Girl From The North Country o de cómo saber que la noche será larga



Sigo sin poder dormir más de cinco o seis horas seguidas. He cambiado de cama, de cena, de bebida y de marca de cigarrillos. He variado mi posición geográfica, en el norte, en el sur y en varias ciudades. Incluso he leído novelas del XIX, cómics y artículos científicos. De nada me ha servido. He intentado visualizar recuerdos agradables de viajes, de personas y de sonidos callejeros. He cantado bajito algunas canciones que me recuerdan a mí o a mi otro yo. He pensado, me he pensado, me he repensado, incluso. Me he imaginado siendo morena o pelirroja, ataviada con una gorra militar y con un sombrero de vaquero. En vano. He mirado bajo la cama por si se me había olvidado algo que me pudiera descentrar, he abierto la nevera, el horno y el cubo de la basura. Vacíos. He escrito en una libreta una lista de deseos, lo más escueta posible, para no abusar. Tampoco. He llamado a mi madre, a mi hermana y a mi amigo Ewan pero, a pesar de que me han contado algunas historias bastante dulces, tampoco me ha funcionado. He intentado soñar con un sueño en el que yo dormía diez horas seguidas, como cuando te emborrachas y te besan y te desplomas feliz y plena en la cama como si estuviera cubierta de hierba húmeda. He montado la bici y me he dado doce vueltas seguidas por el comedor, atravesando sillas y muebles, pisando libros y cartas a medio escribir. Me he provocado el llanto para ver si llorando me cansaba y cedía al sueño. Imposible. He mirado fotos de mi sobrina pequeña para sentir añoranza al echarla de menos pero tampoco ha dado resultado. He recordado conversaciones divertidas y noches interminables probando mil marcas de cerveza diferentes alrededor de una mesa tan pequeña que no cabían nuestros codos. Me he pintado un tatuaje diminuto cerca del ombligo y después he recitado un poema en italiano (el único que sé de memoria), a modo de ofrenda a un dios que me he inventado. He contado hasta 336 en castellano, en catalán y en inglés. Nada. He buscado muy fuerte el cielo de un país nórdico.

Después de hacer todo eso, he mirado la hora y ya había amanecido. Un día más.

Llevo años soñando con dar esta noticia: he terminado mi novela

Esta mañana me ha despertado sor María antes de las seis. Me ha tapado la boca para que no grite y me ha dado las llaves del candado de su bicicleta. Estaba tan cerca de mí que he podido oler su perfume, Red Door, uno de mis favoritos. No es habitual que una monja huela así por lo que he deducido que intentaba seducirme. Siento parecer una engreída pero es que cada verano me pasa lo mismo, siempre hay una monja que trata de iniciar una historia conmigo. Y yo no estoy por la labor, no quiero salvar vidas aburridas ni me apetece besar esos labios. A pesar de que sor María es un bombón, las cosas como sean.

Le he dado las gracias y me he subido a la bici. En un par de horas estaba en el pueblo desayunando. Ha sido fantástico, como una pequeña aventura. Luego me he ido de tiendas y me he comprado varias prendas, entre ellas unos pitillos de pata de gallo alucinantes y una cazadora de piel negra.

He vuelto al convento y he escondido la ropa como he podido bajo el colchón. Sor María me había dejado una nota: "Carol, espero que hayas disfrutado del paseo clandestino. Te voy a echar de menos la semana que viene". Malo. Echar de menos a alguien es el inicio de algo. Y me viene a la mente la frase de los Mecano, "amar es el empiece de la palabra amargura".

Y yo ya no estoy para dramas. Modo drama off. Sor María eres un cielo pero no me voy a enrolar en tu barco. Si nos hubiéramos conocido en otra tesitura, tal vez. Así que no responderé a tu nota para no crearte falsas expectativas.

Y ahora voy a dar la noticia más deseada e importante, la que llevo años esperando dar aquí: he terminado mi novela. La que comencé en el 2010, mi ilusión, mi proyecto, mi pequeño sueño. Por fin he puesto el punto final. La he terminado en el convento, arropada de silencio y de calma. Gracias a las canciones de Sixto Rodríguez y de Dylan, sobre todo.

Para celebrarlo, el otro día me tumbé bajo la lluvia. Súper poético todo, sí. Me quedé un buen rato allí, en el suelo, hasta que llovió tanto que me pareció arriesgado, propicio para un buen catarro. Fue algo muy hermoso.

Mi novela ya existe y Sofía, la protagonista, también camina sola y bebe y fuma por las calles de Madrid. Es una novela pequeña, breve, sin pretensiones, una novela escrita con mucho cariño, con ilusión, con una emoción grande. Y ojalá la pueda publicar para que la leáis porque, en confianza, si he podido terminarla ha sido porque sé que a mucha gente le gustará poder leerla. Y me ha dado mucha fuerza pensar en eso como en todos los ojos que sé que miran al otro lado de este blog. Gracias, una vez más, por seguir aquí después de tanto tiempo.

Tengo que dejar de escribir porque sor María me acaba de avisar de que ya mismo nos ponen la comida...

Antes de que yo desaparezca

He pasado la noche sin dormir. Mi monja cómplice me ha dado las llaves de la biblioteca. En ella hay un DVD y bastantes películas. He revisado los títulos y no me lo he pensado ni un segundo: vería una vez más Antes del amanecer y Antes del atardecer.

Mala elección o tal vez no, ahora no sé qué pensar. Aprovecho las últimas horas antes de que salga el sol y tenga que volver a mi celda para enviar esta nota, porque también me ha dado la clave de Internet. Por eso escribo un poco rápido y de forma descuidada.

