Me gusta la palabra forajido


Me gustaba darle los buenos días a las repartidoras de los diarios gratuitos a la entrada del tren. Echo de menos esas mañanas frías de medio invierno. Y recuerdo a Clementine, con su pelo azul, sonriendo por fuera pero desgarrada por dentro. No volví a verla. Hay sucesos, personas e imágenes que jamás se repiten. Se disuelven como azúcar en café. Como tampoco volvieron a hacer aquella pintada tan enigmática que veía desde el puente, todo los martes que empezaba a trabajar a las siete.

Las obras del edificio de al lado siguen su rumbo. El proceso imparable, rápido, repetitivo, constante. Cada día suben unos pocos centímetros y por eso esta tarde he descubierto a un obrero bronceado que canturreaba a pocos metros de la ventana del dormitorio.

Qué haré cuando terminen el edificio. Cómo estaré. Cuánto pesaré. Tendré más músculos o más barriga. Las incógnitas absurdas.

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Es la primera vez que hago un vuelo de cuatro horas y no es que tenga miedo a volar, pero he de reconocer que me impacta como el primer día, cuando fui a París.

Recomendaciones:

Diazepán en el bolsillo (parte la pastillita en dos y métela bajo la lengua)

Cerrar los ojos

Pensar en que soy joven

Convencerme de la vida que me queda

Tachar todo lo malo para que no me vuelva como un boomerang

Volver a hacer listas mentales y escritas (como antaño)

Rememorar el abrazo sincero de mi sobrina pequeña

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Me voy a duchar. Me tomaré una copa de vino blanco y me fumaré un par de pitis mientras los obreros, a las 21:23 h, siguen su trabajo. En eso consiste la vida.

(La recomendación es el hipnótico disco de Niños Mutantes, Todo es el momento. Absolutamente maravilloso)

El último disco de Antònia Font me parece más que sublime



Som davant ses portes de l’infern

A veintiocho de junio
Aún hay pequeños tirando petardos en la calle.
Los petardos no quemados,
Los no gastados,
Los que sobrevivieron a la quema
O los que fueron olvidados en la bolsa de la tienda
Sin que nadie reparara en ellos.

A veintiocho de junio
Me he encontrado con Ana y Otto en la cafetería
Que hay enfrente de los bomberos.
No parecían jóvenes y llevaban manga corta,
Un detalle que me ha hecho sospechar
Que tal vez no fuesen ellos.

Y sí que lo eran.

A veintiocho de junio
Reconozco,
Asumo,
Escribo
Y firmo
Que la vida no es lo que te cuentan los otros
De ti
Sino lo que tú mismo
Te descubres explicando a la psicóloga.

Cuando no hay nadie para mirarte
Ni que te corrija si te despistas con la alarma del reloj
A las siete y cincuenta de la mañana,
Entonces sí que puedes detenerte y pensar
En volver al infierno
Para hacer planes de futuro.

Neva a poc a poc (y qué más da que se inaugure el verano)

Niños en kimono por la calle.
El balcón de casa más limpio que nunca.
Las uñas de mis pies pintadas de rojo oscuro y con sandalias.
Mi profesor de poesía derrumbando mis poemas con mil motivos justos.

Dicen que ha llegado el verano. Y es cierto.
Veintinueve grados afuera y veintisiete y medio dentro.

Las cápsulas de la felicidad a medio comer. No te las comas enteras, me dijo alguien.

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Reconvierto mi blog en un blog musical. Loca idea, lo sé.

La primera entrada sería algo así como esto:



Neva a poc a poc

Ensayo palabras en mallorquín cada tarde
cuando en el comedor se arrastra el último rayo del día.
Jo l'enyor com el Titànic, com si m'haguessin tallat es collons,
mil elefants en estampida que se m'enduen sa vida.
(Yo la añoro como al Titanic, como si me hubieran cortado los cojones,
mil elefantes en estampida que se me llevan la vida).
Me quedan restos del sol del verano pasado en el moreno que se desvanece
porque el de la piscina se erige rey sobre la piel.
A veces cuando recargas una página web
te aparecen lunares, pecas y saliva.
Son sólo ideas.
Me imagino indios sobre una colina
bebiendo mate y contando historias
de chicas pelirrojas
que tenían tanto insomnio
tanto miedo
y tanto coraje
que al final
se cambiaron de nombre
para trabajar en una gasolinera de Lleida.
A mi padre no le dio tiempo de darme consejos
y mi madre apenas habla en castellano,
sigo sin entender su inglés cerrado.
Es bonito escuchar al crío que toca la flauta
interminablemente cada tarde
mientras en el comedor se arrastra el último rayo del día.

La detective que se olvidó de sí misma

La vida tiene algunos momentos irrepetibles que sé que echaré de menos -no ahora ni de aquí unas semanas- dentro de algunos años. Por ejemplo, llegar a casa de mi madre y subir las escaleras olfateando la comida, una tortilla de patatas, o sopa, o lubina al horno o pollo en salsa. Verla en la cocina trajinando mientras suena de fondo el capítulo en el que Bart Simpson le vende el alma a Milhouse.

Siempre me ha parecido uno de los capítulos más escalofriantes de los Simpson.

Cuando vendes tu alma ya no hay marcha atrás. Los perros huyen de ti, no se te abren las puertas automáticas al entrar en el supermercado, no puedes jugar a dibujar formas con tu vaho en el cristal. No tienes aliento. Ni siquiera te hacen gracia las series con las que antes te tronchabas.

Bart vendió su alma por cinco dólares. Una miseria.

Algo parecido sucede cuando te olvidas de ti mismo. Descubres que tus vaqueros preferidos no te sientan bien, pierdes peso como quien se desprende de anillos de valor y te sientas en las paradas de autobús haciendo autoapuestas para adivinar la línea que pasará primero.

Te olvidas de ti mismo y, paradójicamente, te reconoces más que nunca en fotos del pasado. Tanto, que te lastima verte con los ojos tan claros y la piel tan morena y limpia. Te molesta que te saluden, que te llamen y que te pidan fuego. Llega a indignarte el triunfo de algunos porque a ti se te está olvidando tu propio apellido.

Te inventas nuevas bebidas y las inauguras en tu garganta cualquier día de la semana, como si eso te llevara de nuevo a donde estás tú. El problema es que no sabes realmente dónde te hayas, si seguiste la autopista o si te desviaste y te quedaste en cualquier hotelucho a pasar la noche.

Te buscas en antiguas amantes pero no desean saber nada de ti. Tal vez ellas podrían mirarte y darte alguna pista pero deben de odiarte tanto que huyen de tus mensajes como de la muerte. Y no, no quieres acostarte con ellas sino simplemente escuchar algo cordial.

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Hay un tipo de vela que se denomina escandalosa y que, por lo visto, sirve para aprovechar más el viento (se coloca sobre una vela trapezoidal, que se llama cangreja). Me fascinan los nombres originales, los de los objetos que desconozco, los que jamás he visto y que imagino en algún lugar del universo.

Estos pequeños descubrimientos lingüísticos son los que me descubren a veces la cuerda a la que agarrarme.

Está claro que ahora lo que hay que hacer es buscar la vela escandalosa, colocarla bien, y tener la suerte de aprovechar un buen viento.

Siguen siendo tan buenos...



La realidad debería estar prohibida, como decían en aquella película que tanto me gusta. Añado: la realidad fea, no la bella, la que se tiene a los pies de la cama, la que surge de la cocina cuando desayunas. Ésa es la buena.

A pesar de los pesares, no hay que rendirse si amas y te aman.

Sigo hablando en menorquín cuando estoy sola y nadie me observa.

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