Paisaje de un miércoles que ahorca a junio con niños jugando de fondo en una heladería



Los finales de curso siempre me han dado pena. Algo así como una nostalgia intensa –que se sabe pasajera, por suerte- y que te deja con un gusto amargo en la garganta. Intuyes el verano y los destinos que tomará cada uno de ellos: el pueblo materno, la playa superpoblada, la montaña infinitamente lejos, el balcón con el ruido de ventilador rugiendo desde el comedor. Diferentes destinos para ojos diferentes.

Algunos se despiden de ti con un corte de manga invisible; otros, con un guiño; otros no se despiden porque, tal vez como a ti, les duele algo que no saben dónde se localiza. La velocidad de la despedida es inversamente proporcional al afecto sentido, aunque demostrarlo con una fórmula verbal sea complejo.

Me quedo en el aula. Sola. Sentada en el trono de un reino que se ha quedado vacío. Inerte. Como si nunca hubiera estado habitado. Hay algo que me retiene y que anula el gesto de levantarme. Quizás aún quede un poco de lo que allí se habló la semana pasada… aquel tema, el famoso tema nueve, el de las pistas que se dejan en la nieve.

Recuerdo que fascinó a todos los estudiantes, querían saber más, ávidos y febriles. Y yo no les pude dar más, sencillamente no había más que ofrecer. Hay cosas que están por descubrir.

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Y ahora estoy en casa. Sola y vacía. Sin saber qué hacer. Como un robot al que han desprogramado y que, al sentirse libre, no encuentra el camino. Un robot que puede saltarse todas las reglas pero que, no obstante, se queda agazapado y mudo.

La última hora de la tarde no tiene precio



Respiras hondo, alguien te ha recomendado que lo hagas. Cuentas en inglés, one, two, three, four, alguien te ha recomendado que lo hagas. Recitas versos en catalán, apaga aquests ulls meus, no deixaré de veure’t –te vale una traducción genial de Vinyoli, ahora mismo no se te ocurre otra cosa-, alguien te ha recomendado que lo hagas.

Te paras en seco en medio de la calle. Una señora habla por teléfono, un perrillo se asusta de un cláxon, un camarero sirve un café solo en una terraza a una sola. La miras, te mira. Se te desnuda el tiempo de repente y te quedas fría a pesar del sol que te cae sobre los hombros. Has oído en algún lugar que escribir empleando partes del cuerpo como brazos, manos, labios, u hombros, puede darle un aire cursi a la prosa. Lo recuerdas bien pero ahora no es el momento de ponerse exigente con la escritura.

El tiempo. Los treinta y seis.

Las recomendaciones y los apuntes son incompatibles, piensas. Y cuánto darías por tener veinte años tan sólo un día, uno nomás que te diría alguien, para salvarte y condenarte todo lo rápido que te dejara el cuerpo.

Te preguntas si aún estás a tiempo de leer R. Mas odias que la gente te hable de ese libro porque no lo has leído. Ya no te avergüenza confesarlo pero eres tan escurridiza que sigues eligiendo otros títulos. ¿Cómo llegaron esas dos ediciones a tu casa?

Vuelves a respirar hondo, por aquello de la recomendación. Aligeras el paso y llegas hasta el final de la calle en la que por primera vez te creíste única. Por aquello de una rosa entre miles. Te cuestionas dónde se debe de vivir mejor: en el inicio o en el final de la calle. Como no lo sabes, usurpas a una encuestadora y entrevistas a siete personas del inicio de la calle y a siete del final. Por aquello de las estadísticas, claro.

A través de las respuestas descubres que ninguno de ellos ha decorado su casa con sus propias manos. Ésta no era la estadística que buscabas. De todos modos, te sientes como quien saca la paella de la cocina y la planta en medio de la mesa, radiante y valiente.

Regresas a casa con la certeza -absoluta y bella- de que la última hora de la tarde es, sin duda, algo que puede cambiarte el día.

