Amy me parece la hermana pequeña de Pietra, lo que me hace pensar en que todos somos el hermano pequeño de alguien (¿quién será el mío?)



Aquella noche Pietra terminó el concierto con una toalla blanca alrededor del cuello. Como los boxeadores que abandonan el ring después de las tres de la mañana. Siempre me he preguntado qué hacen los boxeadores después de la pelea, cuando regresan a casa. ¿Se duchan? ¿duermen? ¿cenan algo? Pietra desapareció tras el concierto como una boxeadora cansada. Los tatuajes de su cuerpo sudaban dolidos, extasiados de arte.

Sigo sin saber qué hacen los boxeadores después del ring. Tampoco sé lo que hacen los detectives cuando resuelven, por fin, un caso.

Toda anticipación ha de tener su cumplimiento, lo saben todos los guionistas

[Le he pedido que me dijera una palabra que le gustara, en plan rápido, y me ha dicho "azul", luego se ha arrepentido y ha dicho "tejados". Se lo he pedido para buscar una imagen en Google, porque a veces me inspira... Así que he escrito azul tejado y ha salido en cuarto lugar la foto de la avioneta que le regalé. No pongo la foto porque creo que las casualidades hay que mirarlas desde una cierta distancia. Qué fuerte.]

En las reuniones on line todo el mundo me parece algo gilipolllas.
Yo muero por fumarme un pitillo y bajar al bar de abajo a por un vodka.
Si es por la mañana, me contento con un café con leche y algo que lleve chocolate.
Me aburro soberanamente (qué palabra más bonita)
Porque suelo estar en desacuerdo con todo.

Todo esto es para decir que hoy ha sucedido algo extraordinario.
Que yo ya sabía que iba a suceder.
Pero que si lo llego a anticipar hubiera parecido una chula.

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Y lo he vivido contigo.

Aprendí el significado de "ciclotimia" gracias a una novela que me encantaría releer, pero este trabajo no me deja apenas tiempo para la ficción



Me he pasado la cena entera revisando la carta cromática de colores que me ha prestado el pintor. Debe haber cientos de tonos, tantos para mí -inexperta- que la mayoría me parecen idénticos. Mi miopía no me permite apreciar los matices, supongo.

Pienso en lo complicado que habrá sido poner nombre a cada uno de los tonos. ¿Lo habrá hecho un experto en colores o un experto en lingüística? Me entretengo en leer los nombres: taberna, piedra de lago, tango, valle, aventura, barro termal, miel fresca, calabaza, castillo, verde lunar... Ya me vale, podría pasarme horas revisando todos los nombres y poniéndole imágenes a cada uno de ellos. ¿Cómo será -me pregunto- dormir en un dormitorio licor de menta? ¿Y en uno pintado de color centeno?

Finalmente he elegido cuatro colores. Quiero que sean los colores de la suerte pero nunca se puede saber eso, claro. Mi madre se ha puesto las gafas de ver nítido y ha enfocado la lámpara de detective del comedor sobre ellos. Me ha recomendado cambiar uno de los tonos porque le parecía demasiado oscuro. Creo que ha sido porque ha visto un destello del lado oscuro, pero era tan breve que no me lo ha tenido en cuenta.

Es la primera vez que elijo colores pensando en alguien más aparte de mí. Eso debe ser algo bueno, me digo a mí misma. Como querer pasar las mañanas del verano mirando muebles.

Siempre me produce desconfianza la gente que nunca come helado de postre (como aquellos que nunca se toman una copa de más)

Me han retrasado un vuelo seis horas. Después del cabreo inicial he decidido pensar en lo positivo: estaré más horas en un lugar que adoro y podré probar una habitación de cortesía.

Siempre me paració bonito lo de la habitación de cortesía. Debe ser algo así como una habitación elegante, bien hablada y limpia en extremo.

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Estos últimos días pienso mucho en las necesidades básicas. En lo principal. En lo que no cuesta dinero. En lo que hace que se me remuevan las cuerdas vocales.

Las chicas de las ópticas siempre son rematadamente guapas. O al menos tengo la suerte de que todas las guapas siempre me atienden a mí.

Las del banco, en cambio, son muy secas y cortantes. ¿Cómo deben verme a mí ellas?

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Mañana he quedado con el pintor a primera hora. Me va a tapar las grietas -qué vergüenza cuando se entere de lo que son- y me va a pintar el piso entero de colores de buena suerte.

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Supongo que se nota que en el post de hoy no tengo nada interesante qué decir. Mejor me voy a dormir. Mañana cerraremos la noche con unos mojitos caseros, que son los que mejor saben de todos.

Alguien que plagia es patético, demuestra ser miserable y poco honesto con él y con aquellos que le leen

Sólo hablaré de este tema una sola vez.

Hay dos tipos de plagiadores: los elegantes y los chabacanos. Los elegantes, como su propio nombre indica, plagian de una forma suave, sutil, rozando apenas el texto original, para no impregnarse demasiado. Digamos que conservan tan sólo la esencia, un olor fino. Los chabacanos, al contrario, usan indiscriminadamente la herramienta “copiar y pegar” y no se entretienen demasiado en pulir su estilo. Es como cuando se te rompen los vaqueros por la entrepierna y les pones un parche. Éste destacará en el conjunto ya que se notará que la tela es diferente, que está más nueva, sin desgastar.

