Abyectos y abyectas



Qué modernos quieren ser todos. Qué limpios. Qué correctos. Qué sinceros. Yo no acierto ni siquiera el tres por ciento de las veces. Y eso cada vez me preocupa menos. Hoy en clase nos han hablado de la locura. De lo normal, de lo abyecto, de lo extraño, de lo diferente. Le he dado vueltas a la cabeza. Comentaban que en ocasiones es absurdo explicar algunos desequilibrios a partir de lo biológico, de las herencias, del cuerpo. La enfermedad a veces te llega por la propia vida. Un desengaño, un abandono, una mentira, una conversación, pueden llegar a ser detonantes peligrosos y entonces... enajenados sin remedio.

Te contaré algo que no te conté el otro día. Hasta ahora yo era una suicida en potencia, supongo que te debe sonar el término. Hasta ahora. Pero hay momentos en que de repente dejas de mirar al suelo. Y ya no te preocupa si no tienes un trabajo estable. O si sigues bebiendo como si tuvieras veinte años (a la vejez viruelas, oí cómo decía el otro día alguien con respecto a mi forma de vestir). Las suelas de mis zapatos nunca habían estado más limpias.

Y me encanta que Elvis le mire constantemente las tetas a la chica del vestido amarillo (las falsas feministas ya podéis dispararme también, venga)

Como si los Simpsons fueran humanos



Al revés. Hablo al revés y por las mañanas me ducho con la piel del revés. Llevo así un año. Y me gusta. Y por fin me entiendo.

Por fin me entiendo.

Por fin.

Vuelvo a beber agua y leo cómics antiguos ambientados en sitios que desconozco. Que Laponia cada vez está más cerca, lo sé. Que mi madre tiene los ojos muy bonitos, lo sé. Estreno vestido nuevo blanco y negro. Aún no sé usar demasiado bien los verbos irregulares.

Esta tarde me he encontrado con un antiguo maestro mío de EGB. Me ha dicho su edad y que ya no vive en mi barrio. Parecía feliz, pero menos que hace 20 años. Cuánto tiempo, que veinte años no es nada, claro que son años. Suficientes para muchas cosas. Para perderse, reencontrarse de nuevo y perder a más gente.

Sigo yendo al dentista. Llevo tres meses. Abro la boca, ella me mira y me cuenta cosas de su país lejano. Los dentistas deben ser extranjeros, sino no me gustan. Deben ser de fuera para explicarte historias hiperbólicas e inverosímiles. Así tú abres la boca y te dejas llevar por la trama improvisada en esos minutos que dura la visita.

Yo pensaba que los nervios de las muelas los mataban con pistola pero estaba equivocada. Los matan con unas agujitas finas y los despedazan poco a poco. Van extrayendo trocitos de nervio y a ti te parece que te están sacando pedacitos de alma seca que ya no sirve de nada. Mejor así, piensas, podría ser una especie de limpieza moral.

Hay días en que me duele mucho. No miro a la dentista para que no me vea los ojos vidriosos, vuelvo la vista hacia arriba y me centro en el techo, en las paredes, en mi parka azul de Casablanca -tú vestías de azul- y parece que me alivia un poco.

Pensar en ella me alivia aún más. Y si lo hago con muchas fuerzas, la dentista ya no necesita matar más nervios porque los nervios se me mueren, acojonados, ellos solos.

LImpios y guapos, caídos del cielo



- Vosotros no sois de aquí, ¿verdad?
- ¿Cómo lo sabes?
- Porque eres guapo, ella es guapa. Los dos sois guapos. Y en este pueblo todos somos feos.

A veces la belleza duele.
Criticadme todo lo que queráis pero esa es la película que me hubiera gustado escribir.
Y no hacer esta mierda de lista de cosas que faltan en mi casa.

Remember when (o cómo sobrevivir a un viernes noche)



Crecí con los Platters. Una cría que escucha este tipo de música, de algún modo, ya está marcada.

Cuánto daño hicieron también los Platters.

¿Te acuerdas de los Housemartins?



Construir. No derrumbar. Construir. Build. Señales, pistas, o como prefieras llamarlo. Yo tenía 13 años y cantaba las canciones de los Housemartins. Aún recuerdo las letras. Curiosa memoria selectiva.

Its build a house where we can stay
Add a new bit everyday
Its build a road for us to cross
Build us lots and lots and lots and lots and lots


La cantaba con mi prima en la terraza de un séptimo piso, bajo el sol andaluz, mientras aprendía a fumar como las señoritas que echan el humo después de hablar. Qué maravilla.

Tenía 13 años y me sabía las letras de los Housemartins. Tú tenías 9 años y ya eras una niña melancólica. Te imaginaba jugando sola en medio de un sito desconocido para mí y me tragaba el humo sin conseguir hablar. No sabía tu nombre pero eso no importaba. Eras tú. La guapa. La que siempre había imaginado. Ni la mejor, ni la más perfecta, ni la más alta. La niña de 9 años que me miraba y me sabía ver los ojos incluso cuando los tenía cerrados.

