Todo lo que puedo hacer por ti, mi pequeña Natasha, es cuidarte y velar tus sueños de verano en la ciudad






Hace tiempo me planteé tener un ser vivo en casa para que me hiciera algo de compañía. Sí, es algo tópico, típico y, en cierta medida, egoísta porque es una decisión pensada para aliviar en parte nuestra posible sensación de soledad.

En un principio pensé en comprar un acuario pequeño con un pez pero después me arrepentí porque me dio mucha pereza lo de cambiar el agua, limpiar el recipiente, etc. Además, si me iba de vacaciones o si estaba fuera de casa algunos días, ¿quién se iba a hacer cargo de él? También estaba la cuestión de que me deprime mucho ver a un animal dando vueltas en su acuariocarcel, o sea, que el remedio podría ser peor que la enfermedad.

La semana pasada conocí a Natasha. Nos vimos en Ikea y enseguida supe que la quería llevar a casa, no sé, me causó muy buena impresión, sus colores, su viveza, su aspecto en general. Me dijo que era una Dionaea a lo que le respondí que yo no tenía ni idea de plantas carnívoras, que ella iba a ser la primera.

Creo que mi ignorancia la conmovió porque me miró de una manera muy tierna. 

Mientras regresábamos a casa me explicó cosas acerca de sus cuidados, que necesitaba tomar unas 4-5 horas de sol al día, que no me preocupara por la comida, que ella ya se procuraba moscas, mosquitos, hormigas... Pero que, si alguna semana la caza estaba complicada, me pediría ayuda. Le dije que no me hacía demasiada gracia matar insectos pero me explicó que no era necesario porque se los tenía que ofrecer vivos para facilitarle la digestión, que solía durar entre 15 y 20 días.

Nos quedamos un rato largo en silencio.

Entonces me dijo que me tenía que advertir de algo muy importante para su salud.

- Carol, sobre todo no dejes que nadie juegue con mis hojas-trampa. A la gente le gusta poner el dedo en ellas y ver cómo se cierran pero a nosotras es algo que nos debilita. Cerrar la trampa requiere de un gran esfuerzo y si es en vano, sin comida dentro, nos estresa debido a la gran cantidad de energía que tenemos que emplear en ello.

Le prometí que velaría por su seguridad y que no permitiría a nadie jugar con sus trampas. Creo que se quedó tranquila al oír mis palabras.

Nos fuimos a dormir. Me desvelé a las cinco y pico de la madrugada y me asomé al balcón. Ella tampoco dormía, parecía algo triste. Pensé en lo que me había contado de la gente que toca las trampas para ver cómo se cierran y en el daño que eso le puede hacer.

Me senté en la oscuridad para acompañarla, no le dije nada pero creo que ella supo que estaba allí porque enseguida la vi dormirse algo más relajada.

De repente sentí una punzada en el estómago y me di cuenta de que en ese mismo instante había comenzado a querer a Natasha, mi pequeña planta carnívora. 





 


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