Gigantes

El autobús hoy ha cambiado el recorrido y me ha dejado en una calle desconocida, he tenido que andar más rato para llegar a casa y he pasado por rincones de mi ciudad que desconocía. Así te pasa en la vida a veces, que te dejan en un lugar algo inhóspito y te las has de apañar para regresar antes de que oscurezca.

Mientras caminaba, he reparado en la bolsa que llevaba con mi última compra: dos kilos de naranjas. ¿Debe significar algo eso? Pues tal vez debería buscar el sentido, como que siempre se conservan las tradiciones o que lo básico jamás se ha de descuidar.

He comido con mi madre en el último día del año. En las noticias salía la gente en la Puerta del Sol con esas ridículas pelucas de colorines y los cuernos de alce. Y he recordado que yo también lucí una peluca lila en un fin de año en Madrid, desde un balcón precioso. Y al ver a toda esa gente dando saltos y pidiendo sus deseos ante la cámara, se me ha puesto un nudo en la garganta y me he tenido que esconder en el cuarto de baño para llorar. Ha sido una melancolía muy triste. Fuimos muy felices en esa ciudad pero también en otras, lo cierto que en todas.

Como cuando me entró la cabezonería de buscar un piso nuevo porque quería una terraza para hacer barbacoas con los amigos. Y visitamos mil pisos pero ninguno nos gustó así que al final nos quedamos con el que teníamos porque nos dimos cuenta de que era perfecto, que a veces las cosas buenas las tienes delante de las narices pero te empeñas en buscar otras por pura ambición.

O cuando defendíamos a Mourinho y celebrábamos los goles del Madrid delante del mundo entero, colgando una bandera de Corea del Norte en el balcón, y nos nos importaba ir contracorriente porque sabíamos que estábamos en el bando de los buenos.

Tengo dos horas para llorar esta melancolía.

Fuimos dos personajes que se volvieron personas. Y fue hermoso, y fue precioso, y fue todo. Y necesito escribirlo porque el personaje necesita llorar también por lo perdido. Aunque en el fondo no se trata de una pérdida sino de un recuerdo, de una historia ganada.

Antes de esa historia yo odiaba estas fiestas, y ella consiguió que la Navidad estuviera en mi cara de manera que a partir de ese momento ahí se quedó. No volví a odiar estas fechas, me quedó una calma buena después de aquello. Y ahora siento gratitud por ello, porque sé que siempre estará ahí, conmigo, en un rincón de mí.

Es el día justo para cerrar algunos círculos. Para dar gracias por todo lo vivido porque no pudo ser mejor ni más perfecto y es por eso mismo que deseo que el último post del año sea de gratitud y de buenos recuerdos, no de pena negra.

Y tal vez no debería escribir sobre melancolías ahora pero tengo dos horas para mí, para pensar en todo por última vez, para fumar y empezar a emborracharme.

Una gran noche con un título pequeño porque siento que camino de puntillas

El fin de semana ha sido tan intenso que no he podido ni escribir, así que éste es el post número 1066 cuando podría haber aumentado más la cantidad de entradas.

Los amigos de verdad son los que te llenan la casa de risas, de cervezas, de vino tinto y de canciones de Russian Red. Los que te emocionan cuando salen al balcón a fumar contigo y te explican que se han enamorado con la misma intensidad que hace quince años. Y tú los escuchas y te emocionas también, en paralelo a ellos, y les haces mil preguntas mientras se ponen otra cerveza y se encienden otro pitillo.

Y tu casa se pone a rebosar de cartulinas de colores y pegamento de cola porque todos estáis medio locos y habéis decidido escribir deseos para el año que viene, que estáis hasta los mismísimos del 2013, que casi os vence la tristeza aunque al final no, porque por suerte os habéis sujetado los unos a los otros, como quien rema en medio de un temporal insesperado.

Y cuando se marchan a la hora de la cena, te quedas sola recordando sus risas y entonces lloras un poquito porque se te ha puesto un nudo en la garganta y rezas para no perderlos nunca porque ahora sabes que son un tesoro precioso, aunque la expresión sea una jodida frase cursi pero ya te sabes el truco de insertar un "jodida" en medio para eliminar posibles cursilerías.

Y acabas escribiendo en directo justo cuando deseabas cerrar el post porque la intención era irte a dormir a una hora prudente pero lo cierto es que esta noche ya no existe ni prudencia, ni cobardía ni redes que te sostengan.

Descubriste una frase que se te ha metido por dentro y te ha hecho ver lo que tenías delante de tu cara: no renuncies a algo que no puedes dejar de pensar ni un sólo día.

Y resulta que es una sentencia un tanto vulgar y manida (la has buscado en Google) pero te parece que es deslumbrante y decides tenerla en cuenta ya que esconde una verdad alucinante.

Recuerdas 41 segundos fulminantes de Lauren Bacall -sin ningún motivo ni conexión con la sentencia, ni con el día de hoy- para recuperarla porque sí, sin más. Y algún día volverás a ver esa película, porque ahora sí que te apetece, aunque sabes que la quieres ver sola, que hay cosas que no se comparten con nadie, como ciertas películas.


Conseguí que cantara en catalán para demostrar lo bien que puede sonar



Con las flores de tu vestido
y el mar de la ventana
haremos un buen jardín
en una casa de color de anís
que nunca se abandone
y se esté bien dentro.


Y allí te haré muchos más hijos
y saldrá alguno albino
y miraremos el pasado
como si no fuera posible
que hayamos tardado tanto en llegar.


Con las frases roncas que no llenamos
y alguna mala letra que encuentro por el camino
aprenderemos las caras y los perfiles
de los hombres sin prisa
que tendremos de vecinos.



Y allí te haré muchos más hijos
y ninguno se llamará Agustín
y miraremos sus cabezas como si no fuera posible
que les crezca el pelo tan largo.


Con las horas muertas de las mañanas
y todas las resacas que callamos durmiendo
dibujaremos algunos amigos
y haremos una fiesta
como cuando éramos pequeños
con el señor "Cordones" y el perro alterado.

"Sin música la vida sería un error", que decía mi querido Nietzsche



Hay canciones que son de enamorarse. Y no hablo de alguien en concreto, no de amores pasados, ni presentes ni futuros, no sé cómo explicarlo pero sé que hay canciones que son justo eso.

Hoy me he dado cuenta de que The party, de Bigott, es una canción de enamorarse. Lo mismo de uno mismo, o de la vida que hay que descubrir, o de las copas que nos tomamos solos porque un amigo nos ha dejado plantados, o de los mails que recibimos de personas a las que pensábamos que les importábamos una mierda y no era así, o de una sobrina que te abraza dos veces seguidas y te mira como un cachorro sin decirte nada porque no es necesario, que los niños en silencio son los seres más sinceros del planeta, o de enamorarte de tu madre que te dice adiós por la ventana y luego te llama por teléfono y se despide de ti con un so pretty, mi girl, o de un jersey negro con lentejuelas grises que has pensado comprarte antes de que acabe el año porque alguien te ha dicho que hay que estrenar algo por Navidad, que da buena suerte, o de enamorarte de tus ojeras por la mañana, o de la única cana que permanece después de tantos meses en un rincón de tu pestaña derecha, o de tu bolígrafo preferido que jamás sacas de casa por miedo a perderlo, o de las toallitas desmaquillantes que usas cada noche para quitarte el rimmel.

Enamorarte de una canción de la que no entiendes la letra porque las mejores canciones son justo ésas, las que te permiten imaginar la letra que te apetece.

Una canción para escuchar en bucle porque es breve como un pensamiento de invierno en tu pequeña ciudad.

Los superhéroes suelen llorar el día de Navidad cuando nadie les ve



No me entiendo con ella, literalmente. No hay manera de que aprenda más de dos frases seguidas en castellano y yo, con mi inglés limitado, no puedo mantener una conversación coherente. En la comida de Navidad nos hemos comunicado básicamente con lenguaje corporal y con buena voluntad mas hay un punto en el que me canso de esforzarme y me tengo que marchar.

He caminado unos tres cuartos de hora eludiendo ciertas canciones de mi lista porque sé que deben mantenerse todavía congeladas y no me agrada tentar al destino.

Ha sonado la hipnótica The Reno Poem justo en el momento en que quedaba bien porque iba atravesando una avenida iluminada a rabiar, tanto que he tenido que sacar las gafas de sol a las siete y media de la tarde.

Me he sentido como un superhéroe destronado, al que han echado de la película porque se ha terminado el presupuesto y nadie se hace cargo del proyecto. El superhéroe que ha de abandonar su traje en el camerino porque era prestado. El superhéroe que, cansado de salvar vidas ajenas, se pregunta quién le va a salvar a él ahora, si es que alguien percibe que necesita ser salvado al menos una vez en su vida. Porque desearía saber qué se siente -una sola vez en su historia- cuando alguien te rescata de un incendio, un alud de nieve o una aburrida reunión de trabajo.

Y aquí estoy, cenando frutos secos, un gin-tonic y el primer pitillo del día. La noche del 25 de diciembre, cuando me pregunto cuántos solos o solas como yo estarán en sus casas bebiendo un gin-tonic, comiendo frutos secos y fumando el primer pitillo del día.

