Paraíso de glaciares y de bosques polares


He sacado de la estantería este disco de Ellos, lo compré hace algo más de diez años pero al volverlo a escuchar me he dado cuenta de lo avanzados que eran en su época. Si hubieran sido de Londres seguro que habrían triunfado en todo el mundo pero supongo que no pasaron de nuestro país. Me he sentado con las letras delante y he cantado las que más me gustaban. Ha sido bonito recordar todas aquellas historias tan gays como pop...

Hoy he ido a comprar con mi madre a la frutería, como todos los viernes. Me ha descubierto una variedad de tomates, los tomates Raf, que vienen de Almería y que son los mejores tomates del mundo. La historia de los tomates en sí ya daría para otro post, a mí me fascina.


Mi madre me ha enseñado todo lo que sé acerca de los vegetales y de las frutas: que el mejor mango es el que madura en la planta y lo tocas y está algo blando, desprendiendo un ligero aroma; que los pepinos no han de estar blandos en los extremos; que las naranjas que tienen más zumo presentan como un "ombliguito" en la base, etc.

Las cosas sencillas, las que nos acercan a la tierra. Mi madre no sabe de redes sociales ni de programación web pero posee otros conocimientos que a mí me emocionan mucho más. Estos días se asoma al balcón y me mira hasta que llega mi autobús. Nunca lo había hecho, mas últimamente espera y me saluda con la mano, como si me fuera lejos lejos lejos.

Y yo me voy a casa con todas esas bellas imágenes de la tierra en mis párpados. Limones, peras, manzanas, pimientos rojos y verdes, naranjas, mango, calabaza y tomates.


Luego por la tarde he pensado en que tengo que terminar mi novela. Tiene veinticinco capítulos y voy por el diecisiete, me falta un tercio del total por escribir. Y no es fácil pero creo que o es ahora o nunca, por eso necesito alejarme del blog y de todo aquello que me distrae y sobreestimula.

Para terminarla sé que he de respirar hondo en silencio y empaparme de todo lo que me ha enseñado mi madre, la señora Blenk. Puede que algún día yo también tenga una hijita y tal vez le enseñe aquel disco de Family del 93 que esta noche he vuelto a poner.




Cuando pesen demasiado la rutina
El trabajo y la vida en la ciudad
Nos iremos en un viaje infinito
Con esa tonta sensación de libertad
Hacia el fondo de ese mundo del que me has hablado tanto
Paraíso de glaciares y de bosques polares
Donde miedos y temores se convierten en paisajes
De infinitos abedules de hermosura incomparable
Dibujamos sobre un mapa imaginario
Autopistas de gran velocidad
Nos invade una ilusión desconocida
Y nuestra única intención es avanzar
Hacia el fondo de ese mundo del que me has hablado tanto
Paraíso de glaciares y de bosques polares
Donde miedos y temores se convierten en paisajes
De infinitos abedules de hermosura incomparable
Donde siempre te querré.

Cuanto más lejos el santo, más cerca la devoción


Escucho tus discos preferidos, compro tu marca de tabaco, me pongo tu perfume y algunas de tus camisetas. Trato de comportarme como lo haría una tipa madura que acaba de cumplir los treinta y ocho pero el mundo se me escapa de las manos. Ayer incluso fui a misa, imagínate hasta qué extremo he llegado. 
Me fui a la Plaza Mayor del pueblo y me quedé embobada escuchando las campanas, eran las doce en punto. Vi gente entrando a la iglesia, todos bien arreglados, tal y como toca los domingos. Y un poco por inercia, entré a la misa de las doce. Hay costumbres que no cambian, ya ves. En todas las iglesias de todos los pueblos siempre hay misa a las doce. Y si te sientes perdido o solo puedes refugiarte allí. 
Me senté en uno de los bancos del final, la parroquia estaba bastante vacía, unas veinte personas más o menos. Es fácil seguir los ritos cristianos: levantarse, sentarse, santiguarse, darle la mano a los de al lado, a los de atrás y a los de delante. Lo de rezar en voz baja a la misma vez que el cura ya son palabras mayores, eso no lo pude hacer. 
Me gusta ese momento de silencio en que cada uno de los fieles reza para sí, en off, como dirían los de cine. Entonces siempre me viene una bulería de Camarón que para mí es como un rezo personal, y la recito de memoria mientras se me cae una lagrimilla que acaba en el reclinatorio.
Retírate que la gente
no conozca nuestro amor,
contra más lejos (sic) esté el santo
más cerca la devoción.  

