La navidad no está en ningún lugar, ahora lo sé, lo entiendo, y me guardo el secreto para no perderlo



Salí de trabajar y esperé el autobus de las 20:06 h. Encendí un cigarrillo aún sabiendo que no iba a tener tiempo de terminarlo porque el autobús llegaría antes de que lo consumiera. Allí estaba. Alcé la vista y la vi. No fue una visión, quiero creer que no lo fue porque en mi vida he estado más cuerda. Nunca fui mística, ni espiritual ni nada de eso. Es más, esas historias suelen hacerme mucha gracia pero… la estrella de Oriente estaba justo delante de mi vista, detrás del edificio de una productora de televisión bastante conocida.

Y no fue una alucinación. Hasta ahora no lo había contado porque me daba algo de reparo pero a estas alturas creo que ya nos conocemos lo suficiente como para que me guarde más cartas bajo la manga. Es que ya no me caben más.

La estrella de Oriente avanzaba a una velocidad casi de vértigo. Vino mi autobús y tuve que dejarla allí. El misterio. El miedo. La creencia. El interrogante. Tantas cosas que se agolpaban en el pecho que decidí respirar poco a poco para no temblar demasiado. Siempre he sentido vergüenza de que los desconocidos sepan que tiemblo. Manías mías.

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Os contaré un secreto. Es la primera vez en mi vida que paso las navidades sin trabajar. ¿Habéis trabajado alguna vez en el sector comercio? Los que lo conozcáis sabréis lo duro que es. Vender regalos a los clientes y no disponer tú misma de tiempo para comprarlos. No poder ver la cabalgata de Reyes. Trabajar los festivos, salir con cara seria y sin saliva. Sin ganas de nada. Sin ganas de que te hablen. Harta de soportar a clientes petulantes y engreídos. La vida de los dependientes es digna de novela. Algún dia escribiré un post más digno, que el tema lo merece.

Por eso este diciembre es especial. Tan especial que me desborda, que me siento libre, y eso es algo que nunca había vivido. Trabajando desde la adolescencia en estas épocas.

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Fuimos al cine y al salir estábamos rodeadas de policía, furgones, ambulancias y otros objetos propios de revueltas y manifestaciones. Un helicóptero rondaba la zona como un abejorro gigante.

Lo primero que pensé fue que se trataba de un atentado pero, al preguntar a la gente, nos dijeron que no era nada de eso. Curiosamente, no pudimos ver la noticia por televisión y aún no sé si fue el azar o la censura de la izquierda.

Lo importante es que la película fue espectacular. Que al salir del cine vi mi vida pasar en segundos, como si me fuera a morir, pero que no le dije nada porque pensé que no me saldrían las palabras buenas sino las nostágicas y no era el momento.

Nuestro tercer diciembre.

Y el corazón tan rojo como el de Otto, el piloto.

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Si pudiera haceros un regalo, ahora mismo sería un pase para ver My Blueberry Nights. No sé encontrar un regalo mejor. Ojalá os guste tanto como a mí.

Gracias por dar tanto. Por estar leyendo todas estas noches.

Ojalá veáis esa estrella.

Me lo repito porque es cierto, porque me quemé el labio superior pero hoy se me ha curado de repente



Después de mil años, pasé la tarde del sábado pintando con colores y recortando figuras mínimas. Como si nunca nos hubiéramos ensuciado, como si aún tuviéramos veinte años.

Todo es cierto.

Hi ha un escola perduda al mig del Montseny
On només hi estudien els nens que somien amb truites
És l’escola dels somiatruites
On només hi estudien els nens que somien amb truites.

I el Joan que somiava que el seu llit tenia ales
I a mitjanit despegava i volava, volava i volava.
I la Lídia que somiava que el seu nóvio era un llop
I es passaven les nits senceres udolant sota la lluna plena

Au, au, au i auuuuuuuuuuuuuuuuuu

I la Fina que somiava que respirava sota de l’aigua
I mai s’ofegava i es feia unes arracades amb perles marines
Ah ¡ i a més i a més era íntima dels dofins i els taurons i les gambes.

I la Marta que somiava que la terra era quadrada
I se n’anava a passar les vacances a una altra galàxia.
I el Fidel que somiava que li fotia una pedrada al rei d’Espanya.

I el Gerard que somiava que era un gat
Que somiava que era en Gerard que somiava
I la Joana somiava que el seu pare mai la pegava
I la Roser que somiava que la mare mai la renyava
I la Cristina que se n’anava xino-xano a la Xina
I parlava xinès de la Xina :
Xino xao, xao xao ping, xano xino, xino xano

I l’Albert que somiava, somiava, somiava i somiava
I de tant que somiava mai no es despertava
I a l’escola és clar mai s’hi presentava
Però la senyoreta mai li posava una falta i sempre
l’aprovava
I és que l’Albert estudiar no estudiava
Però somniar carai si somiava

Carai quina senyoreta que simpàtica que era
I somiava que era una marreca que somiava
que cantava com una gitaneta a les nits de lluna :
ole, ole, ole....

Hi ha una escola perduda al mig del Montseny
On només hi estudien els nens que somien en truites
És l’escola dels somiatruites .

I el Ramon que somiava coses tan estranyes
Que és impossible explicar-les
I en fi sobre les coses que somiava la Laura
És millor no saber-les.
I és que hasta el conserge pintava escoles sense muralles,
ni classes,
Ni reixes, ni mestres, ni tonteries d’aquestes,
Amb finestres obertes per on feien carreres
els somnis dels nens i les nenes

I mentrestant la Fina nedava amb sirenes
Gluglgugluuuuu........

Breve poemilla nocturno que aspira, tan sólo, a que lo leas antes de dormir

Me he recortado
Con unas tijeras minúsculas
Y brillantes.

Ya no la escribo.
Ya no la recuerdo.
Ya no la tengo.

Me he puesto sin querer
Ropa interior
Desconjuntada.

Ya no la temo.
Ya no la beso.
Ya no la sigo.

(La duda)

Me he enterado
De fotos,
De chismes
Y semáforos viejos.

Opciones de vida,
Agendas perdidas,
Algo de calma,
Y celdas bajo el agua.

Siempre me gustaron
Los que pierden los premios,
Los que atraviesan el desierto
Fumando,
Los que no bajan al mar
A buscar desechos.

Los discos duros externos
Te los llevas donde quieres
Pero nunca intentes
Vaciarlos
Y tragarte
El contenido
Con un vaso.

Me sobran vocales,
Me faltan cuerdas
Que me aten al suelo.

Siento que si duermo de nuevo, voy a volver a la realidad y el golpe será tan exagerado como todos los que suelo describir



Esta noche he dormido unas cuatro horas, como la noche anterior más o menos. Qué extraño todo, qué lejano, qué separado de mis notas a bolígrafo negro, de mis gafas impecables.

Nunca nos había llovido tanto en Madrid. El sol, “arrogante y español”, no salió apenas y gracias a ello nos besamos bajo el paraguas en la Gran Vía, en la calle Infantas, en la calle Libertad y creo que en la calle Tetuán.

Nunca me habían parecido tan bonitos los nombres de las paradas de metro. Quedar en Antón Martín, seguir la calle Huertas y llegar hasta la Plaza mayor.

La plaza Mayor y sus inaccesibles pisos en venta o alquiler. La plaza Mayor a oscuras y nosotras fumando un cigarrillo mientras los tipos de los puestos se alumbraban con velas y linternas. Las fotos difíciles en la plaza Mayor. La emoción. El cansancio de pies pero no de labios.

Que a mí se me siga poniendo un nudo en la garganta cada vez que entro en la plaza Mayor, es algo que intento explicarme cada vez que sucede. Pero no todo se puede explicar en esta vida. No todas las fórmulas son conocidas por el público.

Dejé mi blog abierto en varios ordenadores del edificio de Telefónica de la Gran Vía, en un mínimo acto vandálico que improvisé. Como quien deja un mensaje en una página de libretita a cuadros y luego arruga el papel y lo lanza a una papelera situada estratégicamente.

Mi abrigo azul secándose de la lluvia en el toallero del hotel. El balconcito de suelo antiguo. Los cuadros de la pintora indie (mi caso pendiente de resolver). Las historias de las chicas de acento andaluz con las que compartimos dos botellas del mejor vino blanco de todo Chueca. Por fin os vimos juntas. Qué importantes son esos momentos. Qué suerte. Y la chica que bebía pacharán como quien bebe un licor mágico, con las manos bonitas y los ojos nuevos de quien tiene tan sólo veintipocos. Un cenicero lleno de colillas y de buenos deseos para ella y para su amiga. Si fumas bien con alguien eso significa algo bueno, sin duda.

Su paraguas olvidado en el museo. Un ejército de vigilantes buscando pistas para poder encontrarlo. La réplica perfecta de la estatua del ángel caído. La fascinación por el lado oscuro. La exposición de Star Wars a la que no fuímos.

Las luces del paseo de Recoletos. El rabo de toro en un bar de estilo granaíno. Las croquetas de la calle Tetuán. El AVE que deja ver paisajes nevados, veloces, limpios, deshabitados para que nadie los desgaste.

Su ropa interior sobre la cama. La ducha a base de geles de baño diminutos. Las toallas blanquísimas de nieve. Su pelo en Madrid. La lluvia de fondo. Sus labios en Madrid.

Creo que ahora entiendo el motivo de esta admiración desorbitada, exagerada, por Madrid.

Y es que todo se lo debo, al final, a ella.

Y si nunca nos hubiéramos besado en la plaza Mayor, y si nunca hubiéramos hecho el amor –como dos linces– en todos esos hoteles, posiblemente, todo esto nunca habría sucedido.

En bucle el último CD de C.R. (qué acordes tan oscuros, qué precisos, qué preciosos)

No releo los posts. Los míos, casi nunca. Soy demasiado hiperbólica y eso me pierde. ¿Cuándo entenderá la gente que si este blog se llama "narraciones" es por algo? Me baso en un 95% de ficción y el 5% restante lo tomo de lo que vivo. Nada más.

La aclaración es para que sepa que ha sido tan sólo un mal día. Pero que yo voy del infierno al cielo en una calada de pitillo, en lo que dura una campanada.

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La quiero tanto que me mareo. Y si hoy me he caído ha sido porque trabajar casi doce horas seguidas me ha desquiciado. Porque no podía escaparme para ir a buscarla.

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Y siempre me dice que "lo importante es lo importante". Y ahora veo que lo importante en este momento es saber que volveremos a tomar un avión juntas mañana.

