Llevo con ella en la cabeza casi una semana


A veces los héroes, cuando terminan la lucha, se dejan caer, exhaustos y mareados. Tras la pelea no saben qué camino seguir ni cuál es ahora su hueco en la vida. Han perdido todas las metas y se sienten invisibles e innecesarios. ¿Qué hay después de la lucha? ¿Alguien lo sabe? ¿Qué hace el héroe tras matar al alien, dragón, o mafioso? Tumbarse en el suelo con las heridas llenas de sangre y fumarse un cigarrillo para celebrar su triunfo.
Su triunfo en soledad.
Amargo y difícil.
Es como cuando has terminado un examen complicado y no tienes nada más que estudiar. El descanso te abruma y tratas de llenar el vacío con otras tareas para distraerte y dejar de pensar en la lucha pasada.
Mortales y rubios.
Hace poco aprendí lo que significa el concepto de actividad sustitutoria. Es algo así como toda aquella actividad que realizamos para no hacer otra que, por lo general, es la que realmente urge. Por ejemplo, sabemos que tenemos que lavar las cortinas de casa pero nos da una pereza increíble; entonces, optamos por “sacarnos” otras tareas de la manga para hacerlas y así tener la excusa perfecta de no lavar las cortinas, a pesar de que sea algo a lo que nos tendremos que enfrentar un día u otro.
Una actividad sustitutoria puede ser pasear por la ciudad al caer el sol para no enfrentarse a uno mismo, a sus dudas y a sus argumentos temblorosos.
Todos tenemos actividades sustitutorias en esta vida.
Beber para anestesiarte y que el desayuno no se te confunda con la cena. O vestirte de negro para ocultar que la ropa interior es roja sangre, roja guindilla o roja tapón de botellín de agua.
Últimamente me aburre mucho la gente. No lo digo en plan tipa interesante, lo confieso porque aquí puedo susurrarlo sin que se me echen encima sombras malas de las que me critican.
Hace tiempo que no me flagelo y me siento unos gramos más feliz.
…………………………………………………………………………………………………………………………...
El 29 de febrero se debería instaurar para hacer actos irrepetibles y locos. A mí me encantaría, por ejemplo, tomar un avión a cualquiera de nuestros destinos.
No habrá otro día como el de hoy hasta dentro de cuatro años. Y aún así, no será como el de hoy. Seremos otros, respiraremos diferente, besaremos diferente, beberemos otras bebidas y llevaremos otros zapatos.
Me intriga el futuro pero sólo ha de contar el presente.
Tú y yo vamos a volver a ……. en el 2012. Te he reecontrado después de la lucha sangrienta y eres de nuevo la chica a la que cuido para que el viento no le despeine el flequillo, como decía aquella canción madrileña.

Tengo un día rojo (parte IV)



Hace casi siete años que no escribo una de las partes de esa serie de posts en los que hablaba de tener un día rojo. Ha llegado el momento de recuperar ese tema. Ahora, o se me quemará por dentro.

Qué grande.

Algunas canciones son tan perfectas que me muero yo sola




Pues es domingo. Acabo de ver el último clip de Antònia Font y he vuelto a sentir ese cosquilleo de cuando intuyes algo grande y hermoso. Si no entendéis el mallorquín, buscad la letra traducida porque es una maravillosa historia que merece la pena conocer.
Me fumo un pitillo antes de cenar, creo que hoy he encendido unos seis pero es que he comido fuera de casa y ha habido café y postre de nata. Esos extras que te alegran las papilas gustativas y te fastidan los pulmones.
Escribo sin ton ni son. Me encantaría ponerle título a lo que siento pero no sé. En el fondo de los fondos, escribo para recordarme que sigo escribiendo. Es lo único fiel en esta vida, además de una madre.
Hace poco, tuve la ocasión de impartir una clase de Huellas Dactilares en el siglo XIX a unos alumnos de Criminología. Era un grupo especial porque todos eran sordos y se expresaban en lenguaje de signos. Nunca había hablado ante un auditorio tan peculiar para mí, me sentía nerviosa y algo estúpida por no saber entenderles y no poderles hablar directamente, sin la mediación de un intérprete.
Tan sólo me dieron un consejo: nunca hables dirigiéndote al intérprete sino directamente al alumno, como si te pudiera entender.
Así lo hice.
Días más tarde, comprendí que nos habíamos entendido perfectamente, que sus respuestas antes mis chistes baratillos habían sido sinceras. Y, además, intercambiamos algunos correos en los que tuve la oportunidad de expresarme a través de un código conocido para mí.
Y días más tarde, también pienso en que a veces es más sencillo comunicarte con personas que no comparten tu código que con otras que sí lo comparten. Una persona con discapacidad auditiva puede tenderte un puente que es más firme que el que te tiende alguien más cercano.
Me encantaría aprender algún día lenguaje de signos. Es una riqueza.

