La navidad no está en ningún lugar, ahora lo sé, lo entiendo, y me guardo el secreto para no perderlo



Salí de trabajar y esperé el autobus de las 20:06 h. Encendí un cigarrillo aún sabiendo que no iba a tener tiempo de terminarlo porque el autobús llegaría antes de que lo consumiera. Allí estaba. Alcé la vista y la vi. No fue una visión, quiero creer que no lo fue porque en mi vida he estado más cuerda. Nunca fui mística, ni espiritual ni nada de eso. Es más, esas historias suelen hacerme mucha gracia pero… la estrella de Oriente estaba justo delante de mi vista, detrás del edificio de una productora de televisión bastante conocida.

Y no fue una alucinación. Hasta ahora no lo había contado porque me daba algo de reparo pero a estas alturas creo que ya nos conocemos lo suficiente como para que me guarde más cartas bajo la manga. Es que ya no me caben más.

La estrella de Oriente avanzaba a una velocidad casi de vértigo. Vino mi autobús y tuve que dejarla allí. El misterio. El miedo. La creencia. El interrogante. Tantas cosas que se agolpaban en el pecho que decidí respirar poco a poco para no temblar demasiado. Siempre he sentido vergüenza de que los desconocidos sepan que tiemblo. Manías mías.

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Os contaré un secreto. Es la primera vez en mi vida que paso las navidades sin trabajar. ¿Habéis trabajado alguna vez en el sector comercio? Los que lo conozcáis sabréis lo duro que es. Vender regalos a los clientes y no disponer tú misma de tiempo para comprarlos. No poder ver la cabalgata de Reyes. Trabajar los festivos, salir con cara seria y sin saliva. Sin ganas de nada. Sin ganas de que te hablen. Harta de soportar a clientes petulantes y engreídos. La vida de los dependientes es digna de novela. Algún dia escribiré un post más digno, que el tema lo merece.

Por eso este diciembre es especial. Tan especial que me desborda, que me siento libre, y eso es algo que nunca había vivido. Trabajando desde la adolescencia en estas épocas.

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Fuimos al cine y al salir estábamos rodeadas de policía, furgones, ambulancias y otros objetos propios de revueltas y manifestaciones. Un helicóptero rondaba la zona como un abejorro gigante.

Lo primero que pensé fue que se trataba de un atentado pero, al preguntar a la gente, nos dijeron que no era nada de eso. Curiosamente, no pudimos ver la noticia por televisión y aún no sé si fue el azar o la censura de la izquierda.

Lo importante es que la película fue espectacular. Que al salir del cine vi mi vida pasar en segundos, como si me fuera a morir, pero que no le dije nada porque pensé que no me saldrían las palabras buenas sino las nostágicas y no era el momento.

Nuestro tercer diciembre.

Y el corazón tan rojo como el de Otto, el piloto.

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Si pudiera haceros un regalo, ahora mismo sería un pase para ver My Blueberry Nights. No sé encontrar un regalo mejor. Ojalá os guste tanto como a mí.

Gracias por dar tanto. Por estar leyendo todas estas noches.

Ojalá veáis esa estrella.

Me lo repito porque es cierto, porque me quemé el labio superior pero hoy se me ha curado de repente



Después de mil años, pasé la tarde del sábado pintando con colores y recortando figuras mínimas. Como si nunca nos hubiéramos ensuciado, como si aún tuviéramos veinte años.

Todo es cierto.

Hi ha un escola perduda al mig del Montseny
On només hi estudien els nens que somien amb truites
És l’escola dels somiatruites
On només hi estudien els nens que somien amb truites.

I el Joan que somiava que el seu llit tenia ales
I a mitjanit despegava i volava, volava i volava.
I la Lídia que somiava que el seu nóvio era un llop
I es passaven les nits senceres udolant sota la lluna plena

Au, au, au i auuuuuuuuuuuuuuuuuu

I la Fina que somiava que respirava sota de l’aigua
I mai s’ofegava i es feia unes arracades amb perles marines
Ah ¡ i a més i a més era íntima dels dofins i els taurons i les gambes.

I la Marta que somiava que la terra era quadrada
I se n’anava a passar les vacances a una altra galàxia.
I el Fidel que somiava que li fotia una pedrada al rei d’Espanya.

