Que lo importante es ser la cuarta, no la cincuenta y uno



(Aviso: no leer si no se ha visto todavía la última de Woody Allen)

He visto Vicky, Cristina, Barcelona en versión original y subtitulada en castellano. Y ha estado muy bien porque las voces sonaban aquí mismito, tan reales que parecía que estabas allí, como en las pelis de los hermanos Lumière. Esta peli sí que hay que verla en versión original. Sí, sí, sí.

Al ver a PC me he visto a mí. La secuencia en la que ella se burla de la palabra en chino que pronuncia Cristina me parece espléndida. Vernos en otros puede ser bueno o puede ser malo. No, espera. Es bueno.

Tan cercana me parece PC como odiosos los Giulia & los Tellarini. Repuaj.

Y de Barcelona no hablo.

Llevo días con las pestañas demasiado largas, debería ir a la peluquería un día de estos.

Indultar a un toro que se llama Idilio me parece romántico, pero romántico del XIX.

Una agenda roja, un boli demasiado caro, unas bambas gastadas: si eres capaz, plántame cara



...así que he desistido en mi intento de escribirme a mí misma una carta. Resultaba demasiado patético. Demasiado doloroso, tal vez. Últimamente me quejo cada tres minutos. Y lo bueno es que tengo ganas de quejarme.

Podría contar que el lunes volví a encontrarme con la chica de la bufanda amarilla. Y que por primera vez fue amable conmigo, que me saludó al entrar y que me prometió que me devolvería el libro que le dejé. Era como si se hubiera bebido un zumo de margaritas o algo de ese estilo. La chica de la bufanda amarilla me enseñó por primera vez las manos como quien enseña una escalera fabulosa de póker.

...así que me he puesto de nuevo a escribirme una carta a mí misma.

Me he editado, me he cortado, me he pegado. Y a cada corte me dolía un poco más. Me ha salido un desorden de ideas y de mezquindades invisibles. Mi conflicto con lo invisible ya es de novela. Si es del XIX, mejor.

La carta. Sigue invisible. Pegada, cortada. Pero sin una sola trampa, que jamás fui tramposa.

No sé aparentar la edad que tengo realmente, es algo extraño, inverosímil, que me hiere cuando alguien lee mi currículum



Siempre hueles tan bien que dueles.
Como cuando te miro los domingos a última hora de la tarde.
Hay una palabra en catalán que es realmente bella: vespre.
Esa parte del día que está un poco al límite de la tarde y
De las pesadillas o los buenos sueños.
Tú nunca puedes elegir con cuál te vas a dormir.

El vespre se acomoda en un sillón cualquiera
Y nos mira tan valiente
Que a mí no se me ocurre abrocharme el abrigo
Hasta la barbilla
Para disimular que estoy nerviosa.

Los domingos -los vespres de los domingos-
Son extraños prehistóricos que nos lamen
Detrás de las orejas y de las ojeras.
Para pedirnos que no hagamos aún la cama,
Para dejarnos cinco minutos
Y un camel que se consume con el rito
De los que han hallado el fuego
Y no se duermen para no perderlo.

Mi fuego, mi llama, mi hoguera.
Encuentro la imagen sin buscarla,
Sin pretender ser excelente, ni siquiera buena.
Que yo ya sé que nunca seré una flaubert
Y que seguramente
Me cansaré los lunes por la tarde
Y los viernes por la noche.

El fuego.
Y vigilar ese fuego
Con dientes, saliva y ojos.
Salvar ese fuego de malos vientos
Y de malos que se hacen pasar por buenos.

Mi infancia no son recuerdos de un patio de Sevilla



Debo ser una sentimental -en el fondo, muy hondo- porque se me ha escapado una lagrimita al ver esto al cabo de los años...

Los zapatos de Marilyn aún están llorando por ella



El botón rueda del ordenador no me funciona cuando intento desplazarme hacia el inicio de cualquier página o documento. En cambio, si lo que deseo es ir hacia el final, no hay problema porque va estupendo.

O sea, que ir hacia atrás es fácil, no cuesta esfuerzo. Ir hacia delante es lo peor.

Maldita manía mía la de establecer semejanzas de todo con todo. De las cosas absurdas con las trascendentales.

Fácil dejarse llevar cuesta abajo. Impulsarse por la rueda del ratón. Complicado trepar y resbalarse.