Y que este mediodía me he comido un bocata de salchichón frente a una estufa. Y era la estufa que ella trajo para aliviarnos del frío.

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Paola me alivia de todos estos pequeños precipicios.

Ha sido como un eclipse, como la canción de C.R.

Qué triste. Qué triste. Pero qué día más triste.
Triste.
Triste.
Y más triste.
Qué arrastrada que he llegado a casa. Qué sucia. Qué manos tan limpias, sin embargo, pero qué ojos tan lejanos.
Como una pala que te entierra. Como un clavo que se vuelve en tu contra.

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Que yo también lloro, que yo también me derrumbo. Maldita sea, y mil veces sea maldita, que los insultos los digo siempre en castellano porque me suenan más cerca del alma.

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Tercera parte de nada. Tercera parte porque la primera y la segunda me parecieron una mierda. Y tengo ganas de partirle la cara a un par de personas. Y ganas de decir que estoy en contra del plan de Bolonia, porque es una porquería, porque puedo dar muchos motivos, porque con ese plan iremos al fracaso, porque sólo estarán contentos los profes vagos, porque...tantas cosas, que no es el momento ni el lugar.

No me queda ningún as en la manga, ni en las botas. Esta noche me siento más sola que los perrillos en las tiendas de animales cuando se apagan las luces.

Ni siquiera ha vuelto a llorar.

Todos tenemos derecho a sentir lástima de nuestras acciones. Hoy he visto una secuencia de El club de la lucha y casi me pongo a llorar. No diré cuál porque eso es sólo mío. Dejadme el derecho a ser egoísta, por favor.

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Cuánto daño. Cuánta soledad. Cuántas pérdidas. Quiero falsificarme a mí misma y que desaparezca de una vez esa tipa que se llama Carol, que se fuma mi tabaco y que ensucia mis copas. Que desaparezca porque me da miedo, porque no la entiendo y me está disparando por la espalda.

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Había una cuarta parte y yo no me di cuenta. No me di cuenta y me creí única. Arrogante y bien guapa. Engreída y perfecta. Había un prólogo y lo pasé por alto. Yo, que leía todas las notas a pie de página; yo, que acudía a los clásicos como quien se toma un café. Había una parte que todos conocían menos yo. Y así dejé de comprarme ropa, de beber vino blanco en las comidas del fin de semana. Dejaron de gustarme los pasteles.

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Harta de salvar sin salvarme yo.

Los que se suben al último vagón son, por lo general, tipos y tipas algo peligrosos

Qué calladita que he estado, pensarán mis enemigos y enemigas. Más enemigas que enemigos, claro. Pues sí, he estado sin teléfono y luego sin Internet. Y mi trabajo no es de esos en los que te puedes meter a escribir sin peligro de que algún espía te cuele una denuncia.

Los miércoles me gustan porque me subo al penúltimo vagón y tomo el tren de las 7:30 de la mañana. Allí me encuentro con la restauradora y compartimos la primera media hora de vida de la mañana. Ella me ha enseñado un camino alternativo y que existen dos puentes: uno de piedra y otro que tiembla un poco cada vez que pasas por él. El miércoles pasado nos quedamos en medio del puente vacilante y me dijo que notara cómo temblaba... y sí, era como un mareo sutil. Yo, a cambio, le he enseñado la frase secreta que sólo se ve si pasas por otro puente y miras hacia abajo. Llevo siete años pasando por ese puente y ni un sólo día he dejado de asomarme para leer esa frase. Jamás la escribiré aquí. Acabo de decidir que si algún día escribo una novela (ja) esa será la segunda frase.

En mi ciudad ya han encendido las luces de navidad. Debe significar algo, alguna pista o un indicio de no sé bien qué. Ando muy liada estos últimos días, tantos cambios me han dejado perpleja pero al mismo tiempo como si se me hubiera quedado atrás una etapa, una capa de la vida que ya no volverá nunca. Me refiero a temas laborales.

El sábado me crucé con una profesora de la que había estado enamoradísima. Tanto, que hasta le declaré mi amor. Que ya hay que estar colgada de la vida, ahora me sonrojo de la vergüenza. La vi después de unos quince años y no fui capaz de saludarla, a pesar de que lo tenía fácil porque ella entró en una tienda y yo podría haberle ido detrás y jugar a las casualidades: hola, què tal? ostres, quant de temps sense veure't...

Y el otro encuentro de la semana lo tuve de manera más cibernética. Un antiguo amor me encontró rebuscando en Google -cómo no- y me encontró. Es lo que pasa cuando tienes un nombre y un apellido que no son demasiado comunes. Y esa persona no sé qué pretendía reapareciendo después de... pues también unos trece o doce años, justo cuando me dejó tirada. Si alguien desaparece de una forma tan cruel de tu vida, ¿a santo de qué vuelve a reaparecer años después cuando tú ya tienes tu vida montada? Como soy muy elegante y siempre contesto, le devolví el mensaje pero no dejé ningunos puntos suspensivos sino más bien un "me alegro mucho de que sigas viva en el mundo".

Intento ser justa. No sólo con los demás sino conmigo misma. Creo que hay personas que sobran en nuestras vidas.

Y eso es todo lo que ha pasado durante estos días. Aparte de estos detalles, debería decir que he pasado mucho frío, que se me está rompiendo el móvil, que he adelgazado demasiado, que aún no he vuelto a leer ficción, que me siento algo más insegura en el trabajo, que mataría por tener tiempo para aprender a tocar la guitarra, que tengo ganas de que llegue diciembre para que llegue nuestro viaje, que utilizo un rotulador amarillo, que he paseado el portátil por media ciudad y que me duele ya la espalda, y que el fin de semana pasado hicimos el amor como dos tigres.

Por si alguien no se había percatado, esta noche he vuelto de nuevo a los posts en directo.

Reencuentro con mis cosas, con mi aire, con mi sillón, con mi espalda, con mi distancia

Como ahora no soy capaz de escribir, me concentro en el trabajo y en medir la distancia adecuada.

Versión Kiss

Versión galería

Versión valla


Encandila.

Sólo es 4 de noviembre, me siento algo incapaz de soplarle a este mes para que se esfume antes de que me acabe la agenda del 2008

Mañana me voy a comprar la agenda del 2009.
Quiero que sea tan roja como la del 2008.
Si no es tan roja, no me servirá.
Hace poco me explicaron qué significaba
Red letter year.
Año señalado.
Pocas veces en mi vida he tenido un año así.
Marcado, subrayado y enmarcado.
Soy más de gerundios que de participios,
Que siempre me parecieron más estirados y nobles
(Pero nobles de nobleza, no de alma)

Y me pasa otro día en que no consigo irme a dormir antes de la 01:30.

Intento dejar pistas pero a veces nadie las pilla, ni que hablara en francés (¿quiénes son los tipos de la foto en blanco y negro?)



El teclado del ordenador está helado. En la calle no hay nadie. Mi botellín de agua tiene hielo. No puedo beber. Ni pensar. Ni cortarme el pelo.

Llevo cuatro días intentando saber cómo funciona el termostato de la nevera. No entiendo bien el mecanismo y creo que me confundo: trato de subir los grados pero los alimentos cada vez están más congelados. Ni siquiera puedo echarle tomate al pan, se ha convertido en puro hielo.

Eso es típico en mí. No entender las cosas más simples y ser, en cambio, una experta en casos complicados.

Y hablando de casos, me siento mejor desde que dejé algunos casos aparcados. Sólo me hacían daño. Ahora, si algo me duele, que sea ese algo, no ese algo invisible.

Hace mucho frío, no me extraña porque tengo la nieve muy cerca de casa.

Y no puedo dejar de pensarla antes de irme a dormir.

"...i l'edat m'incomodava..."



Me pareció precioso ver cómo una niña de unos trece años jugaba con un balón de fútbol en una parada de autobús. La cría tenía mucho arte, mantenía la pelota en el aire todo el rato, no dejaba que tocara el suelo en ningún momento.

La dije una cosa mentalmente, pero no me oyó.

¿Por qué a veces no nos escuchan cuando enviamos mensajes mentalmente?

Imágenes que retengo tan sólo un día pero que recuerdo durante meses



La conductora del bus es muy guapa. No es que esté buena, es que es guapa. Reguapa. Me he subido al bus y era la única pasajera, pena que el trayecto tan sólo haya durado unos minutos. Sonreía al saludar a los otros conductores con los que se cruzaba en el camino, se nota que les cae bien porque le decían hola muy contentos.

Me ha dado por imaginar que conducía para mí, sólo para mí. Que el autobús me había sido reservado a mí sola, vaya privilegio. Por fantasear, que no quede. Al llegar a la parada he dicho "adéu" en voz alta y ella me ha despedido con la mano. Me hubiera gustado decirle a qué hora me podía pasar a recoger, para que me llevara también a casa.

Pero a la vuelta me he subido en un bus conducido por un tipo algo feo.

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Llevo triste desde anoche por Elena. No se me va de la cabeza. Y no sé qué hacer, no sé cómo comportarme, qué decir o qué pensar. La vida es muy injusta y me cabreo con todo lo que pienso que puede hacerle daño. No entiendo algunas cosas de este mundo. Ojalá pudiera darle lo que necesita pero al fin y al cabo soy humana y no tengo superpoderes, por mucho que a veces lo finja.

Elena, que es una reina; Elena, la grande; Elena, la más guapa del barrio. Qué sola, Elena, qué sola. Y yo me quiero estar sola a tu lado el tiempo que quieras, el tiempo que te haga falta. ¿Sabes? Conmigo no se quedaba nadie, yo siempre pensaba en la canción de los Smiths, aquella que decía que si eres tan guapa, tan lista, tan preciosa, tan tan tan...entonces, ¿cómo es que nadie se queda a tu lado? ¿cómo es que duermes sola otra noche? Y era así, me pasé mucho tiempo cuestionándome todo aquello. Yo pensaba que tal vez la culpa era mía, no sé, que lo mismo me fallaba algo, no sé, mi intolerancia, mi poco sentido de la orientación... qué sé yo.

Y dejé de pensar un día. Y me volví algo cobarde. Y pasaron muchas cosas durante aquellos años. Cosas que jamás explicaré aquí, historias que nunca contaré a nadie. Porque son sólo mías y de otras personas. Pero después de todo aquello tuve suerte. Mucha suerte.

Y una de las cosas que más fastidia oír cuando tú estás mal es que alguien te diga que todo es pasajero, que todo pasa, que al final la vida termina bien. Yo no puedo decir eso. En realidad, no puedo hacer nada. Ni bueno, ni malo. Y así me siento de impotente.

