Para que veas, para que leas, para que te alegre la mañana en el trabajo, para que se me pase este momento y sea por fin viernes



Las ganas de verte no me aceleran los relojes pero sí el pulso y la velocidad de cierre de los ojos. Los abro y los cierro. Los cierro y los abro. Sí, soy yo.

Haz la maleta, que mañana nos fugamos tú y yo. París.

Nunca más voy a poner en los títulos frases que no sean mías, que a veces parece que plagio (aunque a eso lo llaman los expertos “intertextualidad”)



Acabo de darme cuenta de que debería haber devuelto una novela a la biblioteca hace varios días. Me van a multar y no podré sacar libros. Ahora que es cuando más lo necesito. No lo he hecho aposta, es que se me olvidó la fecha.

Las fechas tontas se olvidan. Ya se sabe.

Se recuerdan las importantes. La primera vez que probaste la cerveza, cuando escuchaste Marrow, aquel día que tu amiga casi se va por exceso de alcohol, cuando te acusaron de aparecer en una lista estúpida, aquella mofeta francesa besuqueando a la gatita, o el día que te pasaste toda una tarde haciendo crecer las grietas junto a su cuerpo.

Esas son las fechas que debería recordar.

Los secadores siempre me han parecido pistolas de humo caliente (post 462)



Cada noche me seco el pelo. Los secadores siguen dándome miedo porque pienso que cualquier día me explotarán en la mano. Los pongo al máximo aunque sé que las cosas no hay que forzarlas ya que si se fuerzan, bum, te explotan y todo se va a la mierda. Lo que me pasa con los secadores es que los pongo en el grado tres y debería conformarme con el dos. Que es más lento pero más seguro.

Hoy he tomado café con Elena. Me habría gustado tanto quedarme con ella toda la tarde... Me apetecía emborracharme con ella. Hace mucho tiempo que me apetece emborracharme en la intimidad. INT. Y pasar la tarde hablando, compartiendo secretillos. Pero yo no podía faltar al trabajo así que nos hemos despedido y he llegado cinco minutos antes de que empezara mi turno de tarde.

La tarde se me ha hecho tan larga como los días esos de verano en que te vas a la playa y se nubla y te cabreas y rezas para que salga el sol porque tú sabes que morena estás más buena y a ella le gustan las tipas morenas y tú lo que ansías es que te vea guapa la más guapa porque eso te da seguridad aunque sea seguridad de las tonta.

Elena se quiere marchar de voluntaria a África el año que viene, un par de meses. Le he dicho que no se vaya aún sabiendo que ella sueña con largarse. Supongo que no me necesita. Yo sé que si se va, la voy a necesitar más que cuando está aquí, un par de calles detrás de la mía. Elena necesita irse porque aquí se siente extraña. Yo lo sé, pero no se lo he dicho. Hay que agarrarse a algo: religión, drogas, solidaridad, partidos políticos, videojuegos, sexo, ficción... lo malo es cuando no sabes a qué engancharte y te enganchas a un espejo. Tu espejo. El que te devuelve cinco frases exactas en catalán, para que no las olvides.

Qué pena me da que la Plaça del Diamant la hayan dejado tan fea. Pero qué pena. No voy a hablar de las pintas que suele haber por allí, lo que me fastidia es que sea toda de cemento y que no se hayan dignado a poner ni un mísero recuerdo de Mercè Rodoreda. Bueno, la escultura que se dice que simboliza a la Colometa. Sólo por haber escrito Mirall trencat ya deberíamos adorarla como a un dios. Esa plaza es mítica, no puedo entender cómo la han dejado así, tan vacía, tan sola, tan olvidada. Siempre que paso por allí me pongo muy triste, me siento absurda. Estamos despreciando el pasado. Lo bueno, lo bello.

Sigo siendo una puta cría. Pero lo prefiero, es mejor que ser una cría puta.

Con un pie en el lunes, trato de retener el domingo chantajeando lo mejor que puedo



Ya tengo tema.

Tengo que entregar tres trabajos y un súper trabajo. Pero lo importante era encontrar un buen tema, eso era lo difícil. Hasta ahora estaba perdida porque no tenía tema, no sabía si ir hacia la derecha o hacia la izquierda. Ahora tampoco lo tengo muy claro, pero por lo menos tengo tema.

Sería estupendo hablar de los ojos de Laura. Decir que he visto miles de ojos pero que nunca había visto "eso" que he visto en los suyos. Los ojos más limpios del planeta tierra estaban a unos kilómetros de mi casa y yo sin saberlo. He pasado todo el fin de semana mirándola. Para tomar reservas que me duren toda la semana.

Decidido. Mi tema será Elvis.

