2012

Que llegue el 2012 y se lleve toda la basura del 2011, como cuando limpian la playa los equipos por la mañana.

A todos los que, desde cerca y desde lejos, habéis estado por aquí. Un año más, gracias.

Que tengáis lo mejor en este año y que sepáis valorarlo para no perderlo.

Un abrazo.

Lídia y Sílvia, o cuando uno más uno no suma dos, sino uno más uno


Sílvia Comes y Lídia Pujol grabaron tan sólo dos discos juntas. Dos trabajos perfectos, brillantes, deslumbrantes. Y después se separaron. Nunca volvieron a aparecer juntas, ninguna alusión a su pasado musical, ninguna otra colaboración.
Silencio absoluto. Como si jamás hubieran tocado juntas.

Tuve la suerte de verlas en directo una sola vez y aquello era tan perfecto que dolía.

Nadie sabe qué pasó entre ellas realmente. ¿Realmente importa? Recuerdo que investigué para saber qué había sucedido, busqué pistas, comentarios de ellas, recuerdos... No hallé nada.
Como cuando se asesina a alguien y limpias tan bien la sangre que nunca pasó. Tan sólo en tu memoria.

Me sigue apenando saber que jamás volverán a cantar juntas.

Supongo que me pone triste porque son como el símbolo de algo hermoso, de algo que funcionaba de una manera tan perfecta... De todo aquello que tiene una conexión absoluta y bella pero que, un día cualquiera, se termina. 

Cuando algo es tan grande como lo que ellas crearon parece una injusticia que se rompa.

Tal vez no deberíamos preocuparnos ni angustiarnos por todo lo que se pierde sino aceptarlo como una puerta a otra etapa.

Ahora ellas son otras. Cantan de otro modo, escriben otras letras. Aunque sus voces ya no se acoplan juntas.

Acoplarse es un verbo preciso. Acabo de caer en ello.
Y quedan las canciones, las letras, las adaptaciones de Gil de Biedma, de Cernuda, de tantos...

Pretendía escribir un post divulgativo pero de nuevo me he ido por la tangente. En fin.
Aquí hay algunas canciones, ni están todas ni son las mejores pero es lo único que he encontrado.

Querido Ike


Querido Ike,

Esta mañana nos hemos despertado con la brutal noticia de tu ausencia. Hemos llorado abrazadas, sin ser conscientes de que te estabas yendo hacía tiempo. Planeábamos ir a verte a tu isla pero más adelante, cuando estuvieras recuperado y tuvieras más fuerzas. A mí me hacía ilusión conocerte en persona, te admiro muchísimo, siempre he pensado que eres un tipo grande, muy grande, una buena persona, dulce, amable siempre, detallista, un buen amigo.

Alguna vez pensé escribirte un correo, no sé, contarte cuatro tonterías, simplemente para poderte acompañar un ratito. No lo hice, no entiendo porqué no lo hice.
Me da mucha pena. Lo único que podía hacer es escribirte esta carta. No te pongas triste, ya sé que ves que estoy llorando. Ojalá te hubiera podido conocer, ojalá pudiéramos rebobinar la historia e ir volando a verte, para darte un abrazo inmenso.

Me siento incapaz de escribirte nada más. Nunca te olvidaré. No olvidaré tus preciosas ilustraciones, ni tu sentido del humor, ni tu persona.
Que tengas un buen viaje, amigo. Y que siempre te sientas arropado allá donde estés. Jamás te olvidaremos.

Siempre pensaremos en ti en presente.


Los desamigos (o tomarse una copa de vino a las 21:26 h de un martes)




Es una verdad terrible y muy dura de aceptar. Te sientes como un sombrero gastado, feo, inservible y pasado de moda.

Te sientas y sientes que ya no sigues el hilo de la película, que todo está enredado y tú eres la espectadora que se ha perdido el nudo del film y, consecuentemente, no se entera de nada. 

Nadie te explica la película. Te hacen un resumen como si en cinco minutos fueras capaz de asimilar que estás fuera, que juegas una prórroga insolente y gris.

Que te duela todo porque los echas de menos y ellos –maldita sea- deben de echarte de más.

Olvidas números de teléfono que antes eran tu bote salvavidas.

La tristeza del abandono. Del no pertenecerles porque… ni siquiera lo comprendes. 

Lo único que te sigue fiel es tu sombra. Y Alicia Alarcón.

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Y acabas refugiándote en la belleza que no decepciona jamás. La estática, la de ficción, la que no envejece ni te hace sentir fuera de campo. A ti, que sabes bien que tan importante es lo que existe fuera de campo como lo que se halla dentro del encuadre. 

Es como si le hubieran dado la cámara a un ignorante que realiza su trabajo atado de manos, con la boca y sin tener ningún tipo de criterio estético.

PD: Siento que el post esté tan mal compaginado pero es que no sé cómo insertar diferentes párrafos, espaciados como tienen que estar... han cambiado las cosas en Blogger.

La canción es Ice Dance, porque un anuncio de la tele me la ha recordado



Un niño de ocho años el problema más grande que puede tener ahora mismo es preparar la caja en la que guarda los caracoles del colegio. A mi sobrina pequeña se le ha caído un diente. Sigo bebiendo el agua para limpiarme el cuello y, de paso, los nudos. Hay quien se traga una cuerda y no se altera, pero hay quien engulle una cuerda y, cual marinero inexperto, se hace un lío con el nudo.

El otro día fui a ver Melancholia, de Lars von Trier. Reconozco que no me acabó de convencer, sobre todo la primera parte. Ha pasado una semana y estos días me he dado cuenta de que es una película grande. No sabría definir el motivo en concreto, tal vez los encuadres, puede que Wagner, las hermanas, la lluvia punzante o el miedo al saber que todo se terminará ese mismo día.

Ya sé de qué quiero morir. Que un planeta se estrelle contra el nuestro y que sea lo más espectacular posible.

Gyokusai



Gyokusai significa atacar hasta morir con dignidad. Los pilotos jóvenes japoneses subían a las avionetas sabiendo que sería su último vuelo. Algunos de ellos dejaron atrás diarios, cartas, incluso poemas. La gran mayoría acataba las órdenes sin cuestionarlas, conscientes de que eran una pieza clave en la Segunda Guerra Mundial.

Esta mañana he encontrado el poema que dedicó el joven Atsumori (que murió a los 23 años) a su amada:

Ahora sólo veo el norte.
La dimensión que dejo abajo
No me dará medallas
Ni salvará a mi país.
Ahora sólo existe el norte.
Preparo mi equipaje,
Algo de agua,
Frutos secos
Y la foto en que tú y yo
Reíamos
Mientras tus padres preparaban
Mi plato favorito.
Era domingo.
Ahora sólo existe el norte.
Amada mía,
No habrá más domingos.
Ni tardes de paseo por Matsudo.
No conoceré tus arrugas
Ni volveré a contemplar
Cómo te vuelves aún más bella
Cuando se marche el invierno.
Ahora sólo existe el norte para mí.
Aprenderás a ser una mujer valiente,
Tal vez estudies algún idioma
O aprendas a conducir.
Y un día
Te llegará el amor.
Cuando para mí ya no haya
Nada más que el norte
Que me lo dio todo
Pero también me lo arrebató.