Me habría gustado cenar contigo esta noche pero trabajabas hasta tarde y tal vez no nos hubiéramos atrevido a hablar.

Todo esto tan sólo es porque al ver a la conductora rubia guapa no he podido evitar pensar en ti y desear que ella te hubiera raptado y que se te hubiera llevado a comer cerca del mar.

Y así lo que ha empezado como un post algo tonto -porque ya es viernes y estoy en la cima- ha terminado como un post escrito en mal directo. Como esas botellas lanzadas al mar. Pero a la mía se le ha metido agua y el mensaje que queda resulta ilegible.


PD: Me encanta, me encanta, me encanta. Cada vez más.

Y sí, me he hecho fan de los videoclips de Luis Cerveró.

Hoy llevaba escote y me he acordado de ti (pero el mío no es de vértigo)



El domingo por la noche nos encontramos con Lídia Pujol. Hablamos unos minutos con ella y nos despedimos saludando con la mano. Qué joven está Lídia, qué guapa, qué indie. La descubrí en uno de los mejores conciertos que puedo recordar, cuando tocaba con Sílvia Comes. Aquel recital fue sublime.

Cuando me siento mal, escucho la historia de los caracoles y todo me parece menos grave.


...ay, ay, cuando llegan ya es primavera...


(dedicado a Merche, por acompañarme todos estos años y... por descubrirme a Lídia)

Hoy me han dicho que estoy más delgada, a pesar de que me he vuelto adicta últimamente a los donuts minis rellenos de chocolate (no me culpo)



Lo que son las cosas. Me han propuesto dar dos clases justo el mismo día y a la misma hora. Una es de la asignatura de "Pistas ocultas en apartamentos de sesenta metros cuadrados" y la otra es de la asignatura "Seguimiento de esposos y esposas infieles por la ciudad". Evidentemente, no podía dejar tirado a mi jefe así que he llamado a la tipa que me había propuesto dar la otra clase para decirle que me iba a resultar imposible.

- De acuerdo, Blenk, no se preocupe, ya buscaremos una sustituta.

Me ha fastidiado bastante porque me gustaban mucho esas clases ("Seguimiento de esposos...") pero no puedo desdoblarme en dos hasta ese extremo. Me he pasado la tarde pensando en cómo sería la sustituta. La tipa me ha dejado claro que buscarían a una "ella" y no a un "él". Lo hace aposta porque todos -y digo todos- los alumnos son chicos. Una profe le da más juego, siento decirlo, pero es así y no hay más.

Nadie es imprescindible, vaya tópico más manido, ¿verdad?

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Por otro lado, anoche estuve unas dos horas dudando acerca de si debía o no apagar el ordenador de forma brusca porque se me había colgado al actualizar un software. La decisión consistía entre apretar el botón de encendido o dejarlo allí toda la noche tal y como estaba.

Y al final lo apagué cerrando un poquito los ojos.

En esta vida pasa lo mismo (ya estoy buscando paralelismos, cómo me gusta). Hay situaciones que deben apagarse así, de manera brusca, sin miedo, porque si no se hace de esa forma, sucede que te quedas parado, colgado, pero colgado de nada en concreto.

No sé, a veces escribo aquí cosas que luego me da apuro volver a pensarlas. Las escribo siempre de noche y por la mañana nunca recuerdo lo escrito. No exagero, este blog es un poco como un sueño -en ocasiones más pesadilla que sueño- porque nunca releo y tampoco entiendo muy bien qué es lo que acabo explicando.

Supongo que trato de ordenarme la mente. Y los apuntes del trabajo. Y la cafetera. Y las gafas que curan la miopía.

Jamás había deseado con tanto empeño el fin de octubre y de noviembre. Jamás.

Arriba, mi amor

Si pienso en la canción de Tachenko se me pone un nudo en la garganta y me parece tan romántica que pasaría de ir a trabajar mañana si no fuera porque de ello me depende comer y comprarte regalos.

Debería escribir algo monumental, bello, gigante y que perdurara en el tiempo.

Y sólo me sale un "arriba, mi amor". Que ni siquiera es mío.

Tal vez debería probar con una lista de deseos, pero de deseos de los buenos, de los que no hacen daño, de los que no rompen cristales si hace demasiado viento...

Una lista de deseos de detective limpia y buena...

- Quiero ir contigo a Graceland.

- Quiero aprender a cocinar de mi madre y demostrarte lo bien que lo hago yo sola luego.

- Quiero ver cómo te salen canas.

- Quiero besarte los lunes por la mañana.

- Quiero pasear contigo los domingos por la noche.

- Quiero que la chica del videoclub que nunca cierra sepa que nosotras somos las solas.

- Quiero que vengas al estreno de mi corto.

- Quiero llevarte a mi casa del sur.

- Quiero enseñarte mi caja de madera repleta de papeles.

- Quiero hacerte un mini concierto con la guitarra eléctrica.

- Quiero que hagamos una boda en Madrid, en Formentera y en Finlandia.

- Quiero que se nos desgasten juntas las maletas.

- Quiero que el lince bebé no se vaya jamás de casa.

- Quiero que nos sigamos riendo de las mismas cosas.

- Quiero que "Hey" sea la canción más sensual de los Pixies para las dos.

- Quiero que siempre cuidemos de Paola, Jimena y Flavia.

- Quiero dejarte siempre pistas felices.

- Quiero salvarte toda la vida.

- Quiero que me salves toda la vida.

- Quiero que se sigan disparando las cámaras de fotos a mi paso.

- Quiero que se sigan poniendo en rojo los semáforos a tu paso, para tener excusa y mirarte más rato .

- Quiero que te siga gustando mi música.

- Quiero que hagamos mojitos a la una de la mañana y que despertemos a los vecinos picando el hielo.

- Quiero hablar por los codos mientras suena Chet Baker.

- Quiero que la realidad no me haga caer en el lado oscuro, ya no.

- Quiero que te escapes y que no digas que te vienes conmigo.

- Quiero que me sigas leyendo cada día.

- Quiero que sigas siendo una experta en inventar platos para mí.

- Quiero que me aplaudas cuando defienda mi tesis doctoral.

- Quiero probar todas las camas de todos los hoteles de Madrid, contigo.

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Una canción para ti. Los mejores regalos, los que no cuestan dinero.

Ya sabes que tú para mí, y no hay más.

Siempre me gustó tu nombre, Paola Vaggio.

Prefiero comer a besos antes que comer a versos.


Siempre tuya,

Carol.

Tengo el teléfono de una psicóloga guapa en la agenda del móvil

Es terrible trabajar el sábado entero. Por la noche y por la mañana. Es terrible tener que trabajar todos los sábados. De todos los fines de semana.

Pequeñas quejas de una pequeña (ham) burguesa.

No la he podido convencer para que se quedara en la cama. Me ha llevado al trabajo después de desayunar juntas en un bar en el que han puesto en el hilo musical el villancico “Campana sobre campana”. Y no ha sido un espejismo.

No la he podido convencer. Con lo que me gusta irme a trabajar sabiendo que ella se queda dormida, tranquila, bien tapada. Ahora sonrío porque sé que llegará el día en que lo de convencer o no dará exactamente lo mismo.

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He perdido un trabajo. De acuerdo, sí, era un pequeño trabajo, breve, muy breve. Pero los muy cobardes no han sido capaces de pronunciar las cuatro palabras tan desagradables: “Carol, no contamos contigo”. Tan sólo me dijeron algo así como “entre hoy y mañana te decimos algo”. Y ha pasado una semana.

Nunca he entendido a la gente que actúa sin mostrar la cara, de espaldas. No soy perfecta, ni mucho menos, pero cuando tengo que decir algo lo digo. Y si hay que actuar, pues se actúa y punto. Nadie es imprescindible, eso está claro. Vamos a dejarlo en que la culpa de todo la tiene la crisis y que lo que yo hago es sencillamente algo que no tiene tanto valor, al fin y al cabo.

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Pues sí. Escribo en directo desde el trabajo.

Y puedo decir que es el primer día que me he dado cuenta de que se me ven canas en el pelo. Observo, acojonada, que me está saliendo un mechón de pelo blanco, día a día, sin prisa pero sin pausa. Y me está naciendo justo en el lugar en que lo tenía mi padre. Bonita herencia. Joder, bonita herencia.

En fin, es que ya son treinta y pico. Sí, queridas niñatas, treinta y pico. A ver si lo entendéis ya de una vez.

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Cinco horas, cinco horas, cinco horas. Y en el trabajo no puedo fumar ni disparar la pistola. Los trabajos son así de estúpidos.

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Que pase el tiempo. Que no pierda nunca la cabeza. Que tenga dinero. El justo para ir tirando pero que tenga dinero. Que no me ponga enferma, que esté fuerte para ella. Que sea capaz de salvarme y de salvarla. Que no me caiga al levantarme por las mañanas. Que no me duerma a la hora de la siesta. Que no me ponga a llorar porque he descubierto que tengo una lista de canciones de un concierto, escrita por Sergio.

Mi madre, para cabrearme, me dice que soy cristiana. Y ya no me cabrea. A veces me santiguo sin saber bien por qué lo hago. Debe ser una especie de ritual o superstición casera de esas que me gustan seguir a rajatabla.

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Cinco horas, mi vida, y te tengo conmigo. Cinco horas y dejará de dolerme el estómago, las pestañas y los labios. Cinco horas y me reencontraré más guapa y más morena. Cinco horas y seremos, de nuevo, gigantes.

Espero no volver a tropezar conmigo misma -como hace tiempo- que, si no, mal vamos (a pesar de las torturas, me salva el viernes, la semana empieza)




Al volver del trabajo (hay días en que tomo cuatro trenes y cuatro autobuses, para que luego digan que no soy ecológica porque no reciclo la basura, ja) escuchaba esa canción. Y volvía a pensar en lo buena que es. Y miraba por la ventanilla y me parecía frenética la velocidad del bus. Nos podríamos haber estrellado todos. Y la canción sonando. Seguiría sonando cuando yo tuviera la cabeza abierta y la chaqueta manchada de sangre. Ya daría igual. Nadie apagaría el reproductor. Se apagaría solo, cuando ya no le quedara batería.

O sea, que hay cosas que se apagan porque les falta batería y hay cosas que se apagan porque les ha llegado la hora.

De nuevo me disperso, no deseaba escribir nada de lo anterior. Tan solo recordar esa canción y lo bueno que era el videoclip. Algunas veces nos formamos juicios de personas o situaciones que al final están equivocados. Que todo lo negro es negro y que todo lo blanco es blanco.

Pero las señoritas también escupen.