Sé que habrá alguien en todo el planeta que lo esté haciendo justo ahora, y eso me reconforta un poco.

La añoranza balear la suplo comiendo queso de Mahón.

El año de la valentía

Hace algunas semanas estuve en el cementerio de Montjuïc, ya lo expliqué en otro post. Hoy he recordado algo que me impacto muchísimo, y es que había unos nichos en los que la maleza había campado a sus anchas, rebentando las lápidas, llenándolo todo de verde de manera que resultaba imposible ver nada que no fuera un retazo de naturaleza salvaje.

En ese momento no lo supe apreciar pero luego me di cuenta de que era la imagen perfecta de que la vida siempre se abre paso, incluso en un cementerio. Brotando del sitio más insospechado y en el momento más impensable.

Atando cabos y pensando en el año que termina por fin, he llegado a una conclusión que formulo a modo de deseo (a algunos de vosotros ya os he hablado de esto así que perdón por la reiteración pero me apetecía compartirlo aquí también).

Mi deseo para este 2014 es, una vez más, que el año que viene siga escribiendo como una bellaca y que vosotros me leáis aún. Seguir vivos y bien, vaya. Algo sencillo pero increíblemente bello.

Y para este año me pega mucho el verbo declarar, ya que tengo la intuición de que va a ser un verbo clave. Intentad declararlo todo: vuestras ideas, el talento, la convicción, la honestidad, la generosidad, la curiosidad, la mirada nueva sobre las cosas, la capacidad de sorprenderos, el amor a quien os guste, el amor a quien os gustó. Declararlo todo como si os hubieran detenido en la aduana, sin miedo, porque sobre todo hay que declarar la valentía.

Éste va a ser el año de la valentía, lo acabo de decidir.



(Una versión de los Tachenko nada navideña que acabo de descubrir y que me ha encantado, por el subtexto precioso que se desprende de los gestos y de las miradas).

Si fuera hetero estaría enamoradísima de Santi Balmes



- Què? Estem contents, eh?

Me tropiezo con la vecina en la puerta de casa y me pregunta con una sonrisita: ¿qué? ¿estamos contentos, ¿eh?. Me quedo cortadísima porque no tengo demasiada confianza con ella y le devuelvo la pregunta: per què ho dius? (¿por qué lo dices?); noia, portes tot el matí cantant!, me responde,  (chica, ¡llevas toda la mañana cantando!).

Corte total. Pillada. Sí, claro, me he pasado la mañana cantando temas de Love of lesbian a grito pelado, como si fuera la única habitante del edificio, la sobreviviente de una plaza de zombis, por ejemplo. Y la acción musical temeraria me ha pasado factura.

Debe ser la fuerza que me da saber que pronto le daré patada al 2013, por fin. O simplemente, que la voz de Santi Balmes me combina bien, me acoplo fácil a su tono, supongo.

Por eso es mejor cantar con quien mejor te acoplas porque si no, te cargas el tema.

Me encanta fumar a las dos de la mañana mientras escribo en directo



Esta canción siempre me conmueve y me pone un nudo en la garganta, de inicio a fin. No puede existir una canción más bella, imposible, y quien diga lo contrario debería abandonar este planeta e irse a Marte, por lo menos. Y el inicio es una nana preciosa para dormir en calma.

No es un secreto que mi acento es un acento de ninguna parte porque nací en las Baleares, he vivido muchos años en Barcelona (ahora en Madrid), mi madre es inglesa y el resto de mi familia está repartida en Finlandia. Me parece una riqueza ser bilingüe y tener esa mezcla de culturas y tradiciones en la piel, en la vida. Por eso detesto las razas puras, los pensamientos excluyentes y los radicalismos catetos.

Poder susurrar te quiero, t'estimo o t'estim es realmente un lujo.

Vivir en el penúltimo día

- ¿Señora Blenk?
- Sí, soy yo.
- Siéntese en la sala B de Barcelona y espere a que le llamemos, por favor.

Así que me voy rápido a la sala B porque queda al final del pasillo, no vaya a ser que me llamen antes de que haya llegado y pierda el turno. Aunque sé que esto es del todo improbable.

Unos minutos después, me llaman y una enfermera andaluza simpatiquísima me da las instrucciones para realizarme la mamografía.

- Agarra la barra amarilla, pon los pies mirando hacia delante, gira la cara hacia este lado y sube la barbilla un poco más...

A mí me da por reír pensando en la situación: llevo sólo unos vaqueros y las botas y tengo el cuerpo totalmente torcido como un cuadro de la época cubista de Picasso, o mejor aún, parezco una sevillana torpe que se ha quedado estática tras la primera (mírala cara a cara que es la primera, etc.).

- Cuanto más te duela, mejor saldrá - me advierte.

Joder, pienso, pues qué bien, a sufrir se ha dicho, todo sea porque se vea nítido y no tenga que repetirme la prueba.

Dos de lado y dos de cara, cuatro momentazos de sevillana semidesnuda.

Me visto y me dice que tengo que esperar los resultados. Evidentemente, me quedo mordiéndome las uñas, como siempre que uno espera el resultado de algo en la vida. Lo peor es que ella sale al cabo de un buen rato, me levanto, me acerco y me susurra en plan confidencia.

- No te asustes pero...

Ya está. La frase maldita que uno no desearía escuchar jamás pero que, fatalmente, siempre está presente a nuestro alrededor.

Me explica que hay que repetir la prueba por motivos de seguridad y otros detalles. Lo próximo es una ecografía mamaria. Así que me trasladan a una especie de sala a media luz en la que me atiende un médico realmente guapo, con un timbre de voz perfecto. No está mal, ya que te han de manosear, al menos que sea alguien con encanto.

Me embadurna de gelatina y apenas respiro. Es mi primera vez y no sé qué he de hacer, si le he de mirar, si he de contestar a lo que me pregunta o mantenerme en silencio. El tipo se hace el interesante y cada vez que detiene el aparatito demasiado tiempo en una zona del pecho me voy al borde del infarto.

Por fin termina. Me pone un papel secante a modo de bikini y pienso que estoy en plan foto moderna. Todo está bien, nos deseamos felices fiestas, nos damos la mano y salgo aliviada de la sala con luz romántica.

Ignoro el tiempo que ha pasado entre la incertidumbre de no saber qué me podría pasar y la certeza de que no tengo nada. Ha sido una agonía. He visto mi vida pasar, como suele decirse. Tal vez soy una exagerada, probablemente sí, siempre he asumido mi mirada hiperbólica sin vergüenza, es lo que hay.

Si me hubieran dado otro resultado habría sido terrible pero lo tendría que haber asumido, como lo asume tanta gente. Cada vez -es curioso- conozco a más personas con algún tipo de problema importante de salud, no los problemas tontos de ham (burguesa) que a veces nos preocupan, yo incluida.

Deberíamos empatizar más con algunas personas que sufren, no estar tan alejados de ellos porque el día menos pensado -un jueves 19 de diciembre lluvioso en Barcelona, por ejemplo- la vida nos puede dar un giro inesperado y difícil de reconducir. Y no es que el tema me sea ajeno, he perdido a varias personas cercanas por motivos muy parecidos, sólo que a veces nos olvidamos de que nos puede tocar el número fatídico.

Cuando he terminado todas las pruebas -había algunas más, de las que aún no sé los resultados- he salido a la calle y caía una llovizna feliz, pero no feliz del todo sino a un cincuenta por ciento sólo. Me he dirigido al metro a coger la línea verde para regresar a casa y he sentido una pena muy intensa en el centro del estómago al no coger la amarilla.

Mientras veía pasar las paradas, pese a todo, como no puedo evitar este sentido del humor detectivesco, he sonreído al reproducir mentalmente el diálogo con la ginecóloga.

- ¿Relaciones sexuales?
- Sí... Bueno, ahora no muchas, más bien pocas...
- ¿Método anticonceptivo?
- Ninguno.

Silencio. Como ya tengo experiencia en el tema, prefiero zanjar pronto mi supuesta imagen de promiscuidad de zorrón.

- Me van las chicas.
- Ah, bien, entonces, ¿ninguna relación heterosexual?
- Ni una.
- Pues oye, mejor para ti, que los hombres son todos unos trastos.

Silencio. Me quedo muerta con su comentario. La tipa tiene pinta de alemana moderna, con el pelo cortísimo, como las uñas, y ningún anillo. Escudriño su despacho en búsqueda de alguna evidencia que niegue su heterosexualidad, como buena detective. No hallo ninguna. Seguimos hablando y nos despedimos con un buen apretón de manos. La duda está servida.


Tachenko me parecen más románticos que nunca, pero no en plan cursi o dramático, sino en plan valiente





La foto la tomé hará unos cuatro años en Girona, en el Museo del Cine. Es kryptonita de verdad, la que aparece en la película. Recuerdo que me impresionó muchísimo y esta noche la he buscado expresamente porque me apetecía recuperarla.

He estado pensando en los efectos de la kryptonita en el superhéroe, es terrible porque resulta fulminante. Supermán cae al suelo, debilitado, indefenso, a punto de desaparecer.

