogado perdido y yo, heredera pasiva, recibí el guión en pleno pecho.

Mataría por escribir como lo hacía en el 2005. Con los dientes y con las pestañas bien fuertes. No podemos volver a lo que fuimos, por suerte o por desgracia.

Harta del exterior. Cabreada del exterior. Dándole patadas al exterior para que me deje en paz de una maldita vez.

El momento que salvo del día de hoy ha sido esta mañana con mi psicóloga, al decirle que ya he terminado la novela y que aparece en ella justamente una psicóloga. Nos hemos reído las dos, como entendiendo que ese personaje es un guiño. Me he apresurado a decirle que en el fondo esa psicóloga no tiene ningún peso narrativo, que está ahí un poco de florero. Y nos hemos reído todavía más.

La risa nos salva, por suerte.

Quiero ser cosmonauta pero creo que ya no estoy a tiempo

Ahora mismo hay tanto silencio en mi casa que puedo oír el tic tac del reloj de la cocina sincronizado con el teclear en el portátil. Septiembre me pesa toneladas de indiferencia y, curiosamente, de emoción.

Cierro los ojos y desaparece el ruido. Se esfuma todo.

De repente, ya es mañana y estoy desayunando en uno de mis sitios preferidos de Madrid, en la panadería de la calle Infantas (esquina con Barbieri), uno de los lugares más acogedores que conozco.

Siempre, siempre, siempre te preguntan cómo deseas la leche en el café: caliente, templada o fría. Me parece exquisito. La chica, dependiendo de la elección, te la escancia con una habilidad increíble.

Desayuno sola y me siento bien. Un breve pero intenso momento de felicidad.

Abro los ojos, vuelve a ser hoy, esta noche. Y mi pequeña casa sigue emitiendo los sonidos nocturnos del principio, el reloj, el teclado, y también percibo la nevera.

Comparo. No entiendo demasiado mi situación ahora mismo.

Y evito pensar. Cierro la cremallera de pensar. La subo hasta arriba y me meto en la cama.

Lo único que me dejo pensar es una canción para dormir.





En el XIX se vivía mejor

Empecé a fumar tabaco de liar cuando no era habitual. Por aquel entonces existían poquísimas marcas y recuerdo la vergüenza que me daba sacar el tabaco e iniciar el ritual en un lugar público. Volví a lo convencional. Ahora, que se ha puesto de moda y todo el mundo lía sus propios cigarrillos, he retomado la antigua costumbre. Cuando te fumas uno de estos pitillos lo tienes que ir encendiendo cada cierto tiempo porque se te apaga. No siempre sucede así, algunas veces los cigarrillos aguantan el tipo y se consumen al ritmo normal.

Es un poco como la vida, tal vez. Se nos va apagando y la tenemos que ir reanimando con un pequeño fuego.

Ahora mismo, a estas horas de la noche, todo me da una pereza que no se puede medir. Volver al trabajo, por ejemplo, y tener que resolver casos complicadísimos por los que me van a pagar una miseria.

Y tantas cosas que no escribo. Porque cuando escribes es como cuando se lo explicas a un amigo, que lo verbalizas y lo haces real. Escribir es dejar marcado en mármol, indestructible al tiempo.

Me da pereza incluso irme a la cama y tener que pasar antes por todos los rituales: recoger la cena, lavarme los dientes, desvestirme, poner el despertador, apagar la luz, no encontrar ese mensaje.

Si hoy me puntuara, posiblemente tendría un suspenso. No lo digo con dramatismo, no estoy en ese plan. Es sencillamente que el pitillo se me ha vuelto a apagar.



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