Si te compras una cámara de fotos, señal que estás enamorado/a



Me contaron que Gala se sentaba en esa silla, en su castillo de Púbol. Me impresionó poder estar tan cerca de aquella terracita, de aquel lugar impregnado de silencio, como ajeno a las miradas de los turistas. Pensé en qué podría pensar Gala, valga la redundancia. Me imaginé qué debía sentir, cómo se sentaría, qué bebería, tal vez. Incluso tuve la fantasía loca de apartar la cinta que impedía el paso y así profanar el espacio. No comprendo qué me pasó, duró apenas unos minutos pero me quedé embobada con aquel entorno.

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Cuando uno se huye de sí mismo es que algo no va bien. Cuando se ocupa el tiempo sin beber, sin fumar al atardecer o releyendo novelas de cuando eras adolescente, es que algo no va bien. Lo mío nunca fueron las teorías pero sigo empeñada en escribirlas a la primera oportunidad.

Casi es uno de septiembre e intuyo que este mes no me será indiferente. Las pistas que dejé por ahí los meses anteriores ya no me sirven y me veo obligada a crear otras más nuevas, más limpias, más seguras.

Ahora todas mis fuerzas y todo mi valor ha de ir dirigido a un único fin.

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Esta mañana he limpiado el balcón. Me resulta imposible pensar y actuar de forma coherente con el balcón lleno de polvo. Si tengo el balcón sucio, el alma se me enturbia. En realidad, soy una tipa muy sencilla.

A lo grande



Nos vamos!

Hotel Melancoisla ***



Después de deshacer -una vez más- la maleta, me siento tranquilamente a leer un blog que me tiene bastante enganchada. Yo no soy mucho de hacer propaganda (no por ingrata sino porque sólo leo y sigo la pista a cuatro o cinco) pero pienso que la ocasión lo merece ya que desde el principio me pareció que se trataba de una idea brillante y, sobre todo, original.

Hablo del blog Hotel Melancoisla ***

El blog representa un hotel en el que los huéspedes y el personal se mezclan y entretejen sus historias, pensamientos, divagaciones, etc. El conjunto de los personajes es realmente atractivo y es de valorar la calidad de los escritos.

El hotel es regentado por Clara Monforte y el 30 de julio inauguraba su diario con estas palabras:

Me llamo Clara Monforte y hoy empiezo a escribir este diario, después de haber cocinado 1 kg de espaguetis al burro, o mejor dicho, a lo burro. No suelo hacerlo, si mi tío me viera en los fogones se indignaría, pero a mí me gusta meterme en la cocina del hotel de vez en cuando. Hoy he hecho mi plato de pasta preferido para los días que pasan sin más, para los días que parecen no contar en el calendario -aquí hay muchos de esos-.

El día de mi noveno cumpleaños me puse enferma de la barriga y mi madre me preparó un plato de pasta blanca, me contó que en Italia se llamaba “al burro”, que quería decir mantequilla, ya que era su único ingrediente. Era el plato de pasta más suave que conocía.

Me gusta comer espaguetis al burro cuando algo falla. Entonces era dolor de estómago, ahora es un dolor de los que deben tener los poetas, dolor en el alma. Para ellos cocinaría toneladas de espaguetis al burro, para que se pusieran buenos, los poetas, y escribieran únicamente sobre las ventajas de vivir en una isla como Alejandra, porque yo, sinceramente, no encuentro ni una, pero he de fingir continuamente ante los clientes. Ellos llegan aquí ilusionados y se van del mismo modo. A todos les gusta la isla, yo la detesto. Ojalá un día mi odio se convierta en amor y los espaguetis al burro únicamente sirvan para celebrar la dicha.


En resumen, que recomiendo la lectura y seguimiento de Hotel Melancoisla ***.

Ah, y agradecer la idea a la mente siempre inquieta y fulgurante de Paola Vaggio, que administra todos los hilos y se encarga de que la maquinaria siempre funcione.

Algún día serás la portada de algo, me decía siempre mi bisabuela cuando no lograba dormir



Encerrarme un día entero a ver películas de los hermanos Marx.

Como cuando era una cría y me fascinaba ver a Chico tocando el piano y a Harpo, el arpa.

Me conmueven los genios.

Pequeña y breve oración, más que un suspiro colgando de tus hombros, para disimular las ganas de fugarme y de pintar tu nombre en veinte muros

El dinero me alcanza aún
Para un regalo y una
Venda comprada
Para arreglar algún hueso roto.

Me veo las puntas del pelo
Más rubias que nunca.
Cosa del mar,
De aquel mar
Que rodea
Los veintidós
Latidos del motor
Del coche.

A las 17:05
Nos recuerdo
A la entrada de la playa,
Pala en mano,
Intentando sacar el coche
De la arena.

A las 17:06
Nos veo
Tú y yo en pareo
Achicando arena
De las ruedas.

Y nunca fuimos al desierto.