Je suis fou de vous

Yo sólo deseo vivir una vida tranquila, como hoy, por ejemplo. Al llegar a casa me he puesto a hacer gazpacho y lo he guardado en la nevera para la cena. Deberíamos comer gazpacho todo el año, no reservarlo a los meses estivales.

Y así con muchas cosas.

Como cuando era pequeña y me madre me reservaba ropa especial para el domingo. Y se quedaba nueva, siempre de perpetuo estreno, apartada ya no por vieja sino porque se terminaba quedando pequeña. Un desperdicio.

Acumulo libretas esperando escribir la historia perfecta: la libreta veneciana, la de aquel regalo de cumpleaños, la que compré llorando una tarde, la que copié de alguien… Todas en blanco. Tristemente en blanco.

Ha llegado septiembre como un tren demasiado puntual, con rotundidad y fuerza.

Me estoy mentalizando para ponerme cada día la ropa de los domingos y que no quede nada por estrenar. Me estoy mentalizando para actuar de forma natural si una noche se pone a llover y nos tenemos que comer los postres bajo un portal de un barrio sin importancia, por si me baja la tensión al tomar el sol a horas nocivas, por si vuelvo a rezar pequeños salmos inventados cuando estoy algo invisible.

La voz de Lourdes es la voz de Natasha en Roma. Prometiendo no fumar mientras escribo este post en directo y pensando en cómo quedaría mi pelo en un escenario si fuera cantante folk como ella.

Tengo las puntas rubias del sol del verano y he estado a punto de cometer la santa estupidez de cortármelas. ¿Quién se cortaría el sol del cabello? No lo hagas, Carol, me digo. Llego a la última canción del disco y me duele de tan bella que es. Si algún día no me duelen estas cosas prefiero echar el cerrojo y poner el cartel de cerrado.

Me he enganchado a ese disco, Fuerteventura.

Nada tan bello como unas preciosas piernas recién depiladas y morenas



Si tuviera que elegir un sentido con el que comunicarme con el exterior tal vez sería el tacto. No porque sea el más desarrollado en mí, tampoco por tener una especial sensibilidad en la piel. Me gusta tocar. Cuerpos y objetos. Aires y líquidos.

Una vez, de pequeña, estuve a punto meter a mis padres en un buen lío por mi gusto por tocar las cosas que me eran prohibidas. Estábamos en un museo y, en un descuido de ellos, logré traspasar el cordón rojo que limita el acceso de los visitantes a la obra de arte. El resultado fue que una mesa de no sé qué siglo se tambaleó al contacto de mi manita. Por suerte, un italiano sujetó con firmeza la mesa y todo quedó en un susto y una bronca.

Tu hija ya puede decir que ha tocado la silla donde se sentaba Franco, le dijo una señora a mi madre en otra ocasión. Me fascinaba pasar la mano por objetos míticos, me daba igual si habían sido propiedad de un dictador, un cantante pop o cualquier otro individuo.

Me conectaba a otros mundos mediante el tacto, no sé, me agradaba sentir aquello.

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Hacía muchos años que no pasaba unas fechas tan significativas como éstas en Andalucía; en agosto, para ser más exactos.

Acabo de vaciar el pequeño congelador de la breve nevera de mi madre, es uno de esos antiguos pero que funcionan de maravilla, salvo que hay que tener la precaución de sacar el hielo del interior porque si no se acumula y se forma una montaña blanca que impide abrir la puerta.

Nieve artificial en mis manos que ahora se derrite en el garaje (la cochera, en estas tierras). Me quedo mirando la montaña que se ha formado y pienso en lo que se esfuma en mi mente estos días. Hay sensaciones que no me gustaría que se derritieran nunca y otras que, en cambio, se funden en apenas unos minutos. No hay quien pueda controlar el ritmo ni la intensidad de ciertos pensamientos. Tal vez sea una suerte, no lo sé.

El tacto del hielo me ha aliviado del calor. Y creo que de mí misma también.

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La semana pasada visité la Huerta de San Vicente por primera vez en mi vida. Debo admitir que era algo que había ansiado muchas veces pero que, como demasiadas vivencias en la vida, acabas dejando para más tarde, como si el tiempo durara siempre igual y la disposición fuera la misma. Vaya error.

El número seis es la casa donde veraneaba Federico García Lorca. Entré allí como quien entra en un lugar santo, embobada, dejándome llevar por las explicaciones simplementes perfectas de la guía encargada de la visita.

Estaba absolutamente prohibido hacer fotos y, por descontado, tocar nada de lo exhibido allí puesto que se trata de los objetos originales de la familia García-Lorca. Vimos su piano, su certificado de Bachillerato (con nota de aprobado por los pelos), la vajilla de la familia, retratos, dibujos de Dalí…

Esperé a que todo el mundo saliera y me quedé sola en el cuarto de Federico, fingiendo que leía una ilustración enmarcada que colgaba en la pared. Me rezagué del grupo para cometer mi fechoría, algo que había deseado hacer con todas mis fuerzas desde que entré en aquel cuarto: tocar con mis propias manos la mesa en la que el más grande había escrito muchas (realmente muchas) de sus grandes obras, así como su silla.

Simplemente rozaría con mis manos aquellos objetos de culto… Entonces la guía asomó la cabeza y truncó mi plan para siempre. Por suerte, supe disimular perfectamente y salimos las dos juntas, ella tan tranquila y yo con el corazón destronado.

No obstante, puedo decir que durante los minutos que ella habló en aquel cuarto realicé una pequeña maldad que consistió en rozar mi pierna con la manta de ganchillo que cubría la cama del poeta. Puede parecer algo enfermizo, soy consciente, pero me encantó.

El tacto, una vez más el tacto. Asumo que es mi perdición, por exceso o por defecto. Las tragedias y los paraísos me han caído por tocar sin cálculo o por guardar las manos en los bolsillos.

Qué pensaría Federico tal día como hoy, a estas horas, intuyendo posiblemente que antes de despuntar el día estaría muerto. Su verde se tornaría cada vez más negro a medida que avanzaran las horas.

Llevo dos noches seguidas soñando con mi muerte, siempre apuñalada. Es curioso que desde adolescente he tenido la intuición de que iba a tener un final violento, estómago, sangre, corazón, sangre, noche, sangre, calle, sangre, pasos, sangre. Un cuchillo, una navaja, acero punzante hasta lo más hondo.

Nunca había hablado de esto con nadie, creo. Me permito la licencia porque la muerte del granaíno me está rodeando desde hace días.

En Granada es imposible dejar de pensar en ello.

Pues ya está, amor

Rider to the sea me transporta a un mar desconocido, lleno de olas de surf, a cuarenta y dos grados, con algo de beber en la mano mientras intento descubrir en qué momento aparece el horizonte.

Los guitarrazos cesan y tomo conciencia de dónde estoy. Un verano más en el monasterio. Intentando hallar paz, calma, tratando de vaciar el cerebro como cuando prepararas guacamole y vacías el aguacate. Así yo también debería conservar el hueso en mi piel para no oxidarme.

Tengo diez días para hacerme la valiente y creérmelo antes de que sea demasiado tarde.

