Ordenador blanco sobre fondo azul de pared (los pintores ponen títulos así de absurdos a sus obras, yo no iba a ser menos)



(El vídeo me sigue haciendo sonreír, me recuerda tantas cosas buenas que me lo llevo de viaje en un bolsillo, para que no se me lleve ninguna lluvia mala)


Acabo de hacer dos maletas: una para mañana y otra para el viernes. A la primera maleta le espera un viaje largo; a la segunda, uno mucho más corto. Debería hacerme más ilusión el primer viaje, ya que es hacia un lugar que conozco más bien poco. Sin embargo, la ruta que más me emociona es la del viernes.

Está claro que lo relevante son las personas, no los lugares. Y que no siempre se canta lo que se pierde -que escribía Machado- sino aquello que te hace saltar de la cama para lanzarte al abismo.

Curiosamente, me siguen dando más pánico los ascensores que los aviones. He volado sola decenas de veces, sin miedo alguno, pero no me pidas que tome un ascensor para subir a robar almendras de ningún árbol.

Se me puede escapar alguna falta de ortografía pero ninguno de tus gestos.

Todo este rollo por esuchar una canción, de repente, sin pensarlo mucho y cruzando los dedos para que te llegue la señal



Me he llevado la cafetera al trabajo. Así se me hace un poco más breve la espera. Cuando la enciendo suena ese ruido tan característico que tú y yo a veces escuchamos desde la cama (el vecino de arriba debe tener una y siempre le da por hacerse cafés a las horas más intempestivas).

El moreno me desaparece día a día.

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Tú tomas el sol y yo la sombra peleándome con gente que no me conoce y que cree que soy una borde que trabaja sólo por dinero. Escapar, escapar, escapar. A veces trato con guapas como la morena que conducía un coche de veinte millones de pesetas, lucía un moreno de gitana refinada y fumaba Marlboro light (como todas las pijas). Me miró a los ojos y penso que yo era una especie de admiradora secreta con los hombros algo caídos. Y se equivocó tanto que a los tres segundos y medio ya estaba tapándose la vergüenza con las gafas de sol no falsas.

Soy demasiado mayor para que se me resbalen las lentillas cada vez que me tropiezo con una guapa. Ahora tan sólo se me desabrocha la correa del reloj.

Es miércoles, me da miedo septiembre y no saber dar la talla.

Mi madre ha anulado las dos semanas en el monasterio. Dice que estoy demasiado morena (aún) para encerrarme en un sitio así. Que no me va a llevar, que no se hable más, sigue siendo mi madre y no puedo replicar. La que está ida soy yo, no ella. Así que ha cambiado el monasterio por un viaje en tren para pasar unos días con una amiga a la que hace siglos que no visita. Me va a llevar a una catedral muy famosa para que bese no sé qué reliquia y para que me entre algo de paz y calma entre los párpados.

Y yo tengo más miedo que nunca.

Siento que el tiempo que estamos viviendo es crucial -de ahí la canción que suena en bucle ahora mismo- y que por mucho que me empeñe en hacer la indiferente, nunca había tenido más alterada el alma.

Ojalá puedas leerme hoy. En cualquier café de cualquier faro de cualquier playa. En otra vida tal vez fuiste farera. Una farera guapísima, morena, con rasgos italiano-andaluces. Una farera que alumbraba tan bien que todos los barcos se morían de ganas de estamparse contra el faro.

Y yo así me estampo día tras día.

Me vuelvo loca imaginándote tu adolescencia en Nápoles, Venecia o cualquiera de las ciudades en las que vivías. Y te veo en un balcón azul y blanco fumando un cigarrillo, con el sol de cara, como las valientes que no necesitan gafas de sol para escudarse de la realidad y de las gentes malas.

Me vuelvo loca incluso después de todo este tiempo y de todas estas noches durmiendo juntas.

Me vuelvo más loca aún al imaginar que te pierdo, y te miro y te juro y te rejuro que mataré a cualquier guarra que se atreva a robarte. Y te ríes y me dices que te gusta que diga eso, que nadie te lo había dicho nunca. Y lo sé, porque yo nunca había querido a nadie así.

Eres la última.

La última.

Y de pensar en ello me duele el estomago, la garganta, los pies y la espalda. Todo mi cuerpo te espera, te escribe desde el calor de un mediodía nublado. Desde el fondo de los fondos.

Yo no soy farera. No sabría serlo. Pero nadie se quita ante ti el sombrero como yo me lo quito.

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Me sigue emocionando descubrir buena música. Red Russian resulta que son de Madrid, y ahora suenan en bucle en mi pequeña casa. Creando ambiente para cuando te vengas a vivir conmigo.

Por ejemplo, esta pequeña maravilla (pulsar aquí para descubrirla y engancharse)

La doctora me ha dicho que beba agua

A un paso de romper el sombrero de detective y largarme con los últimos pitillos bien lejos.

O lo hago pronto o me arrepentiré casi toda la vida.

Nunca he dejado de ser una exagerada.

No voy a ponerme seria, aunque tenga motivos, me viene grande el papel de tipa respetable que intento dar de cara a la galería



Este verano, de nuevo, mi madre me ha vuelto a pagar un par de semanas de retiro en un monasterio. No me apetece ir, pero sé que es lo mejor para mí y para mi mente. Debo empezar a pensar en el equipaje, en los objetos que se permite llevar y en aquellos que debo esconderme entre la ropa.