La misma canción de cada año



Se han burlado de ella
(les ha enseñado mi regalo)
los imbéciles tacaños y nacionalistas
que no celebran San Valentín
porque es duplicar celebraciones
y según ellos,
no es de la tierra.

Cada día que pasa tengo más claro
que no estoy para salvar a nadie
ni para tragarme más vendajes sangrantes.

Mi intención hoy no era poemar nada
sino recordar en un par de párrafos
que al final no ha llovido
y que he pasado casi dos horas en una biblioteca
soleada y cálida,
mirando las ilustraciones
de un terrible Kokoschka.

Ayer me dijo mi hermano mayor
que no ahorrara nada,
que viajara por el mundo
sin escatimar estrellas en los hoteles,
que la puta Hacienda se lo lleva todo,
los putos gobiernos
y el puto cáncer.

No deseaba ser tan tosca hoy, pero las cosas salen como salen.

He pensado en todas las chicas a las que he amado,
las buenas y las malvadas,
las que me dejaron y las que dejé,
las más guapas y las menos guapas,
las que recuerdo y las que deseo olvidar,
las que viven en mi ciudad y las que duermen tras un avión,
las que me cuidaron y las que me maltrataron,
las que me sirvieron para madurar y las que me reflejaron.

Las he recordado superficialmente,
algo triste,
mientras deambulaba con un café para llevar
y un pitillo en la mano semicongelada.

Me he preguntado si ellas pensarían en mí hoy,
permitiéndome el lujo de ser una creída,
una engreída que viste abrigo para protegerse
de los vientos.

Jamás lo sabré.

Empiezo a pensar que muchos de nuestros problemas
aparecen porque deseamos saber más de la cuenta,
cuánto me amas, cuántas veces me llamas,
cuántos whatsapp no me envías y cuántas cenas me preparas.

Joder con las balanzas equilibradas.

Un móvil comunicando es espantosamente
Significativo.

No hay que perder ni un solo día
y la gente que está a tu vera
es que tiene que estar,
que la que se fue
es que no ha sobrevivido
a los cafés sin descafeinar.

El poemilla se me ha ido de las manos.

Salvo
su cara risueña
al verme por sorpresa
enfrente del Mercadona.

Salvo
sus piernas
bajo la mesa,
sus besos imaginarios
después del primer plato.

Salvo
que nos riamos de medio mundo
y que cenemos a las tantas cada día
a pesar de prometernos
ser más responsables.

Salvo
mis pequeñas fechorías
para seducirla
y que se aleje
de los malos
que le roban los buenos sueños
como en aquella canción de Los Planetas...

Que hoy tengas dulces sueños,
que aquí alguien no descansa,
pensando cómo rescatarte
de tan siniestras garras.

Que a mí me gustaría ser
el graduado que te secuestrara,
y huir en autobuses,
y usar cruces como espadas.


Y me voy a cenar con ella.
Calmada, limpia y pensando en el futuro.




La clave


Insertó la clave en el móvil,
buscó un número
el número
y redactó un mensaje
que ocupó
ciento sesenta caracteres
exactos,
como exactas fueron sus comas
esa vez,
ni una sola ambigua
que pudiera dejar entrever
amabilidad.

Pensó,
en primer lugar,
—mientras encendía
el quinto cigarrillo de la tarde—
en las mañanas de seis años atrás
como si las tuviera cosidas
a las yemas de los dedos.

Pensó,
en segundo lugar,
—mientras lamía la taza—
que todas las canciones lentas
de los Raveonettes
parecen de navidad.

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