Los últimos meses en fotogramas. Por eso leo como una loca encerrada que no puede aferrarse a nada más que no sean elipsis, descripciones y diálogos. Mi madre, como cada verano, me trae cosas del exterior que sabe que me gustan: un frasco de miel, cerveza con limón, galletas con chocolate y pistachos. Por supuesto, nada de tabaco.

Hoy me ha dicho –con su impecable inglés que tanto me cuesta descifrar- que me podía publicar un post si deseaba comunicarme con el exterior. Y que me dejaba escuchar algunas canciones. Las reglas del monasterio son éstas, ya lo sabes hija, no te pongas dramática ni te hagas la víctima, es por tu bien y siempre te ha funcionado.

Desconectar de una misma a través de una misma.

Antes de todo, subimos al Albaicín en el microbús y estuvimos un ratito contemplando La Alhambra. Tuve que oír sus quejas en inglés acerca del deterioro de barrio, de los que hacen botellón allí, de los grafitis que maltratan la piedra de los siglos pasados, de la administración. Y sé que tiene razón pero es que a veces me cansan sus lamentos.

Después, me acompañó al monasterio y, sin besarme, se despidió.

Suzanne and I. Te imagino en la piscina en bikini y siento que eres tan guapa que el tiempo se olvida de ti, como diría Ray Loriga.

Querida Paola,


Nuestras pistas siguen ahí. Con más intensidad que nunca.

Me gusta la palabra forajido


Me gustaba darle los buenos días a las repartidoras de los diarios gratuitos a la entrada del tren. Echo de menos esas mañanas frías de medio invierno. Y recuerdo a Clementine, con su pelo azul, sonriendo por fuera pero desgarrada por dentro. No volví a verla. Hay sucesos, personas e imágenes que jamás se repiten. Se disuelven como azúcar en café. Como tampoco volvieron a hacer aquella pintada tan enigmática que veía desde el puente, todo los martes que empezaba a trabajar a las siete.

Las obras del edificio de al lado siguen su rumbo. El proceso imparable, rápido, repetitivo, constante. Cada día suben unos pocos centímetros y por eso esta tarde he descubierto a un obrero bronceado que canturreaba a pocos metros de la ventana del dormitorio.

Qué haré cuando terminen el edificio. Cómo estaré. Cuánto pesaré. Tendré más músculos o más barriga. Las incógnitas absurdas.

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Es la primera vez que hago un vuelo de cuatro horas y no es que tenga miedo a volar, pero he de reconocer que me impacta como el primer día, cuando fui a París.

Recomendaciones:

Diazepán en el bolsillo (parte la pastillita en dos y métela bajo la lengua)

Cerrar los ojos

Pensar en que soy joven

Convencerme de la vida que me queda

Tachar todo lo malo para que no me vuelva como un boomerang

Volver a hacer listas mentales y escritas (como antaño)

Rememorar el abrazo sincero de mi sobrina pequeña

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Me voy a duchar. Me tomaré una copa de vino blanco y me fumaré un par de pitis mientras los obreros, a las 21:23 h, siguen su trabajo. En eso consiste la vida.

(La recomendación es el hipnótico disco de Niños Mutantes, Todo es el momento. Absolutamente maravilloso)

El último disco de Antònia Font me parece más que sublime



Som davant ses portes de l’infern

A veintiocho de junio
Aún hay pequeños tirando petardos en la calle.
Los petardos no quemados,
Los no gastados,
Los que sobrevivieron a la quema
O los que fueron olvidados en la bolsa de la tienda
Sin que nadie reparara en ellos.

A veintiocho de junio
Me he encontrado con Ana y Otto en la cafetería
Que hay enfrente de los bomberos.
No parecían jóvenes y llevaban manga corta,
Un detalle que me ha hecho sospechar
Que tal vez no fuesen ellos.

Y sí que lo eran.

A veintiocho de junio
Reconozco,
Asumo,
Escribo
Y firmo
Que la vida no es lo que te cuentan los otros
De ti
Sino lo que tú mismo
Te descubres explicando a la psicóloga.

Cuando no hay nadie para mirarte
Ni que te corrija si te despistas con la alarma del reloj
A las siete y cincuenta de la mañana,
Entonces sí que puedes detenerte y pensar
En volver al infierno
Para hacer planes de futuro.

Neva a poc a poc (y qué más da que se inaugure el verano)

Niños en kimono por la calle.
El balcón de casa más limpio que nunca.
Las uñas de mis pies pintadas de rojo oscuro y con sandalias.
Mi profesor de poesía derrumbando mis poemas con mil motivos justos.

Dicen que ha llegado el verano. Y es cierto.
Veintinueve grados afuera y veintisiete y medio dentro.

Las cápsulas de la felicidad a medio comer. No te las comas enteras, me dijo alguien.

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Reconvierto mi blog en un blog musical. Loca idea, lo sé.

La primera entrada sería algo así como esto:



Neva a poc a poc

Ensayo palabras en mallorquín cada tarde
cuando en el comedor se arrastra el último rayo del día.
Jo l'enyor com el Titànic, com si m'haguessin tallat es collons,
mil elefants en estampida que se m'enduen sa vida.
(Yo la añoro como al Titanic, como si me hubieran cortado los cojones,
mil elefantes en estampida que se me llevan la vida).
Me quedan restos del sol del verano pasado en el moreno que se desvanece
porque el de la piscina se erige rey sobre la piel.
A veces cuando recargas una página web
te aparecen lunares, pecas y saliva.
Son sólo ideas.
Me imagino indios sobre una colina
bebiendo mate y contando historias
de chicas pelirrojas
que tenían tanto insomnio
tanto miedo
y tanto coraje
que al final
se cambiaron de nombre
para trabajar en una gasolinera de Lleida.
A mi padre no le dio tiempo de darme consejos
y mi madre apenas habla en castellano,
sigo sin entender su inglés cerrado.
Es bonito escuchar al crío que toca la flauta
interminablemente cada tarde
mientras en el comedor se arrastra el último rayo del día.

La detective que se olvidó de sí misma

La vida tiene algunos momentos irrepetibles que sé que echaré de menos -no ahora ni de aquí unas semanas- dentro de algunos años. Por ejemplo, llegar a casa de mi madre y subir las escaleras olfateando la comida, una tortilla de patatas, o sopa, o lubina al horno o pollo en salsa. Verla en la cocina trajinando mientras suena de fondo el capítulo en el que Bart Simpson le vende el alma a Milhouse.

Siempre me ha parecido uno de los capítulos más escalofriantes de los Simpson.

Cuando vendes tu alma ya no hay marcha atrás. Los perros huyen de ti, no se te abren las puertas automáticas al entrar en el supermercado, no puedes jugar a dibujar formas con tu vaho en el cristal. No tienes aliento. Ni siquiera te hacen gracia las series con las que antes te tronchabas.

Bart vendió su alma por cinco dólares. Una miseria.

Algo parecido sucede cuando te olvidas de ti mismo. Descubres que tus vaqueros preferidos no te sientan bien, pierdes peso como quien se desprende de anillos de valor y te sientas en las paradas de autobús haciendo autoapuestas para adivinar la línea que pasará primero.

Te olvidas de ti mismo y, paradójicamente, te reconoces más que nunca en fotos del pasado. Tanto, que te lastima verte con los ojos tan claros y la piel tan morena y limpia. Te molesta que te saluden, que te llamen y que te pidan fuego. Llega a indignarte el triunfo de algunos porque a ti se te está olvidando tu propio apellido.