Siempre me he encontrado con plagiadores chabacanos, qué gracia. Supongo que a los elegantes es más difícil descubrirlos, claro está. Recuerdo, hace años, el caso de un alumno de la asignatura de Criminología Romana y Huellas Dactilares. El texto estaba redactado con perfecto acento mexicano y, sin embargo, el chico era de Lérida. Me extrañó tanto que indagué en Google y voilà!: era un plagio total. Le dije cuatro cosas y se lo tragó la tierra.

Todo esto es para comentar públicamente que una persona se está dedicando a plagiarme de forma descarada. Poco importa la manera en la que he llegado a esta persona y, en concreto, a su blog. Es un plagio chabacano, qué horror. Y no es que yo me considere Dostoievsky –que ya me gustaría, mataría por ello– pero creo que es un acto miserable usar expresiones, imágenes, frases, etc. de otra persona sin su permiso.

Si esta persona tiene un mínimo de decencia, dejará de hacerlo. Si no es así, me veré obligada a colgar el documento (en público) donde doy cuenta de todos los plagios analizados con todos los links y puedo asegurar que esta persona pasará una vergüenza como nunca la ha pasado. Y se querrá morir, porque soy filóloga y el análisis de textos, fuentes, etc. me encanta. No es una amenaza, pero…ahora que lo pienso, podría serlo, porque tengo los textos registrados y eso, según la ley, es un delito. Pero espero no tener que llegar a ese extremo.

Repito: espero no tener que llegar a ese extremo. Bastante benevolente voy a ser, ya que ni siquiera estoy dando nombres ni direcciones web. La persona aludida sabe perfectamente que va por ella. Y, si no, es que además de plagiador/a es tonto/a.

Por dignidad, por respeto, por lo que sea, espero que sea la última vez que sucede.

Y, como dice mi madre, quien se pica, ajos come.

Nunca edito lo que escribo, no es chulería, es que si edito pierde lo malo y gana lo bueno (y llueve cada día en plan homenaje a nuestro febrero)



Saco libros de la biblioteca y los tengo que ir renovando porque no me da tiempo de leerlos. Ojalá todo fuera tan sencillo como renovar los préstamos bibliotecarios. Renovar hasta que no te permiten renovar una última vez. Porque hay otro usuario que reclama ese libro, o porque sencillamente no te dejan renovar más de cinco veces.

A ella no la tuve que renovar ni una sola vez.

Quiero ser como José Tomás, cualquier día de los de este año



Me han disparado en el estómago, justo en el centro del estómago.

Llevo pensando en torear desde hace varios días, supongo que sigo tan impresionable como cuando tenía doce años y todo me parecía grande, descomunal, hiperbólico. Leo montones de artículos sobre él y pido a los dioses que me den su poder. Ya, que debería conformarme con menos pero es que creo que no me sienta bien perder puestos en la carrera. Puntos en la competición. Lo que sea.

La herida del estómago me sigue sangrando. Llevo así unas cuarenta y ocho horas. Me pregunto qué haría el torero en mi lugar. Si devolver el disparo (aunque sea con retraso) o correr hacia el hospital más cercano. Y resulta que me quedo estancada en medio de la calle y no sé qué hacer.

No sé qué hacer. La detective se derrumba y decide apagar el móvil antes de las doce de la noche.

Sigo en medio de la calle. Se me ocurrió la brillante idea de arrojar las llaves de casa por una alcantarilla. Estaría pensando en algo absurdo, para variar.

No sé qué hacer. Me pongo música. Suena Cuando te hablen de mí. Y quiero morirme en menos de tres minutos para no hacer demasiado ruido. Y para que no tengan que cortar el tráfico.

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Alguien se me ha adelantado a los pensamientos. Me lanzan las llaves de casa a la cara. Me hacen daño. Me protejo con la agenda roja pero de nada me sirve. No tiene besos escritos. Sólo fechas de reuniones y de citas con el dentista.

Vuelvo para casa. Intento abrir la puerta pero no son mis llaves. Alguien me ha puesto una trampa y he caído como una imbécil.

Ahora necesito una puerta abierta para pasar la noche. Para que no me desgaste el frío ni las pesadillas.

Sin puntos de giro no existe nada que valga la pena, ni temblores de alma ni resbalones por mirar un cartel en la autopista



Al principio, los suspensos de las notas de la universidad carecían de importancia. Podías tener un montón de suspensos y no pasaba nada. Después, con alguno de los innumerables cambios de normativa académica, te lo tenías que pensar antes de presentarte a examen a probar suerte porque las convocatorias no eran infinitas. Por lo tanto, no se podían desperdiciar así como así, suspendiendo alegremente.

Y así fue como surgieron los no presentados.

Como una especie de respuesta a los cobardes. A los que no se atrevían a gastar sus opciones. Los no presentados eran los que mejor nadaban y guardaban la ropa. Ellos guardaban la nota, no se la jugaban hasta que no lo tenían muy claro.

Y mientras, el resto, nos empeñábamos en probar suerte. Y gastábamos convocatorias como quien se gasta la calderilla en caramelos para no agujerearse los bolsillos.

Sigo gastando convocatorias. Tal vez ahora más que nunca.

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Acabar la primera noche de la semana con un secreto. Que mi preferida de Suzanne Vega sigue siendo Gypsy. Que aún me la sé de memoria. Que tiene una de las mejores letras del planeta.

Si miras con atención, verás que en Barcelona -a cada paso- Suzanne Vega te mira desde arriba. Y que también te cuenta secretos.

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