Quería escribir sobre mi barrio y me ha salido un golpe de frases delgadas



Un pirata falso
Me ha vendido una vela
Remendada
Jurándome que con ella
Podré navegar sin saber nadar.

He vuelto a casa
Con la vela entre los brazos
Como si fuera un bebé
Medio dormido.

Y nada.
Y sigo sin fumar.
Y meriendo demasiado.
Y busco alumnos aplicados
Que me resuelvan las incógnitas
Que tanto desestabilizan
El mundo.

Suspender
Un examen
Un ejercicio
O una visión
No debería implicar
Perderse
Para siempre
Sino lanzar las muletas bien lejos.

Mañana volveré donde el pirata.

Quería ser cantaora



Cuántas veces imaginé
Que pasaba por tu casa
Y que tu madre me veía desde el terrao
Cuando colgaba las sábanas.

Paraba la bicicleta
Enfrente de la tienda de tu tía
Y al salir del colegio
Me compraba una bolsilla
De aceitunas.
Me las comía todas
Antes de llegar a casa
Para que mis hermanas
No me las quitaran.

Después de comer
Le pedía a mi madre
Que me repeinara la trenza
Para pasar bien guapa
Por enfrente de tu casa.
El aliciente de ir al colegio
Era respirar el aroma
De la ropa limpia
De tu cama
Al viento.

Así me parecías
La chica más preciosa
De todo el barrio.
Con tu falda blanca
Y tus guantes tan elegantes
En invierno.

Ni eras para mí,
Ni yo era para ti.
Pero entre besos y secretos
Nos fuimos enredando
Cuando cumplí los diecisiete.
Y nunca pude dejar de verte
En cada taberna, en cada faro,
En cada plato de aceitunas,
En cada amor desgraciado.

Ahora
Me falta tu boca,
Me faltan tus ojos,
Tus sombras
Y las pocas noches
Fumando un único cigarrillo
Envueltas por las sábanas
En tu terrao.

Veinte años después
Se me cambió la piel
Y la voz
Por no lograr olvidarte
A pesar de todas
Las que me juraron
Amor frente a una botella
De vino.

La raíz del dolor
Se arranca con guantes de amianto
Intentando no dejar nada
Envenenado entre la tierra.
Lo hice
Con las gafas de sol puestas
Pero creo que algo dejé
Porque no he podido
Volver a pasar enfrente de tu casa.

Nada ha terminado, todo está empezando, empezando a ser diferente

No tengas miedo de caer, mi trapecista.
Yo estaré abajo.

Siempre me gustaron los vocativos por provocativos



[...]

Para evitar la trampa en que sucumbo,
Inútiles serían mis esfuerzos;
Pues el hombre tiene el pie en la tumba,
Cuando la esperanza no le sostiene.



[...]

Fragmento de "Pensamiento de Byron", de Gérard de Nerval.

.................................

Estoy naciendo cada día. Me despierto cansada tras las pesadillas pero esta noche, por fin, ha sido mi personaje el que ha echado elegantemente al malvado de la escena.

Y ha sido otro día más.

No fumo ni bebo desde el viernes. Conservo las mismas dioptrías y me duele la garganta; no de las anginas, creo que es algo más espiritual.

No quiero acostumbrarme a nada ni a nadie así que voy a seguir bailando samba a medio oscuras sólo con ella.

Y que cada tarde sea una sorpresa nuestro reencuentro.

Jamás escribiré en otro lugar de una manera tan libre y salvaje



Hago cien mil cursos diferentes. Presento mis escritos a profesores y a teóricos que me señalan los defectos y que me ayudan a corregir mis torpezas literarias.

Y hoy, 21 de marzo de 2011, me he dado cuenta de que jamás podré escribir en otro lugar como lo hago aquí en el blog. Nunca seré tan libre como en este espacio. Saltándome las comas, engullendo los nombres propios y pisoteando las convenciones. Como una salvaje, en directo y con los dientes sin lavar.

Lo mejor de todo esto es no tener que fingir ante nadie. Que si un día deseo escribir con las manos sucias de arreglar las plantas, pues lo hago. Que si una tarde me pongo al ordenador y no me he pintado los ojos, pues no pasa nada. No tener que fingir que estoy bien ni que me encuentro mal.

Y no es que no me importe el estilo, ni hacerlo lo mejor que pueda. Ni tampoco centrarme únicamente en el efecto terapéutico o en las confesiones. No es eso en absoluto.

