Seis pensamientos nocturnos para aliviarme las cervicales y los labios de no poderla besar esta noche

En un excel me he puesto los gastos, los ingresos y el ahorro mensual. He ido más lejos y he añadido la fórmula para que me salga el total anual. Pero para eso tendré que esperar a que termine el año. Me ha quedado chulo, pero vamos, que no es que sea una fanática de los excel. No estoy tan enferma. Ni tan pobre.

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Quería unas botas marrones pero no las encuentro. Es que, claro, mi petición es super restringida: no quiero botas de caña de buenorra, ni de aviadora, ni de pilingui, ni de siniestra. Botas de detective, simplemente eso.

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Me he encontrado con uno de mis jefes en el bar de la facultad de letras -no procede explicar qué hacía yo allí- y me ha confesado que la cosa está difícil. Y si te lo dice tu jefe, ya te lo puedes creer. Mejor no pienso.

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Pedí salir en un anuncio de un minuto de duración y ni me respondieron. El caso es que era para hacer un favor, ni siquiera pensaba cobrar. Odio a los que no responden. Supongo que no doy el tipo. Demasiado ruda. Demasiados pitis, tal vez.

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Mañana no cogeré el autobús. Iré caminando hasta la estación, aunque tarde 40 minutos, me da igual. Paso de abuelas llevando a los críos al colegio y amas de casa agobiando.

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Creo que es hermoso recordar que todo un país se quedó paralizado/extasiado la nochevieja de 1987 -aún puedo recordarlo, fue una locura- cuando se vio en televisión lo que se vio. Estas cosas ya no pasan, o todos estamos inmunizados. A la mañana siguiente, todo el mundo hablaba de aquello, ni política, ni economía mundial, ni guerra. Qué felices y qué limpios, mucho más que ahora.

Duermo de un tirón y vivo en peligro constante por defenderte de los malos

Me duele el cuello de hacer de pianista imaginaria. Ayer estuve caminando durante dos horas seguidas. Entré en muchas tiendas, busqué las botas marrones que estaban rebajadas pero alguien las había comprado y finalmente me quedé sin ellas. En esta vida hay que ser rápido, porque si no lo haces pierdes el trofeo.

Por eso dejé a mi novia cuando la conocí.

Me habría lanzado de un tren en marcha. Habría engullido medio kilo de brasas ardiendo. Me habría cambiado el apellido. Habría vendido mis cuerdas vocales.

La rapidez en la vida. Los reflejos. El ser simpático y social. Pero, ¿quién se ocupa de los solos? Demasiadas preguntas, esta semana no tengo casos por resolver y eso para mí es peligroso. El ocio para mí es una bomba de relojería. Sin casos y sin dinero porque, claro, yo cobro por horas. Como las putas.

A veces me siento como si llevara una escalera en la cabeza. No sé si es malo o si es bueno. Si pienso en los nuncas me sale una lista extraña y súbita: nunca he comido ancas de rana, nunca me han operado de nada, nunca he robado dinero a nadie, nunca he hecho paracaidismo, nunca he tenido un novio formal, nunca me he enrollado con una amiga, nunca he falseado mi edad, nunca he viajado a New York, nunca he sido monárquica, nunca he sentido miedo de volar.

Qué pesados con Obama. Mira, a mí me repatea toda la parafernalia que se montan los americanos, que si el conciertazo (diosss, cómo odio a Bruce Springsteen), que si el baile romántico de los nuevos presidentes, que si tal que si cual. Venga ya, lo radical es que el país lo hubiera gobernado una mujer. O un gay. Pero eso no creo que lo veamos. Bueno, ya pueden todos los progres fans de Obama echarme los perros (nota a pie de página: ojo, que Bush no era santo de mi devoción, pero es que en este país cuando criticas a la izquierda –por ejemplo- ya te tachan de fascista y eso no lo tolero).

Me voy a cenar. Últimamente tengo más hambre que siete elefantes y cuatro tigres juntos. Qué poca inspiración.