Te inventas nuevas bebidas y las inauguras en tu garganta cualquier día de la semana, como si eso te llevara de nuevo a donde estás tú. El problema es que no sabes realmente dónde te hayas, si seguiste la autopista o si te desviaste y te quedaste en cualquier hotelucho a pasar la noche.

Te buscas en antiguas amantes pero no desean saber nada de ti. Tal vez ellas podrían mirarte y darte alguna pista pero deben de odiarte tanto que huyen de tus mensajes como de la muerte. Y no, no quieres acostarte con ellas sino simplemente escuchar algo cordial.

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Hay un tipo de vela que se denomina escandalosa y que, por lo visto, sirve para aprovechar más el viento (se coloca sobre una vela trapezoidal, que se llama cangreja). Me fascinan los nombres originales, los de los objetos que desconozco, los que jamás he visto y que imagino en algún lugar del universo.

Estos pequeños descubrimientos lingüísticos son los que me descubren a veces la cuerda a la que agarrarme.

Está claro que ahora lo que hay que hacer es buscar la vela escandalosa, colocarla bien, y tener la suerte de aprovechar un buen viento.

Siguen siendo tan buenos...



La realidad debería estar prohibida, como decían en aquella película que tanto me gusta. Añado: la realidad fea, no la bella, la que se tiene a los pies de la cama, la que surge de la cocina cuando desayunas. Ésa es la buena.

A pesar de los pesares, no hay que rendirse si amas y te aman.

Sigo hablando en menorquín cuando estoy sola y nadie me observa.

On a wave of mutilation



La dentista ojos polniuman me trata desde los diecinueve años, hoy lo hemos comprobado en la ficha. Me ha dicho que no debo quejarme tanto porque, al fin y al cabo, las piezas que tengo son aún mías, no como otra gente, que las lleva todas postizas.


Cuando me estaba hurgando me ha dolido un poco, he llorado un par de lágrimas pero ella no se ha percatado de que no era a causa de su trabajo en mi boca. He sentido ganas de decirle por qué no me abres el cerebro y me lo empastas también, por qué no me curas esa parte del cuerpo que también se está cariando día tras día.


Ella es sólo una dentista. La mejor, eso sí. Pero no puede curar nada más que no sean dientes, muelas y colmillos.


Y algo que escribí en enero de 2007.

El momento brillante del día está en una copla de amor y desgarrro

Diez coplas de amor y desgarro

2

No quiero riquezas vanas;
de tu mano donde vayas,
amor, yo quiero saltar
todas las barreras payas
y las hogueras gitanas
que el mundo nos quiera echar.



Carmen Martín Gaite

Regalo tres canciones: Seronda, Morir o matar, Que te vaya bien Miss Carrusel



Esta mañana al peinarme me he dado cuenta de que se me había roto la pulsera del verano. La llevaba desde finales de agosto, cuando estuvimos en Formentera, y de ella sólo quedaba ya un hilillo de piel, frágil y desgastado.

Desde entonces no me la había quitado ni un día. Yo bromeaba diciendo que era la pulsera de Matthew Prendel porque estaba tan vieja y tan raída que parecía que la había salvado de un naufragio.

Hoy la he visto en el suelo y se me ha encogido el corazón. Ya no está en mi piel.

En el sueño elegías mi pierna (ver el corto para entender el sentido del título)



Hoy voy a recomendar un corto que me ha impactado. Asombroso. Bello. Perfecto. Increíble. No sé qué más puedo escribir... Hay que verlo:

I'm Here, de Spike Jonze (2010)

Y terminar así un lunes emocionada.

¿Quién soy yo, niña loca? (el post en directo que surge de mezclar a Christina con Los Planetas)



Volver a los cigarrillos a solas. A las bebidas dulces a las cinco de la tarde. A Christina susurrando tan alto que las obras de al lado son un maullido apenas.

Hoy es uno de esos días en los que las pistas parecen chispazos que te queman las puntas del pelo. Me hago fotos con gafas de sol de macarra, cazadora de piel falsa negra y camiseta marinera. Me siento señorita. Joven y brillante.
Puede parecer un discurso de tipa creída. Lo sería en otra, en otro tiempo y otro espacio pero no es la situación. Me olvido de las lecciones y de los espejos en los ascensores.

Esta mañana, de vuelta del trabajo, ha estado a punto de atropellarme un coche. Un centímetro de mi piel y de mi mano derecha, mi favorita. Después he pensado que tal vez sería culpa de las gafas de sol, de los auriculares o de mi pensamiento en coger el tren de las 12:22 h cuando eran las 12:15 h.

En el fondo, no es importante hallar una causa porque las consecuencias siempre salen a flote cuando menos te lo esperas.

Y un día te mueres de la forma más tonta.

Pensaba en todo lo que quedaría pendiente: los conciertos, los besos, las camas, los desayunos, las cartas sin entregar en mano, los borradores de email, los textos secretos, las venganzas, los golpes y las confesiones.

Maldito aguijón. Maldita belleza.

Que tinguem sort



Si véns amb mi,
no demanis un camí planer,
ni estels d'argent,
ni un demà ple de promeses, sols
un poc de sort,
i que la vida ens doni un camí ben llarg.


Lluís Llach. Tal vez un cursi, tal vez un ñoño, tal vez muchas más cosas pero a mí siempre me ha gustado su voz temblorosa y frágil, a punto de despeñarse.

La primera vez que escuché esta canción fue cuando tenía dieciséis años, creo. La tuve que aprender en flauta (la primera y la segunda voz, que no es poco) y examinarme de ella. No la conocía y me quedé deslumbrada, era una de las canciones más profundas que había escuchado por esa época. Tuve un presentimiento, de esos que se suelen tener cuando eres una adolescente torturada del amor y te imaginas con treinta años: rubia, cigarrillo en mano y sombrero en el asiento detrás de un descapotable.

Después, la vida resulta que es otra cosa.

Y Maria del Mar Bonet te saca del agua cuando estabas a punto de ahogarte en una playa en la que no había nadie cerca para salvarte…

Cercàveu, d'esquena a la platja, la sal assecada.
Serena, va passar la barca, enlairant la vela.

Un vestit blanc, un vestit blanc us va oferir.
L'haguéssiu vist girant els ulls cap a l'horitzó.

La vela ennegrí de pena mentre s'allunyava.

Número oculto, mensaje al descubierto y la vida en un conflicto con demasiados giros



Puede parecer que los detectives caemos pocas veces en despistes, en olvidar datos relevantes o en desconocer las calles por las que paseamos. Este mediodía he descubierto que mi casa se ubica exactamente a cuatro minutos de la casa de los bomberos. En realidad no lo he descubierto sino que ya lo sabía, he caído simplemente en la cuenta.

Vivir cerca de ella debe de significar algo bueno. Por las noches, cuando paso por allí, veo cómo duermen los camiones. Estáticos y serenos.

Me pregunto si ellos podrían salvarme si fuera necesario, como lo hicieron otros en su momento (añadir en el paréntesis el insomnio de El club de la lucha o el trastorno –bendito sea- de Ángel en Tierra).

Y tal vez una llamada bastaría para sanarme.

