Aquí, reconquistándome a mí misma, que es la reconquista más difícil pero también la más agradecida


Un pitillo, Spotify en modo emisora basada en tal grupo y un gin tonic. Con esto puedo ser casi feliz, que la felicidad completa no existe, ya se sabe. Es la hora de pensar en lo que me ha aportado el día, como si fuera la tipa más reflexiva del mundo.

Una niñita de unos cuatro o cinco años se ha subido en el autobús con mi madre. Nada más entrar me ha mirado descarada, yo llevaba gafas de sol y no me he dado cuenta enseguida pero al poco me he percatado de que unos ojos me estaban observando. Entonces la he mirado y me ha sonreído, le he devuelto la sonrisa y nos hemos intercambiado gestos tontos. Me he preguntado por qué le habría caído simpática así, sin hacer nada, sin currármelo. Siempre he creído que los niños tienen una especie de sentido que les hace saber cómo te sientes, aunque no te conozcan, y actúan en consecuencia. Es algo muy curioso que me parece impactante. 

La madre le ha tirado del brazo y se han bajado. Me he quedado sentada, pensando en esa niña desconocida. Y entonces he comenzado a reflexionar sobre la adopción, en todo lo que implica. Hace mucho tiempo me planteé adoptar a un niño y es algo que nunca he llegado a descartar del todo. Algunas personas -poco inteligentes, claro- me han dicho a veces que nunca se puede querer igual a un hijo adoptado que a uno biológico, que la sangre es la sangre y nada tira más que eso. Esos argumentos siempre me han dado mucha risa, de absurdos que me parecen. 

Evidentemente, un hijo que has parido tú debe de ser lo más pero una relación de sangre -no lo olvidemos nunca- siempre surge de una relación de no sangre. Me explico. Conoces a alguien, te enamoras de esa persona y decides formar con él/ella una familia. Ahí surge todo -los vínculos, la sangre- pero nace de una relación con una persona desconocida, que no tiene lazos contigo. Me parece una teoría aplastante de tan cierta.

Por eso la sangre para mí tiene tan poca relevancia.

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Y cuando se ha puesto el sol me ha dado por pensar en las reconquistas.

Reconquistarse a uno mismo es algo muy bueno. Deberían enseñarlo en todas las escuelas.

4 comentarios:

María 21/9/14 09:32  

Hace unos días me enfadé con una compañera porque le dijo a otra que mis sobrinas no eran de verdad. Le dije, no son de sangre, pero sí son de verdad. Es tan obvio...

Me ha gustado lo de las relaciones de no sangre. Es una explicación perfecta!

Anónimo 22/9/14 10:13  

Seria increible poder recuperar esa parte de inocencia, de descaro, de infancia, esa mirada fija en alguien porque sí, sin mas explicaciones...bueno eso si lo hago,jaja, lo de mirar. Sí, reconquistemonos.


un saludo Sra Blenk
saluditos extremeños

Carol Blenk 22/9/14 13:07  

MARÍA, exacto, es justo eso. El ejemplo que pones de los sobrinos me parece muy adecuado a la idea que quería expresar. Los sobrinos a veces son como hijitos... La expresión "ser de verdad" me ha encantado, hay tantas personas que son de verdad y no nos une ni una gota de sangre a ellas no obstante...

Carol Blenk 22/9/14 13:09  

ANÓNIMO EXTREMEÑO, la infancia siempre me ha parecido fascinante por ser una etapa absolutamente salvaje, sincera y, afortunadamente, sin domesticar :)

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