Está claro que esta noche no me funcionan demasiado bien las subordinadas, sólo me salen frasecillas poco elegantes y desconjuntadas.

Ahora soy dueña legal de veintiséis páginas mecanografiadas en arial, con interlineado de uno y medio. Gran tesoro. Gran tesoro. Para una pirata a la que le duele la parte derecha de la boca.

Nunca me gustó tener que comer sólo con la mitad de los dientes.

Ir hacia delante. Aunque sea atreviéndome a susurrar a la hora del desayuno. Cuando nadie te presta demasiada atención.

Acabo de recordar lo mucho que me gustaba este videoclip de pequeña



De cuando emitían muchos videoclips por televisión. De cuando comías algodón rosa pagado por tus padres en la feria de barrio. De cuando te daba vergüenza estar en pijama delante de ojos ajenos.

Es extraño recuperar imágenes de una infancia que has tenido abandonada veintipico años. En mi recuerdo creo que yo era el chico que se tumba bajo la lluvia en el minuto 3:46. El torturado, el castigado, el que besa en blanco y negro pero se abraza en color.

...................................

Me duele la planta del pie izquierdo. Toda la tarde me ha dolido.
Tengo tanto casos por resolver que aún me duele más de lo que me estaba doliendo.
Porque lo nuevo asusta.
Porque los demonios a veces no van de dentro hacia fuera sino de fuera hacia dentro.
Y entonces es cuando te encantaría salir a tomarte un vodka con la primera tipa que estuviera en la parada del bus. La única con sombrero y con abrigo amarillo.
"Llora por la noche, si te ayuda", que decía la canción.

Pero es sólo jueves y me tengo que ir a la cama.

Como muchos y muchas. Como todos. Menos los insomnes y tal vez los solos.

¿Cuándo se da cuenta uno de que se ha equivocado de profesión? ¿Cuando se le caen al suelo los horarios del tren? ¿Cuando dejas de escribir cartas?



Me relaja caminar por la Gran Vía. Desayunar en el Nebraska, aunque no se pueda fumar, a pesar de lo estúpidos que son los camareros. La vida diaria en Madrid no me resulta demasiado fácil pero me siento relajada sin intrigas, sin casos que resolver, sin ojeras en los ojos. Qué rara me veo sin ojeras en los ojos. "Ga" se pronuncia "lla" en algunas islas, qué sencillas resultan algunas lenguas cuando tienes sed y te da igual hablar en catalán estándar -complejo y polémico concepto- o tener acento de Girona.

Resuelva la evolución fonética del siguiente término latino... y tenías que deducir la procedencia de verbos o suastantivos, paso a paso, letra a letra. Cuando en el fondo a ti te importaba un pimiento que la eme final de algunas palabras se cayese a causa de un fenómeno que se denomina apócope.

Y siempre resulta que las cosas del final se pierden, como si la vida fuera uno de esos dragones chinos que salen como colofón de los espectáculos, flotando sobre el agua y en medio de llamas de mentira. Por apócope, por aburrimiento o por cualquier otro motivo, hay cosas que se caen.

Y me hacía tanta gracia imaginar a todas esas emes cayéndose, perdiéndose... ¿hacia dónde iban? Las emes tirándose por los puentes, escaleras abajo, rampas a toda velocidad... Las emes finales cayendo como suicidas ardiendo del piso treinta y tres.

Me relaja caminar por la Gran Vía pero acabo volviendo a las calles alternativas donde nadie me mira mal si tiro una colilla al suelo o si me atrevo a tararear "Furious" al entrar en cualquier bar. Nadie me juzga, ni siquiera la tipa rubia que se me ha sentado al lado en la Plaza Mayor y que, al verme leer el diario, se ha atrevido a pedirme un euro.

- Porque es justo lo que me falta para pagarte un billete de metro y que pases la noche en mi casa.

Ya dije que la vida en Madrid no me estaba resultando nada fácil. Le doy el euro sin hablar y la sigo como quien sigue a una antorcha a punto de extinguirse. Por el camino pienso en la cara que pondrá cuando le confiese que soy una farsante, que ni soy detective, ni rubia, ni tengo un sueldo fijo a final de mes.

Nos bajamos en la estación de Pitis y me parece un detalle tan sublime que me guiño a mí misma un ojo. Y subimos las escaleras mirándonos como se miran los que se miran por segunda vez.

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Me despierto al principio de la noche. Qué sueño más surrealista. Al desayunar se habrá borrado todo.

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