I el Gerard que somiava que era un gat
Que somiava que era en Gerard que somiava
I la Joana somiava que el seu pare mai la pegava
I la Roser que somiava que la mare mai la renyava
I la Cristina que se n’anava xino-xano a la Xina
I parlava xinès de la Xina :
Xino xao, xao xao ping, xano xino, xino xano

I l’Albert que somiava, somiava, somiava i somiava
I de tant que somiava mai no es despertava
I a l’escola és clar mai s’hi presentava
Però la senyoreta mai li posava una falta i sempre
l’aprovava
I és que l’Albert estudiar no estudiava
Però somniar carai si somiava

Carai quina senyoreta que simpàtica que era
I somiava que era una marreca que somiava
que cantava com una gitaneta a les nits de lluna :
ole, ole, ole....

Hi ha una escola perduda al mig del Montseny
On només hi estudien els nens que somien en truites
És l’escola dels somiatruites .

I el Ramon que somiava coses tan estranyes
Que és impossible explicar-les
I en fi sobre les coses que somiava la Laura
És millor no saber-les.
I és que hasta el conserge pintava escoles sense muralles,
ni classes,
Ni reixes, ni mestres, ni tonteries d’aquestes,
Amb finestres obertes per on feien carreres
els somnis dels nens i les nenes

I mentrestant la Fina nedava amb sirenes
Gluglgugluuuuu........

Breve poemilla nocturno que aspira, tan sólo, a que lo leas antes de dormir

Me he recortado
Con unas tijeras minúsculas
Y brillantes.

Ya no la escribo.
Ya no la recuerdo.
Ya no la tengo.

Me he puesto sin querer
Ropa interior
Desconjuntada.

Ya no la temo.
Ya no la beso.
Ya no la sigo.

(La duda)

Me he enterado
De fotos,
De chismes
Y semáforos viejos.

Opciones de vida,
Agendas perdidas,
Algo de calma,
Y celdas bajo el agua.

Siempre me gustaron
Los que pierden los premios,
Los que atraviesan el desierto
Fumando,
Los que no bajan al mar
A buscar desechos.

Los discos duros externos
Te los llevas donde quieres
Pero nunca intentes
Vaciarlos
Y tragarte
El contenido
Con un vaso.

Me sobran vocales,
Me faltan cuerdas
Que me aten al suelo.

Siento que si duermo de nuevo, voy a volver a la realidad y el golpe será tan exagerado como todos los que suelo describir



Esta noche he dormido unas cuatro horas, como la noche anterior más o menos. Qué extraño todo, qué lejano, qué separado de mis notas a bolígrafo negro, de mis gafas impecables.

Nunca nos había llovido tanto en Madrid. El sol, “arrogante y español”, no salió apenas y gracias a ello nos besamos bajo el paraguas en la Gran Vía, en la calle Infantas, en la calle Libertad y creo que en la calle Tetuán.

Nunca me habían parecido tan bonitos los nombres de las paradas de metro. Quedar en Antón Martín, seguir la calle Huertas y llegar hasta la Plaza mayor.

La plaza Mayor y sus inaccesibles pisos en venta o alquiler. La plaza Mayor a oscuras y nosotras fumando un cigarrillo mientras los tipos de los puestos se alumbraban con velas y linternas. Las fotos difíciles en la plaza Mayor. La emoción. El cansancio de pies pero no de labios.

Que a mí se me siga poniendo un nudo en la garganta cada vez que entro en la plaza Mayor, es algo que intento explicarme cada vez que sucede. Pero no todo se puede explicar en esta vida. No todas las fórmulas son conocidas por el público.

Dejé mi blog abierto en varios ordenadores del edificio de Telefónica de la Gran Vía, en un mínimo acto vandálico que improvisé. Como quien deja un mensaje en una página de libretita a cuadros y luego arruga el papel y lo lanza a una papelera situada estratégicamente.

Mi abrigo azul secándose de la lluvia en el toallero del hotel. El balconcito de suelo antiguo. Los cuadros de la pintora indie (mi caso pendiente de resolver). Las historias de las chicas de acento andaluz con las que compartimos dos botellas del mejor vino blanco de todo Chueca. Por fin os vimos juntas. Qué importantes son esos momentos. Qué suerte. Y la chica que bebía pacharán como quien bebe un licor mágico, con las manos bonitas y los ojos nuevos de quien tiene tan sólo veintipocos. Un cenicero lleno de colillas y de buenos deseos para ella y para su amiga. Si fumas bien con alguien eso significa algo bueno, sin duda.