Si un día perdiera la cebeza supongo que uno de mis primeros delirios consistiría en hacerme adicta al Baileys

Entro en un Caprabo y me gasto 11,99 euros en una botella de Baileys. Subo a casa y me preparo una copa en vaso largo con cuatro cubitos de hielo. Me enciendo un pitillo y me tomo la copa un poco angustiada, intentando mantenerme serena pero sabiendo que me pasaría toda la tarde allí bebiendo sola. Escuchándome a mí misma.

Y no estoy mal, mis queridos enemigos, no estoy mal.

Es sólo que a veces una necesita invitarse a beber para olvidarse de quién es y qué hace en el mundo. Y he pensado en toda la gente buena que conozco. Pero también en toda la mala.

Casi media hora de pensamientos y divisiones entre dos. Así han llegado las cinco y pico y me he ido a coger el tren. Y allí, lo de siempre:

- Los imbéciles de turno leyendo el libro del niño del pijama a rayas (lo que deberían hacer es leer el diario de Ana Frank, joder, que eso sí que es espeluznante)

- Los ejecutivos de turno alardeando del último modelo de nokia, ipod, iphone, ibook, idiota, y yo qué sé qué. A ver, que yo soy la primera consumista, no lo niego, pero no voy con esa pose estirada, triunfadora de la vida, que mira por encima del hombro a todo ser humano que lleve unas converse sucias como las alcantarillas.

- Las pijas catalufas que van de catalufas y hacen más faltas de ortografía que pelos tengo en la cabeza. Qué gracia me hacen las muy tontas, defendiendo a su patria y la mayoría no son ni de Catalunya. Y luego chillan por la independencia y chillan haciendo faltas de ortografía. Me río en vuestra cara. Me río porque yo sí he nacido aquí y por lo menos tengo el nivel C de catalán y media carrera aprobada de Filología Catalana. Hombre, que ya está bien, tanto desprecio, tanto desprecio.

- Los que llevan una camiseta del tipo "no a las corridas de toros, sí a los castellers". Sí, esos que critican las corridas de toros y luego ponen a sus hijos a hacer de castellers. Juas, sí, esos críos que hacen de anxaneta y ponen en peligro su vida. Ah, no, perdón, que ahora se ponen casco, es cierto, que seguro que existe ya una ley -impulsada por la Generalitat, cómo no- que multa a los respetables padres que no les ponen el casco a su hijo/a para que no muera desnucado.

- Los que escuchan Antònia Font porque queda bien y se piensan que dismulan al hortera (o a la hortera) que llevan en su interior.

- Los que van de profesores aplicados y volcadísimos en su profesión. Que darían su vida por los nuevos planes de estudio, para que ya no se hable de "asignaturas", ni de "clase magistral" sino de "aprendizaje", "módulos", etc.

Aparte de esto, el tren me resulta de lo más entretenido.

Supongo que aún me dura el efecto de la copa.

Últimamente, sólo me hacen llorar las cosas buenas. Como las canciones de Maria del mar Bonet.

PD: Por cierto (es que hoy me apetece hablar, mira tú por dónde, el otro día vi un fragmento en la tele del Mercat de Música Viva de Vic y casi me da una úlcera: un grupillo hacía una versión de Què volen aquesta gent? (siento enlazar esta versión en rollo peruana, que no me gusta, pero es la única que he encontrado) en plan rumba catalana. Los habría metido en la cárcel directamente. Una obra maestra como esa canción cantada en plan jolgorio y con ese tonillo tan terrible que tiene la rumba catalana. Ufff, si por mí fuera la prohibía. Espero que Maria del Mar no llegue a escuchar jamás esa desgracia de canción.)

Que octubre y noviembre se disuelvan rápido, tan rápido que no me de ni tiempo de lavarme los dientes



Mi madre me enseñó una planta nueva que tenía en la terraza. Plantó un hueso de níspero y de ahí le nació. Siempre digo que tiene muy buena mano con las plantas, nunca se le mueren. Le crecen, le crecen, le crecen... y cuando ya no pueden crecer más -el espacio no es infinito- las tiene que serrar. ¿En qué contenedor se echan las ramas y las hojas de las plantas?, le pregunto. Pues no lo sé, la verdad, no lo sé. Al vidrio, no; al papel, tampoco... Déjalo, hija, mejor no reciclamos, total, en unos años todos muertos y me importa poco lo que pase con el planeta.

Se enciende un cigarrilo y me deja sola mirando la planta.

Me ha contado que el hueso es de un níspero que Laura me regaló para ella. A mí no me gustan así que ella se lo comió encantada. Pienso que aquel níspero salió del jardín de Laura, pasó por la boca de mi madre, por su cuerpo, y después se sembró en su terraza.

Ahora mi madre tiene un níspero.

Siempre me han parecido asombrosas las historias de cómo las semillas crecen en un lugar y luego en otro y luego en otro y luego en otro...

Qué misterioso me parece a veces todo.

Que lo importante es ser la cuarta, no la cincuenta y uno



(Aviso: no leer si no se ha visto todavía la última de Woody Allen)

He visto Vicky, Cristina, Barcelona en versión original y subtitulada en castellano. Y ha estado muy bien porque las voces sonaban aquí mismito, tan reales que parecía que estabas allí, como en las pelis de los hermanos Lumière. Esta peli sí que hay que verla en versión original. Sí, sí, sí.

Al ver a PC me he visto a mí. La secuencia en la que ella se burla de la palabra en chino que pronuncia Cristina me parece espléndida. Vernos en otros puede ser bueno o puede ser malo. No, espera. Es bueno.

Tan cercana me parece PC como odiosos los Giulia & los Tellarini. Repuaj.

Y de Barcelona no hablo.

Llevo días con las pestañas demasiado largas, debería ir a la peluquería un día de estos.

Indultar a un toro que se llama Idilio me parece romántico, pero romántico del XIX.

Una agenda roja, un boli demasiado caro, unas bambas gastadas: si eres capaz, plántame cara



...así que he desistido en mi intento de escribirme a mí misma una carta. Resultaba demasiado patético. Demasiado doloroso, tal vez. Últimamente me quejo cada tres minutos. Y lo bueno es que tengo ganas de quejarme.

Podría contar que el lunes volví a encontrarme con la chica de la bufanda amarilla. Y que por primera vez fue amable conmigo, que me saludó al entrar y que me prometió que me devolvería el libro que le dejé. Era como si se hubiera bebido un zumo de margaritas o algo de ese estilo. La chica de la bufanda amarilla me enseñó por primera vez las manos como quien enseña una escalera fabulosa de póker.

...así que me he puesto de nuevo a escribirme una carta a mí misma.

Me he editado, me he cortado, me he pegado. Y a cada corte me dolía un poco más. Me ha salido un desorden de ideas y de mezquindades invisibles. Mi conflicto con lo invisible ya es de novela. Si es del XIX, mejor.

La carta. Sigue invisible. Pegada, cortada. Pero sin una sola trampa, que jamás fui tramposa.

No sé aparentar la edad que tengo realmente, es algo extraño, inverosímil, que me hiere cuando alguien lee mi currículum



Siempre hueles tan bien que dueles.
Como cuando te miro los domingos a última hora de la tarde.
Hay una palabra en catalán que es realmente bella: vespre.
Esa parte del día que está un poco al límite de la tarde y
De las pesadillas o los buenos sueños.
Tú nunca puedes elegir con cuál te vas a dormir.

El vespre se acomoda en un sillón cualquiera
Y nos mira tan valiente
Que a mí no se me ocurre abrocharme el abrigo
Hasta la barbilla
Para disimular que estoy nerviosa.

Los domingos -los vespres de los domingos-
Son extraños prehistóricos que nos lamen
Detrás de las orejas y de las ojeras.
Para pedirnos que no hagamos aún la cama,
Para dejarnos cinco minutos
Y un camel que se consume con el rito
De los que han hallado el fuego
Y no se duermen para no perderlo.

Mi fuego, mi llama, mi hoguera.
Encuentro la imagen sin buscarla,
Sin pretender ser excelente, ni siquiera buena.
Que yo ya sé que nunca seré una flaubert
Y que seguramente
Me cansaré los lunes por la tarde
Y los viernes por la noche.

El fuego.
Y vigilar ese fuego
Con dientes, saliva y ojos.
Salvar ese fuego de malos vientos
Y de malos que se hacen pasar por buenos.

Mi infancia no son recuerdos de un patio de Sevilla



Debo ser una sentimental -en el fondo, muy hondo- porque se me ha escapado una lagrimita al ver esto al cabo de los años...

Los zapatos de Marilyn aún están llorando por ella



El botón rueda del ordenador no me funciona cuando intento desplazarme hacia el inicio de cualquier página o documento. En cambio, si lo que deseo es ir hacia el final, no hay problema porque va estupendo.

O sea, que ir hacia atrás es fácil, no cuesta esfuerzo. Ir hacia delante es lo peor.

Maldita manía mía la de establecer semejanzas de todo con todo. De las cosas absurdas con las trascendentales.

Fácil dejarse llevar cuesta abajo. Impulsarse por la rueda del ratón. Complicado trepar y resbalarse.

Está claro que esta noche no me funcionan demasiado bien las subordinadas, sólo me salen frasecillas poco elegantes y desconjuntadas.

Ahora soy dueña legal de veintiséis páginas mecanografiadas en arial, con interlineado de uno y medio. Gran tesoro. Gran tesoro. Para una pirata a la que le duele la parte derecha de la boca.

Nunca me gustó tener que comer sólo con la mitad de los dientes.

Ir hacia delante. Aunque sea atreviéndome a susurrar a la hora del desayuno. Cuando nadie te presta demasiada atención.

Acabo de recordar lo mucho que me gustaba este videoclip de pequeña



De cuando emitían muchos videoclips por televisión. De cuando comías algodón rosa pagado por tus padres en la feria de barrio. De cuando te daba vergüenza estar en pijama delante de ojos ajenos.

Es extraño recuperar imágenes de una infancia que has tenido abandonada veintipico años. En mi recuerdo creo que yo era el chico que se tumba bajo la lluvia en el minuto 3:46. El torturado, el castigado, el que besa en blanco y negro pero se abraza en color.

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Me duele la planta del pie izquierdo. Toda la tarde me ha dolido.
Tengo tanto casos por resolver que aún me duele más de lo que me estaba doliendo.
Porque lo nuevo asusta.
Porque los demonios a veces no van de dentro hacia fuera sino de fuera hacia dentro.
Y entonces es cuando te encantaría salir a tomarte un vodka con la primera tipa que estuviera en la parada del bus. La única con sombrero y con abrigo amarillo.
"Llora por la noche, si te ayuda", que decía la canción.

