DÍA 7 (una de las más bellas canciones de amor de la historia de la música, al menos para mí)

Qué espantoso es tener una pasión que dicta cada segundo de tu vida y carecer de la valentía moral para desarrollarla (Instrumental, James Rhodes).

James Rhodes cuenta en su libro que, en una de sus estancias de reclusión en un psiquiátrico, un buen amigo le pasó un iPod nano lleno de música dentro de una bolsa de plástico, escondido dentro de un bote de champú (tenía prohibidísimo recibir ciertos objetos del exterior). La música, una vez más, le salvó la vida.

Si no me falla la memoria, creo que el verano pasado una de las monjas me consiguió el Blonde on blonde de Dylan. Aquello fue una salvación y ahora, un año después, vuelvo a él, sólo he tenido que rebuscar detrás de la tercera baldosa de la columna sexta de la despensa y… allí estaba.

¿Por qué lo escucho sólo en verano, en mi reclusión en el convento? Sinceramente, no lo sé. Es un hecho, como que ahora ha de hacer calor y en invierno frío, así de simple.

Hoy me encuentro algo mejor a pesar de que mi recuperación no es todo lo rápida que desearía. He estado documentándome acerca de los efectos positivos y las ventajas que puede tener mi estado actual y creo que voy a aprovecharme de ello. Los puntos que más me interesan son los siguientes:

- Poder ser invisible.
- Atractivo sexual imposible de rechazar.
- Rapidez para desplazarse en vuelo a unos cien kilómetros por hora.

Se me ha ocurrido algo, creo que voy a urdir uno de esos planes adolescentes que tanto me levantan el ánimo. Pensaré en la estrategia y tal vez mañana la lleve a la práctica.



(Confesión: Siempre soñé con una chica que me besara mientras suena I want you en la radio del coche. Que fuera fan absoluta del Blonde on blonde, por supuesto).

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