Como si fuera la primera vez que quedamos, es para temblar y echar a correr por lo menos hasta llegar a Graceland



En menos de seis minutos unas cinco líneas.
Qué vicio más terrible el de escribir fuera de horas y fuera de cálculo.
Hace tiempo no sabía muy bien para quién escribía.
Ahora lo tengo muy claro.
Espero que esta noche me vea guapa (oh, preocupación burguesa)

("Esta vida pide otra", me parece un título alucinante. Así estoy.)

Please see from me if her hair hanging down, that's the way I remember her best



Yo imaginaba a una chica en algún país lejano. No recuerdo demasiados detalles, tan sólo que nevaba, que ella llevaba un jersey de lana, de esos de cuello alto. En mi mente adolescente no había lugar para verbos irregulares ingleses ni tampoco para sustantivos que fueran más allá de “love”, “way” o “eyes”. Mas aún hoy me hago cruces de lo bien que interpreté la letra del tema. No iba demasiado errada.

Una chica lejana. Sin nombre y sin pasado. Alguien que me esperaba en medio de la nieve.

Ninguna de las chicas que pasaron antes por mis labios conocía la canción de Dylan. Y mucho menos la versión con Johnny Cash.

Nunca he regalado ninguno de mis vinilos pero esta noche acabo de decidir que para ella sería mi Nashville Skyline.

Pienso en ella cuando veo un anuncio de H&M en televisión, ya ves, qué románticos somos los que hemos crecido en el mundo mutimedia

La canción. Y en vez de recibirlos, tendrás que devolver regalos. Ya no tendrás que estar al lado de un buen muchacho, ni de una buena muchacha. Te quedas conmigo, me quedo contigo y nos volvemos a casa después de bebernos quinientas copas imaginarias y un par reales. La vida está bien si no te rindes, sé que eres más fuerte que el delantero más notable. La canción. Me ha caído por sorpresa en los oídos como cuando te cae la lluvia fría de la ducha. Quise decir agua, pero se me escapó lluvia.

Este mediodía lo he pasado pintando de blanco las juntas de las baldosas del cuarto de baño. Qué limpio me ha quedado, qué nuevo, qué placer verlo tan blanco. Tal vez al blanquear las juntas se me ha blanqueado un poco más la historia. Tapar con blanco lo oscuro, lo sucio, lo que no queda acorde con el resto de elementos. Es curioso, cuando me da por hacer tareas domésticas me siento feliz. Lo reluciente, lo ordenado, lo elegante, me hace sentir bien y es como si me pudiera olvidar un milímetro de las imperfecciones y de los trenes que no concuerdan sus horarios de parada con mis horarios de comida.

Pero este post no hablaba de eso. Me quedo mirando el Camel del cenicero. Nunca unas volutas de humo habían sabido tan bien, nunca habían sido tan brillantes. Todo esto tiene algo de sinestésico. Y las cosas que tiene la vida, que en la última visita al médico me diagnosticaron sinestesia, que yo pensaba que eso era algo que había estudiado en la carrera. De cuando leía a Gabriel Ferrater -uno de esos poetas tan geniales que da miedo volver a leer por si te sigue removiendo el estómago y las pupilas- y subrayaba algún verso con su correspondiente figura, la sinestesia. Y ahora es algo parecido a una enfermedad. Menudo vacío me queda a mí al pedir las medicinas en la farmacia. No sé si quiero curarme porque a mí eso que me pasa me da buenos resultados.

Tal vez, gracias a la sinestesia, me enamoré de ella.

Y yo no me daba cuenta. Y Elena sí se dio cuenta. Y lo vio venir antes de que viniera.

Enamorarse en bucle. Verla desnuda en la cama y dolerte todo el cuerpo de lo guapa que es. Tener que atar la cámara de fotos a la pata de la cama porque se dispara sola cuando la ve levantarse. Temblar cuando ella te besa el tatuaje. Pensarla y repensarla mientras ves pasar las horas mientras trabajas. Enamorarte en bucle y tragarte, de nuevo, otro rayo.