Y el que huye con el corazón roto encontrará por las esquinas al increíble cocodrilo quieto bajo la tierna protesta de los astros



Las 12:54 AM. Llaman al teléfono.

- Sí?
- Carol, hola.
- ...hola...
- ¿Me conoces?
- Ummm...ah, sí, claro, Ewan, qué tal?
- Ya ves, más o menos...
- ¿Pasa algo?
- ¿Qué hacías, Carol?
- Pues nada importante, la verdad. Retardando la redacción de un mail que no sé cómo empezar...pero bueno, aquí estaba, rollo sola, que me gusta tanto...
- Joder, Carol, tú no aprendes.
- Está claro que no, ¿qué pasa, Ewan? ¿Estás bien?
- Estoy muy jodido...

Ewan se echa a llorar y yo me quedo callada. Cuando alguien me llora por teléfono yo no sé nunca qué decir ni qué hacer. Yo no lloro por teléfono, siempre cuelgo antes, justo cuando el nudo en la garganta aparece. Pues eso, que él se pone a llorar y yo, mientras, me fumo un cigarro.

- Carol, ¿me oyes?
- Te oigo.
- ¿Podemos quedar?

Uf, es la una de la mañana, no me apetece salir pero no le puedo decir que no.

- Vale, nos vemos de aquí un cuarto de hora donde siempre.

Siempre me ha gustado la expresión "donde siempre". Da seguridad, algo de lo que solemos ir faltos.

Un rato después llego al bar donde habíamos quedado pero, ante mi sorpresa, no van a hacer un aeropuerto, no. Ewan me ha dejado tirada pero ha tenido el detalle de dejarme un sobre encima de la barra. El camarero me lo entrega con su cara más borde. Lo leo. Sólo hay un poema. Típico de Ewan, le encanta hacerse el interesante.

obedezco
obedezco
obedezco
obedezco

de la cabeza a los pies
las patadas de mi bestia
pero cuando subo la cuesta de las lágrimas
y remonto los siete suelos de mi tierra
un vuelo de castañuelas
en mi sangre se levanta
y cambian de dirección
mis querencias

sobre la curva del suelo
y bajo el firmamento
siento que me atrae
todo el Universo.

Ummm. Val de Omar. Me gusta. Extraño e hipnótico.

Vuelvo a casa. Es muy tarde, pero aún no han dado las dos. La noche va a ser muy larga.

“Y si fracasas, bien comprenderás: los buenos quedan, los demás se van”, como decía Julio



Un mal día lo tiene todo el mundo. Y yo no voy a ser menos. Resulta que una tipa con pamela me ha jodido un trabajo que vengo haciendo hace tres años. Me alimento de hipérboles, eso lo sabe cualquiera que se haya tomado ocho cervezas conmigo. Hay que ser muy hortera para llevar pamela, vale, ya estoy atacando el físico, algo que no debería hacer, pero es que no soy nada correcta, contra eso ya no lucho.

Me habría pasado el día vomitando: al ver los anuncios electorales, al leer ciertas noticias, al descubrirme lunares azules en los ojos… Y al saber que la tipa con pamela me ha jodido el trabajo. Que todo lo que levanté ahora lo barren como quien barre un pitillo abandonado. Venga hipérboles.

Segunda reparación del ordenador, 103 euros. Y encima me quedo sin trabajo. La tipa de la palmera, los anuncios electorales chabacanos hasta la saciedad, los cafés que te tomas con el estómago centrifugando como una lavadora gastada de tanto centrifugar. Me canso, me canso, me canso. Me canso de estar así. En modo desgaste. Siempre que dejo el ordenador para arreglar me entra la paranoia de que me leen los secretos…de que alguien se entretiene en cotillearme las fotos y los casos sin resolver. Pero bueno, que a veces parezco de pueblo, ¿acaso los médicos cuando te ven desnuda comentan lo gorda que estás o la peca tan extraña que tienes sobre el ojo derecho? Pues posiblemente no. No quiero pensar en ello.

Del día de hoy salvo el mail que me ha enviado ella dándome diez razones de peso para seguir adelante. Ya no soy una funambulista sin red. Alguien me sujeta para que no me caiga y sólo por eso ya debería dejar de escribir esta serie de estupideces que a veces se escapan del filtro que retiene los posts personales.

Me reconocerás porque iré de negro y llevaré unas gafas de sol amarillas un poco rollo teddy girl



Hoy no escribo nada porque la imagen lo dice todo.

Y sigo pellizcándome.

Te lo digo de verdad, tengo una death list seven...¿para qué negarlo? si al final todo se descubre, mejor que sea desde ahora



[Editado: la lista ya no es de five sino de seven, dios, voy a coger una úlcera...]

