Del norte al sur en un coche que atraviesa el cielo (y si sobrevivo a esto será casi un milagro)


Hasta hoy no he podido acceder a un ordenador. Los últimos días han sido una locura. La señora Blenk me ha sacado del convento de Toledo y me ha llevado de nuevo, como en los veranos anteriores, al sur. Todo comenzó de la manera más absurda.

Un martes por la noche comencé a sentirme mal, me dolía horrores el estómago. Me levanté de la cama y fui al lavabo a vomitar. Allí me encontré con Sor Encarna, que salía de uno de los lavabos con la cara pálida. Las dos habíamos cenado exactamente lo mismo, lo recuerdo perfectamente porque éramos las únicas que elegimos salmón a la plancha ese día. Una intoxicación en toda regla.

Al día siguiente la señora Blenk estaba plantada en la puerta del convento esperándome con la puerta de su Audi –que sólo conduce los lunes y los miércoles, curiosa manía- abierta.

Sube al coche, Carolina. I can’t stand this situation.

Subí al coche obediente y atónita.

—¿Qué pasa? Oye, no me encuentro demasiado bien del estómago mejor…

Me interrumpió bruscamente como suele hacer.

Oh, come on… Ya lo sé, esas monjas son unas tacañas y os hacen comer esa… esa… oh, shitWe must go to the south right now…

Me cuesta mucho entender el inglés de mi madre y encima, cuando habla cabreada y fumando, es mucho peor, apenas pillo el sentido. Lo único que creí captar fue que las monjas toledanas eran unas tacañas, que no hacía falta que hiciera el equipaje porque se había encargado ella personalmente de hacerme una maleta nueva, y que nos íbamos en ese mismo momento al convento de hace tres veranos. Su preferido.

Me esperaban bastantes horas de viaje con la única compañía de una madre fría y extraña. La misma que cada año me obliga a retirarme a un convento para, según ella, tratar de curar o aliviar mis excesos de imaginación. Yo le sigo el juego porque en el fondo me gusta. Es como una especie de reto, un estar a solas conmigo misma, sin nigún estímulo exterior, aunque siempre busco una forma de burlar la vigilancia y escribir o mandar mensajes a mis amigos. Eso por no hablar de las historias inolvidables vividas los veranos pasados con algunas monjas que aún recuerdo…

—Mamá, ¿puedes parar un momento?
—Ohhh, what happens now, Carolina? Si seguimos a esta media llegaremos antes de la cena…
—¿Es necesario que conduzcas siempre como si alguien te persiguiera?

Se salió de la carretera y aparcó en una especie de descampado propio de cualquier serie americana de esas en las que los narcos se reúnen para hacer el intercambio de mercancía.

Se encendió un cigarrillo sin mirarme y me invitó a uno.

—Hace casi dos semanas que no fumo.
Sorry, dear, olvidaba que en tu retiro jamás fumas.

Seguía sin mirarme, con las gafas de sol puestas.

—Mamá, hoy es mi cumpleaños, los cuarenta.

Pasaron varios minutos en silencio hasta que vi cómo le resbalaba una lágrima por la mejilla.

Encendió un segundo cigarrillo y el motor del coche. Volvimos a la carretera y, tal como ella había previsto, llegamos al convento a la hora de cenar.

PD: Sé que tengo comentarios que contestar, no me he olvidado de ellos, en cuanto pueda volver a tener acceso a Internet los contestaré todos.

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