Pero es sólo jueves y me tengo que ir a la cama.

Como muchos y muchas. Como todos. Menos los insomnes y tal vez los solos.

¿Cuándo se da cuenta uno de que se ha equivocado de profesión? ¿Cuando se le caen al suelo los horarios del tren? ¿Cuando dejas de escribir cartas?



Me relaja caminar por la Gran Vía. Desayunar en el Nebraska, aunque no se pueda fumar, a pesar de lo estúpidos que son los camareros. La vida diaria en Madrid no me resulta demasiado fácil pero me siento relajada sin intrigas, sin casos que resolver, sin ojeras en los ojos. Qué rara me veo sin ojeras en los ojos. "Ga" se pronuncia "lla" en algunas islas, qué sencillas resultan algunas lenguas cuando tienes sed y te da igual hablar en catalán estándar -complejo y polémico concepto- o tener acento de Girona.

Resuelva la evolución fonética del siguiente término latino... y tenías que deducir la procedencia de verbos o suastantivos, paso a paso, letra a letra. Cuando en el fondo a ti te importaba un pimiento que la eme final de algunas palabras se cayese a causa de un fenómeno que se denomina apócope.

Y siempre resulta que las cosas del final se pierden, como si la vida fuera uno de esos dragones chinos que salen como colofón de los espectáculos, flotando sobre el agua y en medio de llamas de mentira. Por apócope, por aburrimiento o por cualquier otro motivo, hay cosas que se caen.

Y me hacía tanta gracia imaginar a todas esas emes cayéndose, perdiéndose... ¿hacia dónde iban? Las emes tirándose por los puentes, escaleras abajo, rampas a toda velocidad... Las emes finales cayendo como suicidas ardiendo del piso treinta y tres.

Me relaja caminar por la Gran Vía pero acabo volviendo a las calles alternativas donde nadie me mira mal si tiro una colilla al suelo o si me atrevo a tararear "Furious" al entrar en cualquier bar. Nadie me juzga, ni siquiera la tipa rubia que se me ha sentado al lado en la Plaza Mayor y que, al verme leer el diario, se ha atrevido a pedirme un euro.

- Porque es justo lo que me falta para pagarte un billete de metro y que pases la noche en mi casa.

Ya dije que la vida en Madrid no me estaba resultando nada fácil. Le doy el euro sin hablar y la sigo como quien sigue a una antorcha a punto de extinguirse. Por el camino pienso en la cara que pondrá cuando le confiese que soy una farsante, que ni soy detective, ni rubia, ni tengo un sueldo fijo a final de mes.

Nos bajamos en la estación de Pitis y me parece un detalle tan sublime que me guiño a mí misma un ojo. Y subimos las escaleras mirándonos como se miran los que se miran por segunda vez.

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Me despierto al principio de la noche. Qué sueño más surrealista. Al desayunar se habrá borrado todo.

Ordenador blanco sobre fondo azul de pared (los pintores ponen títulos así de absurdos a sus obras, yo no iba a ser menos)



(El vídeo me sigue haciendo sonreír, me recuerda tantas cosas buenas que me lo llevo de viaje en un bolsillo, para que no se me lleve ninguna lluvia mala)


Acabo de hacer dos maletas: una para mañana y otra para el viernes. A la primera maleta le espera un viaje largo; a la segunda, uno mucho más corto. Debería hacerme más ilusión el primer viaje, ya que es hacia un lugar que conozco más bien poco. Sin embargo, la ruta que más me emociona es la del viernes.

Está claro que lo relevante son las personas, no los lugares. Y que no siempre se canta lo que se pierde -que escribía Machado- sino aquello que te hace saltar de la cama para lanzarte al abismo.

Curiosamente, me siguen dando más pánico los ascensores que los aviones. He volado sola decenas de veces, sin miedo alguno, pero no me pidas que tome un ascensor para subir a robar almendras de ningún árbol.

Se me puede escapar alguna falta de ortografía pero ninguno de tus gestos.

Todo este rollo por esuchar una canción, de repente, sin pensarlo mucho y cruzando los dedos para que te llegue la señal



Me he llevado la cafetera al trabajo. Así se me hace un poco más breve la espera. Cuando la enciendo suena ese ruido tan característico que tú y yo a veces escuchamos desde la cama (el vecino de arriba debe tener una y siempre le da por hacerse cafés a las horas más intempestivas).

El moreno me desaparece día a día.

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Tú tomas el sol y yo la sombra peleándome con gente que no me conoce y que cree que soy una borde que trabaja sólo por dinero. Escapar, escapar, escapar. A veces trato con guapas como la morena que conducía un coche de veinte millones de pesetas, lucía un moreno de gitana refinada y fumaba Marlboro light (como todas las pijas). Me miró a los ojos y penso que yo era una especie de admiradora secreta con los hombros algo caídos. Y se equivocó tanto que a los tres segundos y medio ya estaba tapándose la vergüenza con las gafas de sol no falsas.

Soy demasiado mayor para que se me resbalen las lentillas cada vez que me tropiezo con una guapa. Ahora tan sólo se me desabrocha la correa del reloj.

Es miércoles, me da miedo septiembre y no saber dar la talla.

Mi madre ha anulado las dos semanas en el monasterio. Dice que estoy demasiado morena (aún) para encerrarme en un sitio así. Que no me va a llevar, que no se hable más, sigue siendo mi madre y no puedo replicar. La que está ida soy yo, no ella. Así que ha cambiado el monasterio por un viaje en tren para pasar unos días con una amiga a la que hace siglos que no visita. Me va a llevar a una catedral muy famosa para que bese no sé qué reliquia y para que me entre algo de paz y calma entre los párpados.

Y yo tengo más miedo que nunca.

Siento que el tiempo que estamos viviendo es crucial -de ahí la canción que suena en bucle ahora mismo- y que por mucho que me empeñe en hacer la indiferente, nunca había tenido más alterada el alma.

Ojalá puedas leerme hoy. En cualquier café de cualquier faro de cualquier playa. En otra vida tal vez fuiste farera. Una farera guapísima, morena, con rasgos italiano-andaluces. Una farera que alumbraba tan bien que todos los barcos se morían de ganas de estamparse contra el faro.

Y yo así me estampo día tras día.

Me vuelvo loca imaginándote tu adolescencia en Nápoles, Venecia o cualquiera de las ciudades en las que vivías. Y te veo en un balcón azul y blanco fumando un cigarrillo, con el sol de cara, como las valientes que no necesitan gafas de sol para escudarse de la realidad y de las gentes malas.

Me vuelvo loca incluso después de todo este tiempo y de todas estas noches durmiendo juntas.

Me vuelvo más loca aún al imaginar que te pierdo, y te miro y te juro y te rejuro que mataré a cualquier guarra que se atreva a robarte. Y te ríes y me dices que te gusta que diga eso, que nadie te lo había dicho nunca. Y lo sé, porque yo nunca había querido a nadie así.

Eres la última.

La última.

Y de pensar en ello me duele el estomago, la garganta, los pies y la espalda. Todo mi cuerpo te espera, te escribe desde el calor de un mediodía nublado. Desde el fondo de los fondos.

Yo no soy farera. No sabría serlo. Pero nadie se quita ante ti el sombrero como yo me lo quito.

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Me sigue emocionando descubrir buena música. Red Russian resulta que son de Madrid, y ahora suenan en bucle en mi pequeña casa. Creando ambiente para cuando te vengas a vivir conmigo.

Por ejemplo, esta pequeña maravilla (pulsar aquí para descubrirla y engancharse)

La doctora me ha dicho que beba agua

A un paso de romper el sombrero de detective y largarme con los últimos pitillos bien lejos.

O lo hago pronto o me arrepentiré casi toda la vida.

Nunca he dejado de ser una exagerada.

No voy a ponerme seria, aunque tenga motivos, me viene grande el papel de tipa respetable que intento dar de cara a la galería



Este verano, de nuevo, mi madre me ha vuelto a pagar un par de semanas de retiro en un monasterio. No me apetece ir, pero sé que es lo mejor para mí y para mi mente. Debo empezar a pensar en el equipaje, en los objetos que se permite llevar y en aquellos que debo esconderme entre la ropa.

Sin cigarrillos, sin amigos, sin noticias del exterior. Sin hacer el amor.

Si se me va el moreno, espero recuperar algo en el septiembre prometido. Si se me van las ganas de escribir, ya no sé qué excusa le pondré a mis ojos en el espejo.

Y tal vez las fuerzas -y los kilos- que he perdido durante estos días han servido para que coloque el miedo en un frasquito transparente y que me pase las noches a solas haciendo crucigramas con vocales, para no perderme nada. El miedo en un frasquito transparente. El miedo, ¿de qué color es el miedo? El miedo no tiene color para mí, què exigent la primavera, joder con los de Mishima, que esa frase es de Maria del Mar Bonet, que no es una copia, Carolina, no seas tan mal pensada, que a veces la intertextualidad musical se nos escapa de las manos y colocamos los verbos donde los sustantivos y al revés.

Pero yo estaba hablando del miedo en un frasquito transparente. Que el miedo se puede curar si te abrazan y no te hacen preguntas. Pero a veces las preguntas se escapan por la parte de abajo de las puertas, por eso en mi casa siempre había una especie de cepillos que barrían adentro-afuera cada vez que se abría-cerraba una puerta.

Tengo ganas de dormir ocho horas seguidas.

Esta mañana me he colado a mí misma en la ducha. Le tocaba ducharse a Carol y entonces Carol se le ha colado. Y por eso he hecho mentalmente una lista de cosas buenas para salvar de la cuenta atrás...

...los discos de Tom Waits, las novelas de Flavia Company, mis libretas negras, mis camisetas de talla mínima (que me destrozan las orejas cada vez que me las pongo), Darth Vader, la cafetera, la piscina, los cigarrillos sin fumar, el vino en la nevera...

Tengo ganas de dormir ocho horas seguidas. Y esta noche ya no va a poder ser.

Esta mañana he ido hacia el huracán con el pelo sin lavar



Los autónomos no nos podemos coger bajas.
Los autónomos no nos podemos poner enfermos.
Los autónomos no cobramos el paro.
Los autónomos nunca salimos en la tele.
Los autónomos no tenemos el respeto ajeno.
Los autónomos estamos desprotegidos.
Los autónomos estamos, siempre, puteados.
Los autónomos tenemos el presente -y el futuro- negro.

