Tu imagen me llegó a las seis menos diez y no pude dormir ni un instante después



Tenía los ojos de un color indefinido, mezcla de marrón y verde aceituna. El pelo negro y liso. La piel tan morena que siempre pensé que sus antepasados tenían que haber sido, como mínimo, de alguna rama zíngara.

Fue la primera chica a la que le dije te quiero -a pesar de no ser la primera con la que salí- es algo que no suelo verbalizar con demasiada frecuencia y que creo que tal vez incluso no se lo vuelva a decir a nadie. La vida te deja estos posos, qué le vamos a hacer.

Por aquella época no existía Internet y nos comunicábamos básicamente mediante SMS. Ella me enviaba estrofas del Descartes de Silvio Rodríguez (me había quedado anclada en los temas de la trilogía) y yo las memorizaba porque no tenía el disco. Recuerdo que mantenía en mi mente las palabras pero no la música porque no conocía aquellas canciones.

Fuimos amantes durante unos meses que recuerdo como una de las épocas más vibrantes de mi vida. Jamás había hecho el amor con nadie de esa manera. Las camas se rompían bajo nosotras y las vajillas se destrozaban en los armarios.

Me quiso de verdad. La quise de verdad. Dejó a su novia legal. Yo creí que se vendría conmigo pero no fue así. Desapareció de la ciudad. De mi teléfono. De nuestras camas secretas. Pero nunca de mis oraciones. Esperé meses. Me consumí. Nadie sabía nada de ella.

El resto es historia.

Compré el Descartes y lloré. Me sabía de memoria fragmentos de canciones que jamás había escuchado. 

Aquello había sido muy grande y hermoso, a pesar del terrible final.

Muchos años después me escribió para decirme que se había casado. Recuerdo que me alegré pero también que sentí una punzada en el estómago.

Ahora sólo es un contacto de WhatsApp que abro de vez en cuando para ver qué foto tiene de perfil y del cual recibo un único mensaje para felicitarme el año nuevo.


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