La memoria es el perro más tonto




La memoria es el perro más tonto, le tiras un palo y te trae cualquier cosa. Esta frase la leí hace unos días en la puerta de uno de los baños de mi antigua Facultad de Letras. Le hice una foto para no olvidarla porque me pareció sublime. Lo cierto es que recuerdo que cuando estudiaba allí me encantaba leer las frases lapidarias que las chicas habían dejado escritas a modo de consejos preventivos, para no incurrir en los típicos errores, supongo.

Estos días he descubierto en casa de mi madre un archivador repleto de escritos míos. Pasé casi una mañana leyendo textos que nisiquiera recordaba que existían. Algunos terribles, otros esperanzados, otros huidizos. Cerré el archivador con una sensación de vacío, por un lado, y de miedo, por otro. Algo extraño.

Hoy vuelvo a pensar en ello. Miro hacia la habitación como si en ella habitara un monstruo terrible al que sabes que no le has de dar de comer pero al que, sin embargo, le pasas trozos de pan duro a hurtadillas.

Los monstruos a los que no les hemos de dar de comer son los más dañinos. Como aquella fantástica canción de Cocorosie, la que decía algo así como if every angel's terrible, then why do you welcome them… Maravillosa, siempre que la escucho me traspasa.

Por motivos que no vienen al caso, llevo casi cuatro días sin fumar. Ahora pelearía por un cigarrillo pero no puedo. Tenía muchas cosas que contar, mucho por escribir pero me ha pasado lo que me pasa siempre: que cuando puedo escribir no tengo ideas y cuando tengo ideas no tengo la posibilidad de publicar.

Dicen que los blogs ya no están de moda. Que ahora es el imperio de Facebook y de Twitter. Que me aspen si dejo el blog algún día. Ya sé que últimamente no he cuidado este espacio, que se me ha acumulado de polvo pero las cosas van así y no me voy a fustigar por ello. Lo importante es volver al punto de inicio, aunque sea algo tarde, pero regresar siempre. Y si aún recuerdo el camino para llegar aquí debe de ser por algo, así lo siento.

(Me encantan las tortas de Inés Rosales con su toque de anís lejano).

Ha caído una tormenta apocalíptica en mi exbarrio. Ahora acaba de salir el sol y la gente empieza a hacer cola en la panadería que nunca cierra. Me gusta ese ambiente post-lluvia porque es como si el mundo hubiera estado a punto de desaparecer pero no, al final nos hemos salvado porque alguien en el último momento descubrió que había que desactivar un cable verde para que no estallara algo invisible pero letal.

La memoria es el perro más tonto, sí.

Aquí estoy un domingo en el que esperar duele, en el que hay que hacer esfuerzos para que pase el tiempo. En el que me preparo una merienda para olvidar que no puedo meterme un Camel entre los labios. En el que la punta de las pestañas me ensucia constantemente las gafas y es un motivo más para desesperarme.

Voy a recomendarme a mí misma algo para no empequeñecerme.

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