O sea, que lo que conviene ahora es mantener la kryptonita bien alejada de nuestras vidas, para que no nos pueda derrumbar. Nos ha costado mucho (y aún nos cuesta) ir guardando dosis de superpoderes así que no debemos bajar la guardia en ningún momento, no sea que algún malvado nos arroje el mineral cerca, tendiéndonos una trampa.

Pienso en estas cuestiones mientras camino. Hoy me he hecho casi diez kilómetros, cinco de ida y otros cinco de vuelta. Me he quedado un rato mirando a la gente en la pista de patinaje que han puesto en la calle, me encanta ver a los niños patinando, me parecen muy indies. Los niños son una de las pocas cosas en el mundo que son indies porque sí, sin proponérselo. Lo llevan dentro, claro.

He paseado como una sola, como antes, con las manos en los bolsillos, gafas de sol y los Tachenko sonando bien fuerte. Y he recuperado el abrigo azul que había estado a punto de abandonar pero es que me gusta tanto que no soy capaz de desprenderme de él.

El día lo he cerrado con una copa de vino, un bombón y un cigarrillo. Una celebración íntima y dulce. He tomado una foto para inmortalizar el momento, aunque a veces no soy mucho de fotos pero creo que era necesario, supongo que deseaba grabar esa instantánea.

En el fondo, soy una sentimental.

No tengo escapatoria, y no es ningún pretexto



Ayer recordé una película que me encanta, Corre, Lola, corre. Pensaba en que a veces en la vida no sólo es importante y decisivo correr rápido sino correr bien, como la protagonista de la historia.

Se nos ofrecen diferentes posibilidades y, dependiendo de la que elijamos, el final será uno u otro. En esta película se comprueba claramente, si ella corre más rápido o si sortea mejor los obstáculos, su vida termina de una forma distinta.

Es algo que da vértigo si lo piensas. Todo está lleno de opciones, de decisiones, de momentos en los que te juegas algo sin nisiquiera intuirlo. Y es difícil saber si lo que hemos elegido es lo mejor de entre todas las posibilidades.

Desde ayer tengo unas ganas locas de correr sin parar, como la chica del pelo naranja. Pero de hacerlo bien, de correr de una forma limpia, sin tropezarme con nada ni con nadie, de rebasar los récords del mundo, incluso.

Hoy martes correría toda la mañana solamente para celebrar que es 17 de diciembre, un día hermoso, y porque no se me ocurre otra forma mejor de hacer las cosas bien, como la chica de la película. Y así recordaría siempre que pasé esa mañana corriendo, sin parar, sin detenerme a descansar, esperando una gran noticia.

Yo me fío mucho de mi intuición, creo que puede ser un buen criterio.


Pitillo cenital



28 de enero de 2005. La foto era de una calidad pésima pero era un buen inicio de algo que dejé a medio escribir. La luz del pitillo era azul, como la combustión del gas, eso sí me pareció brillante de la instantánea. No la había vuelto a recordar hasta hoy. Estaba echando la vista atrás, supongo que es inevitable porque se acaba el año y hay que cerrar algunos círculos.

Aunque, ¿cómo se cierra algo que jamás se hizo tangible? O en realidad no es una certeza absoluta, sí comenzó pero ni tú ni yo estábamos mirando en esa dirección en ese momento justo. Como cuando pasa por la calle un coche despampanante y un amigo te dice, mira, mira, qué cochazo, y tú, cuando te giras, ya es demasiado tarde, tus ojos se han vuelto lentos y te has perdido esa instantánea.

Nos lo perdimos por no saber mirar.

Anoche pensaba que el mundo se divide en dos grupos: los que adoran a los Pixies y los que no. Y me acordé de ti y creí que posiblemente te gustaría mi frase por su extrema radicalidad. Y luego me dio mucha pena enterarme de que tocarán en Barcelona en mayo y no sabré si ir o no porque me costará ir sola a ese concierto, aunque jamás me hayas acompañado a ninguno, es como si en éste me faltaras, y soy consciente de lo absurdo de mi argumento pero no lo puedo sentir de otra manera.

Y no estoy en modo drama, bien lo sabes. Sólo que algunas veces te invade esa nostalgia extraña, o la saudade, o como lo quieran llamar, que te pone la piel más vulnerable de la cuenta y entonces te escribiría y te contaría todo esto porque sé que nunca llegarás hasta aquí para leerlo.

O pasaría otras cien horas bebiendo cerveza a tu lado para que me expliques qué ha sido de tu vida y ponerte yo al caso de la mía.

Envalentonarse



Arconada sólo espera su momento. Como yo.

Mi ratito de sola que escribe en directo

Las 17:41, una hora perfecta. Llego a casa, coloco la compra (otra vez se me ha ido de las manos, véase la foto más abajo), me pongo un café y preparo el primer pitillo del día, seguramente el penúltimo. Enciendo el ordenador y allí está Christina, la rubia más rubia de todas. Es mi ratito a solas. Cuando pienso con más fuerza en todo lo que ha permanecido después de la marea de este año. No con tristeza sino con ganas de que termine diciembre para estrenar mi agenda nueva, que es realmente bonita, no como la de este año que compré un modelo diferente por error y así me ha ido. La del 2014 es grande y la semana es a vista horizontal, como debe ser. Y así podré apuntar más cosas porque tendré más espacio y podré incluso tachar todo aquello que no suceda o que no quiera hacer porque justo se trata de eso, de elegir lo que más te convenga, de decir un no bien alto o un . Una buena agenda para preparar bien a todo mi ejército de valientes, dispuestos a salir al campo de batalla con sus uniformes relucientes. Sonrientes y guapos.


Regalar arte como señal de amor


Si uno no se ama a sí mismo, mal vamos. Parece algo evidente pero no lo es tanto si nos paramos a pensar. En fin, el post no va de eso (que podría ser si me animo y se me va la mano, como suele sucederme) sino de que me he hecho a mí misma un regalo navideño, un poco para compensar que estas navidades van a ser muy raras para mí y porque, posiblemente, no voy a recibir ningún regalo de amor.

Así que voy a recomendar justo eso: que os regáleis arte. A vosotros mismos o a quien os dé la real gana. La ocasión es perfecta, se puede aprovechar para amadrinar un par de tejas en Casa Tía Julia (ya hablé de este genial proyecto de mi amiga editora hace poco) y conseguir así una de las obras de arte de Cristina Mas, artista de lo sutil y de lo evocador. A mí sus obras siempre me llevan a otra realidad paralela, me encantaría saber más de arte para expresarlo de una forma algo más elegante pero no sé. Lo único que acierto a decir es que me gusta, que me llega muy adentro todo lo que sale de sus manos y de su mente.

Pues eso, si no sabéis qué regalar ahí va un consejo.

Esta noche he aprendido tres cosas, las debo apuntar para que no se me esfumen

La nostalgia de lo que aún no te ha pasado.

Las cosas no son importantes porque existan, son importantes si se piensa en ellas.

La importancia de los desvíos.

Por eso tenemos que estar muy atentas, porque hay muy pocas cosas buenas y si encima se te pasan porque estás hablando por el móvil o pensando en otra cosa, sería una mierda.

No sé cómo ha sido, pero me había perdido esta película. Por suerte, me he topado con ella así, de casualidad, de casualidad de la buena.

Últimamente, es como si cada día fuera el penúltimo y estuviera mirándolo todo con ojos nuevos.

Acabo de decidir que jamás voy a envejecer



Sí, como Christina Rosenvinge o Coque Malla, jamás voy a envejecer. Y en Madrid siempre seré feliz como la cría del videoclip.

Y creo que desde hoy, además, súper fan de Bigott. Adoro descubrir música nueva de la buena. Y si me la descubren, mucho mejor.


Me encanta quedar a la una para tomar el vermut con gafas de sol en una terraza



En realidad ayer quería escribir sobre la rubia sevillana que conocí en el tren pero finalmente me dispersé (una vez más, y ya van cien mil) y se me pasó.

Llegué diez minutos antes de que saliera el tren, tuve que correr mucho para no perderlo y cuando bajé al andén no tenía la certeza de que estuviera en el sitio correcto. Mi coche era el 31 así que tenía que caminar hasta el final del andén y cuando llegué sólo había una rubia que desafiaba el frío. Le pregunté adónde iba y me confirmó que no me había equivocado. Le sonreí aliviada.

Entonces sacó un cigarrillo y lo encendió. Me quedé asombrada, oye, pero, ¿aquí se puede fumar?, le pregunté. Su respuesta fue su mirada hacia una papelera metálica en la que había grabado un cigarrillo. Sólo dirigió la mirada con el cigarrillo aguantándosele en los labios.

Por supuesto, saqué un pitillo y le pedí fuego. Me lo encendió con una galantería impropia de una hetero. Dudé de ello. Me explicó que una vez se durmió en el AVE y se pasó de parada iniciando así una tragedia de viaje que la hizo llegar a su destino con mil horas de retraso. Yo le conté una historia de una mujer a la que le vendieron un billete de avión equivocado. Ella pensaba que viajaba a Granada (España) pero en realidad volaba hacia otra Granada, la isla en las Antillas. La tipa le comentó a su compañero de asiento las ganas que tenía de visitar la Alhambra y el pasajero debió de palidecer al comprobar lo que estaba sucediendo.