Buen día para dejar otra entrega de los discos de mi vida (III)

Yo debía de ser bastante pequeña cuando escuchaba este trabajo de Bob Dylan en una cinta de cassette. La portada me encantaba: Bob de perfil con sombrero y ropaje estrambótico, de fondo un paisaje de una tierra lejana. Me temo que me empujaba a soñar con bosques, escopetas y aventuras de niña atrevida.




Black Diamond Bay es una de las joyas de este disco.

Up on the white veranda
She wears a necktie and a Panama hat.
Her passport shows a face
From another time and place
She looks nothin' like that.
And all the remnants of her recent past
Are scattered in the wild wind.
She walks across the marble floor
Where a voice from the gambling room is callin' her to come on in.
She smiles, walks the other way
As the last ship sails and the moon fades away
From Black Diamond Bay.


Otro de los discos de mi vida morena, antes de ser rubia (II)


Doolittle, de los Pixies, que son Dios. Todos los cortes son perfectos, limpios, como si sonaran siempre en directo, vivos como si se acabaran justo de grabar. 

Hay un antes y un después de este disco. Satánico y romántico a partes iguales. Imposible saltarse ningún tema.


Creer en uno mismo es obligatorio



Me he contrado a mí misma en Google, buscando otra cosa diferente pero relacionada con mi persona:

"Creer en uno mismo debería ser algo obligatorio, no te deberían dejar pasar de curso sin escribirlo cien veces seguidas".

Algo que dije y que parece ser que tuvo bastante impacto. Voy a escribirte una carta, a ti, para que en el futuro la tengas en un cajón y la saques algún día:

Nuestra diferencia de edad no hace que mis consejos vayan a serte útiles cuando seas mayor, tal vez al contrario, mis frases se habrán pasado de moda y las canciones que suenan ahora puede que mañana estén anticuadas y nadie las recuerde.

Cree en ti misma e intenta apoyarte sólo en tu sombra porque los otros hombros suelen derretirse como la mantequilla cuando les toca un poco el sol. Créeme y evítate disgustos. Confía sólo un poco en los demás pero, a la hora de la verdad, sé tú la que se saque las castañas del fuego. 

Tú nunca te vas a defraudar, tú nunca te vas a traicionar, tú nunca te vas a insultar. 

Intenta terminar todas tus historias con un saludo desde un coche, como las dos chicas de Mi blueberry nights, cuando cada una de ellas toma una dirección opuesta. Sin tristeza, sabiendo que existe alguien en algún lugar del mundo que compartió un buen momento contigo.

Lista de diez de las películas que más me han dolido

Sigo sintiendo predilección por las listas. Hoy me apetece elaborar una con diez de las películas que más me han dolido y se me han atrgantado en la garganta como un hueso de aceituna, hasta estar al límite del ahogo.

1. Lluvia en los zapatos: creo que la he visto un par de veces, no más. Me parece bellísima, real y contiene una mezcla de ficción y realidad alucinante. Penélope Cruz está espléndida cuando aparece. La historia me desgarra. Desengaño, adulterio, mentiras, dolor. Los dramas de toda la vida, de cuando dos empiezan a ser tres y ya nada vuelve a ser lo mismo. La más desgarrada de mi lista, sin duda.

2. Room in Rome: ¿qué decir de esta obra maestra? Absoluta devoción por ella. Es tan bella que lloras cuando termina porque sientes que ellas, las protagonistas, siempre estarán en tu vida. Siempre. Importantísimo: hay que verla en versión original, nunca doblada.

3. Eternal Sunshine of the Spotless Mind: dolorosa a más no poder. Planos perfectos, como la banda sonora. Con esa pizca de ciencia ficción que me encanta, en la dosis justa. Y actorazos, por supuesto.

4. Eduardo Manostijeras: para mí la mejor de Tim Burton. Edward, el marginado, el solo, el triste, el indefenso. Edward somos todos. La banda sonora, de diez.

5. La condesa descalza: dos de mis preferidos juntos (Ava Gardner y Humphrey Bogart) en una historia que mezcla de forma espléndida los flashbacks con el presente. Ava hace honor a su título: el animal más bello del mundo.

6. Vidas rebeldes: para mí es la mejor interpretación de la rubia más guapa del cine. La historia es conmovedora y los personajes son tan humanos que asusta verse reflejado en ellos.