Y me hace mucha gracia todos esos trabajadorcillos que tienen su mesecito de vacaciones, su baja laboral por depresión -o cualquier otra enfermedad imaginaria- o su finiquito como dios y los sindicatos mandan.

Y veo cómo les dan su paro y su cotización y sus pagas de navidad o verano para comprar regalitos para sus hijitos. Porque ellos sí tienen permiso de maternidad y luego meses varios para hacer el imbécil eligiendo cochecitos de bebé retro que no caben en ningún ascensor.

Perdónenme el rezo pero hoy me siento muy puteada. Es lunes. He empezado a trabajar a las nueve de la mañana, he terminado pasadas las diez de la noche.

Que no me quejo, que yo nunca he sido vaga. Pero me río de los que se ríen de mí. Por esta vez lo dejo pasar. Ya veremos, enemigos, quién es más feliz en el 2009.

Qué grande Dalí, qué grande siempre, qué ganas de tener una casa como la suya y volverse loco entre mil paredes



Que tengo demasiadas fotos en Flickr, así que me han enviado un email para que me deje la pasta y así poder ser una "pro". Lo bueno es raro que sea gratis. Pero lo bueno que es bueno de verdad de la buena se reconoce porque no te cuesta ni un duro. Sigo pensando en pesetas, sí, qué pasa, me quedé en esa época y soy incapaz de hacer una compra coherente en euros. La última compra me ha costado 1249 euros pero me siento tan feliz con ella que se me olvida.

El verano sin aire acondicionado es como la ensalada sin vinagre de módena. Ahora es como si nadie me leyera, ni siquiera ella. Por eso puedo decir que estos días me encuentro mal, porque me cansa trabajar, porque no dejo de toser y no me levanto con los pies sino con la mente. Eso no es muy recomendable. He dejado de fumar y no tomo vino en las cenas. Por eso también he dejado de ir a cenar. Qué importante es sentirse bien físicamente. Tópico de tópicos.

Ahora me estoy pasando las noches mirando por el balcón y sacando ideas para decorar la casa. La habitación del ordenador es tan azul como los porticones de Menorca y algunos de Cadaqués. La habitación del desnivel, aquella de la que hablé otro día, sí, que te dejabas un lápiz en la mesa y acababa rodando por el suelo.

Sigo mareándome cuando hay curvas en la carretera.

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Después de las curvas llegamos a la casa de Salvador Dalí y de Gala. Alucinante. Nos miramos en el espejo del vestidor de Gala. Vimos el oso disecado de la entrada. Paseamos por su jardín, adoramos al Cristo de los Escombros. Soñamos con bañarnos en su piscina surrealista, en medio del monigote de Michelín y los toreros de la fuente.

Al salir de allí, deseamos inmediatamente tener una casa como la de Dalí. Una locura. Pero a ver quién nos lo impide.

No me acostumbro a utilizar agendas electrónicas, las citas me parecen menos sensuales y el trabajo más trabajo todavía

Un peinado de un día, la ropa interior impecable, un móvil sin batería, una agenda desordenada, el reloj en la mano derecha, las gafas de sol escondidas de los enemigos… debo inventarme estrategias para no echarte de menos y que me duelan las manos de recortarte figurilllas de superhéroes.



De los veranos de mi infancia recuerdo a Neil Sedaka, a los Platters y una canción que me ponía siempre mi madre; era de un tipo llamado Brian Hyland. Como a ella no se le daba nada bien eso de contar cuentos, me traducía simultáneamente las letras (es inglesa, para ella resultaba muy sencillo).

De un verano fatal (esto debería ser un motivo literario-musical de nuestra época, véase Christina y Nacho) trataba aquella canción. Del chico que se queda solo, de la chica que se marcha a pasar el verano quién sabe dónde, pero lejos de él. De las penas que se traga uno fumando por la noche en la ciudad mientras algunos edificios se derriten de calor.

Ojalá pudiera estar en Madrid, en Finlandia o en la playa de Gausbini.

Tener la casa recién pintada es como pintarse los labios constantemente aunque no vayas a besarte con nadie



Cuando tú estabas en tu verano de los doce años yo estaba aprendiendo a fumar en un ático de una capital andaluza, rodeada de sábanas blancas tendidas al sol, a escondidas de padres y tíos.

No imaginaba que mi canción preferida de los Doors sería una que descubriría muchísimos años después. O que nunca me ganaría la vida enseñando a distinguir el complemento directo del indirecto en castellano, sino vendiendo helados.

No le había hablado a nadie de mi libro secreto de suicidas con fotos recortadas de diarios. Ayer lo rescaté pero ya no me ponía los pelos de punta. Sonreí porque me imaginé cabreada al saber que alguien me había birlado el proyecto.

Me he traído al lince bebé para que pase las vacaciones con nosotras así que de nuevo tendré a los de la protectora pisándome los talones y vigilando cada uno de mis pasos. Me estoy planteando seriamente mudarme a otro lugar, cambiar de trabajo y llevarme para siempre al lince bebé conmigo. Las raíces se echan donde se quiere, no donde se puede. Por eso yo tengo muchas en Madrid. Y en la isla de Medem.

Cuando tú estabas en tu verano de los doce años yo estaba invéntandome un árbol genealógico bien sucio para disimular mi acento de ninguna parte. Ya tenía caries en prácticamente todas las muelas pero las manos más limpias del barrio.

Cuando la voz de Kim Deal envejezca, se habrá terminado todo



Ver a los Sex Pistols en directo no tiene precio. Ir en bici dos horas recorriendo la costa catalana, tampoco. Verla en bikini, a menos de un centímetro, es lo mejor.

Si digo que la noche de hoy será traumática, es lógico pensar que exagero. Intento que no me invada esa sensación que tanto conozco y que es tan tonta, sí, ésa consistente en hacerte la sola torturada frente a la ventana abierta con un cigarrillo colgando en los labios porque has visto demasiadas veces a Lauren Bacall en tu espejo retrovisor.

Ayer estuvimos algo más de once horas en el Summercase. Suelo odiar este tipo de eventos pero el cartel era buenísimo y sólo por eso valía la pena: Antònia Font, Facto Delafé, The Breeders, Sex Pistols, Los Planetas, CSS... Y como soy muy impresionable, me alucinó ver a Kim Deal y a su hermana en el escenario. Increíble es poco. Son dos tipas de las de verdad. De las que ves tocar y te preguntas cómo puede haber gente tan gigante en el mundo musical (tan corrupto a veces).

Pero no quería hacer un post rollo crítica musical.

En realidad, no sé qué rollo de post quería escribir.

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Mañana vuelvo a trabajar y se me caen ya las ojeras de pensar en todo lo pesado y lo que me resulta tan ajeno. Necesito alegrarme el lunes así que opto por hacer una lista (como las de antes) con esas cosas que aún quedan limpias...

- Los niños siempre mienten. Una niña ha dicho hoy de mí que me pinto cada día los ojos y los labios y que soy muy presumida. Mentira pura, claro.

- En la pizzería italiana en la que comíamos cada día nos invitaban a un chupito de Baileys. Me gustan los camareros que recuerdan tus gustos culinarios a la primera.

- El moreno de mi cuerpo es un indicio de amor. Y esta pista me la reservo para mí.

- Me han bloqueado el carnet de la biblioteca y en las observaciones consta que soy una "morosa". No sé qué significa exactamente pero me parece muy divertido. Ya mismo tengo al cobrador del frac en la puerta de mi casa.

- Barcelona entera se vuelve gilipollas porque toca el pasmao de Bruce Springsteen. Y en los telediarios no mencionan que han tocado los Sex Pistols. Si yo mandara o mandase...

Necesito dormir así que me dejo de listas. Envío un sms en el que me va la vida entera. Y pongo un fin por hoy.

Hasta siempre, gigante



Querido Sergio,

Me lo ha dicho esta tarde un compañero en el trabajo y he tenido que aguantar el tipo hasta la hora de terminar. Te has ido sin avisar, como se van los valientes. Te ha fallado el corazón, como les falla a los que lo tienen de gigante.

Nunca te hablé porque me parecías demasiado sublime, qué tonta. Te veía en los conciertos, o sentado hablando con los fans y yo sólo te podía mirar desde lejos, admirada. Escribías como un dios, componías como un salvaje y todo eso se quedará para siempre con nosotros.

Qué miedo da morirse, Sergio. Qué miedo. Y yo preocupada porque tengo cinco pares de pantalones que no puedo ponerme porque me he engordado. Y yo preocupada porque puede que me echen del trabajo. Y yo preocupada porque no conduzco.

Y si tienes corazón de gigante se te puede parar cualquier noche.

Fue una suerte estar en vuestro bonus track.

Hasta siempre, gigante.


No, ninguno de nosotros estamos hechos con frío.


Ahora entiendo que Medem no mencionara en el guión cuál era el nombre de la isla



Porque no deseaba revelar el secreto.
Secreto puede ser una palabra limpia pero también oscura.
Si pronuncias secreto con los labios muy cerrados se te pueden helar las manos o los ojos.
Si te la escondes en el bolso es muy diferente a si la ocultas en la nevera.
Te puede herir o te puede aliviar.

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El reflejo del faro de Lucía nos acompañaba cada noche.
No sé si podré volver a escribir como antes. Ni siquiera sé si sabré dormir con pijama en verano.
O todo es efecto de ese mar que tanto daño me hace ahora. A las ocho de la mañana.

Amy me parece la hermana pequeña de Pietra, lo que me hace pensar en que todos somos el hermano pequeño de alguien (¿quién será el mío?)



Aquella noche Pietra terminó el concierto con una toalla blanca alrededor del cuello. Como los boxeadores que abandonan el ring después de las tres de la mañana. Siempre me he preguntado qué hacen los boxeadores después de la pelea, cuando regresan a casa. ¿Se duchan? ¿duermen? ¿cenan algo? Pietra desapareció tras el concierto como una boxeadora cansada. Los tatuajes de su cuerpo sudaban dolidos, extasiados de arte.

Sigo sin saber qué hacen los boxeadores después del ring. Tampoco sé lo que hacen los detectives cuando resuelven, por fin, un caso.

Toda anticipación ha de tener su cumplimiento, lo saben todos los guionistas

[Le he pedido que me dijera una palabra que le gustara, en plan rápido, y me ha dicho "azul", luego se ha arrepentido y ha dicho "tejados". Se lo he pedido para buscar una imagen en Google, porque a veces me inspira... Así que he escrito azul tejado y ha salido en cuarto lugar la foto de la avioneta que le regalé. No pongo la foto porque creo que las casualidades hay que mirarlas desde una cierta distancia. Qué fuerte.]