En ese momento llegó nuestro tren. Nos despedimos, le deseé buen viaje y no nos volvimos a ver.

Sé que llegó a su destino porque se bajaba en la última parada y no había riesgo de que se volviera a dormir.

Creo que cada vez me impactan menos las rubias.

ocupas mi imaginación,
ahuyentas mis fantasmas
con una leve oscilación

Mi hermana no está de acuerdo conmigo y me ha dicho que donde pongo el ojo no pongo la bala sino todo lo contrario


Hubo una época de mi vida en la que me encantaba volar. Cogía un avión unas doce veces al año aproximadamente y no me importaba en absoluto, es más, me parecía un medio de transporte utilísimo, el mejor de todos sin duda.

Bastantes años después, he comprobado que cada vez me da más miedo volar. No soporto las turbulencias ni el despegue y el aterrizaje. Me despido mentalmente de las personas amadas cada vez que tomo un vuelo. Creo que la última vez que volé sola fue hace unos dos años y no he vuelto a repetir la experiencia, ahora trato de no hacerlo sola o bien opto por otro medio de transporte alternativo.

Hoy he viajado de nuevo en AVE, soy muy fan del tren, me parece el medio perfecto, con la duración justa, el espacio justo, la velocidad justa. Es una especie de equilibrio y puede que por eso me siento segura aquí, sin los sobresaltos de las turbulencias aéreas. Es un poco como la vida misma, que cuanto más llana es, mejor se lleva. No se trata de buscar el aburrimiento, en absoluto, todo lo contrario pero controlando el camino.

Creo que el escribir aquí muchas ocasiones me ayuda a ordenar las ideas porque voy tirando de ellas y logro descartar las que me van a servir de algo de las inservibles. Como elaborar listas mentales antes de ir a dormir o mientras desayuno.

Tengo el presentimiento de que mañana va a ser uno de esos días grandes.





La ocasión lo merece


Hoy ha sido uno de esos días intensos en lo que notas, sientes, olfateas y paladeas que hay algo invisible que se te está metiendo entre los cabellos y entre las sábanas. Por eso tal vez, cuando he entrado al supermercado del barrio de mi madre (y esto es absoutamente cierto) sonaban las Alegrías del incendio y no podía dar crédito de tan deliciosa banda sonora para acompañar mi compra.

Claro, al llegar a casa y revisar lo que había adquirido, me he percatado de lo absurdo de mi compra. Me he quedado parada sin saber qué hacer, puede que una foto para ver si me podía inspirar. Necesitaba comprar algo para cenar y sólo me ha servido uno de los ingredientes. La Coca-Cola de vainilla no la he podido abrir porque la cafeína me altera el sueño y, además, desconocía que existiera tal sabor.

Y eso me ha hecho pensar en la gran cantidad de cosas que desconocemos, porque se nos escapan o porque sencillamente no existían hasta ese momento. No sé si la cola aromatizada con vainilla ya existía o es una novedad, lo cierto es que no me importa en absoluto.

Otra vez al traste mi plan de irme a dormir pronto. De nuevo me dan las dos de la mañana. Y me lleva directamente a Burning, a la canción a la que siempre se vuelve a estas horas, para cerrar la noche de un día intenso de inicio a fin.



I've got to see you again



Soy una tipa a la que le cuesta lo mismo comenzar una adicción que superarla. Esto puede sonar pretencioso pero creo que no es en ese sentido, lo veo ahora mismo más como una ventaja. Por ejemplo, mi última adicción son los frappé margarita de maracuyá que hacen en la Rosa del Raval, un sitio delicioso. Me bebería cada día uno, por eso últimamente entro a ese lugar única y exclusivamente para degustarlo, la camarera rubia ya me sonríe, cómplice y algo extrañada, supongo. Y encima son baratísimos, teniendo en cuenta que hablamos de Barcelona. Podría alimentarme exclusivamente de frappé y no moriría.

Mejor agarrarse a lo delicioso, a lo que sabe bien, a lo que nos hace sentir mejor. Lo único que puedo garabatear ahora se concentra en una sola frase, que es una especie de frappé porque es una mezcla de varios sentimientos. Y cuando los vierto, entonces sí, sale la frase clara y bien escrita.



Sería posible conocerte más por dentro

Llevo un par de noches seguidas con insomnio, justificado, eso sí, por dos motivos: la ingesta de alcohol y un encuentro. Y sería realmente tentador escribir sobre ello pero es la una y pico de la mañana y no tengo ningún ángel de la guarda que ahora me ponga el despertador y mañana cuide de que mis tostadas queden simétricamente doradas por ambos lados.

Reconocerte en alguien puede ser gratificante y jodido a partes iguales. ¿No ves que ya es inevitable? Ya es tarde para precauciones, me han dicho hoy. Y esa frase se me ha metido por dentro de las botas, me ha recorrido toda la lencería y, finalmente, se me ha quedado en los labios. La parte más vulnerable.

Mirada universal
de alcance personal,
me hipnotizó por fin
con su verso letal.

Saltando de hipérbole en hipérbole



Sometimes the silence can be like the thunder.

I'm wearing my heart like a crown (esta frase me parece sublime)

A veces me siento como uno de esos hámsteres enjaulados que dan vueltas sin parar en la rueda. En bucle, un día tras otro, sin tregua. Otras veces, desconociendo el motivo, salgo del encierro por mi propio pie y no vuelvo a casa hasta pasada la medianoche, el tiempo justo para que no se me escape el último autobús.

La incertidumbre y la duda son para mí dos palabras con demasiado peso, dos términos que trato de desterrar de la mente pero que se me enganchan como un dulce pegajoso a los dedos. Intento vencerlas con tecnología, empleando una táctica que en algunos casos me funciona y que en otros solamente me inspira para escribir cuatro estupideces.

Mi método es muy sencillo. Pienso en los términos que ejemplifican lo que me preocupa o inquieta o perturba. Por ejemplo, el título del personaje de una película y un par de sustantivos.

Google: Jasmine café beso

Y entonces inicio la búsqueda de imágenes, porque a mí lo que me ayuda son las imágenes casi siempre. La respuesta que hallo es ésta: Puerto Mogán, uno de los pueblos más bonitos de la costa suroeste de Gran Canaria.





He aquí la respuesta que buscaba: proponer un viaje a un lugar especial a alguien con quien quisiera compartir un café y un beso. Es un método muy sencillo de llevar a cabo, lo empleo casi todos los días pero no siempre me resulta tan fácil interpretar los resultados. También podría haber significado: alquilar un apartamento en un lugar costero y reescribir mi novela tomando café e inspirándome en los besos no dados. O bien: esperar a que alguien me invite a un café, me bese, y me lleve al mar.

Puede que no sea un método transparente del todo sino algo tramposo. Es complicado.

El día de hoy se tiene que acabar con un par de cervezas y una canción escogida con mucho tino.

La voz de Najwa siempre será una de las más bonitas, sobre todo los lunes por la noche

Esas películas de bajo presupuesto cuya localización es en algún país europeo nórdico y civilizado, con nieve, siempre ha de nevar. Los protagonistas son hetero -eso es lo de menos- y se enamoran fatalmente aunque siempre se intuye, desde la primera secuencia, que no podrán terminar juntos. Mucho ruido alrededor, demasiadas historias secundarias entorpeciendo la principal, los típicos argumentos para justificar la ruptura y la distancia inevitables.

A mí hace ya tiempo que no me atraen las películas de final edulcorado y cerrado. Confío más en las de final feliz o triste pero abierto, ha de ser un desenlace sin cerrar porque si no es así no me lo creo. Me resulta más cercano a mi propia vida, supongo.



Lisboa es rara, es una ciudad en la que tengo recuerdos de cosas que no he vivido. Pero eso me hace ir despacito, más tranquila, con dos dedos, torpe, pero acertando las letras que quiero dar. Estoy tranquila, por fin. Al menos ya no siento que me muero por dentro. Eso es bueno. Y tengo ganas, pequeñas, de volver a empezar otra vez. Y olvidarme de que ésta y cualquier ciudad a veces está tan triste como yo. Y notar que estoy cambiando, aunque sólo sea un poco. Bueno, si es mucho, mejor. ¿Has visto qué egoístas nos volvemos cuando estamos solos?

Francesca Woodman y morir en el intento

“Mi vida en este punto es como un sedimento muy viejo en una taza de café y preferiría morir joven dejando varias realizaciones… en vez de ir borrando atropelladamente todas estas cosas delicadas…”, se dice que escribió antes de morir Francesca Woodman a un amigo.

A mí siempre me encantaron sus fotos, tan imitadas ahora, tan vulgarmente copiadas por muchas modernillas cámara en mano. Aunque supongo que tiene ese halo maldito de los suicidas, de los que truncaron su vida por decisión propia y no ajena. Y dicen que tuvo un desengaño amoroso muy duro, que rechazaron su obra... Esas cosas jamás se saben porque la única persona que podría explicarlo ya no está.

Creo que tiene instantáneas muy inquietantes pero también algunas sumamente hermosas, como éstas, que son de mis preferidas:








Hoy me da un poco pena todo. Me han descartado en algo en lo que tenía un poco de ilusión a pesar de que en el fondo sabía perfectamente que era un imposible. A veces nos emocionamos con muy poco o nos agarramos a un clavo ardiendo y luego nos duelen las marcas del calor en las palmas de las manos.