Lo que dure el eclipse. Un suspiro. Un estornudo. Un disparo. Caer un alfiler. Cerrar los ojos. Subrayar una palabra. Volver al invierno de las penas un segundo, amedentrarse –comer almendras a tu lado- y cuestionarse el color de pintalabios. Yo siempre fui más de tonos marrones que de rojos.

La certeza de hoy es ésa.

Yo necesito recambios, todos necesitamos recambios



Cosas que nunca te dije me sigue pareciendo la mejor película de Isabel Coixet. La película que a mí me hubiera gustado hacer algún día, si hubiera sido guionista o directora o productora o realizadora. O yo qué sé.

Lo que un día quisimos ser pero al final no fuimos.

Al final resulta que todo es efímero, como los colirios. Hubo una época de mi vida en que usé mucho colirio y también mucho jarabe para el dolor de estómago. Pero lo del dolor de estómago es otra historia.

La caducidad de los colirios siempre me pareció algo irritante. Cuando los necesitaba ya se me habían caducado. Un mes. Veintiocho días. Ahora ya no utilizo colirios, pero mi madre sí. A ella le apunto en el calendario el día en que le caduca el frasco, se lo marco con un círculo azul. El rojo siempre me pareció agresivo y nervioso.

Si fuera profesora, jamás utilizaría rojo para corregir los exámenes.

Pero el tema no era el colirio, como es de suponer. Se trata de comprobar que por primera vez en mucho tiempo he sido capaz de ver la película de Coixet sin pararme en una de las primeras secuencias. Sin sentir la bola de billar en la garganta.

Pasé muchos años de mi vida con una bola de billar atascada en la garganta. Como esas tuberías que se empeñan en atragantarse una y otra vez. Pero el tema tampoco es la bola de billar. Ni sus consecuencias.

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Me he quedado delante de la pantalla. Mirando mi llavero de toda la vida. Mirando el colirio de mi madre porque se lo ha dejado olvidado encima de mi mesa. Tengo los pies fríos. No me voy a poner el pijama esta noche. Quiero dormir en tejanos, no, tendré insomnio en tejanos.

A veces me lavo los dientes dos veces seguidas. Una, cuando llego a casa algo borracha; dos, cuando me siento angustiada.

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Cosas que nunca te dije será siempre una gran película.

Qué pereza leer un post sin párrafos (quien avisa no es traidor)