Mañana tengo una reunión de trabajo a las diez. A ver quién se concentra sabiendo que ella estará enseñando la diferencia entre una corchea y una semicorchea a una panda de críos medio locos porque el tiempo amenaza con lluvia.

PD:

OCI

Ella dorm. L'hora que els homes
ja s'han despertat, i poca llum
entra encara a ferir-los.
Amb ben poc en tenim prou. Només
el sentiment de dues coses:
la terra gira, i les dones dormen.
Conciliats, fem via
cap a la fi del món. No ens cal
fer res per ajudar-lo.

(Gabriel Ferrater Teoria dels cossos, 1966)

Hoy he aprendido que hay que tener secretos, por si algún día nos falta el aire o nos volvemos más miopes

He llegado a casa con un dolor de cabeza inmenso. Lo peor que te puede pasar en esa situación es que te encuentres con algún conocido en el autobús, que te llamen por teléfono o que al meterte en la cama repares en que vas maquillada y no podrás ponerte a dormir sin más.

Me dolía como si alguien estuviera desordenándome los apellidos y me colara las letras por los oídos, una a una, sin piedad. ¿Importa el nombre? ¿Importa el pasado? ¿importa el currículum? Ha pasado una hora y la cosa no ha mejorado. Maldita manía la de ponerse a hacer listas mentales cuando ni siquiera se tiene claro lo que se va a cenar.

¿Qué me duele tanto en la cabeza? Lo que ha dejado de dolerme en las manos. Lo he sabido justo hoy, al recibir una carta de alguien que pensaba que se había olvidado de mi nombre.

Carol,

Parece que el verano comienza y me imagino que estarás estudiando tus casos a última hora de la noche. Podría redactarte una introducción magnífica y rotunda para alardear de lo bien que me va en la vida, o para que pienses que dejar de vernos fue lo mejor que me pudo suceder.

Puede que yo sea una bestia, puede que tú sigas siendo una bella rubia que consume cigarrillos a las ocho y media de la mañana. Siempre en los mismos bares. Siempre con el mismo rictus en la cara. Pero sé que ya no eres así.

Si me he decidido a enviarte esta carta es porque quiero prevenirte de...


Se acuerda de mí, y me escribe para prevenirme de los secretos. Que no me fíe, que no escuche a los que me dicen que son nocivos para mi persona. Se me escapan algunos detalles que aún no acierto a resolver.

Hay que tener secretos. Ni muchos ni pocos, los suficientes. Aunque, teniendo en cuenta lo hiperbólicos que somos algunos de nosotros, seguro que se nos va la mano con las listas de pistas falsas que vamos dejando por ahí.

Una canción hipnótica, un sábado conmigo misma, estar sobria, apagar las luces para entender mejor



Este sábado duermo sola. Ella tenía un compromiso muy compromiso. No recuerdo el último sábado que dormí sola, debe hacer años, no exagero. Por esas casualidades de la vida, me he enterado de que otras dos personas que conozco –que son pareja- también pasan la noche a solas. Una de ellas escribe; la otra, es una artista de poemas visuales. Quiero leer su novela, quiero ver su exposición la semana que viene. Tengo suerte de conocer a gente tan grande. No es un post de peloteo, queridos/as enemigos/as, sino de reconocimiento, que a veces se nos olvida decir un simple “qué grande eres, qué brillante”.

Es una buena noche para estar un rato a solas. Conmigo misma. A ver si tengo narices de soportarlo.

Las vacaciones me han servido para leer una novela, pero también para descansar un poco de tanta ficción y salir a la calle cuando más llovía.

Esta tarde me han fallado varias estrategias para quedar con alguien; eso si contamos a los amigos invisibles. He salido a comprar cerveza, tostadas, leche y vino blanco. Analicen la lista de mi compra y sabrán qué tipo de persona tienen como vecina.