Si hay algo que me repatea es que le pongan mi nombre a un animal doméstico. Me parece una de las cosas más chabacanas que se puedan imaginar. Y no es que mi nombre sea intocable, no, que no se trata de eso. No me creo nada, ni voy de nada, ni siento que sea nada. Si sé que a tu perra o a tu gata la llamas “Carol”, pues mira, qué bien, acabas de incorporarte a mi “death list”. Ahora no recuerdo si era de “five”, de “six” o de “seven”. A ver…

1. Sí, ya, claro…
2. Hombreee, cómo no…
3. Bufff, aquí…
4. Justo en este lugar…
5. Podría estar aquí…
6. Su nombre aquí...
7. El último pero no el mejor por eso...

Vale, genial. Es como la de Beatrix. Estupendo. Eso es señal de buena suerte.

Sigamos. ¿Es malo no fiarse de tu propia sombra? Yo creo que no. Mejor ir por la vida con los ojos abiertos. Los tiempos han cambiado. Y de qué manera. Hace años, recuerdo que te lo dejabas todo tranquilamente en la biblioteca de la facultad: bolso, carpeta, dinero, etc. El móvil no, que aún no existía. Ahora, sin embargo, cada vez que entras en la biblioteca lees ese cartel terrible que te avisa de que tengas cuidado, que a la mínima te roban hasta las bragas. Ui, perdón, esa última frase ha sido muy ordinaria. Pero bueno, mejor ser ordinaria que chabacana. Mejor decir estas cosas que tener un bicho y bautizarlo con un nombre como el mío.

Hablábamos de fiarse o no de las sombras. Pues eso, que no me fío de nadie. Que a la mínima te la pegan. Que a la mínima te cortan los párpados para que no veas. Pero a algunos nos pueden cortar los párpados, sí, que da igual, que los detectives lo olfateamos todo, y el peligro aún más. Y a la gente le jode que seas un poco feliz. Eso jode mucho. Si eres feliz de la ostia ya es lo peor. Yo he sido muy infeliz, claro, como todos. Pero lo que hacía era no mirar a la felicidad ajena. No es cuestión de escupir sobre nadie. Si te fastidia, pues no mires. Tan sencillo como eso. Bueno, va a parecer que voy de consejera listilla pero nada más alejado de la realidad.

Cada día que pasa me doy más cuenta de que tengo un instinto animal increíblemente desarrollado. Ya se me podría haber desarrollado así el cerebro, joder. Es curioso porque el instinto animal puede ser cruel y tierno a partes iguales. Tierno, cuando proteges lo que amas, cuando consigues comida, cuando te acurrucas para dormir junto a alguien, cuando le tapas la lluvia, cuando le lames las heridas. Cruel, cuando atacas a los que te atacan, cuando velas por las noches para que nadie entre en tu casa, cuando fulminas con la mirada a los que se inmiscuyen en su piel.

Creo que sólo hay un motivo que puede hacer que se me dispare el instinto animal cruel. O tal vez sean un par, aunque ahora mismo sólo tengo en mente uno.

Hay personas que hacen tiro al blanco para aliviar tensiones. Otras, escribimos listas maravillosas -“death list five”- para no olvidar los peligros.

Sin duda, mejor ser ordinaria antes que chabacana. Es cuestión, como todo en esta vida, de matices.

Imponente no es lo mismo que impotente



Cambiar una sola letra puede ser definitivo para cambiar un matiz. Elegir un determinado número de la agenda a quien enviar un mensaje puede suponer un paso adelante o un paso hacia atrás. Dejar un trabajo o enviar un currículum pueden ser la cara y la cruz de cualquier moneda.

Llego al despacho y lo primero que hago es leer una carta:

Apreciada Blenk,

Mi problema se puede resumir en tres palabras: no me quiero. Supongo que dicho así le parecerá algo sin sentido, no sé. Para mí es algo terrible que afecta a todo lo que hago, digo, toco, veo o siento.

No me quiero y me siento insegura.

Tal vez pueda descubrir alguna pista oculta que me sirva para quererme un poco más.


Un saludo,

Lucía Chanovick


Vaya, un caso que me resulta demasiado familiar. Alguien que no se quiere. Ahora tendré que investigar su contexto, todo lo que la rodea, y ver si le puede estar influyendo el entorno. Tendré que saber si tiene pareja, amigos, familia y todo eso.

Pero esta noche no tengo fuerzas para empezar ese caso. No estoy lúcida ni inspirada. Estoy tristilla. Todos tenemos días tristillos. Y no es que no me quiera, como le pasa a Lucía Chanovick, no. Lo que pasa es que me gustaría arreglarlo todo explicando que "imponente" significa "formidable, que posee alguna cualidad extraordinaria". Sé de alguien que es imponente pero que piensa que es impotente (que no tiene potencia). Lo que no sé es cómo diablos podría convencerle para que me crea.