"Ara saps que la mort no és morir-te / sinó que mori algú estimat" (Miquel Martí i Pol, uno de mis grandes)


Esta mañana he pasado casi cuatro horas vagando por el cementerio de Montjuïc. No había estado nunca y lo cierto es que no me arrepiento de la visita, es un lugar realmente bello. No iba buscando las tumbas ilustres, aunque me he topado con algunas como la de Isaac Albéniz. Pero lo realmente asombroso de este cementerio (dejando de lado las más de 150.000 tumbas que lo forman) es su ubicación, ocupando la montaña, serpenteando por ella como si quisiera extenderse hasta el cielo.

Hay tumbas por todos los rincones imaginables, y de todos los tipos, desde las más austeras hasta las más deslumbrantes. Nunca me pareció la muerte tan estética como me lo ha parecido hoy. Me sentía como una escaladora silenciosa que sólo se atreve a romper el silencio con el chasquido del encendedor. Las vistas desde la cumbre son impagables, se puede ver el mar, a un lado, y la ciudad, al otro.

He pensado mucho. He sentido mucho. Creo que debería cambiar "mucho" por "intensamente" o "con fuerza" porque es más apropiado.

Me he propuesto seguir la ruta de los cementerios y visitar todos los que pueda.

Uno nunca sabe cuándo va a morir pero yo hoy he decidido que quiero un entierro como en el XIX, mi siglo preferido ya que ahora es posible (aunque quisiera que los músicos también vayan de época).


Y si lo de la luna fue un fraude...

Georges Méliès siempre me ha fascinado. Bueno, he de admitir que soy de esas personas que comienzan a ahondar en ciertas figuras o personajes y acaban admirando hasta el aire que respiran. Algo así me sucede con el gran maestro de la ciencia ficción.

La última vez que estuve en Madrid me pasé media mañana en la mejor y más completa exposición sobre Méliès que se ha montado nunca (que yo sepa) y me pareció increíble. Aún hay tiempo de verla, yo sería capaz de volver un solo día únicamente por repetir la visita.

Allí me senté a ver un fragmento de La invención de Hugo (Martin Scorsese, 2011) y, por supuesto, también me atrapó. Esta semana he conseguido ver la película y completar de alguna manera mi revisión de Méliès. Me ha emocionado aunque reconozco que no es el tipo de film que me llega pero estaba el genio francés presente y eso es lo que de verdad me interesaba.

Y ahora hundo mis dedos en mi manta nueva, que imita una piel de mamut o algo similar. Y siempre había soñado con una manta así, de las que te dan tanto calor que acabas con el termómetro estampado en la pared y el mercurio chorreando hasta dejar un reguero plateado fino.

¿A quién le importa Méliès un viernes a estas horas?

Love always wins



Y llorar por ello.

Imposible pero verosímil

Tendría que caminar durante 126 horas pero valdría la pena.

Mi vida sin medio diente será otra

Hoy, mientras estaba comiendo costillas de cordero, se me ha roto un diente. Pensaba que era un trozo de hueso pero era la mitad de uno de mis premolares. Lo extraño es que se ha desintegrado así, sin morder fuerte ni nada, de repente.

Lo he envuelto en papel de plata y ahora yace encima de mi mesa blanca, como una pequeña reliquia prehistórica. Sonrío al verlo, me parece algo tierno.

A Chet Baker también le faltaba un pedazo de diente y se reían de él.


Qué hará mi ropa interior sin ella

Qué hará mi ropa interior sin ella.
En qué cajón se esconderá,
En qué colada,
En qué interminable noche
Añorará sus manos
Y sus labios.
Adónde irá mi ropa interior
Sin ella.
Vagará por la cocina,
Por el baño
Y tal vez salga al balcón
Esperando una señal
Del cielo.
Y a mí se me encogerá el alma
Al ver mi ropa interior
Triste y confusa
Como un ejército de desertores
Llorando en un cajón.

1 de noviembre de 2013






Cada año, por estas fechas, la señora Blenk enciende una vela por cada uno de sus seres queridos fallecidos. Por motivos que no vienen al caso, esta vez ha sido la primera en toda su vida que no ha seguido la tradición. Así que he sentido (aquí no podría ir otro verbo diferente a sentir) la necesidad de ser yo la que tome el relevo y comience a recordar a mis seres queridos, a los que se fueron.

He encendido una vela por cada uno de ellos, seis en total. Y me he sentado un rato a pensar en lo afortunados que somos por seguir aquí, aunque a veces maldigamos a nuestra suerte.

La tristeza del astronauta. La soledad es un lugar tan vacío sin ti.

Post en directo... ni idea, van tantos...

Es bonito preparar una cena para los amigos a los que quieres y ponerte alguna lista en Spotify, y darte cuenta de la gran cantidad de buenas canciones que aún te quedan por descubrir. Y decides abrir mientras el vino y servirte una copita y liarte un cigarrillo y ponerte a escribir en directo porque de repente te has envalentonado como si estuvieras loca perdida en los sanfermines, aunque tú no hayas ido jamás, que siempre te han dicho que es una fiesta un poco guarra, pero es lo de menos ahora porque miras la mesa y te encantan las servilletas de fantasmas que has comprado en esa tienda tan indie de la esquina, que la han puesto nueva y no debe de llevar ni un mes abierta, y recuerdas la cola que viste el otro día de toda esa gente que quería comprarse el último modelo de iPhone y que sentiste un poquito de pena pero no, que no era pena, que tal vez era como envidia de verles detrás de una ilusión material aunque sea sólo eso, y tú ahora sólo harías cola para encontrarte contigo misma, la señorita carlo Blenk, por favor, sí, aquí la tiene, medio descosida por dentro pero volviendo de un viaje que parecía de no retorno, un no direction home o algo así, que ahora estoy liada con el inglés y parece que avanzo biem, con ritmo de swing por lo menos, que ya llevo tres o cuatro copas y es lo que tiene ser tan puntual como soy yo incluso en mi propia casa, sobre todo en mi propia casa, aunque mañana maldiga al planeta cuando tenga que levantarme a las 7:30, y ya dormiremos cuando estemos muertos o algo mejor, como dice la rubia.




Fueron miles de días perfectos



Just a perfect day
drink Sangria in the park
And then later
when it gets dark, we go home

Just a perfect day
feed animals in the zoo
Then later
a movie, too, and then home

Oh, it's such a perfect day
I'm glad I spend it with you
Oh, such a perfect day
You just keep me hanging on
You just keep me hanging on

Just a perfect day
problems all left alone
Weekenders on our own
it's such fun

Just a perfect day
you made me forget myself
I thought I was
someone else, someone good

Oh, it's such a perfect day
I'm glad I spent it with you
Oh, such a perfect day
You just keep me hanging on
You just keep me hanging on

You're going to reap just what you sow
You're going to reap just what you sow
You're going to reap just what you sow
You're going to reap just what you sow

Casa Tía Julia: el refugio de ideas de mi querida Editora con carrito

Supongo que esta batallita la debo de haber contado cien veces pero hoy tengo que repetirla, una vez más. Cuando la conocí, me encantaron inmediatamente sus ideas de proyectos locos, recuerdo que me dijo algo así como que sus dos sueños eran montar una editorial y una casa que fuera una especie de refugio rural cultural. Yo, que soy bastante racional, pensé que aquella chica no estaba muy cuerda y, sí, no me equivoqué porque sin que ella se percatara, le miré los pies. Efectivamente era lo que me temía: Nuria, la Editora con carrito, no tenía los pies en el suelo, era casi imperceptible pero yo me di cuenta. Caminaba unos centímetros por encima del suelo y, lo mejor, se sentía feliz con ello.

Cumplió su primer sueño, montar una editorial: Ediciones con carrito. Y ahí podéis comprar los títulos de Sonia Fides y Julio Oliva, grandísimos ambos.

Y ahora está a punto de realizar su segundo sueño: poner en marcha Casa Tía Julia. La idea es ésta:

Casa Tía Julia ofrece TIEMPO en un entorno lejos del ruido y las prisas para poder crear, innovar, compartir y generar ideas.

Como veis, la idea es pequeña, sencilla y quizás revolucionaria: si cada día nos quejamos de la falta de tiempo, ¿por qué no construirlo?

Me gusta pensar en Casa Tía Julia como un “refugio de ideas”, aunque seguramente muchos lo llamen “centro de innovación”, que es uno de esos nombres que ahora suenan “modernos”. En realidad, CTJ surge de esa idea de ofrecer tiempo y es mucho más que levantar una casa.
Se trata de construir un motor que reactive una comarca especialmente deprimida de Soria (la provincia más deshabitada de todo España) y de crear un espacio que promueva la creatividad y los nuevos enfoques en cualquier ámbito de trabajo y entorno.

Y aquí viene la manera en la que podemos ayudar a llevar a cabo este estupendo y original proyecto: colaborando. Es muy fácil, se puede amadrinar una teja para empezar a construir el refugio de ideas.



Nuria nos anima a amadrinar: ¡Empecemos la casa por el tejado! Ya llevan 1717 tejas, y sólo faltan 1333.