Tardé algunas semanas en aprender a fumar bien.

Ahora me preguntas quiénes eran los Housemartins y sonrío. Sujeto el móvil con el hombro. Lloro. Porque vuelvo a ver a la cría de 9 años y... no quiero que jamás deje de mirarme los ojos.

Qué grandes eran los Housemartins y qué pequeñas nosotras.

Cuánta zorra suelta y qué pocas katanas



He llegado a casa medio mareada y con ganas de vomitar. La imagen no debía ser demasiado bonita, supongo. Al fin y al cabo estoy sola. Sin dar cuentas a nadie, sin sentir que te has hecho la raya de los ojos torcida. Eso no le molestará a nadie más que mi espejo. ¿Cuántos años debo llevar haciéndome la raya de los ojos torcida?

Las ojeras se me han alargado y creo haber contado unas seis canas más en mi pelo. Me planteo volverme a teñir de pelirroja. A ver si se me tiñe también la mala ostia.

Las rebajas han ido mal. No está nevando. Soy una mala alumna y peor estudiante. Necesitaba un tema de trabajo y sólo he conseguido gastar 38 euros en dos cómics. Eso sí, son los más bellos de los que han caído en mis manos.

Me pregunto porqué hay tantas zorras en el mundo. Y porqué se empeñan en joder todo lo que en principio parece transparente. Perdón, llamada de Elena:

- Ei, Carol, ¿qué haces?
- Un post en directo, ¿y tú?
- Emborracharme con lambrusco italiano.
- Joder, pues sí que estamos bien…
- Oye, ¿has dicho ya en el trabajo que te vas?
- Aún no.
- ¿Y a qué esperas?
- A un milagro, a una sorpresa, a un diluvio. A nadie.
- Desde luego, tía, que no hay quien te entienda cuando te pones críptica.
- Tampoco eso es lo que espero.
- Ah.
- Pásame a buscar.
- ¿Cuándo?
- Ahora.
- ¿Ahora?
- Sí, ahora mismo.

Cuelgo el teléfono y no sé si hago lo adecuado. Elena está muy sola, siempre sola. Tal vez sea una de las solas más guapas de la ciudad. Y eso aún hace su situación más terrible. Pero ella me entiende. Siempre me ha entendido, en los malos momentos y en los pocos buenos. Ella también habita en el lado oscuro.

Sigo preguntándome qué hacen todas esas zorras ensuciándome la sombra. Y ya sé que no parece respetuoso, ya sé que debería llamarlas de otro modo pero es que no hay otro adjetivo posible.

Me dan tanto asco como imaginar a los Pixies haciendo reggaeton.

Qué cansada estoy de mí misma y de mis actos reflejos.

Y si me hace regalos que no le cuesten dinero



He comido sola en la Facultad de Letras, hacía tanto calor que se me ha derretido un anillo. Me iba a beber una cerveza pero lo he cambiado por un cortado. Un par de pitillos y de nuevo el tren, mientras sonaba alguna de las canciones que me sacuden los ojos mientras el cerebro me centrifuga.

Ha sido un jueves duro. De los de olvidar. Y olvidarse a uno mismo. Y olvidar las estupideces que se dicen con los labios sin pintar.

Es curioso de qué manera te vuelven las canciones al cabo de los años. Cuando escuchaba esta canción -en vinilo, aún- era una tipa pequeña, una tipilla. Y soñaba con los verbos y los sustantivos. Todos sueltos, todos sueltos. Sin conectores.

Y ahora le pongo ojos, flequillo y botas para escalar bares, reales. Que quiera matarme y se mate por mí.

Susie Diamond cantaba fumando y yo fumaba cantando



Al final, es ella la que se queda.

Vuelvo a repetirme la frase: que lo importante no es ser la primera, sino la última.

Vueling es indie



Cuando nos saltábamos los semáforos en verde. Cuando nos bebíamos la leche bien fría en invierno. Cuando nos disminuíamos la miopía a fuerza de releer novelas del XIX en la cama.

De aquella época tan sólo conservo la imagen de la mano de mi padre sosteniendo un cigarrillo rubio y Simon & Garfunkel cantando los sábados por la mañana. Los viernes por la tarde entrenando a básquet en el instituto después de comer un bocata de bacon con queso y alguna cerveza furtiva.

A veces me pregunto qué recordaré de esta época.

Posiblemente, el exceso de puntos suspensivos, los círculos polares, millones de frases que terminan donde empiezan y todas las camisetas del verano.

Los gigantes también se hacen pequeños y se emborrachan con champán francés



Cuando estoy cansado de hablar
me siento a comer pétalos de flor
Y no es que pretenda oler bien
Algo hay que hacer para tenerse en pie


Me presentó al sin cara y desde entonces nadie se sienta a mi lado en el tren. Ese asiento se lo reservaré a ella siempre, los días buenos y los días malos.

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