En las reuniones on line todo el mundo me parece algo gilipolllas.
Yo muero por fumarme un pitillo y bajar al bar de abajo a por un vodka.
Si es por la mañana, me contento con un café con leche y algo que lleve chocolate.
Me aburro soberanamente (qué palabra más bonita)
Porque suelo estar en desacuerdo con todo.

Todo esto es para decir que hoy ha sucedido algo extraordinario.
Que yo ya sabía que iba a suceder.
Pero que si lo llego a anticipar hubiera parecido una chula.

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Y lo he vivido contigo.

Aprendí el significado de "ciclotimia" gracias a una novela que me encantaría releer, pero este trabajo no me deja apenas tiempo para la ficción



Me he pasado la cena entera revisando la carta cromática de colores que me ha prestado el pintor. Debe haber cientos de tonos, tantos para mí -inexperta- que la mayoría me parecen idénticos. Mi miopía no me permite apreciar los matices, supongo.

Pienso en lo complicado que habrá sido poner nombre a cada uno de los tonos. ¿Lo habrá hecho un experto en colores o un experto en lingüística? Me entretengo en leer los nombres: taberna, piedra de lago, tango, valle, aventura, barro termal, miel fresca, calabaza, castillo, verde lunar... Ya me vale, podría pasarme horas revisando todos los nombres y poniéndole imágenes a cada uno de ellos. ¿Cómo será -me pregunto- dormir en un dormitorio licor de menta? ¿Y en uno pintado de color centeno?

Finalmente he elegido cuatro colores. Quiero que sean los colores de la suerte pero nunca se puede saber eso, claro. Mi madre se ha puesto las gafas de ver nítido y ha enfocado la lámpara de detective del comedor sobre ellos. Me ha recomendado cambiar uno de los tonos porque le parecía demasiado oscuro. Creo que ha sido porque ha visto un destello del lado oscuro, pero era tan breve que no me lo ha tenido en cuenta.

Es la primera vez que elijo colores pensando en alguien más aparte de mí. Eso debe ser algo bueno, me digo a mí misma. Como querer pasar las mañanas del verano mirando muebles.

Siempre me produce desconfianza la gente que nunca come helado de postre (como aquellos que nunca se toman una copa de más)

Me han retrasado un vuelo seis horas. Después del cabreo inicial he decidido pensar en lo positivo: estaré más horas en un lugar que adoro y podré probar una habitación de cortesía.

Siempre me paració bonito lo de la habitación de cortesía. Debe ser algo así como una habitación elegante, bien hablada y limpia en extremo.

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Estos últimos días pienso mucho en las necesidades básicas. En lo principal. En lo que no cuesta dinero. En lo que hace que se me remuevan las cuerdas vocales.

Las chicas de las ópticas siempre son rematadamente guapas. O al menos tengo la suerte de que todas las guapas siempre me atienden a mí.

Las del banco, en cambio, son muy secas y cortantes. ¿Cómo deben verme a mí ellas?

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Mañana he quedado con el pintor a primera hora. Me va a tapar las grietas -qué vergüenza cuando se entere de lo que son- y me va a pintar el piso entero de colores de buena suerte.

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Supongo que se nota que en el post de hoy no tengo nada interesante qué decir. Mejor me voy a dormir. Mañana cerraremos la noche con unos mojitos caseros, que son los que mejor saben de todos.

Alguien que plagia es patético, demuestra ser miserable y poco honesto con él y con aquellos que le leen

Sólo hablaré de este tema una sola vez.

Hay dos tipos de plagiadores: los elegantes y los chabacanos. Los elegantes, como su propio nombre indica, plagian de una forma suave, sutil, rozando apenas el texto original, para no impregnarse demasiado. Digamos que conservan tan sólo la esencia, un olor fino. Los chabacanos, al contrario, usan indiscriminadamente la herramienta “copiar y pegar” y no se entretienen demasiado en pulir su estilo. Es como cuando se te rompen los vaqueros por la entrepierna y les pones un parche. Éste destacará en el conjunto ya que se notará que la tela es diferente, que está más nueva, sin desgastar.

Siempre me he encontrado con plagiadores chabacanos, qué gracia. Supongo que a los elegantes es más difícil descubrirlos, claro está. Recuerdo, hace años, el caso de un alumno de la asignatura de Criminología Romana y Huellas Dactilares. El texto estaba redactado con perfecto acento mexicano y, sin embargo, el chico era de Lérida. Me extrañó tanto que indagué en Google y voilà!: era un plagio total. Le dije cuatro cosas y se lo tragó la tierra.

Todo esto es para comentar públicamente que una persona se está dedicando a plagiarme de forma descarada. Poco importa la manera en la que he llegado a esta persona y, en concreto, a su blog. Es un plagio chabacano, qué horror. Y no es que yo me considere Dostoievsky –que ya me gustaría, mataría por ello– pero creo que es un acto miserable usar expresiones, imágenes, frases, etc. de otra persona sin su permiso.

Si esta persona tiene un mínimo de decencia, dejará de hacerlo. Si no es así, me veré obligada a colgar el documento (en público) donde doy cuenta de todos los plagios analizados con todos los links y puedo asegurar que esta persona pasará una vergüenza como nunca la ha pasado. Y se querrá morir, porque soy filóloga y el análisis de textos, fuentes, etc. me encanta. No es una amenaza, pero…ahora que lo pienso, podría serlo, porque tengo los textos registrados y eso, según la ley, es un delito. Pero espero no tener que llegar a ese extremo.

Repito: espero no tener que llegar a ese extremo. Bastante benevolente voy a ser, ya que ni siquiera estoy dando nombres ni direcciones web. La persona aludida sabe perfectamente que va por ella. Y, si no, es que además de plagiador/a es tonto/a.

Por dignidad, por respeto, por lo que sea, espero que sea la última vez que sucede.

Y, como dice mi madre, quien se pica, ajos come.

Nunca edito lo que escribo, no es chulería, es que si edito pierde lo malo y gana lo bueno (y llueve cada día en plan homenaje a nuestro febrero)



Saco libros de la biblioteca y los tengo que ir renovando porque no me da tiempo de leerlos. Ojalá todo fuera tan sencillo como renovar los préstamos bibliotecarios. Renovar hasta que no te permiten renovar una última vez. Porque hay otro usuario que reclama ese libro, o porque sencillamente no te dejan renovar más de cinco veces.

A ella no la tuve que renovar ni una sola vez.

Quiero ser como José Tomás, cualquier día de los de este año



Me han disparado en el estómago, justo en el centro del estómago.

Llevo pensando en torear desde hace varios días, supongo que sigo tan impresionable como cuando tenía doce años y todo me parecía grande, descomunal, hiperbólico. Leo montones de artículos sobre él y pido a los dioses que me den su poder. Ya, que debería conformarme con menos pero es que creo que no me sienta bien perder puestos en la carrera. Puntos en la competición. Lo que sea.

La herida del estómago me sigue sangrando. Llevo así unas cuarenta y ocho horas. Me pregunto qué haría el torero en mi lugar. Si devolver el disparo (aunque sea con retraso) o correr hacia el hospital más cercano. Y resulta que me quedo estancada en medio de la calle y no sé qué hacer.

No sé qué hacer. La detective se derrumba y decide apagar el móvil antes de las doce de la noche.

Sigo en medio de la calle. Se me ocurrió la brillante idea de arrojar las llaves de casa por una alcantarilla. Estaría pensando en algo absurdo, para variar.

No sé qué hacer. Me pongo música. Suena Cuando te hablen de mí. Y quiero morirme en menos de tres minutos para no hacer demasiado ruido. Y para que no tengan que cortar el tráfico.

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Alguien se me ha adelantado a los pensamientos. Me lanzan las llaves de casa a la cara. Me hacen daño. Me protejo con la agenda roja pero de nada me sirve. No tiene besos escritos. Sólo fechas de reuniones y de citas con el dentista.

Vuelvo para casa. Intento abrir la puerta pero no son mis llaves. Alguien me ha puesto una trampa y he caído como una imbécil.

Ahora necesito una puerta abierta para pasar la noche. Para que no me desgaste el frío ni las pesadillas.

Sin puntos de giro no existe nada que valga la pena, ni temblores de alma ni resbalones por mirar un cartel en la autopista



Al principio, los suspensos de las notas de la universidad carecían de importancia. Podías tener un montón de suspensos y no pasaba nada. Después, con alguno de los innumerables cambios de normativa académica, te lo tenías que pensar antes de presentarte a examen a probar suerte porque las convocatorias no eran infinitas. Por lo tanto, no se podían desperdiciar así como así, suspendiendo alegremente.

Y así fue como surgieron los no presentados.

Como una especie de respuesta a los cobardes. A los que no se atrevían a gastar sus opciones. Los no presentados eran los que mejor nadaban y guardaban la ropa. Ellos guardaban la nota, no se la jugaban hasta que no lo tenían muy claro.

Y mientras, el resto, nos empeñábamos en probar suerte. Y gastábamos convocatorias como quien se gasta la calderilla en caramelos para no agujerearse los bolsillos.

Sigo gastando convocatorias. Tal vez ahora más que nunca.

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Acabar la primera noche de la semana con un secreto. Que mi preferida de Suzanne Vega sigue siendo Gypsy. Que aún me la sé de memoria. Que tiene una de las mejores letras del planeta.

Si miras con atención, verás que en Barcelona -a cada paso- Suzanne Vega te mira desde arriba. Y que también te cuenta secretos.

Como si fuera la primera vez que quedamos, es para temblar y echar a correr por lo menos hasta llegar a Graceland



En menos de seis minutos unas cinco líneas.
Qué vicio más terrible el de escribir fuera de horas y fuera de cálculo.
Hace tiempo no sabía muy bien para quién escribía.
Ahora lo tengo muy claro.
Espero que esta noche me vea guapa (oh, preocupación burguesa)

("Esta vida pide otra", me parece un título alucinante. Así estoy.)

Please see from me if her hair hanging down, that's the way I remember her best



Yo imaginaba a una chica en algún país lejano. No recuerdo demasiados detalles, tan sólo que nevaba, que ella llevaba un jersey de lana, de esos de cuello alto. En mi mente adolescente no había lugar para verbos irregulares ingleses ni tampoco para sustantivos que fueran más allá de “love”, “way” o “eyes”. Mas aún hoy me hago cruces de lo bien que interpreté la letra del tema. No iba demasiado errada.

Una chica lejana. Sin nombre y sin pasado. Alguien que me esperaba en medio de la nieve.