Pues sí, es una locura de proyecto. Leed la historia, descubrid cómo Nuria compró la casa de su tía Julia para convertirla en su sueño... Es una narración preciosa. Y yo, que me emociono enseguida, no he podido evitar un nudo en la garganta al descubrir que me cita en su blog, cuando dice que la culpa de todo la tienen los libros (y me coloca al lado de Michael Ende y Carmen Martín Gaite, joder, es demasiado para mí):

Debo admitir que era algo que había ansiado muchas veces pero que, como demasiadas vivencias en la vida, acabas dejando para más tarde, como si el tiempo durara siempre igual y la disposición fuera la misma. Vaya error.

Me alegro, querida editora, de haber contribuido un poco con mis letras a tu locura, de haberte inoculado unos gramos de carpe diem, tan necesario en estos momentos.


Que te regalen una postal en mano es precioso cuando cae en lunes pero el jueves ya se te ha desvanecido el efecto y necesitarías más dosis de autoestima o lo que sea para caminar más alto



He cenado leche con colacao y galletas. Qué cena más poco elegante. Qué escueta. Qué nada. Mi pereza me impide cocinar algo más complejo, de hecho, mi pereza vital ha logrado que hoy no recordara que tenía que ir a trabajar y me han llamado desde la oficina para recordarme que debía acudir, como cada mañana. Al abrir los ojos no sabía qué día de la semana era, podía ser martes o sábado, pero no jueves desde luego.

Es mi cuarto día con el parche. La gente me sigue mirando pero creo que ya empieza a darme igual. He aprendido a vivir con sólo el 50% del encuadre, mi perspectiva está más sesgada que nunca pero creo que incluso lo prefiero porque ahora sólo miro hacia la mitad del mundo que me interesa, la que sale en blanco y negro.

Hoy me ha dado por pensar en los flashbacks, los cinematográficos, no las analepsis literarias. Sobre todo en los que tienen como función explicar hechos del pasado sin los cuales no podemos comprender el presente.

Por ejemplo, el flashback de Casablanca. Lo peor que te puede pasar en la vida es que te dejen sin darte un motivo, como le sucede a Rick. Gracias a la retrospección, entendemos qué pasó realmente para que Ilsa se comportara de ese modo. Las historias no cambian el desenlace tan fácilmente.

Qué escalofrío me acaba de dar al ver que en lo que acabo de escribir hay una pista que conecta a Nat King Cole con Casablanca. Ha surgido sin pensarlo.

Y nadie sabrá cuál es la conexión secreta.

Christina



El momento semifeliz acaba de producirse justo ahora al descubrir una canción de Christina que desconocía. Estaba en un EP que no tengo. Pues genial porque no hay nada que me alegre más que saber que aún tengo cosas por conocer.

Es casi la una de la mañana y llevo decenas de minutos leyendo letras de canciones de Christina. Y hablo en voz alta -ahora lo hago, algunas tardes y algunas noche también- porque imagino que ella me escucha dondequiera que esté. Y me hace llorar con una simple nana de agosto.

Le pregunto -tal vez lo sepa- cuándo se pasa la añoranza, la tristeza o como diablos se llame esto que se me ha colado por dentro y que no me deja dormir en calma. Porque ya se me ha desvanecido el momento de semifelicidad de haber descubierto una canción nueva.

Le formulo la misma cuestión una y otra vez cambiando el orden de los complementos pero no recibo respuesta. Sólo otra noche a contrapelo.

Y reclamo que se acabe octubre para que llegue noviembre, sin saber con certeza si entonces pediré que se fugue noviembre para que diciembre me limpie. Y temo que se acabe el año. Y que el 2014 me estampe otra bofetada donde más duele. Aquí.



Un domingo interminable que se acabó convirtiendo en lunes sin avisar



A veces me quedo de guardia y son las tres de la mañana y todavía no doy cabezadas de sueño. Y me desconcierta comprobar la gran cantidad de personas que veo despiertas como yo y que vagan por Facebook o por Whatsapp a esas horas.

Gente que no puede dormir tampoco. Personas que beben infusiones relajantes, o vodka o agua. Algunos fuman pitillo tras pitillo, otros se muerden las uñas,  otros mascan chicle. Gente que tiene miedo del lunes, de sus fantasmas pasados o de los presentes. Algunos incluso de los del futuro, que son los que pueden dar más miedo.

Todos los insomnes respirando como zombies a las dos de la mañana, a las tres, a las cuatro, hasta que sale el sol traidor y ha llegado la hora de ducharse, vestirse, engullir un café e, inevitablemente, salir a la calle para acudir a un trabajo que nos hará aún más insomnes.

Los que estamos en guardia esperando algo que no acertamos a definir.

Que me guíe el minotauro, por favor lo pido



Suelo apuntar en una libretita todas las películas que me interesan, ya sean recomendaciones de amigos o descubrimientos que hago detectiveando. Hoy he visto una película muy buena, muy indie, muy cierta: Joven y alocada (2012), de la chilena Marialy Rivas. Despertó bastante revuelo y fue premiada en Sundance, que suele ser una garantía. No voy a poner enlaces para verla online porque ahora esto está muy vigilado y sólo falta que me cierren el blog (vuelvo a recordar que convivo con un lince bebé clandestino, así que bastante dosis de ilegalidad tengo ya en mi propia casa).

(Reflexión: si esta película en lugar de ser chilena y modesta fuera americana y la hubiera firmado cualquier director modernillo seguro que ahora estaría súper valorada y sería archiconocida, pero no).

La historia de Daniela puede ser la de la muchas personas. Te crees que tu camino es uno y luego resulta que es otro bien diferente. Los sentimientos son muy complejos a veces y en momentos puntuales de la vida ello te puede hacer tambalear de la cabeza a los pies.

¿Y si de repente me gusta un chico? ¿Qué pasaría? Si empiezo a sentir que pienso en él por las mañanas al despertarme y justo cuando me voy a dormir. Si tengo ganas de preguntarle qué tal le ha ido el día o simplemente qué va a cenar. Es un chico. Y yo no soy hetero en absoluto. ¿O eso es lo que había pensado hasta la fecha? Si fantaseo con sus labios y con acariciar su espalda o si me imagino que vamos a cenar juntos y me enciende un cigarrillo mientras nos emborrachamos en una terraza.

Y todo se complica si el chico me parece atractivo. Y se lía aún más si él escribe que te mueres y si sabe siempre cómo encontrar la canción perfecta que me toque ahí, en el estómago, que es donde comienza todo.

Y el colmo de los dramas es saber que el chico -el chico hetero que te gusta a ti, chica bollo- tiene novia y que por ti no siente nada más que una conexión de amiga confidente especial.

Salir de un bollodrama para meterte en un heterodrama.

En resumen, los asuntos de los sentimientos son muy complejos y en estos momentos de mi historia siento -lo voy a confesar aquí y ahora- que cada día que pasa es como si fuera para mí el penúltimo. Y creo de verdad que esto es algo realmente hermoso.

Te estoy siguiendo desde hace un tiempo



Cumpleaños feliz y el carnet de conducir,
está en tu cara el sol de España.
Carrusel infantil, cuando vas a irte a dormir,
te estoy siguiendo desde hace un tiempo.
Y los bomberos en tu honor
hacen sonar la sirena del camión.

Un bikini sin color de anuncio de televisión,
qué transparente danza del vientre.
Y cuando escucho tu voz sentado en el ordenador
es un misterio, no lo entiendo.

Y los bomberos en tu honor
hacen sonar la sirena del camión.

Y los bomberos en tu honor
hacen sonar la sirena del camión.
Y como hizo Elton John
te regalo esta canción.

Claro que sí, tras un balón siempre hay un niño.
Claro que sí, tras un balón siempre hay un niño.
Claro que sí, tras un balón siempre hay un niño.
Claro que sí, tras un balón siempre hay un niño.
Claro que sí, tras un balón siempre hay un niño.
Claro que sí, tras un balón siempre hay un niño.




Nueve años de ficción

El 2 de octubre de 2004 comencé a escribir en este blog. En realidad no fue mi primer blog, antes tenía otro pero se me fue de las manos la ficción y por eso decidí comenzar en éste desde cero. Y así fue cómo pasé de ser persona a personaje, de explicar a narrar, tratando de mantener el lugar limpio y ordenado, a pesar de que en algunos momentos me desbordaba el caos personal.

Podría ponerme a hacer balance de estos nueve años o inventario pero lo cierto es que no me apetece en absoluto ni le veo la gracia. Releyendo los posts al azar compruebo que detrás de las líneas a veces ha habido un nombre de chica, en algunos momentos con nombre propio y en otros sin él. Puedo saber qué ojos estaban en la base de cada entrada sin miedo a equivocarme. Y eso es bonito porque me hace recordar muchas cosas que podría olvidar sin más.

Me gustaría hacer una copia de todos estos nueve años (¿alguien sabe cómo se hace eso?) e imprimirla para conservarla y puede que releerla cuando sea mayorcísima. Al fin y al cabo, hay una etapa de mi vida aquí, un cambio de década, mucho que preservar o que olvidar.

