¿Quién soy yo, niña loca? (el post en directo que surge de mezclar a Christina con Los Planetas)



Volver a los cigarrillos a solas. A las bebidas dulces a las cinco de la tarde. A Christina susurrando tan alto que las obras de al lado son un maullido apenas.

Hoy es uno de esos días en los que las pistas parecen chispazos que te queman las puntas del pelo. Me hago fotos con gafas de sol de macarra, cazadora de piel falsa negra y camiseta marinera. Me siento señorita. Joven y brillante.
Puede parecer un discurso de tipa creída. Lo sería en otra, en otro tiempo y otro espacio pero no es la situación. Me olvido de las lecciones y de los espejos en los ascensores.

Esta mañana, de vuelta del trabajo, ha estado a punto de atropellarme un coche. Un centímetro de mi piel y de mi mano derecha, mi favorita. Después he pensado que tal vez sería culpa de las gafas de sol, de los auriculares o de mi pensamiento en coger el tren de las 12:22 h cuando eran las 12:15 h.

En el fondo, no es importante hallar una causa porque las consecuencias siempre salen a flote cuando menos te lo esperas.

Y un día te mueres de la forma más tonta.

Pensaba en todo lo que quedaría pendiente: los conciertos, los besos, las camas, los desayunos, las cartas sin entregar en mano, los borradores de email, los textos secretos, las venganzas, los golpes y las confesiones.

Maldito aguijón. Maldita belleza.

Que tinguem sort



Si véns amb mi,
no demanis un camí planer,
ni estels d'argent,
ni un demà ple de promeses, sols
un poc de sort,
i que la vida ens doni un camí ben llarg.


Lluís Llach. Tal vez un cursi, tal vez un ñoño, tal vez muchas más cosas pero a mí siempre me ha gustado su voz temblorosa y frágil, a punto de despeñarse.

La primera vez que escuché esta canción fue cuando tenía dieciséis años, creo. La tuve que aprender en flauta (la primera y la segunda voz, que no es poco) y examinarme de ella. No la conocía y me quedé deslumbrada, era una de las canciones más profundas que había escuchado por esa época. Tuve un presentimiento, de esos que se suelen tener cuando eres una adolescente torturada del amor y te imaginas con treinta años: rubia, cigarrillo en mano y sombrero en el asiento detrás de un descapotable.

Después, la vida resulta que es otra cosa.

Y Maria del Mar Bonet te saca del agua cuando estabas a punto de ahogarte en una playa en la que no había nadie cerca para salvarte…

Cercàveu, d'esquena a la platja, la sal assecada.
Serena, va passar la barca, enlairant la vela.

Un vestit blanc, un vestit blanc us va oferir.
L'haguéssiu vist girant els ulls cap a l'horitzó.

La vela ennegrí de pena mentre s'allunyava.

Número oculto, mensaje al descubierto y la vida en un conflicto con demasiados giros



Puede parecer que los detectives caemos pocas veces en despistes, en olvidar datos relevantes o en desconocer las calles por las que paseamos. Este mediodía he descubierto que mi casa se ubica exactamente a cuatro minutos de la casa de los bomberos. En realidad no lo he descubierto sino que ya lo sabía, he caído simplemente en la cuenta.

Vivir cerca de ella debe de significar algo bueno. Por las noches, cuando paso por allí, veo cómo duermen los camiones. Estáticos y serenos.

Me pregunto si ellos podrían salvarme si fuera necesario, como lo hicieron otros en su momento (añadir en el paréntesis el insomnio de El club de la lucha o el trastorno –bendito sea- de Ángel en Tierra).

Y tal vez una llamada bastaría para sanarme.

Cada vez estoy más cerca de resolver mi propio caso. El secreto más buscado. Ni en los periódicos, ni en los telediarios, ni en la puerta de casa. Se trata de acertar sin más.

Se me estaban escapando pistas muy importantes: la chica de la inmobiliaria que siempre tiene frío frente al ordenador, nadie ha logrado ver su cuello al descubierto; el tipo que finge ser italiano y se pavonea por el centro de la ciudad en su impoluta Vespa blanca; la dependienta que me pregunta si quiero el pan de pagès de quilo o de medio quilo sin mirarme a los ojos; el mendigo de la puerta del Caprabo que jamás levanta la vista del suelo; la maestra guapa que me entrega a mi sobrina pequeña como quien pasa una mercancía de contrabando, a las cinco de la tarde; el vigilante de la obra que, pitillo en la comisura derecha, no se retira cuando paso cargada de bolsas de la compra.

Las pistas que van cobrando sentido y añadiendo silencios a las tardes.

Una llamada.

Ni yo ni nadie

La suerte es como una cerilla mal encendida que te quema los dedos antes de que tengas tiempo de encender un pitillo.

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