Pienso en esa ciudad y en el poder fascinante que tiene sobre mí



Agosto se agota y me doy cuenta de que en realidad ha pasado más rápido de lo que imaginaba.

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Una hora después retomo esta entrada y no sé cómo continuar porque no recuerdo de qué pensaba escribir. He recibido una llamada de teléfono y he estado chateando con varias personas. Se me ha ido el santo al cielo, como suele decirse, así que no voy a escribir nada esta noche. Simplemente voy a cenar y luego me pondré una buena peli en Filmin. Así es mi noche de viernes, bastante tranquila, para compensar el ajetreado día que me espera mañana.

Elena acaba de enviarme una foto de su bebé, durmiendo sobre una cama enorme, atrincherada entre cojines para no caer rodando al suelo, que para ella es como un precipicio mortal. Al lado descansa su gato pelirrojo, que parece que vela su sueño. La instantánea me ha conmovido, dos cachorrillos durmiendo felices y tranquilos, ajenos a todo lo malo de este mundo. Me ha parecido una imagen hermosa de hogar y ello me hace preguntarme cuál podría ser mi imagen de hogar, la del mío propio. 

Se me ocurre que sería mi desayuno por las mañanas, milimétrico y completo. O mi bici plegada al lado del armario. Las plantas del balcón, cuando han salido las flores. Mi agenda nueva con mi boli preferido sobre ella. Mis anillos y mis chapas. Mi colección de zapatos, cada vez más exageradamente grande. Mi cama blanca con las sábanas recién cambiadas, oliendo a nuevo y a esperanza.

Joder, pues menos mal que no iba a escribir nada hoy.

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