Me ayuda pensar que he podido acompañar a alguien durante este tiempo, como otros me han acompañado a mí. Y también me apena comprobar que tal vez no conservo ni la chispa, ni el ingenio, ni la inocencia de hace nueve años, eso es lo más duro de todo. Aunque al fin y al cabo de eso se trata, de madurar, de hacerse fuerte, de seguir caminando. 

Tengo que ponerme un colirio en el ojo tres veces al día. Cada vez que me toca lo paso fatal porque escuece tanto como cuando se te cuela jabón en el ojo. Al pasar un rato, el gusto del colirio me llega a la garganta y no lo entiendo, ¿cómo puede ser que desde los ojos llegue a la boca? La señora Blenk me ha dicho que es porque todos los conductos están conectados. A mí me parece una explicación algo pillada por los pelos pero creo que sí, que tiene razón. Todo está conectado.

(La canción es muy especial para mí, es la banda sonora de este blog, el alma)




Sin Roma


A veces una piensa que las cosas están ahí para siempre, inmutables y eternas. Y no es así. Haces una apuesta y la pierdes, como las chicas de la película de Medem. Quiero creer que ellas acaban juntas, que la rusita de piernas de gacela no huye sino que se va con su amor. Quiero creerlo pero en el fondo todos tememos que no es así, que el miedo la paraliza y regresa a su vida. A la de antes de esa noche.

Y una se pregunta también si esa noche fue real, o si lo que es verdaderamente real es el día de antes o el de después.

Y al final, ¿qué es lo real? Lo real es que mi nevera sigue vacía y que no volveré a ir a Roma en mucho tiempo.

Un sábado ataviado de domingo, Schubert y mi nevera que sólo contiene fruta



Me interesa mucho esta obra de Schubert que desconocía: Winterreise (Viaje de invierno) es un ciclo de lieder compuesto sobre poemas de Wilhelm Müller, en 1828.

Cito de la entrada en Wikipedia:


El núcleo de los poemas es el amor no correspondido. Un hombre amaba a una muchacha, pero ella lo dejó. Aquí arranca la historia. No hay una línea dramática, sino que los lieder expresan las reflexiones o impresiones del cantante mientras pasea solo, durante el invierno. Predominan los temas del frío, la oscuridad, el paisaje desolado, y la soledad, pues salvo el organillero final, no encuentra cara a cara a ninguna otra persona.

Los frecuentes cambios de tonalidad marcan las variaciones del sentimiento (de la alegría a la desesperación), si bien la segunda mitad va hundiéndose totalmente en un tono sombrío y melancólico.

Todo esto viene a colación porque me he estado documentando sobre la melancolía en el XIX y mucho antes -desde la época de Hipócrates- y un musicólogo tocaba al piano esta pieza de Schubert pero no decía en ningún momento el título así que he perdido horas en identificarla.

Ahora ya la tengo para siempre.

El griterío de los niños a la salida del colegio me hace llorar



Hay días que son parecidos a la marea, que te acercan un montón de objetos flotantes sin ton ni son. He vuelto a casa a la hora en que la gente sale a pasear a sus perros y las dependientas aguardan fumando a sus novios. He recordado cuando yo también era dependienta y alguien me esperaba para pasar conmigo el fin de semana.

Joder, qué puta tristeza.

Dejar de escuchar canciones.
De abrir libros.
De comer algunos platos.

No vale coger atajos. Este camino se ha de patear entero, aunque duela a cada puto paso. Aunque se ignore la duración del trayecto.

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Me gusta Orange is the new black, una serie bollo que he descubierto. Mañana debería limpiar y comprar algo de comida, empezar con otra vida. 

Saber quién eres tú, por dónde vas



A mi lado, en el bus, una niñita con uniforme de colegio caro. Saca una libreta rojísima, imitación de Moleskine, y un bolígrafo. Me mira brevemente. Yo con gafas de sol, nublado, y auriculares. Me vuelve a mirar, no le doy miedo, sé que le intrigo. La niña empieza a musitar. Detengo la música pero sigo con los cascos puestos. Dibuja un perro. Imita el ladrido. Dos veces. Guau, guau. Observo su dibujo, se parece más a una metralleta que a un chucho. Ella se emociona por momentos. Dibuja un segundo perro, más abajo, más pequeño. Guau, guau. Lo miro. El trazo es idéntico, una metralleta de nuevo. Y así dos veces más. Dos perros-metralleta más. La cría me mira. Sé que se siente orgullosa con su obra. La sonrío. En ese momento nos hacemos amigas clandestinas. Escribe un título con caligrafía temblorosa: Familia, mamá, papá, hijo, yaya. Ahora las metralletas perrunas son una familia. Acabo de confirmar que la niña no tiene ni idea de dibujar. Pasa la página y observo una serie de sumas, los números parecen hechos por un borracho. Ni una sola de las sumas está bien. Cada vez me cae mejor la cría. Ahora confirmo que, además de no saber dibujar, tampoco sabe sumar. Comienza a imitar el tono de una maestra a la vez que dibuja esos símbolos típicos de validación que son como una letra v pero con un extremo más largo, los de check. Los va poniendo al lado de cada perro-metralleta y de cada suma. Inunda la libreta con los check. Está contentísima porque se está evaluando a sí misma. La calificación es buena. No doy crédito. En ese momento la abuela la llama, Marta nos tenemos que bajar, y ella salta por encima de mis piernas sin mirarme. Me quedo algo decepcionada porque pensaba que se despediría mentalmente de mí pero no ha sido así.

Esa cría me ha dado toda una lección. Sus dotes de dibujo y matemáticas eran una birria pero ella se ha aprobado, se ha validado a sí misma y eso la ha hecho sentir bien. No ha necesitado nada más, a nadie más.

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Al llegar a casa me esperaban mi hija pequeña, Jimena, y mi lince bebé. Vaya panorama. Una niña que lleva varios años teniendo cinco años y un felino ilegal. A veces los miro y los veo tan ajenos a todo que siento una pena profunda. Ojalá no pierdan su inocencia jamás.

La muerte más bella es la que sucede en el espacio

Preparo una maleta y compruebo, desesperada y cansada, que la cremallera no cierra. Llenamos las maletas de "por si acaso" en un 50% o más del contenido. El resto lo compone lo que realmente necesitamos y nos vamos a poner. Te llevas cuatro pares de pantalones y al final te pones cada día vaqueros; o acabas desgastando -una vez más- tu camiseta favorita mientras que el resto de blusas se columpian aburridas en las perchas del hotel. Cargas con tres novelas a sabiendas de que no vas a leer ni un solo día.

Y así con la vida. Siempre pensando en el "por si acaso", teniéndolo en cuenta como si fuera lo principal. Qué desgaste. Qué poco productivo al final.

¿Para qué tanto? Aferrarse a lo antiguo, a lo de antes, a lo que ya no sirve porque crees que te va ayudar como si de una red se tratara y tú fueras un trapecista. Así funcionan las historias lineales, las que contienen giros previsibles y tópicos, pero no las que te harán sentir vivo.

Por eso tal vez me gustan tanto las historias de astronautas.

Tarde o temprano, dolorosa frase



Es como si viviera en un loft porque sólo utilizo una habitación de mi casa, la más grande. He limpiado a fondo, he cambiado los muebles de sitio y me he construido yo misma una especie de lugar de trabajo/comedor/salón bastante bonito.

Esta noche he soñado que me compraba un piso en Madrid, creo que en la zona de las Salesas. Hace años me encapriché con ese barrio, tal vez porque una chica que me gustaba vivía en la calle Almirante y a mí me parecía de lo más total que una calle tuviera ese nombre. Ahora esa chica ya no vive allí, se ha vuelto tonta porque es famosa, qué cosas. Creo que ese barrio ahora ya no es lo que era, demasiado dinero en cada adoquín, en cada portal.

Me sentía ilusionada y contenta, el piso era diminuto, blanquísimo, nuevo, muy soleado, tanto que no me podía quitar las gafas de sol en ningún momento. Para acabar de redondear la historia, trabajaba dando clases de catalán a niños y eso era lo más, divertidísimo. Iba de un lado para otro en una bici azul cielo preciosa, con mis libros en el portaequipajes y un pañuelo azul al cuello (el pañuelo es real, es mi preferido). A los niños sólo les leía poemas en catalán y los tenían que recitar con un acento perfecto. Mi pequeña fechoría era que les enseñaba el catalán mallorquín porque es el que prefiero y, evidentemente, eso no les gustaba a mis jefes.

Creo que no era demasiado buena profesora pero los críos (lo recuerdo perfectamente) acababan adorando hablar en catalán y salían a la calle locos y despeinados de felicidad.

Fin del sueño.

O no. A lo mejor no es una idea tan loca. Mi hermana se ha ofrecido a dejarme dinero para que me vaya a probar fortuna a la capital, para que cambie de aires y me establezca en un sitio especial. Hasta que no vuelva de Francia no puedo pensar en eso.

Lo complicado de esta vida es que no te puedes plantear algunas cosas de verdad hasta que no resuelves otras. Es como un juego de superar etapas. Y algunos somos demasiado impacientes para aguantar sin hacer trampa y sin saltarnos las reglas.

