Hasta que todo te encaje (lo que me he burlado yo de este tipo y mira ahora, cómo me tengo que ver)

Enero es un mal mes, no hay duda. Llevo días tambaleándome y dudando entre quejarme o pasarlo en silencio. Y ahí sigo. Igual es que tenemos a la felicidad demasiado valorada y en cuanto se asoma cualquier tristeza le ponemos una mordaza y nos encargamos de silenciarla.

Dicen que hoy es el lunes más triste del año. Joder, pues ya lo creo. Que sí, que si investigamos saldrá que todo fue un semi invento de una agencia de viajes pero... ¿por qué no? Rendirse a las ecuaciones matemáticas que lo prueban —pseudociencia lo llaman por ahí— es tentador.

Hoy he estado en dos bancos diferentes. En uno de ellos el chico me ha despedido con un beso que me ha dejado descolocada (¿acaso pretendía ligar o era simple peloteo financiero?) y en el otro un ingrato nisiquiera me ha chocado la mano. He sentido un asco profundo por los dos.

Luego me he comido un helado de chocolate y se me ha pasado un poco.

Después, al llegar a a oficina, he leído una carta de una ancianita andaluza que me ha escrito pidiéndome que le encuentre a un antiguo amor de su juventud, de cuando tenía catorce años nada más y nada menos. Para ambientarme y ponerme en situación me ha narrado algunos detalles de su niñez que me han calado hondo...

[...] mi padre murió cuando yo tenía tan sólo diez u once años, no recuerdo. Me pusieron de negro de la cabeza a los pies y a mí y a mi hermana nos cubrieron la cabeza con un velo, también negro. ¡Yo era sólo una niña! Mi madre no lo pudo soportar y perdió la cabeza, no como una loca de atar, no, ella se quedó ausente. Tenía la mirada ausente, el cuerpo ausente, la mente ausente. Mi madre había decidido abandonar el mundo el día en que murió su amor.

Mi tía me quitó el velo negro y me llevó con ella a su pueblo a pasar el verano. Sabía que una cría tan pequeña no podía soportar el peso de tanta tristeza familiar. Y allí fue donde le conocí. Eran dos hermanos, yo me enamoré de uno pero fue el otro hermano el que se había enamorado de mí y me pretendía [...]

Ahí me detuve un rato, deleitándome en el verbo pretender. Ahora nadie lo usa pero a mí me parece de una belleza absoluta. 

Gracias a esa carta me he dado cuenta de que este lunes, este enero, este año o el tiempo que pueda, quiero seguir pretendiéndola


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