Ese anuncio de James Dean aún me conmueve cada vez que lo veo.

Hoy he dormido con los ojos abiertos y por la mañana se me ha olvidado pintarme la raya de los ojos así que he tenido que volver a casa a pintarme



Ewan sigue escribiéndome cartas. Cada día, al menos una. A veces incluso llegan a ser tres, como las comidas. Normalmente, me las envía por e-mail pero alguna vez me las lleva al trabajo. Y suele darme vergüenza porque es muy guapo, y las tipas de mi trabajo se ponen todas como locas al verle. No me extraña. Tiene esa belleza que duele, suerte que yo estoy inmunizada.

La última de sus cartas habla de la infidelidad. Sigue escribiendo sobre Teresa –con el pelo liso- y sigue narrándome la historia porque sabe que si me la explica a mí y la entiendo, él también la entenderá un poco más. Lo que Ewan no sabe es que no hay nada que entender. Que cuando te dejan de querer, te dejan de querer. Y entonces no hay ni dramas, ni gritos, ni botellas alargadas hasta las tantas de la mañana de un domingo impar.

Leo a Ewan y le echo de menos aquí, en Madrid. Leo sus listas de “pistas para descubrir la infidelidad” y realmente siento ganas de abrazarle y besarle el cuello para que no llore más sobre el teclado.

- Ella ya no me pedía nunca fuego al fumar. Se encendía sola los cigarrillos.
- No me enseñaba las listas de reproducción del mp3.
- Cerraba los ojos al oír el ruido del tren por la noche, sentada en el sofá.
- Le había quitado el sonido al móvil, para siempre.
- Dejó de ponerse perfume.
- Dejó de pintarse los labios.

Querido Ewan, tus pistas de infidelidad son tan ciertas que me dan escalofríos y tengo que levantarme para meter un rato las orejas en el congelador. Me quedo escuchando helados y rollitos de primavera congelados.

- Otra mano le daba fuego en tu ausencia. Ya no soportaba el tacto de la tuya. Ni tu fuego.
- Sus canciones ya estaban mezcladas con las de su otro “él”.
- Se imaginaba viajando clejos, probablemente en uno de esos viajes en tren, de noche, lejos, lejos.
- Un móvil sin sonido no levanta sospechas. El silencio es un buen encubridor.
- La piel de los guapos/as sin perfume suele hacer enloquecer de deseo. Y Teresa lo sabía.
- Los besos sin pintalabios no requieren de camuflaje posterior de última hora.

Saco la cabeza del cogelador y me pongo a escribirle. Me quedo quieta. No quiero escribirte esta noche, Ewan. Tengo varios casos por resolver, el tuyo tal vez es el más fácil pero es el que deseo pulir más. Ojalá pueda hacerlo.

Mi vida ahora mismo sería más sencilla si supiera francés. Pero lo más sencillo no suele hacerte feliz.

Mañana volveré a ver a mi lince bebé. Dormiremos juntos, escucharemos a los Rolling y pasaremos un montón de horas mirándonos las pecas nuevas. Los tres.

Cómeme el corazón



VOZ DEL ÁNGEL (OFF)
La existencia está acompañada de un inevitable sonido de fondo, llamado angustia, que sólo soportamos a medias.


Me ha pasado por mezclar a Medem con Marlango. Mucha eme junta no puede ser buena. Por mezclar aquellos besos con aquellos primeros planos. Los vagabundos con los sordos. Yo también estoy perdiendo oído. Sentidos. ¿Y qué pasa si no veo? ¿Y qué pasa si veo demasiado? Por la noche estaré sola en la selva, ¿qué voy a hacer? Si fuera por el espacio, el universo me rodearía y se me tragaría como un átomo; pero por el pensamiento yo abrazo el mundo.

Todos estamos solos. Solos. Muy solos. Lo físico y el alma a punto de despegarse del cuerpo. A veces tan a punto que da miedo el sólo hecho de imaginarlo. Los miércoles salgo de clase a las ocho. Paso por la biblioteca a devolver libros que jamás llego a leer, libros que ni siquiera abro, que se pasan las cuatro semanas de plazo bostezando sobre mi escritorio. Después de la biblioteca compro cien gramos de churros de chocolate que me cuestan 1,60 euros. Hoy he preparado el dinero antes de que el tendero me dijera el precio, porque deseaba quitarme la chatarrilla suelta. Y entonces el tipo me ha dicho:

- Un euro sesenta y cinco.

Y he tenido que cambiar porque me faltaban cinco céntimos. Ha sido una señal. Estoy segura. Siempre me falta un algo, un poco, un nosequé. Un poco. Y lo peor de todo es que soy consciente de ello.

Ayer envié dos currículums. Ironías de la vida, justo el uno de mayo.

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