El personaje, a día de hoy, se está comiendo a la persona.

La detective ya no se asoma tímidamente a la vida sino que sucede al revés.

Esta mañana he estado a punto de hacer una imbecilidad. Después de desayunar, claro, porque para mí ese momento del día es sagrado. Un día sin desayuno es como un sacrilegio.

La detective se había puesto mi abrigo —el del yo real— pero luego ha comprobado que hacía demasiado calor como para ir así por la calle así que me ha robado una chaqueta de casi piel marrón.

Me siento triste y cabreada a partes iguales y eso es muy peligroso. Si estás sólo triste, te encierras en casa y punto. Engulles alguna cerveza y masticas cigarrillos. Si le añades el cabreo, la situación se complica porque entonces puedes llamar a una flota de bomberos para que te escolten al lugar del crimen antes de que puedas calar fuego.

Tengo mucho miedo de explotar como uno de esos globos de las fiestas al que alguien pisa sin darse cuenta y provoca microinfartos entre los asistentes.

Conservo una parte limpia y valiente



He escupido en el lavabo. Era sangre así que me he asustado unos segundos. Luego he caído en la cuenta de que no era sangre sino restos de fresa en la saliva. Cuando comes fresas, si luego escupes es similar a la sangre.

Es un buen truco si quieres fingir ante alguien que estás enfermo. Como cuando te echabas las gotas de lágrima natural de las lentillas en el ojo, que también era un buen recurso para dar pena. Te metías en el cuarto de baño con cara compungida y salías triunfante con chorros de lágrima falsa resbalando por la cara. La obra de teatro ya estaba iniciada.

O cuando jugabas a ser manca. Te escondías el brazo por dentro de la manga y aprendías a utilizar la otra mano, la izquierda, la gran olvidada. Esa mano torpe y fea que no sabía hacer nada de provecho. Pensabas que ese ejercicio te iría bien si en un futuro te quedabas sin brazo o sin mano. Y bien mirado, no era algo tan absurdo.

Al fin y al cabo, todo consistía en aprender a vivir sin una parte importante de ti.

La otra noche fui a ver a Joan As Police Woman. Maravillosa. Pensé que era muy valiente, muy entera, por estar cantando allí, por estar delante de la vida. Y su novio, Jeff Buckley, muerto.



Me he pasado el fin de semana trabajando. Un simulacro por si algún día no tengo nada mejor que hacer.

¿Es lo que quieres tú realmente? (poema basado en el horóscopo)



Le duele tanto que se ha quedado a dormir
Una última noche en el pequeño velero.
En un puerto que conoce
Pero que se ha tornado desconocido
Por culpa de una canción que no debería haber buscado.

El último trago
Es siempre
El que más quema
En la garganta
Que no aprende a tragar
Las sílabas azules.

Repasa mentalmente imágenes
En las que ella aparece
De figurante.

Se odia.
Porque un día fue la estrella
A la que todos se querían
Llevar a la cama
Y a restaurantes de diseño europeo.

Sola en el pequeño velero.
Le escribe una carta cobarde
Para no enviarla,
Para sacársela de la faringe
Y poder salvar al menos
Sus treinta años.

La noche en el mar
Dura exactamente
Seis horas, quince minutos
Y dos lastimosos segundos.

El móvil acusador
Permanece cínicamente
Y dramáticamente
Callado.

Las llamadas,
Los mensajes,
Las notas de voz
Y la agenda borrada
En un ataque de locura
Emblemático
Y lento.

¿Quién cargará con esa pena?
¿Quién será la próxima?
¿Quién recogerá los vasos?
¿Quién la seguirá cuando se oculte?

Tal vez la solución consista
En narrarse a sí misma
Con un omnisciente
En lugar de gastar
El protagonista,
Que a fin de cuentas
Siempre pecó de petulante
Y exagerado.

Debe de ser jueves o martes,
Por probar suerte
Se lee el horóscopo:

"En estos momentos algo aparentemente descabellado
es sorprendentemente posible.
Pero, ¿es lo que quieres tú realmente?".

Los putos redactores del horóscopo
Y sus ambigüedades
Tienen la culpa de las esperanzas
Basadas en la nada.

Al menos conserva el pelo liso
Después de seis días y medio
De travesía
Apurada
En medio de un cumpleaños.

