Tres noches



Mi vuelta a la realidad ha sido exactamente a las 13:25 horas.

Llegar tarde porque en el último momento nos apetecía lamernos sobre la cama como dos linces bebés. Pasar la mañana del lunes rimando estrofas con palabras agudas. Cocinar guacamole un domingo por la mañana. Salir del baño de un restaurante y quedarme petrificada porque sonaba esa canción, y no otra. Bailar juntas como si acabáramos de conocernos. Reirnos de ellas, de las guarras, de las zorras. Llamarlas por el nombre que se merecen y no dejarles espacio para que disparen. Lanzarnos mentalmente mensajes en morse. Pintarnos los labios una y otra vez. Acordarnos de Madrid. Llorar sólo en un momento de la última de Coixet, cuando todos los imbéciles se estaban riendo.

¿Dónde está aquella niña de cara blanca?

Hay canciones que resulta imposible escuchar sin asociar a algo concreto. Yo no puedo dejar de pensar, por ejemplo, en La ley del deseo cuando escucho Lo dudo, de Los Panchos. O en una de las canciones más sensuales del mundo cuando pongo Hey, de los Pixies.

Tengo la costumbre de secarme el pelo sólo con un pantalón de pijama puesto, o sea, de cintura para arriba desnuda. Siempre lo hago frente al espejo. Esta noche me he visto como una tipa bastante sensual así que me he reído de cosas que sólo yo conozco y me he puesto a disparar con el secador al último bote de Chanel.

El peligro de los secadores-pistola.

¿Alguna vez he confesado el miedo que tengo a que algún día me explote el secador en la mano?

De momento no lo ha hecho. Pero hoy me ha explotado otra cosa, invisible.

A veces me pregunto
de quién sera el fantasma
que te ha tapado los ojos
para que no veas nada.

O eres persona o eres personaje... (y yo sigo sin poder elegir)

La sola.

Sigo siendo la sola que se sentía sola en las discotecas cuando el resto se lo pasaba de muerte. Los vodkas, los cigarrillos, los escotes, los muertos entre los vivos, los muertos entre los vivos.

Qué sola. La sola. Qué sola. Sigo queriendo escapar de esos sitios donde me ahogo, donde me quedo ciega, donde se me ensucia la vista y me asquea la música.

Rezo para que pongan Los Planetas. Para que acuda Superman a mi llamada. Pero él nunca acude. La sola se queda sola. Ningún otro solo. Ninguna otra sola.

¿Te acuerdas, Elena? ¿Te acuerdas de cuando quedábamos para ver los puestos de libros por Sant Jordi? Y nos comprábamos un libro cada una. Y nunca teníamos rosa. Qué solas éramos tú y yo, qué solas.

Ya no es saudade, es otra cosa que identifico muy bien. He llorado mucho este mediodía de calefacción apagada y cafés templados. No puedo ir al trabajo con esta cara pero no me da tiempo de cambiármela, me queda justamente una hora que estoy empleando en quemarme más y más por fuera.

Si ahora pudiera, me largaría bien lejos. A lo mejor, le pediría a mi madre que intercediera por mí para que me dejaran entrar de nuevo al monasterio del verano.

Es que me echaron la última semana al ver que no había dejado de escribir.

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El CD de PJ Harvey que me pone triste. El ratón del ordenador con las pilas gastadas para impedir que escriba una tontería de la que no me arrepentiría. Un me he colgado de ti que se queda a medio camino. La foto que nunca conseguí. El autógrafo de su nombre. La novela de Orwell que se me impone ferozmente y a la fuerza. Mi tesis doctoral más huérfana que nunca. Sentirse libre pero más rota que nunca. Entender el dolor de los otros pero nunca el propio. Beber cada día el zumo de dos naranjas menos los domingos. La piel de mis manos cortada por el frío. La vista que me falla; la intuición, que me hunde. Yo, más segura que nunca, pero más temblorosa. Los barcos que se hunden antes de zarpar. La bicicleta que no me atreví a comprar. Los mejores bikinis del mundo (¿de baño o de comida?). Carol, en pleno ataque surrealista. Carol, a punto de hacer un fundido a negro pero dudando porque tal vez un encadenado sea más suave para la ocasión. El móvil que no deja de sonar en mi mente pero que permanece en silencio. Mis vaqueros secándose al sol, forcejeando con las pinzas porque desean evadirse.