Cuando volví de pedir ayuda
Esperabas fumando
Y bebiendo cocacola
En aquella cafetería
Del fin de la isla.

Al verte allí
Pensé que
Al diablo el coche,
El seguro
Y la grua.

Porque lo realmente necesario
Es que nuestros bikinis
Regresen juntos.

Pequeño duelo nocturno para que se me cierren los ojos y deje de ver tu escote moreno

Como todo empieza,
Todo acaba.

Han sido unos días
Veloces y serenos
Con sus intervalos
Espesos
Y de delirios
Tremendos.

Una lamparita blanca,
Sábanas azules,
Cocina gris
Y camas de madera.

Me voy yendo lentamente
Haciendo un ruido
De fantasmilla rubia
Que no se ruboriza
Cuando el tipo de la bici
Le silba por detrás.

Voy sacando el flequillo
Y me arreglo bien las sandalias
Que las vías del tren
No se inventaron para equivocarse.

Los cajones vacíos,
El congelador
Descongelado
Y la nieve artificial
Secándose al sol
Bajo las parras.

Me voy yendo
Para volver
Allí
Al norte
Que no me cuida
Pero que me da aire.

Me voy yendo
Por no quedarme sola
Y malherida
Que lo de ir la primera
En el pelotón
Nunca fue lo mío.

Como todo empieza,
Todo acaba.

Pequeño rezo nocturno para ahuyentar los miedos, los temblores del alma y de los ojos, y la sed a medianoche

El efecto esquivo
Del cristal
De la ventana
Del segundo piso
A la derecha
De las escaleras.

Gracias a
Ese efecto
Veo una doble
Luna llena.

Algunas personas
Se tiran a la piscina
Con las luces apagadas
En las casas vecinas.

No lo veo
Pero escucho el chapoteo
Y el roce del pelo en la toalla.

Aquí, en esta tierra
Se agudiza el oído,
El paso firme
Y las eses finales.

Mas
Ver una luna llena doble
En ese cielo
En esa ventana
Y en esta casa
No se comparan
A fumar contigo
En esa placita.

Pequeño relato diurno para cuando ella despierte de su siesta

Mientras duermes la siesta, me apresuro a inventarme una historia para que la tengas bien fresquita al lado de la almohada...

La pequeña que se leyó una novela bien breve en tres suspiros. La pequeña que empezó la lectura algo incrédula y algo orgullosa de sí misma. La pequeña que terminó el último párrafo, emocionada y con una lágrima en la garganta.

Podría explicarte la historia de la pequeña.

O podría dejarlo todo en unos cuantos puntos suspensivos y llenar el mensaje explicando que hoy me he comprado dos pantalones y dos blusas. Que he desayunado estupendamente y que he pedido pasta italiana en tu honor.

Pero eso no sería explicarte la historia de la pequeña. Y eso es lo que realmente deseo hacer ahora, antes de que termine tu siesta.

La pequeña que ha sobrevivido al naufragio del capítulo central y que se ha imaginado el rostro de la chica enferma de no se sabe qué enfermedad. La pequeña fascinada ante los cuadros en blanco de aquel pintor que finalmente consiguió pintar el mar. La pequeña que se ha hospedado en aquella pensión y que no se ha atrevido a abrir la séptima puerta, la del huésped misterioso.

La pequeña que se siente orgullosa al releer la dedicatoria del libro. Una historia que sólo me pertenece a mí.

La pequeña que siente/necesita/desea ser única entre millones. Que para eso es pequeña y se jacta de ello. Aunque sabe que para ser gigante tan sólo le basta con encenderse un pitillo y salir de casa con las gafas de sol bien puestas.

La pequeña que se da prisa por terminar el relato, que apenas roza el teclado para no hacer ruido...

Y que envía el mensaje a más de mil kilómetros... para que llegue pronto, pronto... en el momento justo...

La frase

Te amé porque el deseo que sentía por ti era más fuerte que cualquier felicidad.

(pág. 170)

Me he quedado atravesada por la frase.

Atravesada.

Flash.

Me ha salvado la tarde.

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Si cierro los ojos y pienso en su boca, en su olor, en sus manos, en su cuello, en sus hombros. Si pienso en todo eso. El mundo se ablanda y creo, al instante, en mi alma algo más limpia.

Si me concentro, puedo revivir incluso el momento justo en que me atravesó el rayo. Y la lluvia. Y su pelo. Y todo aquello.

Y podría repetirlo. Y escribírmelo de nuevo. Pero quiero ser tacaña y no gastarme las imágenes.

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En esta noche de lunes la deseo como nunca antes había deseado a nadie. Casi tanto como cuando soñaba con una novia que tocara en un grupo de rock, que escribiera bien y que, encima, estuviera buena.

A veces pienso que me he escrito a mí misma un guión amañado y lleno de trampas.

Qué diablos.

En esta noche de lunes, en plena Andalucía, la quiero como nunca antes había querido yo a nadie.

Qué sencillo lo digo.

Pero es que no hay nada más.

Bebo agua para recordar más...