Maldita hora para recordar
Los versos que se incrustaron en las
Sábanas aquella tarde:

Cuando de pronto se oiga, a medianoche
a un invisible tíaso pasar
con músicas fantásticas, con voces-
tu suerte que declina, tus hazañas
que no fueron cumplidas, tus proyectos
que fueron todo errores, no los llores para nada.
Como dispuesto de hace tiempo ya, valiente,
dile por fin adiós a Alejandría que se marcha,
y sobre todo no te engañes y no vayas
a decir que fue un sueño, que se confundió tu oído.
No confíes en tales esperanzas vanas.
Como dispuesto de hace tiempo ya, valiente,
como te cuadra a ti, que tal ciudad te mereciste,
quédate inmóvil junto a la ventana
y escucha conmovido, pero no
medroso y suplicante como los cobardes,
como un placer postrero los sonidos,
los raros instrumentos del tíaso sagrado
y di por fin adiós a Alejandría que se marcha.


Y, la séptima noche,
Por fin, se durmió.

¿Qué coño es el amor?



El niño tiene hambre
La mamá se ha ido ya
Lo han abandonado
Por un tipo del bajo mar.

El niño llora y llora
La mamá, ¿dónde estará?
Flirteando en Ibiza
Con algún alemán.

Parece que yo
Yo hago del amor
Algo caprichoso e inmoral
Respecto a ti
Sólo soy un cuenta cuentos
Y ahora estoy triste y mal.

El niño ya es un hombre
Ha sobrevivido a la gravedad
La ironía de la física
Enemiga de la sinceridad.

El amor distrae
El amor confunde
¡Ay qué coño es el amor!
¡Esas parejas que se besan y se tocan!
¡Absenta!

Parece que yo
Yo hago del amor
Algo caprichoso e inmoral
Respecto a ti
Sólo soy un cuenta cuentos
Y ahora estoy triste y mal.

El hombre ya es grande
Odia a los poetas como yo
Que mueven los hilos de las vidas
L'amour.

¡Ay, l'amour, l'amour!
Cogéis un lápiz y os creéis fantásticos
¡Yo también sé decir cosas!
¡Yo también soy maravillosa!
¡L'amour!

¿Quién habla de "les gallines"
que vuelan por la vida
de los soñadores?
¿Las colegialas que estudian con faldas
los fallos de la humanidad

El momento de la ópera en el que lloras



Se apagan las luces. Se sube el telón. La orquesta inicia el preludio. Contengo la respiración y empiezo a notar un temblor por dentro que nadie más nota.

El momento del preludio es tan emocionante como cuando le quitas la ropa interior a alguien con los labios. Es un momento sutil, intenso y enigmático.

Avanza el primer acto y ya ha comenzado la inmersión. Si por algo me gusta la ópera es porque es el único espectáculo en el que la inmersión que siento es absoluta. Ya no pienso en el trabajo, el lo que me incomoda, en las penas o en las personas. Me abandono a la historia totalmente y nada me importa más que seguir la narración. El placer puro de creer en la ficción.

A veces desearía con todas mis fuerzas poder ir a la ópera cada noche.

Hay que atreverse a cambiar de posición si no se desea perder el partido



Nunca me gustó el fútbol. Ni ahora ni en el pasado. De pequeña, sólo recuerdo que me encantaba Arconada. Ahora, tengo debilidad por Casillas.

Un momento, un momento, ahora lo entiendo: a mí lo que me atrae son los porteros. Sus momentos de soledad, su concentración en los penaltis, su traje diferente al de los demás miembros del equipo.

Los porteros, siempre intentando parar los tiros a puerta. Unas veces con más fortuna que otras. Igual que en la vida fuera del campo, cuando nos meten goles nos desquiciamos creyendo que podemos perder el partido. O subimos a lo más alto cuando el balón se aprisiona en nuestros brazos.

Me gusta imaginar a los porteros que en algún momento se atreven a dejar la portería sola, sin vigilancia, y se lanzan en una carrera frenética y enamorada hasta la otra portería. Nadie se atreve a detenerles porque son únicos, valientes y guapos. Corren y corren hasta quedarse exhaustos en el último segudo... y, casi rendidos, marcan por fin.

Regresan triunfales a su portería, a su pequeño hogar. Siguen en el partido pero saben que a partir de ese instante nada volverá a ser igual.

Han vencido.

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