Vuelvo a cansarme de escribir (me). Me encantaría recibir una carta pequeña y secreta.

Sigo siendo una sola pero ahora no quiero irme



A veces, los ángeles no pueden hacer nada para salvarnos la vida. La tenemos tan gastada, tan sucia y tan desteñida que, a pesar de que intentan detenernos, saltamos al vacío.

Los ángeles de verdad no siempre pueden salvarnos.

Los ángeles humanos siempre nos logran salvar.

Esas cosas curiosas que te pasan un miércoles por la mañana mientras deseas estar en otro lugar y con otra persona



Antes lo que más me preocupaba era contar las cosas bien, ahora lo único que me interesa es simplemente narrar. Por eso escribo más que antes, por eso lo hago de forma compulsiva, ajetreada y rápida. Incluso he recuperado la Olivetti verde para comprobar que funciona. Y seguro que aún está estupenda porque las máquinas de escribir son como los zippo: nuncan fallan. Su mecanismo es tan sencillo como infalible y por eso siempre me ha gustado rodearme de este tipo de artilugios que apenas tienen mecanismo. Nunca te dejan tirada.

A media mañana he recibido una llamada de mi madre.

- ¿Carolina?
- Díme, mamá.
- ¿Puedes venir a casa? Tengo un problema.
- Y yo tengo cien…¿tiene que ser ahora precisamente?
- Hija, no puede esperar.

Cuando mi madre me llama “hija” es que sí, que hay algo que no puede esperar así que he cogido el bus y me he plantado en su casa. Al entrar la he visto en el jardín: las manos sucias de tierra, todo el suelo lleno de ramas y herramientas de jardín, una locura, vaya. Me ha explicado que iba a quitar la enredadera porque una plaga se había apoderado de ella. Le he dicho que tal vez no era para tanto, que fumigara y que intentara salvar la planta. Me ha pedido que echara un vistazo de cerca…

- Ufff, esto es una plaga…
- Ya te lo he dicho, me tienes que ayudar a sacar todas las raíces para que no vuelva a crecer porque me está matando los rosales de al lado.
- Vale, tranquila, te ayudaré.

Nos hemos puesto a la tarea. Yo no pensaba que aquella enredadera pudiera tener unas raíces tan gordas y tan profundas. Lo cierto es que he tenido que sacar todas mis fuerzas para que no quedara ni una sola raíz.

Mi madre, que trabajó como jardinera en Londres, me ha explicado muchas cosas de las raíces, y todas muy interesantes. Me ha ido guiando para que hiciera bien el trabajo.

- Carolina, no hace falta que saques las raíces pequeñas, esas están sueltas y no molestan. No volverán a crecer. Las malas son las profundas, las más grandes. Si dejamos alguna, la enredadera volverá a crecer…

Ahora, ya en mi casa, siento lo mucho que me duelen las manos y la espalda. Entiendo lo que significa la expresión “sacar de raíz” y lo que cuesta hacerlo de verdad. Mientras ayudaba a mi madre he pensado en todas las cosas que me gustaría sacar de raíz de mi vida y de las vidas de otras personas.

Y si lo he hecho con una enredadera, lo voy a poder hacer con mis historias.

Y no volví a comprar ningún disco de Silvio después de 1999



(Alucinante la idea de hacer un vídeo con las acordes y la música al mismo tiempo, aplauso)

He salido a las nueve de la noche de la sala de conferencias de la novena planta con la esperanza de que iba a haber alguien esperándome en la puerta. Pues no. Allí no había nadie así que me he dejado llevar por las escaleras mecánicas y he cogido el autobús medio minuto antes de que se alejara de la parada. He pensado en ella con los ojos abiertos durante todo el trayecto. ¿Por qué no me salvas?