No leas el post porque es terrible y de mal gusto, tiempos mejores llegarán... tal vez

Otra vez el pánico. La llamada no llega y mi estrategia de olvidarme del tema no ha servido para nada. Después de estar siete años dando tumbos estoy algo harta de no poder echar raíces en tierra firme. Supongo que lo que escribo debe parecer inconexo y fuera de lugar. Total, son vacaciones, no queda nadie conectado y seguro que me leen cuatro gatos. Bienvenidos sean.

Intento no pensar pero en este lugar es imposible. Le doy vueltas a la cabeza y me finjo ante mí misma un papel que no me creo. La enrrollada y la simpática. Y una mierda. Cuando lo único que deseo es que no mire nadie y esconder la cabeza debajo de la cama.

Debe ser el síndrome pre-regla o algo de ese estilo. Demasiadas coincidencias. Y ahora sí me fumaría un pitillo pero en estas dos semanas de retiro me lo he prohibido. Y lo he soportado bien. Hasta ahora. El bajón. El mono. El delirio tremendo.

La maldita llamada no llega y estoy harta de esperar. Los positivos me dirían que hay que seguir adelante, plantar cara al asunto y comenzar de nuevo. Pero es que estoy bastante quemada y harta de tener que demostrar que sí, que lo que hago lo hago más o menos bien.

Total, que es una mierda de día. Y me arrepentiré un montón de haber escrito todo esto porque, al fin y al cabo, agradecida debo estar de que aún me lean. Y encima transmito este mal rollo.

O es que me siento mal porque me he comido la doble ración de helado que me han puesto para comer. Como los peces, que se lo comen todo, que si les pones demasiada comida los muy imbéciles se la comen toda y entonces se mueren del empacho.

Bien pensado, es una historia bien triste la de los peces. Pero a algunas personas les sucede lo mismo, que se lo tragan todo y al final explotan y estallan en mil pedazos.

Me resisto a tragármelo todo. Mi problema -uno de los muchos que podría citar aquí- es que me creo los presentimientos. Yo solita me los creo, y empiezo a sospechar que me los invento. Con su correspondiente nudo, planteamiento y desenlace. Se nota que escribo en directo y sin retocar, está claro.

Ayer estuve a punto de ir a misa pero al final no pudo ser. La blasfema rubia entrando en la iglesia hubiera sido demasiado fuerte. Si no deseo que me miren no debería hacer ese tipo de cosas.

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Me gustaría quedarme en casa llorando bajo el sol en la terraza. Sin saber porqué lloro o por quién. Sin saber si es por pena o por rabia. Porque no sé cómo cambiarme la piel, que la siento demasiado sucia y, lo peor, que ensucia a lo que la rodea. Yo ya me entiendo.

A lo mejor es que no me creo. A lo mejor es que no me creo. Si al menos fuera Carol en el mundo real, el de fuera, tendría algo más de valor.

Estupideces.

Sólo estupideces para llenar el tiempo vacío.

No estoy mal, la gente que está realmente mal no es tan imbécil ni malgasta el tiempo escribiendo.

La gente que realmente está mal escupe a la tierra y brotan balas.

Queda mucho verano y nunca he visto una medusa

Comprobado. Si llevas escote, los tíos te miran como una cosa mala. Y da igual que tengas más o menos, que la blusa sea más o menos fea, que seas alta, baja, estúpida o extrovertida. Te miran el escote. Te miran al escote. ¿Cómo se dice?

Que no lo censuro a estas alturas, oye. Que es sólo la reflexión del día. Que ya me pesa estar aquí y me subo por las paredes.

Y encima sigo sin perder barriga.

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Ayer me puse El gran dictador y lloré con el discurso del final. Manido y típico, tal vez, pero qué le vamos a hacer, yo es que siempre he sido muy de Chaplin.

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Para seguir con el post inconexo, diré que estoy sola en casa y que tengo miedo. Que escucho cualquier ruido y me tiembla todo. Que a estas horas no puedo llamar a nadie -es tardísimo- y no me apetece demasiado escribir.

Qué solos están los solos.

Nunca digas "no me haré otro tatuaje"



Calor. Paseos de más de dos horas. Granizados de limón en el congelador diminuto. Internet por velocidad de descarga. Apuntes de trabajo en una Moleskine.

Me miro a la cara. Poco tiempo, el justo. Me miro el cuerpo. Se me esfuma el moreno, se me cae la piel y el body milk no frena la tragedia. Problemas de hamburguesa, pensarás.

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Hoy explicaba una chica en la tele que Tatuaje fue una copla muy transgresora para la época: una mujer bebiendo aguardiente en el bar del puerto, sola, entre tanto marinero, y fumando. Por entonces aquello debía ser alucinante.

A mí siempre me encantó lo de "era hermoso y rubio como la cerveza". Fascinante.

Intento -en vano- escribirte algo así pero no me sale. Sólo consigo que se me escapen los ojos, errantes y perdidos, hacia el norte.

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