Sin cigarrillos, sin amigos, sin noticias del exterior. Sin hacer el amor.

Si se me va el moreno, espero recuperar algo en el septiembre prometido. Si se me van las ganas de escribir, ya no sé qué excusa le pondré a mis ojos en el espejo.

Y tal vez las fuerzas -y los kilos- que he perdido durante estos días han servido para que coloque el miedo en un frasquito transparente y que me pase las noches a solas haciendo crucigramas con vocales, para no perderme nada. El miedo en un frasquito transparente. El miedo, ¿de qué color es el miedo? El miedo no tiene color para mí, què exigent la primavera, joder con los de Mishima, que esa frase es de Maria del Mar Bonet, que no es una copia, Carolina, no seas tan mal pensada, que a veces la intertextualidad musical se nos escapa de las manos y colocamos los verbos donde los sustantivos y al revés.

Pero yo estaba hablando del miedo en un frasquito transparente. Que el miedo se puede curar si te abrazan y no te hacen preguntas. Pero a veces las preguntas se escapan por la parte de abajo de las puertas, por eso en mi casa siempre había una especie de cepillos que barrían adentro-afuera cada vez que se abría-cerraba una puerta.

Tengo ganas de dormir ocho horas seguidas.

Esta mañana me he colado a mí misma en la ducha. Le tocaba ducharse a Carol y entonces Carol se le ha colado. Y por eso he hecho mentalmente una lista de cosas buenas para salvar de la cuenta atrás...

...los discos de Tom Waits, las novelas de Flavia Company, mis libretas negras, mis camisetas de talla mínima (que me destrozan las orejas cada vez que me las pongo), Darth Vader, la cafetera, la piscina, los cigarrillos sin fumar, el vino en la nevera...

Tengo ganas de dormir ocho horas seguidas. Y esta noche ya no va a poder ser.

Esta mañana he ido hacia el huracán con el pelo sin lavar



Los autónomos no nos podemos coger bajas.
Los autónomos no nos podemos poner enfermos.
Los autónomos no cobramos el paro.
Los autónomos nunca salimos en la tele.
Los autónomos no tenemos el respeto ajeno.
Los autónomos estamos desprotegidos.
Los autónomos estamos, siempre, puteados.
Los autónomos tenemos el presente -y el futuro- negro.

Y me hace mucha gracia todos esos trabajadorcillos que tienen su mesecito de vacaciones, su baja laboral por depresión -o cualquier otra enfermedad imaginaria- o su finiquito como dios y los sindicatos mandan.

Y veo cómo les dan su paro y su cotización y sus pagas de navidad o verano para comprar regalitos para sus hijitos. Porque ellos sí tienen permiso de maternidad y luego meses varios para hacer el imbécil eligiendo cochecitos de bebé retro que no caben en ningún ascensor.

Perdónenme el rezo pero hoy me siento muy puteada. Es lunes. He empezado a trabajar a las nueve de la mañana, he terminado pasadas las diez de la noche.

Que no me quejo, que yo nunca he sido vaga. Pero me río de los que se ríen de mí. Por esta vez lo dejo pasar. Ya veremos, enemigos, quién es más feliz en el 2009.

Qué grande Dalí, qué grande siempre, qué ganas de tener una casa como la suya y volverse loco entre mil paredes



Que tengo demasiadas fotos en Flickr, así que me han enviado un email para que me deje la pasta y así poder ser una "pro". Lo bueno es raro que sea gratis. Pero lo bueno que es bueno de verdad de la buena se reconoce porque no te cuesta ni un duro. Sigo pensando en pesetas, sí, qué pasa, me quedé en esa época y soy incapaz de hacer una compra coherente en euros. La última compra me ha costado 1249 euros pero me siento tan feliz con ella que se me olvida.

El verano sin aire acondicionado es como la ensalada sin vinagre de módena. Ahora es como si nadie me leyera, ni siquiera ella. Por eso puedo decir que estos días me encuentro mal, porque me cansa trabajar, porque no dejo de toser y no me levanto con los pies sino con la mente. Eso no es muy recomendable. He dejado de fumar y no tomo vino en las cenas. Por eso también he dejado de ir a cenar. Qué importante es sentirse bien físicamente. Tópico de tópicos.

Ahora me estoy pasando las noches mirando por el balcón y sacando ideas para decorar la casa. La habitación del ordenador es tan azul como los porticones de Menorca y algunos de Cadaqués. La habitación del desnivel, aquella de la que hablé otro día, sí, que te dejabas un lápiz en la mesa y acababa rodando por el suelo.

Sigo mareándome cuando hay curvas en la carretera.

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Después de las curvas llegamos a la casa de Salvador Dalí y de Gala. Alucinante. Nos miramos en el espejo del vestidor de Gala. Vimos el oso disecado de la entrada. Paseamos por su jardín, adoramos al Cristo de los Escombros. Soñamos con bañarnos en su piscina surrealista, en medio del monigote de Michelín y los toreros de la fuente.

Al salir de allí, deseamos inmediatamente tener una casa como la de Dalí. Una locura. Pero a ver quién nos lo impide.

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