7. La gata sobre el tejado de zinc: Paul Newman es tan bello que duele mirarlo en este film. La historia contiene un subtexto interesantísimo, y no digo más. Alcoholismo en pijama de rayas.

8. Desayuno con diamantes: el típico clásico, pues no, es que es tan desgarrada también que no la podía obviar. Ella siempre será la sola más sola. Contiene algunos de los diálogos más brillantes de la historia del cine.

9. El club de la lucha: dura, tremenda, única, hipnótica. Apta para insomnes y exiliados del mundo y de la realidad. Adoro a Brad Pitt aquí.  Yo soñé con mi club de la lucha durante mucho tiempo.

10. La flor de mi secreto: simplemente perfecta. Obra maestra del gran Almodóvar. Leo Macías/Amanda Gris es mi escritora favorita en la piel de Marisa Paredes. Qué diálogos, por Dios de mi alma: "La realidad debería estar prohibida".

La mancha negra

El chico que está arreglando el tejado de la casa de mi madre ha llegado hoy muy triste. Le ha contado a la señora Blenk que un amigo suyo se había suicidado. Era panadero de los de toda la vida, de los que nacen entre pan y, dramáticamente, mueren entre él. El pan, que hasta hoy me había parecido algo así como un símbolo de vida, hoy se me ha vuelto como una flecha negra porque me he imaginado a ese chico atravesado por ella.

No nos ha dado más detalles. No era necesario.

He recordado una historia que durante mucho tiempo me tuvo muy triste, porque cada día la tenía presente inevitablemente...

De camino al instituto, siempre pasaba por la casa en la que vivía un pintor. Era una casa más, ni muy alta ni muy baja, más bien vieja, pero sin llegar a estar en ruinas, no destacaba en la calle. Yo no sabía que él vivía allí, me enteré bastante más tarde. Un día, al llegar del instituto, encontré a mi madre leyendo un folleto. Ella se fue a preparar la comida y me senté a leer distraídamente el papel que había dejado. Hablaba de un pintor joven con una espesa barba negra y unos ojos pequeñísimos, negrísimos, pero tal vez los ojos más brillantes que haya visto jamás en una fotografía. Llenos de vida. El pintor sonreía en aquella foto, aún puedo recordar su cara, jamás la olvidaría. Esto lo sé ahora pero entonces poco podía imaginarlo.

La foto se acompañaba de un texto y de varias reproducciones de sus pinturas. Tenía un estilo muy original, no sabría explicarlo, eran dibujos muy sencillos, en blanco y negro, como si dibujara con pluma, algo así. Recuerdo uno que me llamó la atención, era de un mendigo que la daba una flor a una sirena, parece un tema cursi pero no lo era en absoluto. Era precioso y, además, el pintor escribía frases breves bajo cada ilustración y eran todas magníficas.

En el texto se explicaba la historia de aquel hombre, un pintor sencillo que no vivía de su arte pero que seguramente sí vivía para su arte. Por lo visto un día se empezó a sentir mal, como si algo le molestara por dentro, algo invisible, algo lento y profundo, inquietante. Cada día que pasaba se sentía peor, le dolía más, y se daba cuenta de que una mancha negra le estaba creciendo en el interior, como si fuera petróleo grasiento que todo lo mancha. Hasta que llegó una mañana en que aquella mancha se apoderó del cuerpo y de su vida. El pintor se suicidó. En aquella casa por la que yo pasaba cada día dos veces.

Creo que comí menos de lo habitual. Cuando me dispuse para volver al instituto por la tarde, mi madre me dio la basura para que la sacara y vi asomando el folleto del pintor. Lo saqué de la bolsa y lo guardé en mi carpeta.

Al pasar por su casa el corazón me dio un vuelco. Sentí una pena honda y negra, como las de los poemas de Lorca, una pena de gitanos y de juncos. Una pena de sur.

Y así todos los días. Todos los meses. No sé durante cuánto tiempo. Jamás lo olvidé. Sus ojos, los más llenos de vida, vencidos por aquella brutal mancha negra.

Yo era sólo una adolescente pero recuerdo que recé para que jamás, jamás en la vida me saliera una mancha negra como la del pintor.

Ahora hay un kebab en su antigua casa.

He buscado su nombre en Google y no hay rastro de él. Murió antes de Internet y por eso es probable que nunca aparezca en la red.

Esta canción de Rafael Berrio (cuya trayectoria musical merecería también otro jugoso post) me recuerda mucho a esta historia, sin motivo aparente.


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