Cada vez estoy más cerca de resolver mi propio caso. El secreto más buscado. Ni en los periódicos, ni en los telediarios, ni en la puerta de casa. Se trata de acertar sin más.

Se me estaban escapando pistas muy importantes: la chica de la inmobiliaria que siempre tiene frío frente al ordenador, nadie ha logrado ver su cuello al descubierto; el tipo que finge ser italiano y se pavonea por el centro de la ciudad en su impoluta Vespa blanca; la dependienta que me pregunta si quiero el pan de pagès de quilo o de medio quilo sin mirarme a los ojos; el mendigo de la puerta del Caprabo que jamás levanta la vista del suelo; la maestra guapa que me entrega a mi sobrina pequeña como quien pasa una mercancía de contrabando, a las cinco de la tarde; el vigilante de la obra que, pitillo en la comisura derecha, no se retira cuando paso cargada de bolsas de la compra.

Las pistas que van cobrando sentido y añadiendo silencios a las tardes.

Una llamada.

Ni yo ni nadie

La suerte es como una cerilla mal encendida que te quema los dedos antes de que tengas tiempo de encender un pitillo.

Quería escribir sobre mi barrio y me ha salido un golpe de frases delgadas



Un pirata falso
Me ha vendido una vela
Remendada
Jurándome que con ella
Podré navegar sin saber nadar.

He vuelto a casa
Con la vela entre los brazos
Como si fuera un bebé
Medio dormido.

Y nada.
Y sigo sin fumar.
Y meriendo demasiado.
Y busco alumnos aplicados
Que me resuelvan las incógnitas
Que tanto desestabilizan
El mundo.

Suspender
Un examen
Un ejercicio
O una visión
No debería implicar
Perderse
Para siempre
Sino lanzar las muletas bien lejos.

Mañana volveré donde el pirata.

Quería ser cantaora



Cuántas veces imaginé
Que pasaba por tu casa
Y que tu madre me veía desde el terrao
Cuando colgaba las sábanas.

Paraba la bicicleta
Enfrente de la tienda de tu tía
Y al salir del colegio
Me compraba una bolsilla
De aceitunas.
Me las comía todas
Antes de llegar a casa
Para que mis hermanas
No me las quitaran.

Después de comer
Le pedía a mi madre
Que me repeinara la trenza
Para pasar bien guapa
Por enfrente de tu casa.
El aliciente de ir al colegio
Era respirar el aroma
De la ropa limpia
De tu cama
Al viento.

Así me parecías
La chica más preciosa
De todo el barrio.
Con tu falda blanca
Y tus guantes tan elegantes
En invierno.

Ni eras para mí,
Ni yo era para ti.
Pero entre besos y secretos
Nos fuimos enredando
Cuando cumplí los diecisiete.
Y nunca pude dejar de verte
En cada taberna, en cada faro,
En cada plato de aceitunas,
En cada amor desgraciado.

Ahora
Me falta tu boca,
Me faltan tus ojos,
Tus sombras
Y las pocas noches
Fumando un único cigarrillo
Envueltas por las sábanas
En tu terrao.

Veinte años después
Se me cambió la piel
Y la voz
Por no lograr olvidarte
A pesar de todas
Las que me juraron
Amor frente a una botella
De vino.

La raíz del dolor
Se arranca con guantes de amianto
Intentando no dejar nada
Envenenado entre la tierra.
Lo hice
Con las gafas de sol puestas
Pero creo que algo dejé
Porque no he podido
Volver a pasar enfrente de tu casa.

Nada ha terminado, todo está empezando, empezando a ser diferente

No tengas miedo de caer, mi trapecista.
Yo estaré abajo.

Siempre me gustaron los vocativos por provocativos



[...]

Para evitar la trampa en que sucumbo,
Inútiles serían mis esfuerzos;
Pues el hombre tiene el pie en la tumba,
Cuando la esperanza no le sostiene.



[...]

Fragmento de "Pensamiento de Byron", de Gérard de Nerval.

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Estoy naciendo cada día. Me despierto cansada tras las pesadillas pero esta noche, por fin, ha sido mi personaje el que ha echado elegantemente al malvado de la escena.

Y ha sido otro día más.

No fumo ni bebo desde el viernes. Conservo las mismas dioptrías y me duele la garganta; no de las anginas, creo que es algo más espiritual.

No quiero acostumbrarme a nada ni a nadie así que voy a seguir bailando samba a medio oscuras sólo con ella.

Y que cada tarde sea una sorpresa nuestro reencuentro.

Jamás escribiré en otro lugar de una manera tan libre y salvaje



Hago cien mil cursos diferentes. Presento mis escritos a profesores y a teóricos que me señalan los defectos y que me ayudan a corregir mis torpezas literarias.

Y hoy, 21 de marzo de 2011, me he dado cuenta de que jamás podré escribir en otro lugar como lo hago aquí en el blog. Nunca seré tan libre como en este espacio. Saltándome las comas, engullendo los nombres propios y pisoteando las convenciones. Como una salvaje, en directo y con los dientes sin lavar.

Lo mejor de todo esto es no tener que fingir ante nadie. Que si un día deseo escribir con las manos sucias de arreglar las plantas, pues lo hago. Que si una tarde me pongo al ordenador y no me he pintado los ojos, pues no pasa nada. No tener que fingir que estoy bien ni que me encuentro mal.

Y no es que no me importe el estilo, ni hacerlo lo mejor que pueda. Ni tampoco centrarme únicamente en el efecto terapéutico o en las confesiones. No es eso en absoluto.

El personaje, a día de hoy, se está comiendo a la persona.

La detective ya no se asoma tímidamente a la vida sino que sucede al revés.

Esta mañana he estado a punto de hacer una imbecilidad. Después de desayunar, claro, porque para mí ese momento del día es sagrado. Un día sin desayuno es como un sacrilegio.

La detective se había puesto mi abrigo —el del yo real— pero luego ha comprobado que hacía demasiado calor como para ir así por la calle así que me ha robado una chaqueta de casi piel marrón.

Me siento triste y cabreada a partes iguales y eso es muy peligroso. Si estás sólo triste, te encierras en casa y punto. Engulles alguna cerveza y masticas cigarrillos. Si le añades el cabreo, la situación se complica porque entonces puedes llamar a una flota de bomberos para que te escolten al lugar del crimen antes de que puedas calar fuego.

Tengo mucho miedo de explotar como uno de esos globos de las fiestas al que alguien pisa sin darse cuenta y provoca microinfartos entre los asistentes.

Conservo una parte limpia y valiente



He escupido en el lavabo. Era sangre así que me he asustado unos segundos. Luego he caído en la cuenta de que no era sangre sino restos de fresa en la saliva. Cuando comes fresas, si luego escupes es similar a la sangre.

Es un buen truco si quieres fingir ante alguien que estás enfermo. Como cuando te echabas las gotas de lágrima natural de las lentillas en el ojo, que también era un buen recurso para dar pena. Te metías en el cuarto de baño con cara compungida y salías triunfante con chorros de lágrima falsa resbalando por la cara. La obra de teatro ya estaba iniciada.

O cuando jugabas a ser manca. Te escondías el brazo por dentro de la manga y aprendías a utilizar la otra mano, la izquierda, la gran olvidada. Esa mano torpe y fea que no sabía hacer nada de provecho. Pensabas que ese ejercicio te iría bien si en un futuro te quedabas sin brazo o sin mano. Y bien mirado, no era algo tan absurdo.