Entro en calor desde el frío y me desarmo ante su voz. Intento rimar conmigo misma antes de cenar. Escribo "favorita", "preferida" y otras palabras calculadas en un cuadernito amarillo, bien amarillo. Al final estamos solas ante los doce meses. Sin propósitos, ni tarjetas de felicitación. Tengo más de cien faltas y bolígrafos sin estrenar. Esta noche me da pereza separar las ideas en párrafos, demasiado frío en la calle, demasiada cena. No consigo cocinar para una. Me sobra pan o me falta queso. La macedonia del día de Reyes me quedó tan buena que nos dimos de puñetazos por repetir plato. El móvil se me ha vuelto loco y no puedo enviar mensajes, así que no tengo más remedio que llamar a todo el mundo si quiero dejar alguna idea loca o un presupuesto serio. No echo de menos mi antiguo trabajo, en absoluto. Ahora salgo del tren y me voy caminando a casa con las manos en los bolsillos, con el placer de regresar con treinta y pico euros en la cartera y tres cigarrillos menos. Cada vez tengo menos nombres en la agenda. Ya no me pone triste. Y sé que cada vez serán menos. cada vez menos. Y menos. O tal vez desaparezcan para siempre. A ella le pedí que se quedara y se quedó conmigo. No le pagué ni con eclipses ni con cenas absurdas. Tengo casi ochenta chocolatinas escondidas bajo la cama. Es muy egoísta, lo sé, pero es que en esta casa el chocolate es más valioso que el petróleo. Qué cansadita estoy de Carol, prefiero a Abril, que me da menos fatigas y tiene la cabeza más lejos del suelo. No me cuestiona la ropa que me pongo o la caligrafía. Me harté de contarlo todo y ahora sólo hago resúmenes de los momentos más importantes. Una especie de traficante de recuerdos invisibles. Debería comprar otro frasco de perfume, tan sólo me quedan unas gotas. Qué ganas de despertar a los vecinos y que se vayan al trabajo con más ojeras que yo. Me aburro mucho cuando tengo que salir sin ella. Cuando me invitan a algún acto estúpido y no la puedo colar conmigo. Cuando no me permiten reservar para dos. Y los jerseys de lana me lloran encima del cuerpo. La echo de menos cuando hago de pianista imaginaria y recibo premios y ella no está entre el público. Cuando estoy en el trabajo y necesito sus ojos entre los de los otros. Cuando me pongo a caminar por esas ciudades que ella desconoce y no la llevo de la mano. Cuando cambio las sábanas y no me cruzo con su pelo. En mi actitud no hay nada original. Em deuria enamorar perquè de sobte em vaig sentir tan sol. Mi madre me ha explicado una receta de ensalada que comía de pequeña y me ha parecido alucinante mezclar esos cinco ingredientes tan raros, pero es un secreto entre mi madre y yo. Las luces de navidad siguen puestas en mi calle pero esta noche no las han encendido. No pienso decidir nada. Al que se ría, le parto la cara. Me he cansado de envidiosos, de graciosos y de rebajas falsas. Sigo aburriéndome mucho sin ella. A veces me pregunto qué era de mi vida antes de todo esto. Cómo lo soportaba. La pequeña adicta al trabajo y a los vodkas. Me bebí todas las cocacolas sin cafeína de Chueca en una sola noche. El camarero me decía que era la última pero siempre quedaba otra "última". Qué bueno el vodka negro con grosella. Quiero una barra de bar pequeñita para ponerla en el cuarto de baño. Quiero más vacaciones, poco dinero, unos vaqueros y tenerla cerca. Es que me aburro así que me pongo a tocar la batería imaginaria aunque no se me da tan bien como el piano, la verdad. Los trenes no están nevados. Vamos a ir a Venecia antes de que se hunda.

Nos hemos casado en Girona, ssshhhsss



Comenzar un villancico con el sonido de un tren es la pista que se me escapó. Tampoco debo ser tan buena detective. Pero qué bien me siento ahora, cuando por fin lo he comprendido todo.

Mientras escribo estas líneas –las primeras del año- está nevando, los coches y los contenedores de basuras se ponen blancos. Intento no pensar en el despertador de mañana a las seis. Problemas de hamburguesa, para variar.

Me quemé cinco dedos al coger una fuente de cristal recién salida del horno, no se había enfriado y mi error fue ser demasiado rápida. Me comí la trucha con jamón llorando por dentro. La verdad es que me daba mucha vergüenza llorar un domingo al mediodía. Hoy ya no llevo vendas y los niños han dejado de llamarme Eduardo Manostijeras. Siento un poco las yemas de los dedos como cristal de bohemia, intento no pulsar demasiado fuerte las teclas. Pero yo soy de las que escriben atravesando el papel. Aprieto demasiado algunas veces.

Jamás imaginé que iba a pasar este fin de año en Madrid. En la Puerta del Sol. Con mi chica. Besándonos como dos extranjeras, felices como salvajes después de las doce campanadas. No voy a describir lo que sentí en esos momentos porque no es nada parecido a lo que sale en la tele, ni siquiera a lo que me imaginé años atrás. Es mucho más. Es algo más grande. O tal vez se deba a que estamos colgadas de Madrid y entonces todo nos parece sublime.

No fingimos estar en Madrid porque estábamos realmente allí.
Ahora no sé si voy a saber caminar de nuevo por las calles de Barcelona. Tendremos que reaprender muchas cosas. Los Reyes Magos –tú tenías razón- lo saben todo de mí.

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