Su paraguas olvidado en el museo. Un ejército de vigilantes buscando pistas para poder encontrarlo. La réplica perfecta de la estatua del ángel caído. La fascinación por el lado oscuro. La exposición de Star Wars a la que no fuímos.

Las luces del paseo de Recoletos. El rabo de toro en un bar de estilo granaíno. Las croquetas de la calle Tetuán. El AVE que deja ver paisajes nevados, veloces, limpios, deshabitados para que nadie los desgaste.

Su ropa interior sobre la cama. La ducha a base de geles de baño diminutos. Las toallas blanquísimas de nieve. Su pelo en Madrid. La lluvia de fondo. Sus labios en Madrid.

Creo que ahora entiendo el motivo de esta admiración desorbitada, exagerada, por Madrid.

Y es que todo se lo debo, al final, a ella.

Y si nunca nos hubiéramos besado en la plaza Mayor, y si nunca hubiéramos hecho el amor –como dos linces– en todos esos hoteles, posiblemente, todo esto nunca habría sucedido.

En bucle el último CD de C.R. (qué acordes tan oscuros, qué precisos, qué preciosos)

No releo los posts. Los míos, casi nunca. Soy demasiado hiperbólica y eso me pierde. ¿Cuándo entenderá la gente que si este blog se llama "narraciones" es por algo? Me baso en un 95% de ficción y el 5% restante lo tomo de lo que vivo. Nada más.

La aclaración es para que sepa que ha sido tan sólo un mal día. Pero que yo voy del infierno al cielo en una calada de pitillo, en lo que dura una campanada.

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La quiero tanto que me mareo. Y si hoy me he caído ha sido porque trabajar casi doce horas seguidas me ha desquiciado. Porque no podía escaparme para ir a buscarla.

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Y siempre me dice que "lo importante es lo importante". Y ahora veo que lo importante en este momento es saber que volveremos a tomar un avión juntas mañana.

Y que este mediodía me he comido un bocata de salchichón frente a una estufa. Y era la estufa que ella trajo para aliviarnos del frío.

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Paola me alivia de todos estos pequeños precipicios.

Ha sido como un eclipse, como la canción de C.R.

Qué triste. Qué triste. Pero qué día más triste.
Triste.
Triste.
Y más triste.
Qué arrastrada que he llegado a casa. Qué sucia. Qué manos tan limpias, sin embargo, pero qué ojos tan lejanos.
Como una pala que te entierra. Como un clavo que se vuelve en tu contra.

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Que yo también lloro, que yo también me derrumbo. Maldita sea, y mil veces sea maldita, que los insultos los digo siempre en castellano porque me suenan más cerca del alma.

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Tercera parte de nada. Tercera parte porque la primera y la segunda me parecieron una mierda. Y tengo ganas de partirle la cara a un par de personas. Y ganas de decir que estoy en contra del plan de Bolonia, porque es una porquería, porque puedo dar muchos motivos, porque con ese plan iremos al fracaso, porque sólo estarán contentos los profes vagos, porque...tantas cosas, que no es el momento ni el lugar.

No me queda ningún as en la manga, ni en las botas. Esta noche me siento más sola que los perrillos en las tiendas de animales cuando se apagan las luces.

Ni siquiera ha vuelto a llorar.

Todos tenemos derecho a sentir lástima de nuestras acciones. Hoy he visto una secuencia de El club de la lucha y casi me pongo a llorar. No diré cuál porque eso es sólo mío. Dejadme el derecho a ser egoísta, por favor.

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Cuánto daño. Cuánta soledad. Cuántas pérdidas. Quiero falsificarme a mí misma y que desaparezca de una vez esa tipa que se llama Carol, que se fuma mi tabaco y que ensucia mis copas. Que desaparezca porque me da miedo, porque no la entiendo y me está disparando por la espalda.

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Había una cuarta parte y yo no me di cuenta. No me di cuenta y me creí única. Arrogante y bien guapa. Engreída y perfecta. Había un prólogo y lo pasé por alto. Yo, que leía todas las notas a pie de página; yo, que acudía a los clásicos como quien se toma un café. Había una parte que todos conocían menos yo. Y así dejé de comprarme ropa, de beber vino blanco en las comidas del fin de semana. Dejaron de gustarme los pasteles.

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Harta de salvar sin salvarme yo.

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