Al fin y al cabo, todo consistía en aprender a vivir sin una parte importante de ti.

La otra noche fui a ver a Joan As Police Woman. Maravillosa. Pensé que era muy valiente, muy entera, por estar cantando allí, por estar delante de la vida. Y su novio, Jeff Buckley, muerto.



Me he pasado el fin de semana trabajando. Un simulacro por si algún día no tengo nada mejor que hacer.

¿Es lo que quieres tú realmente? (poema basado en el horóscopo)



Le duele tanto que se ha quedado a dormir
Una última noche en el pequeño velero.
En un puerto que conoce
Pero que se ha tornado desconocido
Por culpa de una canción que no debería haber buscado.

El último trago
Es siempre
El que más quema
En la garganta
Que no aprende a tragar
Las sílabas azules.

Repasa mentalmente imágenes
En las que ella aparece
De figurante.

Se odia.
Porque un día fue la estrella
A la que todos se querían
Llevar a la cama
Y a restaurantes de diseño europeo.

Sola en el pequeño velero.
Le escribe una carta cobarde
Para no enviarla,
Para sacársela de la faringe
Y poder salvar al menos
Sus treinta años.

La noche en el mar
Dura exactamente
Seis horas, quince minutos
Y dos lastimosos segundos.

El móvil acusador
Permanece cínicamente
Y dramáticamente
Callado.

Las llamadas,
Los mensajes,
Las notas de voz
Y la agenda borrada
En un ataque de locura
Emblemático
Y lento.

¿Quién cargará con esa pena?
¿Quién será la próxima?
¿Quién recogerá los vasos?
¿Quién la seguirá cuando se oculte?

Tal vez la solución consista
En narrarse a sí misma
Con un omnisciente
En lugar de gastar
El protagonista,
Que a fin de cuentas
Siempre pecó de petulante
Y exagerado.

Debe de ser jueves o martes,
Por probar suerte
Se lee el horóscopo:

"En estos momentos algo aparentemente descabellado
es sorprendentemente posible.
Pero, ¿es lo que quieres tú realmente?".

Los putos redactores del horóscopo
Y sus ambigüedades
Tienen la culpa de las esperanzas
Basadas en la nada.

Al menos conserva el pelo liso
Después de seis días y medio
De travesía
Apurada
En medio de un cumpleaños.

Maldita hora para recordar
Los versos que se incrustaron en las
Sábanas aquella tarde:

Cuando de pronto se oiga, a medianoche
a un invisible tíaso pasar
con músicas fantásticas, con voces-
tu suerte que declina, tus hazañas
que no fueron cumplidas, tus proyectos
que fueron todo errores, no los llores para nada.
Como dispuesto de hace tiempo ya, valiente,
dile por fin adiós a Alejandría que se marcha,
y sobre todo no te engañes y no vayas
a decir que fue un sueño, que se confundió tu oído.
No confíes en tales esperanzas vanas.
Como dispuesto de hace tiempo ya, valiente,
como te cuadra a ti, que tal ciudad te mereciste,
quédate inmóvil junto a la ventana
y escucha conmovido, pero no
medroso y suplicante como los cobardes,
como un placer postrero los sonidos,
los raros instrumentos del tíaso sagrado
y di por fin adiós a Alejandría que se marcha.


Y, la séptima noche,
Por fin, se durmió.

¿Qué coño es el amor?



El niño tiene hambre
La mamá se ha ido ya
Lo han abandonado
Por un tipo del bajo mar.

El niño llora y llora
La mamá, ¿dónde estará?
Flirteando en Ibiza
Con algún alemán.

Parece que yo
Yo hago del amor
Algo caprichoso e inmoral
Respecto a ti
Sólo soy un cuenta cuentos
Y ahora estoy triste y mal.

El niño ya es un hombre
Ha sobrevivido a la gravedad
La ironía de la física
Enemiga de la sinceridad.

El amor distrae
El amor confunde
¡Ay qué coño es el amor!
¡Esas parejas que se besan y se tocan!
¡Absenta!

Parece que yo
Yo hago del amor
Algo caprichoso e inmoral
Respecto a ti
Sólo soy un cuenta cuentos
Y ahora estoy triste y mal.

El hombre ya es grande
Odia a los poetas como yo
Que mueven los hilos de las vidas
L'amour.

¡Ay, l'amour, l'amour!
Cogéis un lápiz y os creéis fantásticos
¡Yo también sé decir cosas!
¡Yo también soy maravillosa!
¡L'amour!

¿Quién habla de "les gallines"
que vuelan por la vida
de los soñadores?
¿Las colegialas que estudian con faldas
los fallos de la humanidad

El momento de la ópera en el que lloras



Se apagan las luces. Se sube el telón. La orquesta inicia el preludio. Contengo la respiración y empiezo a notar un temblor por dentro que nadie más nota.

El momento del preludio es tan emocionante como cuando le quitas la ropa interior a alguien con los labios. Es un momento sutil, intenso y enigmático.

Avanza el primer acto y ya ha comenzado la inmersión. Si por algo me gusta la ópera es porque es el único espectáculo en el que la inmersión que siento es absoluta. Ya no pienso en el trabajo, el lo que me incomoda, en las penas o en las personas. Me abandono a la historia totalmente y nada me importa más que seguir la narración. El placer puro de creer en la ficción.

A veces desearía con todas mis fuerzas poder ir a la ópera cada noche.

Hay que atreverse a cambiar de posición si no se desea perder el partido



Nunca me gustó el fútbol. Ni ahora ni en el pasado. De pequeña, sólo recuerdo que me encantaba Arconada. Ahora, tengo debilidad por Casillas.

Un momento, un momento, ahora lo entiendo: a mí lo que me atrae son los porteros. Sus momentos de soledad, su concentración en los penaltis, su traje diferente al de los demás miembros del equipo.

Los porteros, siempre intentando parar los tiros a puerta. Unas veces con más fortuna que otras. Igual que en la vida fuera del campo, cuando nos meten goles nos desquiciamos creyendo que podemos perder el partido. O subimos a lo más alto cuando el balón se aprisiona en nuestros brazos.

Me gusta imaginar a los porteros que en algún momento se atreven a dejar la portería sola, sin vigilancia, y se lanzan en una carrera frenética y enamorada hasta la otra portería. Nadie se atreve a detenerles porque son únicos, valientes y guapos. Corren y corren hasta quedarse exhaustos en el último segudo... y, casi rendidos, marcan por fin.

Regresan triunfales a su portería, a su pequeño hogar. Siguen en el partido pero saben que a partir de ese instante nada volverá a ser igual.

Han vencido.

Cielo gris + lunes + trabajo por hacer = deseo que llegue el viernes



Dos inviernos seguidos buscando el abrigo más parecido al suyo. Al fin lo he encontrado pero jamás seré como Christina.

Canción del eco, Christina Rosenvinge

Condenada por los dioses sin su linda voz
Eco se esconde en la cueva con su dolor.
El corazón mudo sólo puede repetir
las últimas sílabas que acaba de oír.
Narciso, el soberbio, ¡por Dios, qué guapo es!
Las ninfas se ofrecen ante su desinterés.