Me gusta demasiado Céline en la secuencia del taxi, todo lo que dice… Me emociona tanto que he vuelto a llorar como una idiota en la oscuridad de la biblioteca.

Pero la vida no es una puta película, ni un diálogo que te aprendes de memoria y repites mentalmente. Y ahora me he quedado imaginando un viaje en tren muy largo, destino Viena o París o Cuenca. O la cuarta ciudad, tan decadente que duele.

Ha sido una noche realmente extraña. Como si recibiera una señal y no fuera capaz de interpretarla porque no se trata de Morse ni de otro código conocido.

Sigue lloviendo y las monjas han repartido velas por si se va la luz. Ojalá se vaya, ojalá se vaya, ojalá se vaya, susurro para mí.


Agarrarse a uno mismo con los brazos, la boca y los ojos

El verano pasado lo tenía mucho más fácil porque las monjas andaluzas eran más permisivas y resultaba más fácil burlar su vigilancia. Sin embargo, las monjas castellanas no me quitan la vista de encima, les deben de haber contado barbaridades de mí como, por ejemplo, que a la mínima ya estoy fumando o que envío mensajes de socorro a través del móvil.

Puedo afirmar que no he encendido ni un solo pitillo y que no he enviado ningún mensaje. Ni uno solo. Y eso que tengo tres Camel escondidos en el colchón.

Lo cierto es que si ahora puedo enviar este escrito es porque me he hecho bastante amiga de una de las monjas jóvenes, María. Le calculo unos veinticinco años, es pelirroja y tiene la piel llena de pecas. Lo del color de pelo lo sé porque el otro día le asomaba la punta de un mechón. La monja jefa le echó una bronca monumental, por supuesto, y ella abandonó el comedor con la mirada temblando. Crucé mis ojos con los suyos y le guiñé un ojo en plan cómplice. Desde ese momento sé que va a ser mi aliada aquí y eso me da fuerzas porque no me siento tan desamparada como al principio.

Estoy bastante cansada. Ayer me hicieron lijar y pintar toda una verja, acabé de pintura gris hasta las cejas, fue terrible porque el sol me castigaba y ahora no lo soporto. De hecho, es el primer año en mucho tiempo que no piso la playa y que no tomo el sol. Hoy me han dado instrucciones para cuidar del huerto y he estado regando varias matas de tomates, además de limpiar las hojas secas entre otras tareas.

Los domingos no son un buen día para escribir ni para charlar con nadie, son muy nocivos tanto para el emisor como para el receptor del mensaje. No obstante, me arriesgo a enviar esta nota porque posiblemente no conseguiré esquivar la vigilancia ningún otro día, a no ser que tenga mucha suerte.

Estoy más o menos bien. En realidad ésta es una frase bien estúpida, siempre significa que estás jodida, ése es el verdadero subtexto. Ojalá pudiera librarme de los subtextos, de los que dirijo y de los que me dirigen, ya que ambos son peligrosos. Hablar con un único nivel de significado sería tal vez más sano pero, por otro lado, mucho menos emocionante y menos vivo.

A algunos de nosotros nos resulta imposible renunciar a los subtextos porque somos unos perfectos adictos a ellos.

Así que mejor decir que lo mejor está por llegar, como siempre afirmaba mi amiga M. Y agarrarse a eso como a un salvavidas para que pasen rápido estos días y pueda volver a mi hogar.

Me da mucha pena esta canción de Loquillo, ya me entristecía cuando iba al colegio y ahora compruebo que aún me hunde.

Y literatos sabios descifrarán mis rimas
Psiquiatras argentinos lo harán con mis complejos
[…]
Quizás el cuadro que resultará
Te desenfoque mi recuerdo
Te contarán de mí quizás lo peor
Quizás no sé si haya existido.

En serio, que no quería cerrar la última noche de esta manera

He llegado a casa con unas cuatro (¿cinco?) cervezas en el estómago. Mis compañeras de charla trabajan mañana y han de madrugar así que he tomado el último autobús para volver a casa. He encendido el ordenador y he puesto en bucle la lista de canciones que suenan esta semana. Una repetición tremenda de estrofas, solos de guitarra y percusiones.

La sexta cerveza, creo. El milésimo cigarrillo. De liar. De esos que carga el demonio para que te suban a la cabeza. Por suerte estoy sola y mi pistola no puede herir a nadie. Acabo de disparar al cuadro de la pared del estudio y me he cargado el cristal. Vaya.

Es mi última noche en esta casa antes de mi retiro. Me he terminado toda la comida de la nevera: un festival de tostadas de paté, ensalada con salmón ahumado y medio kilo de manzanas. Odio tirar los alimentos.

Vaya fiesta esta noche de jueves. Me da pena irme, mucha pena porque dejo atrás julio, un mes brillante, y (se) me impone agosto, ya que no sé qué me va a deparar.

(Pausa. Una amiga me propone un plan para septiembre, así, a traición. Los planes trazados por wasap son terriblemente emocionantes. Estoy demasiado borracha así que ella decide hacerse cargo de los preparativos y yo pongo mi parte de pasta).

Sigo. Otro cigarrillo. Otra canción. Y la escritura en directo, una vez más.

Miro el interruptor que me surge espontáneamente del hombro izquierdo: modo drama o modo folk. Me lo pienso pero dudo, ambos me agradan.

Ya he elegido, al final siempre acaba una tomando una indecisión. Como ya es muy tarde, me la guardo para mí, ya que creo que nadie va a preguntarme nada a partir de este mismo instante.

Me drinkin’ from my broken cup
And ask me to
Open up the gate for you

IF



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If

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