Me han pedido que escriba un cuento de tres páginas. Estoy angustiada, he redactado un relato pero no tiene ni pies ni cabeza. El planteamiento, nudo y desenlace ni asoman la cabeza por él. Me he liado con el narrador omnisciente y el autodiegético. Debería reescribirlo pero es que me da la impresión de que no es un cuento sino un post muy largo. Eso me pasa por meterme en sitios extraños.

No es el último, pero podría ser el penúltimo si sigo pisándome los talones a mí misma



Mi avión sale justo dentro de tres horas y media así que debo darme prisa si no quiero meter la pata en el último momento.

En la maleta tan sólo llevo tres cosas: una foto en blanco y negro, un paquete de Camel y algo más.

No me da demasiada pena irme, tal vez porque no siento que los semáforos se me pongan verdes al paso. Ya no.

Estoy cansada de leerme. Necesito descansar y que me den media pensión en otra ciudad.

Todas las zorritas se han hecho amiguitas



Con un título tan poco glamuroso está claro que no me voy a ganar un hueco en el cielo. Y que, posiblemente, ningún editor despistado se fijará en mi cara y me dirá algo así como "nena, creo que deberíamos quedar mañana a las once en mi despacho". Carol, que te quedan veinte minutos para irte a trabajar, pero antes debes soltarte el pelo, cambiarte de zapatos y fumarte un piti.

Hay sucesos en la vida que merecen darle al pause y quedarse un poco estática, tan sólo un poco. Me descojono. Los pelos se me ponen de punta y me como mis propias pestañas como si fueran chicle. De hierbabuena, por favor.

Estoy dudando entre sacar la metralleta o la pistola de bolsillo. Me juré que no iba a volver a las andadas pero es que... en fin, que debe ser culpa del cambio climático.

Por una casualidad, he vuelto a pensar en la Srta. Amapola. Qué guapa, qué fría, qué inteligente, qué mala. Qué todo. Y en sus ojos impasibles volviéndome del revés las camisetas y el gorro del abrigo. Si mañana nevara, me escaparía a romper a pedrada limpia algunos cristales de algunas oficinas de algunas empresas de algunas personas.

"Volverme guapa y tú guapa conmigo", qué gran frase. Y es que a veces hay que rebuscar en la basura para encontrar algunas joyitas.

Otras veces, la basura te la encuentras entre las joyas.

Me niego a ser una amante menguante, a pesar de que Almodóvar es mi dios y mañana es lunes de pantalón de pitillo negro



He estado tomando el sol unas horas y ya tengo la marca del bikini. Siempre he sido algo gitanilla en ese sentido, me coge enseguida (el sol, quiero decir). En realidad, cada verano pienso en lo absurdo que es tumbarse a tomar el sol, pero luego me olvido y cierro los ojos. Y aprovecho para escribir mentalmente decenas de palabras que nunca escribiré, que jamás colgaré a secar como si fueran ropa limpia. Además de escribir, también me imagino ensaladas con mezclas extrañas que saben estupendas con los ojos cerrados. Tal vez lo más importante es que se me olvidan los nombres y los apellidos de mis pesadillas. Y las direcciones.

Hay que tener cuidado con los kilos de más pero, sobretodo, con los kilos de menos. Cuando tu nombre pierde letras, echa a correr o muérete de la risa dentro de un cajero automático.

Me pusieron de nombre Carolina pero empecé a llamarme Carol un verano, cuando aún era una cría, en un pueblo del sur. Hice unas amigas que eran algo espabiladas, ellas fueron las que decidieron cambiarme el nombre, le quitaron las tres letras finales, las que le faltaban, como quien se corta el pelo porque le da calor en verano.

Y desde aquel verano que no he vuelto a utilizar mi antiguo nombre. Porque para mí, se trata de dos nombres diferentes. Tan sólo mi madre me llama así.

Esta noche sólo me falta decidir la ropa que me pondré mañana para ir al trabajo. Cuanto más estéticas son las decisiones, más te destiñen los ojos cuando lloras.

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