Pasea en el bosque su melancolía
nada es suficiente, su alma está vacía.
Eco de lejos le espía y suspira amor,
¿cómo confesarlo sin tener su voz?
un claro del bosque se abre para los dos,
la pálida ninfa se muestra toda candor.

¿Quién eres tú, niña loca?
(niña loca, niña loca)

Muero antes que darte un beso
(darte un beso, darte un beso)

Quiero estar solo en el río
(en el río, en el río)

No pensarás que te quiero
(te quiero, te quiero…)

Narciso recibe castigo por ser tan cruel,
el agua nunca fue tan clara ni tanta la sed.
Al ver su reflejo por fin descubre el amor
y ahogado en sí mismo se convierte en flor.
Eco de pena y locura se consumió
sólo quedó resonando sin fin su linda voz.

¿Quién eres tú, niña loca?
(niña loca, niña loca)

Muero antes que darte un beso
(darte un beso, darte un beso)

Quiero estar solo en el río
(en el río, en el río)

No pensarás que te quiero
(te quiero, te quiero…)


Ahora tú, dime, ¿qué demonios hago yo aquí?
¿Soy sólo tu espejo o me ves a mí?
¿Se me consiente algo más que repetir
cada palabra que deseas oír?
Tocas el agua, se te hunde la nariz,
la imagen es vana, el llanto no tiene fin.

¿Quién eres tú, niña loca?
(niña loca, niña loca)

Contigo haré lo que quiera.
(lo que quiera, lo que quiera)

¿No ves qué triste es mi vida?
(es mi vida, es mi vida)

Tú cargarás con mi pena.
(con mi pena, con mi pena)

¿Quién eres tú, niña loca?
(niña loca, niña loca)

Muero antes que darte un beso
(darte un beso, darte un beso)

Quiero estar solo en el río
(en el río, en el río)

No pensarás que te quiero
(te quiero, te quiero…)

Donde esté un buen plato de jamón que se quite el sushi



Tu imagen me llegó
a las seis menos diez
y no pude dormir
ni un instante después:
te confundías con mis sábanas,
te me enredabas en la sien.


Hoy he descubierto que en Spotify ya están los discos de Silvio que había olvidado, como esas imágenes que se olvidan porque duelen y luego ya no crees que sean imprescindibles. Y en absoluto es así.

Tengo revuelto el cerebro, el estómago y la vista. Acabo de descender de un viaje en noria que se ha prolongado poco -sí, no lo niego- pero que me ha dejado con la cara blanca y fingidamente serena. Dime dónde has estado, niña de cara blanca, dónde has dejado tu risa, que no está donde estaba.

Podría ganar 1800 al mes. Un trabajo estable, puentes y vacaciones en agosto. Tranquilidad aparente y mediodías comiendo con los compañeros. Podría ahorrar y tener más caprichos. El verbo tener con las cinco letras.

Cada vez lo deseo menos. Quiero seguir así, viviendo como una pequeña inmadura, a veces derrochando, a veces salvándome. La funámbula que se toma una copa de vodka antes del espectáculo de las cinco. La que vislumbra desde arriba a un público que no teme por ella sino por sus cabezas y los quince euros -con descuento- que le ha costado la sesión del domingo por la tarde.

Pobre funámbula rubia. Tan segura ahí arriba y tan aturdida en el suelo. Recordando a su madre andaluza, que le juraba que nunca se separaría de ella, todas las primaveras, los otoños, los inviernos y los veranos del mundo. Todas las lluvias y todas las fiebres.

Tal vez las promesas que se hacen a los niños son demasiado irreales para ser ciertas.

Y ahora, una simple red que se retira en el momento justo en que ella escala hacia lo más alto. La red quita emoción y público, cielo, y los tiempos no están para hacer tonterías, le escupe su jefe.

Qué sola. Qué lejos. Qué pequeña.

Se toma el pulso a sí misma, le enseñó su primer amor. Y también con ella aprendió a fumar y a quitarse el vestido sin mostrar la ropa interior. Acciones sencillas, aprendizaje sin exámenes de validación.

Conocer a desconocidos



Conocer a desconocidos con manos de arqueóloga deslumbrada. Imitar vocales impronunciables y sacarse las gafas de sol sabiendo que hay riesgo de sufrir un eclipse. Beberte cuatro copas de tinto triste porque no posee etiqueta que declare su linaje. Escribir notas de pérdida, añoranza y deseo como quien se presenta a un examen con las respuestas ocultas en el bolsillo. No creer en lo que se ve.

In memoriam Kolabora



Han cerrado el Kolabora.
Nuestro restaurante,
El de la calle Libertad,
El que era naranja,
El que nos acogió la primera vez,
Y la segunda
Y el resto.

El Kolabora lleno de humo
Y de camareros cachas
Que te preguntaban
"¿Tomáis postre, chicas?"

El Kolabora
Cerrado
Con un móvil apuntado en el cristal
A modo de epitafio.

Una letra menos
En Madrid,
Como si a la vida
Se le cayeran botones
Y todo resultara
Un simulacro imperfecto,
Urgente
Y mal improvisado.

Caen los mitos,
Los retos se funden
Y la confianza tiembla.

No importa.

No importa
Si al final alguien te recibe
Y se lamenta contigo
Por el restaurante naranja.

No era el mejor del mundo,
Pero era el nuestro.

pequeño poema inacabado por falta de tiempo, mas no de recursos

dejo aquí
algo pequeño
escondido
bajo las minúsculas
que no suelo emplear
al inicio
de las frases
y de los tragos

parezco guapa
y distinta
sin mapas
ni linternas
para alumbrar
las esquinas

oigo
que me explican
una fábula
en la que la chica
morena
ya no sueña
con ser rubia
ni con encontrarse
a un superhéroe
pelirrojo

sonrío
a pesar de que hoy ya no llueve
esperando
un tren
que me lleva
donde yo quiero
no donde ellos quieran

esta mañana
como me suele suceder
he hallado al respuesta
al enigma
pasando la aspiradora

no volveré a pasar frío
con mi abrigo nuevo

¿Quién eres tú, niña loca?



Como es tradición,
La misma canción de cada año,
Mientras a las 11:17 me tomo una tapa de jamón.

Se me ha agarrado por dentro y no me suelta,
No lo he dicho yo pero me sale
De los labios y de las manos
A pesar de que ni siquiera sé a qué me refiero.

Madrid no será lo mismo
Sin tus pasos,
Sin tu risa al salir del hotel casa,
Sin tu pitillo en la plaza.

El eco es muy peligroso
Porque sesga las frases
Por donde está prohibido
Y elimina algunas preposiciones.

¿Quién eres tú, niña loca?

Que me llevas al filo de la autopista
Y no me empujas,
Me salvas con una sola pestaña.

Por las mañanas sigo viendo
Al chico rubio de la funda de guitarra roja a la espalda,
A la chica estúpida de la panadería,
A la mujer que barre su trozo de acera
Aunque volverá a ensuciarse por la tarde.

Despegarme de ti como una tirita enquistada
En una herida más limpia que tus sábanas,
Reconocerme las espaldas
Entre ciento veinte impostoras.

Ser capaz de preguntarme
Qué demonios hago allí
Insistiendo en ocultar mi miopía
Y mis carencias
A los jueces.