Ninguna de las chicas que pasaron antes por mis labios conocía la canción de Dylan. Y mucho menos la versión con Johnny Cash.

Nunca he regalado ninguno de mis vinilos pero esta noche acabo de decidir que para ella sería mi Nashville Skyline.

Pienso en ella cuando veo un anuncio de H&M en televisión, ya ves, qué románticos somos los que hemos crecido en el mundo mutimedia

La canción. Y en vez de recibirlos, tendrás que devolver regalos. Ya no tendrás que estar al lado de un buen muchacho, ni de una buena muchacha. Te quedas conmigo, me quedo contigo y nos volvemos a casa después de bebernos quinientas copas imaginarias y un par reales. La vida está bien si no te rindes, sé que eres más fuerte que el delantero más notable. La canción. Me ha caído por sorpresa en los oídos como cuando te cae la lluvia fría de la ducha. Quise decir agua, pero se me escapó lluvia.

Este mediodía lo he pasado pintando de blanco las juntas de las baldosas del cuarto de baño. Qué limpio me ha quedado, qué nuevo, qué placer verlo tan blanco. Tal vez al blanquear las juntas se me ha blanqueado un poco más la historia. Tapar con blanco lo oscuro, lo sucio, lo que no queda acorde con el resto de elementos. Es curioso, cuando me da por hacer tareas domésticas me siento feliz. Lo reluciente, lo ordenado, lo elegante, me hace sentir bien y es como si me pudiera olvidar un milímetro de las imperfecciones y de los trenes que no concuerdan sus horarios de parada con mis horarios de comida.

Pero este post no hablaba de eso. Me quedo mirando el Camel del cenicero. Nunca unas volutas de humo habían sabido tan bien, nunca habían sido tan brillantes. Todo esto tiene algo de sinestésico. Y las cosas que tiene la vida, que en la última visita al médico me diagnosticaron sinestesia, que yo pensaba que eso era algo que había estudiado en la carrera. De cuando leía a Gabriel Ferrater -uno de esos poetas tan geniales que da miedo volver a leer por si te sigue removiendo el estómago y las pupilas- y subrayaba algún verso con su correspondiente figura, la sinestesia. Y ahora es algo parecido a una enfermedad. Menudo vacío me queda a mí al pedir las medicinas en la farmacia. No sé si quiero curarme porque a mí eso que me pasa me da buenos resultados.

Tal vez, gracias a la sinestesia, me enamoré de ella.

Y yo no me daba cuenta. Y Elena sí se dio cuenta. Y lo vio venir antes de que viniera.

Enamorarse en bucle. Verla desnuda en la cama y dolerte todo el cuerpo de lo guapa que es. Tener que atar la cámara de fotos a la pata de la cama porque se dispara sola cuando la ve levantarse. Temblar cuando ella te besa el tatuaje. Pensarla y repensarla mientras ves pasar las horas mientras trabajas. Enamorarte en bucle y tragarte, de nuevo, otro rayo.

Mañana tengo una reunión de trabajo a las diez. A ver quién se concentra sabiendo que ella estará enseñando la diferencia entre una corchea y una semicorchea a una panda de críos medio locos porque el tiempo amenaza con lluvia.

PD:

OCI

Ella dorm. L'hora que els homes
ja s'han despertat, i poca llum
entra encara a ferir-los.
Amb ben poc en tenim prou. Només
el sentiment de dues coses:
la terra gira, i les dones dormen.
Conciliats, fem via
cap a la fi del món. No ens cal
fer res per ajudar-lo.

(Gabriel Ferrater Teoria dels cossos, 1966)

Hoy he aprendido que hay que tener secretos, por si algún día nos falta el aire o nos volvemos más miopes

He llegado a casa con un dolor de cabeza inmenso. Lo peor que te puede pasar en esa situación es que te encuentres con algún conocido en el autobús, que te llamen por teléfono o que al meterte en la cama repares en que vas maquillada y no podrás ponerte a dormir sin más.

Me dolía como si alguien estuviera desordenándome los apellidos y me colara las letras por los oídos, una a una, sin piedad. ¿Importa el nombre? ¿Importa el pasado? ¿importa el currículum? Ha pasado una hora y la cosa no ha mejorado. Maldita manía la de ponerse a hacer listas mentales cuando ni siquiera se tiene claro lo que se va a cenar.

¿Qué me duele tanto en la cabeza? Lo que ha dejado de dolerme en las manos. Lo he sabido justo hoy, al recibir una carta de alguien que pensaba que se había olvidado de mi nombre.

Carol,

Parece que el verano comienza y me imagino que estarás estudiando tus casos a última hora de la noche. Podría redactarte una introducción magnífica y rotunda para alardear de lo bien que me va en la vida, o para que pienses que dejar de vernos fue lo mejor que me pudo suceder.

Puede que yo sea una bestia, puede que tú sigas siendo una bella rubia que consume cigarrillos a las ocho y media de la mañana. Siempre en los mismos bares. Siempre con el mismo rictus en la cara. Pero sé que ya no eres así.

Si me he decidido a enviarte esta carta es porque quiero prevenirte de...


Se acuerda de mí, y me escribe para prevenirme de los secretos. Que no me fíe, que no escuche a los que me dicen que son nocivos para mi persona. Se me escapan algunos detalles que aún no acierto a resolver.

Hay que tener secretos. Ni muchos ni pocos, los suficientes. Aunque, teniendo en cuenta lo hiperbólicos que somos algunos de nosotros, seguro que se nos va la mano con las listas de pistas falsas que vamos dejando por ahí.

Una canción hipnótica, un sábado conmigo misma, estar sobria, apagar las luces para entender mejor



Este sábado duermo sola. Ella tenía un compromiso muy compromiso. No recuerdo el último sábado que dormí sola, debe hacer años, no exagero. Por esas casualidades de la vida, me he enterado de que otras dos personas que conozco –que son pareja- también pasan la noche a solas. Una de ellas escribe; la otra, es una artista de poemas visuales. Quiero leer su novela, quiero ver su exposición la semana que viene. Tengo suerte de conocer a gente tan grande. No es un post de peloteo, queridos/as enemigos/as, sino de reconocimiento, que a veces se nos olvida decir un simple “qué grande eres, qué brillante”.

Es una buena noche para estar un rato a solas. Conmigo misma. A ver si tengo narices de soportarlo.

Las vacaciones me han servido para leer una novela, pero también para descansar un poco de tanta ficción y salir a la calle cuando más llovía.

Esta tarde me han fallado varias estrategias para quedar con alguien; eso si contamos a los amigos invisibles. He salido a comprar cerveza, tostadas, leche y vino blanco. Analicen la lista de mi compra y sabrán qué tipo de persona tienen como vecina.

Me han pedido que escriba un cuento de tres páginas. Estoy angustiada, he redactado un relato pero no tiene ni pies ni cabeza. El planteamiento, nudo y desenlace ni asoman la cabeza por él. Me he liado con el narrador omnisciente y el autodiegético. Debería reescribirlo pero es que me da la impresión de que no es un cuento sino un post muy largo. Eso me pasa por meterme en sitios extraños.

No es el último, pero podría ser el penúltimo si sigo pisándome los talones a mí misma



Mi avión sale justo dentro de tres horas y media así que debo darme prisa si no quiero meter la pata en el último momento.

En la maleta tan sólo llevo tres cosas: una foto en blanco y negro, un paquete de Camel y algo más.

No me da demasiada pena irme, tal vez porque no siento que los semáforos se me pongan verdes al paso. Ya no.

Estoy cansada de leerme. Necesito descansar y que me den media pensión en otra ciudad.

Todas las zorritas se han hecho amiguitas



Con un título tan poco glamuroso está claro que no me voy a ganar un hueco en el cielo. Y que, posiblemente, ningún editor despistado se fijará en mi cara y me dirá algo así como "nena, creo que deberíamos quedar mañana a las once en mi despacho". Carol, que te quedan veinte minutos para irte a trabajar, pero antes debes soltarte el pelo, cambiarte de zapatos y fumarte un piti.

Hay sucesos en la vida que merecen darle al pause y quedarse un poco estática, tan sólo un poco. Me descojono. Los pelos se me ponen de punta y me como mis propias pestañas como si fueran chicle. De hierbabuena, por favor.

Estoy dudando entre sacar la metralleta o la pistola de bolsillo. Me juré que no iba a volver a las andadas pero es que... en fin, que debe ser culpa del cambio climático.

Por una casualidad, he vuelto a pensar en la Srta. Amapola. Qué guapa, qué fría, qué inteligente, qué mala. Qué todo. Y en sus ojos impasibles volviéndome del revés las camisetas y el gorro del abrigo. Si mañana nevara, me escaparía a romper a pedrada limpia algunos cristales de algunas oficinas de algunas empresas de algunas personas.

"Volverme guapa y tú guapa conmigo", qué gran frase. Y es que a veces hay que rebuscar en la basura para encontrar algunas joyitas.

Otras veces, la basura te la encuentras entre las joyas.

Me niego a ser una amante menguante, a pesar de que Almodóvar es mi dios y mañana es lunes de pantalón de pitillo negro



He estado tomando el sol unas horas y ya tengo la marca del bikini. Siempre he sido algo gitanilla en ese sentido, me coge enseguida (el sol, quiero decir). En realidad, cada verano pienso en lo absurdo que es tumbarse a tomar el sol, pero luego me olvido y cierro los ojos. Y aprovecho para escribir mentalmente decenas de palabras que nunca escribiré, que jamás colgaré a secar como si fueran ropa limpia. Además de escribir, también me imagino ensaladas con mezclas extrañas que saben estupendas con los ojos cerrados. Tal vez lo más importante es que se me olvidan los nombres y los apellidos de mis pesadillas. Y las direcciones.

Hay que tener cuidado con los kilos de más pero, sobretodo, con los kilos de menos. Cuando tu nombre pierde letras, echa a correr o muérete de la risa dentro de un cajero automático.

Me pusieron de nombre Carolina pero empecé a llamarme Carol un verano, cuando aún era una cría, en un pueblo del sur. Hice unas amigas que eran algo espabiladas, ellas fueron las que decidieron cambiarme el nombre, le quitaron las tres letras finales, las que le faltaban, como quien se corta el pelo porque le da calor en verano.

Y desde aquel verano que no he vuelto a utilizar mi antiguo nombre. Porque para mí, se trata de dos nombres diferentes. Tan sólo mi madre me llama así.

Esta noche sólo me falta decidir la ropa que me pondré mañana para ir al trabajo. Cuanto más estéticas son las decisiones, más te destiñen los ojos cuando lloras.

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