(Últimamente me ha dado por beber una mezcla que me preparo yo misma y que sabe deliciosa: agua, hielo, un buen chorro de limón y hojas de hierbabuena. Necesito una tregua de alcohol).

"Puedo convertir un frutero en un drama", que dijo Dylan una vez. Pues eso.

Tout pourrait changer aujourd'hui

Acabo de recibir un correo con una noticia estupenda. Han aceptado mi curriculum y el mes que viene marcho a trabajar a Francia durante tres meses. Se trata de un caso algo extravagante y estaré viviendo durante algunos días en Loubressac, un pueblo precioso. Después iré a otro destino más céntrico, seguramente en las afueras de París.

Los deseos a veces funcionan como una carambola. Y el miedo hay que sentirlo siempre que se empieza algo nuevo, aunque en pequeñas dosis.

Y sí, la canción no puede ser más cursi pero es que la adoro y me pone en modo que le vendo mi alma al diablo.


Siempre fuiste más de la versión surf de esa canción



Qué domingo más jodido. Y no puedo explicar qué me pasa. Es lo malo de ser detective, que te has de tragar tus miserias con piel y con espinas. Un amigo de una amiga me vende unas botellas de medio litro de una bebida alcohólica con sabor a fresa que es una delicia. Voy por la tercera copa y el cuarto cigarrillo. Y no sé cuándo parar, ni si debo parar, ni si una llamada o una canción podría pararme.

Hoy sí puedo decir, con la cabeza bien alta, que estoy en modo drama.

Y la gente sigue llegando a este blog preguntándose si Manolo García es hijo de Peret. Y sí, dejad ya de cuestionarlo, es su hijo y punto. Y también desean encontrar fotos de Marilyn Monroe triste; claro que sí, era una de las solas más tristes del mundo. O si existen gitanas lesbianas; por supuesto, un día escribí sobre eso.

Lo más sorprendente es cuando llegan preguntando quién soy.

Soy la tipa que iba el otro día en el autobús leyendo a hurtadillas el ebook de una mujer, por pura curiosidad, y era una novela porno. La pillé justo en el fragmento en que dos chicas se empiezan a enrollar. La mujer estaba tan absorta en la lectura que la vi alejarse por la calle leyendo, caminando por la calle a ciegas.

Soy la tipa que está jodida un domingo a las 22:08 pero que mañana a las 09:08 estará reluciente y perfecta, lista para emprender una serie de tareas mecánicas y frías, como esos robots aspiradora que tanto me fascina mirar.

Soy la tipa que gana o pierde tiempo dependiendo del color de la camiseta que se ponga para dormir.

Pues eso soy.

Tengo que comprarme una tostadora, una impresora y una tele. Me da tanta pereza que vivo desde hace semanas sin esos trastos.

No se puede emprender una carrera loca para evadir la vida. Hay que enfrentarse a lo que nos duele y horroriza, con un simple martillo para ir destrozando lo que nos impida avanzar. Es facilísimo escribirlo, todo es más sencillo y claro si lo escribes. Cuando se verbaliza viene el mal trago.

Es como echar de menos lo que no se tiene o lo que jamás se ha vivido. Algo absurdo e incoherente. Puedes atarte una venda y salir, o bien limpiarte las gafas y enfrentarte a ello con todas las consecuencias.

Romper en mil pedazos la lista de los pros y los contras para encontrar algo de calma.


La vida sin los grandes del jazz sería una tortura


 
La de arriba es una de las canciones más importantes de mi vida. Tal vez por lo mucho que me costó llegar a ella tras años de búsqueda cuando aún no existía Internet y un bendito día me topé con su título en un vinilo de Billie Holiday. Jamás podré explicar todo lo que sentí cuando la aguja del tocadiscos aterrizó, como el más bello y preciso de los aviones, en el surco exacto.

Es una canción que se ha de escuchar, obligatoriamente, con un pitillo entre los labios.

Él también hizo una versión, aunque no supera a la de Billie.

Me consuela saber que siempre podré ser una grandísima pianista imaginaria



Las doce y veintisiete. En serio, no entiendo por qué he de dormir, por la noche es cuando más me cunde, es el momento en el que manda el silencio y no sucede absolutamente nada en la calle. Nada se agita entre mis manos.

Echo de menos el siglo XIX. Debussy. En mi familia siempre han sido muy fans de este siglo y así me lo inculcaron. Mi madre siempre me lo repetía, en su inglés oscuro, como el XIX nada, hija, ningún siglo será como ése.

Mal asunto el de medio emborracharme sabiendo que mañana me levantaré ojerosa y en modo zombie.

Nunca he sido de medias tintas.

Ojalá pudiera llevar gafas de sol las veinticuatro horas del día



La primera vez que escuché esta canción me pareció feísima. Le di otra oportunidad y, tras ponerla unas tres o cuatro veces al día, puedo afirmar que es una de mis favoritas. Los Pixies me dan aire estas semanas, son como una transfusión de sangre constante.

Debería estar en Donosti viendo películas pero mañana me levantaré a las seis de la mañana y me fumaré un cigarrillo antes de entrar al trabajo, acompañado de un cortado de esos que te ponen para llevar.

Debería estar en cualquier ciudad menos en ésta. Debería cambiar de una maldita vez el cuadro del dormitorio. Y debería llevar una vida más sana y menos imaginativa.

Hay una diferencia entre "debe de" y "debe, sin preposición.

En mi agencia han contratado a un señor nuevo en la plantilla. Es un engreído que me mira por encima del hombro porque aparento menos edad que él (evidente, querido, te pasas de sobra de los cincuenta) y porque llevo en la chaqueta una chapa con un mensaje bastante obsceno (en inglés).

Me repatea infinito ese tipo de personas.

Intento fechar el día en que dejé de confiar en la gente, así, en general. Pero da igual la fecha concreta, el espacio o el tiempo, e incluso el personaje.

Estoy agotada.

Creo que me voy de viaje. Largo. Con paradas. Con poquísimo equipaje. Lo acabo de decidir.

Y que me reemplace el empleado engreído.

El Ártico se derrite o yo me paso el tiempo huyendo de lo que pienso

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El Ártico se derrite.
Me salió en uno de esos auncios de YouTube
y lo leí porque siempre presto mucha atención
a los letreros insignificantes y espontáneos.
Después de (p)asarme la tarde
trabajando condenadamente en mis emocionantes
proyectos -que no me sacan de ningún atasco
pero que me facilitan comprar tabaco caro-
he pensado que hoy pasaría
porque llevo una camiseta de color marinero clarísimo
rubísimo y ojos azulísimos también
y unos vaqueros por los que mi madre
sencillamente me fusilaría,
sucedería algo
porque los Pixies han sacado cinco canciones
y desde el 2004 no abrían las guitarras.
Echo de menos a Kim.
Supongo que por eso a veces lloro un poquito en el Caprabo
ante la indecisión de comprar una u otra
marca de atún.
Cuando lo que llevas dentro se te sale por la boca
tal vez es bueno, quién sabe,
puede que inicie una etapa de transparencia
y de caminos algo más planos.
Lo de que estaba hastiada del exterior
creo que ya lo dije otro día.
Por lo tanto, no insisto más en la idea.
Es posible aislarse y embalarse
como esas maletas guiris de los aeropuertos
que siempre sigues con la vista
deseando correr tras ellas
porque imaginas que su destino
será mejor que el tuyo,
o al menos más exótico o frío.
Busco trabajo en Finlandia
desde finales de agosto
pero tengo problemas con el inglés
y no me aceptan en ninguno de los puestos
a pesar de que mi curriculum es cercano y sincero.
Sobre mi mesa blanca  
el libro de Julio Oliva
-Siete años, un martes y un septiembre-
me suplica que lo siga leyendo.
y no puedo, y me jode no ser capaz,
porque sé que no es pereza, que no es desgana,
es que es tan bueno que me duele leerlo,
y voy espiando con el rabillo del ojo
algunas páginas
y me encanta cómo escribe este chico
y deberíais comprarlo ahora mismo
(publicidad en un poema o lo que sea esto, pero he llegado a la conclusión de que me importa poco o nada ya lo que pueda parecer mi vida)
que yo no lo puedo leer porque estoy medio rota
y la belleza me destroza aún más en esta tesitura.
El verdadero escollo es haber encontrado
una marca de tabaco que me sabe tan buena
que considero la idea
de no dejar de fumar en mi vida
mientras sigan cultivando esta mezcla de Virginia
fabricada en Alemania.
Pero el escrito no iba de esto
sino del deshielo del Ártico.
De mis ganas,
de mi empeño en que alguna madrugada
-ha de ser a una hora intempestiva, que sabrá mejor-
suceda.
Y a partir de ahí seguramente
no sabré qué hacer
ni cómo encajar las piezas.
Podría pasarme la vida entera
escuchando a los Pixies,
y bebiendo cerveza con pistachos.
Un bonito ejemplo
para la sociedad
puede parecer.
Elijas la canción que elijas
aciertas desangrándote,
besándote con alguien
o metiendo balazos al cielo. 

I soon forgot myself and I forgot about the brake
I forgot all laws and I forgot about the rain. 

Ojalá nadie me eche de más nunca.


(Para comprar el libro de Julio Oliva sólo hay que ir a buscarlo a Ediciones con carrito)

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