Te dejo una carta para que la leas cuando esté en el monasterio



Laura,

Me pareces aún más misteriosa que cuando no te conocía. Una noche te salvé y tú me devolviste la jugada salvándome un mediodía. Ahora lo recuerdo y se me hacen añicos las pupilas de tanto que me emociono. Cuando leas esta carta ya estaré camino del monasterio, mi madre me llevará en coche, son unas ocho horas de camino, en el sur, y ya sabes que a mí el sur no me tira demasiado. Qué misteriosa eres. Y cuánto hay en tu misterioso cerebro. Que por aquel entonces yo ta te quería, que ya me preocupaba por ti. Así que imagínate ahora. Con mis centinelas vigilando todo el día, para que no te hagas daño, para que no te hagan daño. Te veo mucho más limpia que antes, que yo nunca había visto una mirada como la tuya, en serio. Tanto que me conmueve. Te veo más perfecta que antes, cuando no te conocía. Y mejor persona, y más tierna, y más sensual, y más guapa. Que yo jamás había besado un cuerpo como el tuyo, pensaba que eso sólo les pasa a otros y a otras. A veces me siento como una hormiguilla lamiéndote los muslos y me sonrío porque eres algo secreto. Te veo más fuerte, más alta, más gigante, más lista. Y eso hace que me esfuerce en ser yo mejor persona. Ya no estoy tan torturada como antes porque trabajo cada día en mis casos y he dejado de detectivear para no hacerme daño. Tu presente está más limpio que cualquier desierto virgen de África.

Pero hay una única cosa que no puedes pedirme.

Tal vez pille una sobredosis de juanolas si sigo con este ritmo, fantaseando con mi presente mientras trabajo con cara de sonámbula



He vuelto, por unos momentos, a mi pasión por las listas absurdas. He hecho una de mis defectos y me he vuelto del revés para disimular la vergüenza. Pretenciosa y borde. Desorientada y melancólica. Joder. Llevo demasiados días tosiendo como consecuencia de un resfriado. Ingiero una dosis de pastillas juanolas que empieza a ser preocupante, porque estoy dejando de comer -he perdido el apetito, todo me sabe a regaliz- y comenzando a tener alucinaciones. Rollo droga lisérgica, tal vez. El caso es que mi madre me ha llamado para preguntarme qué tal, para ver si ya se me había caído el bronceado y desteñido el pelo rubio. Y para cantarme la canción de Lennon de turno, una tradición que a veces se hace pesada, sobre todo cuando tienes ganas de colgar para no llegar tarde al trabajo. Detesto la impuntualidad. Y a las personas que no reconocen nunca que están jodidas, sí, esas son las peores. Si es que yo siempre fui más cercana a los segundones, a los perdedores, a los que están mal y se regodean en ello. Los que machacan mil veces con la misma historia del pasado, una y otra vez. Los que reconocen que se han quedado sin amigos por ser demasiado asociales.

- Mamá, oye.
- ¿Qué pasa Carolina?
- Que...tengo miedo, ostia, mucho miedo.
- Pero hija...yo...

Y le he colgado. He empezado a sudar del pánico y he tenido que salir de casa como alma que lleva el diablo.

Y entonces he visto que no tenía dónde ir. Una detective despeinada, con la gabardina sin botones -me los he comido en pleno ataque de furia triste- debe ser algo patético, sin duda. Así que me he sentado en un banco y me he puesto a fumar con los ojos medio cerrados. Me he puesto a pensar qué haría si tuviera dinero... He sido tres minutos y veintinueve segundos algo más feliz pero después he vuelto a verme las manos y me he quedado medio muda.

Mi madre me ha enviado un sms justo en ese momento: t he pagado 2semans n un monasterio,todo incluido.ve y curate,hija.

Tengo toda la noche para pensarlo. Pero no voy a necesitar tanto tiempo. He decidido irme, esas dos semanas puede que me ayuden a recuperar los botones de la gabardina. Poco equipaje. Algunos libros y una foto de Laura.

¿Dónde está el universo?



Hay una pregunta que me angustia desde pequeña. Nadie me supo contestar algo coherente, jamás. Claro que yo nunca me he codeado con físicos eminentes y ese tipo de personas respetables -y no lo digo con sorna- que te trazan una ecuación galáctica con un compás de veinte patas y un bolígrafo de ocho colores.

Me he vuelto a hacer la pregunta justo esta noche, en este hall de hotel extranjeramente cálido, en medio de una tierra que desconozco. Con un vodka a la derecha y un cenicero a la izquierda. Ella juega a billar pero es tan fascinante que hasta las bolas se le están derritiendo sobre la mesa.

Eso de que las grandes ciudades se quedan vacías en verano es mentira. Cabezas, vaqueros, toallas y cartas de restaurante. Creo que me volvería loca en un crucero, no podría soportar dormir rodeada de agua. Se me volaría el cerebro, los párpados y las huellas dactilares. La tierra me da seguridad, sin duda.

Estos días me han servido para descubrir que soy una tipa de necesidades básicas, aunque me empeñe en mostrar lo contrario. Y si tienes una sola cosa -la más importante- lo demás resulta invisible y sin sabor, como el agua del grifo.

Cada vez me gusta más viajar en avión. Pensar que puedo morir en el trayecto no significa demasiado, me coloco el sombrero, me tapo los ojos y me entretengo con el chicle. Y recuerdo la época de mi vida en que trabajé de controladora aérea. Y también la forma tan sucia en que me despidieron.

Tengo sólo dos semanas para resolver un caso complicadísimo. Y ya he perdido el lunes. Un día. Pero, ¿qué significa realmente perder un día?

No he conseguido aprender a resumir



Hoy nos hemos levantado a las 6 de la mañana. Ella se ha ido a hacer unas gestiones y yo la he acompañado hasta el párquing. Me he quedado en casa, sola. No sabía si meterme en la cama, desayunar algo más o ponerme a hacer trabajillos domésticos. Al final me he vuelto a la cama y he dormido hasta las diez y pico.

Nunca había reparado en lo vacía que se queda la casa sin ella. Es muy curioso pero hasta esta mañana no había caído en ello. Las fotos de Elvis, las de James Dean, los limones en la nevera, las Coronitas, las camisetas, los cepillos de dientes. Qué vacío más vacío.

Esta noche he hecho la maleta por fin. Pesa diez kilos clavados así que podré saltar de un avión a otro sin despegarme de ella. Me encantan los equipajes reducidos. Y hablar con Laura sin el sombrero de detective.

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