He pensado en eliminar a Carol Blenk de mi vida. Me he parado a pensar en ella y al final no he podido evitar reconocer que le tengo cariño, que no puedo desprenderme tan a la ligera de su biografía. Que me significa mucho y que, si la borrara, mis enemigos estarían tan contentos que se agotarían las existencias de cava en el país.

Ha sido un martes muy jodido. Me ha picado la saudade en lo más hondo y creo que aún no me he recuperado. Aún así, mucho cuidado con mirarme sin gafas de sol.

Todo es cuestión de elegir bien el narrador y la focalización

Hay quien distingue sólo narrador. Hay quien aúna narrador y focalización. Hay una tercera posibilidad que consiste en diferenciar narrador y focalizador.

Todo esto puede parecer muy denso, pero al fin y al cabo las narraciones se basan en estos conceptos. Lo queramos o no.

A veces siento que me alejo del objetivo. O del punto de partida. O del sujeto de las frases. Que me enredo en complementos de lugar, tiempo y modo. Todos son circunstanciales y yo no debería perder nunca de vista a los complementos directos ni a los indirectos. Pueden tener la clave de todo.

Quiero irme de viaje a Britinolia

En la Escuela de Criminología
Preparo exámenes para que los alumnos
Los aprueben con los ojos cerrados
Y las manos atadas a la espalda.

Antes de comenzar la clase
Les enciendo algunos cigarrillos
Y les pongo delante de los flequillos
Un mapa de Britinolia.

Se sonríen al salir
Pero mienten al responder
Los tests
Para no sacar notas demasiado altas.

En lugar de marcar una "a"
Señalan una "c"
Y se alejan en sus vespas
Contaminando el cielo.

¿Sabré?



Me he pasado un buen rato en el supermercado de unos grandes almacenes que cierran a las diez de la noche. Me relaja mucho pasearme por entre las estanterías de comida y relamerme pensando en cuál es el caprichito que me voy a dar sólo por ser martes por la tarde y seguir respirando.

Vuelvo a escribir en directo. Miro por la ventana y veo una camioneta de tipos que están repintando un paso de cebra, saben que esta es la mejor hora para no entorpecer demasiado el tráfico.

Yo, sin embargo, repaso mis pinturas internas a plena luz. Y eso a veces no es bueno porque entorpezco mis propios pasos.

Hace un año pasaba siempre por el mismo paso de cebra y con un solo dedo era capaz de parar el tráfico durante unos momentos. Echo de menos ese ratito de poder efímero, pero no a aquella ciudad.

Es mejor parecer inverosímil e hiperbólica que ser invisible. Eso me consuela.

Los baterías son un poco como los guionistas



Sonaba de fondo "El cumpleaños de Ronaldo", estábamos en mi casa. Ella fumaba y yo no era capaz de sostenerle la mirada. De tanto que me imponía.

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Ha pasado el tiempo. Ahora me sigue encantando verla fumar pero soy capaz de mirarla mucho rato seguido. Me sigue impactando porque tiene la mejor caída de párpados del planeta.

No vale la pena planear el futuro. Todo saldrá como deba salir y a veces hay que dejarse llevar, no seamos tan impacientes. Empiezo a verle la gracia a eso de tener treinta y tantos y nada seguro y estable. Camino por la cuerda floja con unas botas recién estrenadas y no espero aplausos.

Últimamente escribo para desordenarme las raíces del pelo. O para llegar a la conclusión de que me haría super feliz que tú tocaras al piano y yo cantara Octopu's garden.

Mi plan para el viernes por la noche es de lo más sencillo: una botella de vino, un cenicero limpio y algo de música de fondo.

Trate de resumir en una frase su sentimiento antes de irse a la cama, es necesario para la terapia



Me plego como un paraguas cuando me voy a dormir sin ella.

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