¿Quién eres tú, niña loca?
Que me visto de rojo un día antes
Para celebrarlo contigo
En la cama
Llegando una vez tras otra
Y casi muriendo,
Casi perdiendo la conciencia
De que somos dos
Solas.

Los creadores invisibles o yo nunca he sido de ginebra sino más bien de vodka



- Zumo de medio limón
- Soda
- Ginebra
- Un par de cucharaditas de azúcar
- Hielo
- Un Camel

Seis ingredientes para escribir/pensar a última hora de la tarde (el vespre, maravilloso término catalán). El combinado ha sido fruto de un grato descubrimiento familiar; si se carga poco de ginebra es realmente delicioso.

De jovencita soñaba con tener un piso en el que se le pudiera hacer sitio a una pequeña barra de bar. Deseaba comprar decenas de botellas de licores exóticos y un buen manual de cócteles. Me apasionaban los combinados y aún hoy mantengo esa ilusión.

Mi casa es pequeña, no tengo barra pero sí un hueco en la cocina donde voy colocando las botellas de ron, ginebra, vodka, Campari, Martini, etc.

Qué post más profundo.

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Prefiero mil veces a la gente que se deja la piel en proyectos inteligentes, originales, emotivos y de calidad que a los oportunistas caraduras que aterrizan proclamando sus ideas "nuevas", cuando en realidad no han inventado nada.

Me hace mucha gracia la oleada de personas que aparecen en todos los medios jactándose de sus novelas interactivas, sus revistas digitales súpermodernas o sus poemas 2.0.

Ja, ja, ja.

Que quede claro que no hablo de mí ni sobre mí. Reivindico a todos esos blogueros o escritores invisibles que desde hace años están por Internet inventando proyectos: podcast, fotos, vídeos, blogs comunitarios o lo que sea. Yo no soy innovadora pero conozco a gente que sí lo es. Y me siento orgullosa de conocerlos. A los famosos no los conozco, y también me siento orgullosa de ello.

Y que quede claro también que no es envidia. Es que me dan pena las injusticias.

Que ahora salga un tipo con su revista súper moderna y que la gente se mate por conseguirla. Cuando, por ejemplo, la Revista Iguazú lleva desde el 97 (si no recuerdo mal) en la calle. Y gratis.

O que otros tipos se crean que han inventado algo sacando una novela comunitaria en Internet, ¡cuando en el 2003 ya existían!

Y podría poner más ejemplos pero es que me cansa el tema. En realidad -como siempre me pasa- no pretendía escribir sobre esto pero el post se me ha ido de las manos.

Vosotros, creadores invisibles, tal vez no salgáis en las publicaciones modernas ni en la tele pero para mí sois la más grande inspiración que tengo.

Me parece más divertido este vídeo que todo lo que esos fantasmas supuestamente modernos y precursores de no sé qué puedan ofrecer al mundo.

No dejo de pensar en O.....



La semana que viene recibiré dos noticias, pueden ser buenas o malas. Me pueden aceptar o me pueden rechazar en dos proyectos. Lo importante es que, tanto en un caso como en el otro, mi vida no dará un giro terrible.

La detective que espera. Sentada y sin despeinarse.

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Me gusta el silencio en casa. El silencio que sólo se interrumpe con el chasquido del encendedor. Como una pistola pequeñita.

"Quién pudiese ingerir un fármaco precioso"



Con los pies arrastrando. Como quien planta una semilla y se sienta a esperar que crezca. Y pasan las horas y los espejos se van ensuciando porque nadie se detiene a limpiarlos.

Todo es una búsqueda. Siento que cada paso, que cada letra, que cada golpe, está buscando algo. Estoy inquieta como un animalillo enjaulado. La historia de una cabeza con un laberinto dentro no debe de ser demasiado original. Como aquello de nuestra historia es la de media Barcelona, que ya no recuerdo si lo escribí yo o se lo leí a Almudena Guzmán. Idolatrada con un único libro. Temí leer alguna más por si me decepcionaba.

A veces una no desea ahondar más en las cosas también por si defraudan; no es cuestión de cobardía sino más bien de sentido común.

-.-. ..- .- -. -.. --- / . .-. .- / .--. . --.- ..- . --.-- .- / ..-. .- -. - .- ... . .- -... .- / -.-. --- -. / .-.. .- / .. -.. . .- / -.. . / --.- ..- . / ... .- -... .. .- / -- --- .-. ... . .-.-.-

Post musical traducido al castellano a las 10:53 h porque intento evadirme de todo lo que tengo que hacer y no me apetece



Es una canción de Mishima que me parece una obra maestra. La he traducido al castellano por si alguien no la entiende (perdón si la traducción desluce al original en catalán):

Dice que ya no te haces la cama
Y que lloras por las noches
Y cuando sales con las amigas
Dicen que comes con las manos.

Dice que llamas a todo el mundo
Incluso a antiguos compañeros
Pero yo sé que lo que tú buscas
Sólo lo encontrarás en mí.

Dice que te vieron con Joan
Un sábado allí en el canódromo
Cuando todos saben que es un imbécil
Y que le sudan mucho las manos.

Dicen que reías demasiado fuerte
Y que apostábais por los lentos
Al salir te dio un beso y después…
En fin, después no quiero saber.

También has vuelto a trabajar
Y ahora te levantas más temprano
Y el café con leche que yo te servía
Te lo pone el chico del otro turno.

Dice que no te va tan mal
Pero a mí me parece que me mienten
Porque yo sé que lo te hace falta
Sólo lo encontrarás en mí.


Res ni ningú podrà amb nosaltres



Voy a buscar a mi sobrina al colegio. Llevo un abrigo azul y unas gafas de sol más grandes que una plaza de toros. Escucho Sant Pere, de Mishima.

La llevo de vuelta a casa. No se abotona el anorak porque no tiene frío. No la regaño porque las tías no regañan; sonríen y compran cruasanes de chocolate los viernes por la tarde como regalo de fin de semana.

En días así, me siento como Shane en esos capítulos en los que vivía con su hermanito y acudía a las reuniones de padres en el colegio. Aunque físicamente no tengamos nada en común.

A ella algunos la miraban con desprecio. Mira a ésa, se parece a Patti Smith, recuerdo que cuchicheaban a sus espaldas.

La hija que no tendré.

Cuando vivía con mi madre bebía menos (la rubia escondida en la foto)




Give me a beer and I’ll kiss you so foolishly...


Lo que tenía que perder era insignificante en comparación con lo que podía obtener. Ninguna fuerza humana o sobrenatural podía pararme. Y tendría la oportunidad de ser yo misma. Sin mostrarme como una heroína, sin pintarme los ojos, sin aparentar cinco años menos. Entendería mi sentido del humor sin manual de instrucciones, no se cuestionaría mi pasado ni mis torpezas, jamás pasaría por delante de mí en ningún restaurante. No criticaría mi sintaxis salvaje ni mis discursos de más. El exceso y el insomnio podrían sentarse con nosotras mientras cenábamos. Lamería su lengua, sus muslos y su cuello. Vivir se habría convertido en una acción alucinante.

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El día de Reyes vimos la primera película del año. La mejor del año pasado. La más sublime. Nos dará suerte.

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