Nada tan bello como unas preciosas piernas recién depiladas y morenas



Si tuviera que elegir un sentido con el que comunicarme con el exterior tal vez sería el tacto. No porque sea el más desarrollado en mí, tampoco por tener una especial sensibilidad en la piel. Me gusta tocar. Cuerpos y objetos. Aires y líquidos.

Una vez, de pequeña, estuve a punto meter a mis padres en un buen lío por mi gusto por tocar las cosas que me eran prohibidas. Estábamos en un museo y, en un descuido de ellos, logré traspasar el cordón rojo que limita el acceso de los visitantes a la obra de arte. El resultado fue que una mesa de no sé qué siglo se tambaleó al contacto de mi manita. Por suerte, un italiano sujetó con firmeza la mesa y todo quedó en un susto y una bronca.

Tu hija ya puede decir que ha tocado la silla donde se sentaba Franco, le dijo una señora a mi madre en otra ocasión. Me fascinaba pasar la mano por objetos míticos, me daba igual si habían sido propiedad de un dictador, un cantante pop o cualquier otro individuo.

Me conectaba a otros mundos mediante el tacto, no sé, me agradaba sentir aquello.

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Hacía muchos años que no pasaba unas fechas tan significativas como éstas en Andalucía; en agosto, para ser más exactos.

Acabo de vaciar el pequeño congelador de la breve nevera de mi madre, es uno de esos antiguos pero que funcionan de maravilla, salvo que hay que tener la precaución de sacar el hielo del interior porque si no se acumula y se forma una montaña blanca que impide abrir la puerta.

Nieve artificial en mis manos que ahora se derrite en el garaje (la cochera, en estas tierras). Me quedo mirando la montaña que se ha formado y pienso en lo que se esfuma en mi mente estos días. Hay sensaciones que no me gustaría que se derritieran nunca y otras que, en cambio, se funden en apenas unos minutos. No hay quien pueda controlar el ritmo ni la intensidad de ciertos pensamientos. Tal vez sea una suerte, no lo sé.

El tacto del hielo me ha aliviado del calor. Y creo que de mí misma también.

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La semana pasada visité la Huerta de San Vicente por primera vez en mi vida. Debo admitir que era algo que había ansiado muchas veces pero que, como demasiadas vivencias en la vida, acabas dejando para más tarde, como si el tiempo durara siempre igual y la disposición fuera la misma. Vaya error.

El número seis es la casa donde veraneaba Federico García Lorca. Entré allí como quien entra en un lugar santo, embobada, dejándome llevar por las explicaciones simplementes perfectas de la guía encargada de la visita.

Estaba absolutamente prohibido hacer fotos y, por descontado, tocar nada de lo exhibido allí puesto que se trata de los objetos originales de la familia García-Lorca. Vimos su piano, su certificado de Bachillerato (con nota de aprobado por los pelos), la vajilla de la familia, retratos, dibujos de Dalí…

Esperé a que todo el mundo saliera y me quedé sola en el cuarto de Federico, fingiendo que leía una ilustración enmarcada que colgaba en la pared. Me rezagué del grupo para cometer mi fechoría, algo que había deseado hacer con todas mis fuerzas desde que entré en aquel cuarto: tocar con mis propias manos la mesa en la que el más grande había escrito muchas (realmente muchas) de sus grandes obras, así como su silla.

Simplemente rozaría con mis manos aquellos objetos de culto… Entonces la guía asomó la cabeza y truncó mi plan para siempre. Por suerte, supe disimular perfectamente y salimos las dos juntas, ella tan tranquila y yo con el corazón destronado.

No obstante, puedo decir que durante los minutos que ella habló en aquel cuarto realicé una pequeña maldad que consistió en rozar mi pierna con la manta de ganchillo que cubría la cama del poeta. Puede parecer algo enfermizo, soy consciente, pero me encantó.

El tacto, una vez más el tacto. Asumo que es mi perdición, por exceso o por defecto. Las tragedias y los paraísos me han caído por tocar sin cálculo o por guardar las manos en los bolsillos.

Qué pensaría Federico tal día como hoy, a estas horas, intuyendo posiblemente que antes de despuntar el día estaría muerto. Su verde se tornaría cada vez más negro a medida que avanzaran las horas.

Llevo dos noches seguidas soñando con mi muerte, siempre apuñalada. Es curioso que desde adolescente he tenido la intuición de que iba a tener un final violento, estómago, sangre, corazón, sangre, noche, sangre, calle, sangre, pasos, sangre. Un cuchillo, una navaja, acero punzante hasta lo más hondo.

Nunca había hablado de esto con nadie, creo. Me permito la licencia porque la muerte del granaíno me está rodeando desde hace días.

En Granada es imposible dejar de pensar en ello.

Pues ya está, amor

Rider to the sea me transporta a un mar desconocido, lleno de olas de surf, a cuarenta y dos grados, con algo de beber en la mano mientras intento descubrir en qué momento aparece el horizonte.

Los guitarrazos cesan y tomo conciencia de dónde estoy. Un verano más en el monasterio. Intentando hallar paz, calma, tratando de vaciar el cerebro como cuando prepararas guacamole y vacías el aguacate. Así yo también debería conservar el hueso en mi piel para no oxidarme.

Tengo diez días para hacerme la valiente y creérmelo antes de que sea demasiado tarde.

Los últimos meses en fotogramas. Por eso leo como una loca encerrada que no puede aferrarse a nada más que no sean elipsis, descripciones y diálogos. Mi madre, como cada verano, me trae cosas del exterior que sabe que me gustan: un frasco de miel, cerveza con limón, galletas con chocolate y pistachos. Por supuesto, nada de tabaco.

Hoy me ha dicho –con su impecable inglés que tanto me cuesta descifrar- que me podía publicar un post si deseaba comunicarme con el exterior. Y que me dejaba escuchar algunas canciones. Las reglas del monasterio son éstas, ya lo sabes hija, no te pongas dramática ni te hagas la víctima, es por tu bien y siempre te ha funcionado.

Desconectar de una misma a través de una misma.

Antes de todo, subimos al Albaicín en el microbús y estuvimos un ratito contemplando La Alhambra. Tuve que oír sus quejas en inglés acerca del deterioro de barrio, de los que hacen botellón allí, de los grafitis que maltratan la piedra de los siglos pasados, de la administración. Y sé que tiene razón pero es que a veces me cansan sus lamentos.

Después, me acompañó al monasterio y, sin besarme, se despidió.

Suzanne and I. Te imagino en la piscina en bikini y siento que eres tan guapa que el tiempo se olvida de ti, como diría Ray Loriga.

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