La cicatriz de tu espalda no importa (gran frase)

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¿Vives en Barcelona? ¿Sueles cambiar de la línea verde a la amarilla en Paseig de Gràcia? Entonces sabrás de qué te hablo. Un largo paseo en el que las personas con las que te cruzas se asemejan a holografías. O algo parecido que no acierto a identificar.

Hoy no estoy muy profunda. Pero soy feliz cenando gazpacho -con la receta, mitad inglesa, mitad andaluza, de mi madre- y haciendo garabatos imaginarios.

La del vídeo soy yo recorriendo ese camino subterráneo con la chaqueta en la mano y grabando algo que, en principio, no iba a publicar. Cosas del directo.

Disculpas mil, pero los nombres de las líneas de metro de Madrid me parecen mucho más salás que las de Barcelona: Pitis, Ópera, Callao, Goya, Mar de Cristal, Noviciado y, por supuesto, Pacífico, que ahora cobra un nuevo sentido.

Va por vosotras, chicas.

Tengo el bajo de Paul en mi casa, es un secreto



Estoy en casa de mi madre. He abierto el cajón de mi antiguo escritorio y había un puñado de caramelos de cereza. Ese tipo me encanta. Ella los ha dejado allí, no sé cuándo -hace días u horas-, pero el detalle me ha conmovido.

Ponerse a hacer régimen en esta tesitura es absolutamente ridículo.

Centrifugando en blanco

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Las lavadoras te revelan cosas que nadie percibe. Olor a vainilla, sabor a clorofila, color negro desgastado. Cuando centrifugan, es el momento exacto para cerrar los ojos y desear empezar de nuevo con más calma.

"Olvidé todas las leyes y olvidé la lluvia"



Frank Black antes estaba delgado, pero su voz jamás cambió. Repaso sus fotos con el grupo y las comparo con las actuales. Le veo la voz en las fotos. Sigue siendo frenética, rápida, increíble, la mejor. A veces desde el infierno, a veces desde el mejor de los cielos. Y Kim a su lado. Yo soñaba con tener un grupo como los Pixies, con cantar como ella. Sigo soñando con eso pero con menos intensidad. Ni siquiera soy capaz de ponerme a aprender a tocar la guitarra. No tengo ni idea.

A veces me pregunto qué pasa con los sueños que tenemos. De pequeña quería tener un banco para quedarme con el dinero de la gente. No era muy buena cría, no. Soñaba con ver la nieve... hasta que un día la nieve llegó a mi ciudad.

Y con la nieve, la prohibición de salir a la calle. Creo que fue la primera vez —que no la última— que desobedecí a mi madre. Salí por la puerta de atrás y enloquecí dejando mis huellas en la nieve. Me pareció lo más bello que había visto jamás. Mi madre me pilló y me obligó a entrar. Pero volví a hacer caso omiso de lo que me había dicho y salí...una vez más, y dos... y no recuerdo cuántas veces más.

Curiosamente, no recuerdo que me hubieran castigado a pesar de que mi desobediencia merecía una buena bronca. Creo que, en el fondo, a ella le enternecía mi obsesión por pisar, por probar, por paladear con los pies, aquella nieve nueva.

Me encantaría que todo sonara como The happening...

No hay nada mejor que poner un punto y final con un hello.

En menos de cinco minutos voy a comer paella así que no me puedo dispersar demasiado



Ayer en el tren un niño con uniforme se sentó a mi lado. Tendría unos siete u ocho años y era el único de sus compañeros que no gritaba o se movía como una lagartija. Se sentó con la mochila colgada a la espalda y se dispuso a hacer deberes de matemáticas. Se trataba de sumas, restas y multiplicaciones, lo espiaba con el rabillo del ojo.

Yo llevaba gafas de sol y escuchaba canciones en modo aleatorio. El niño empuñaba el lápiz como quien empuña una espada. Se llamaba Guillem y no acertó ni una sola de las operaciones.

Me encantó ese crío.

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