Chau, Pixies, chau

Los Pixies han tocado a tan sólo unos pasos de mi casa. Según algunos rumores, unas veinte personas fueron el día anterior a pedir un disco dedicado. Qué pocas personas me han parecido pero luego, pensando más en detalle, creo que eran los justos, los que debían estar allí y ya está. Solemos fijarnos en el número cuando, en el fondo, lo que merece la atención es la calidad.

Y yo no he ido a verlos. No he sido capaz de ir a verlos. Nunca he ido sola a un festival, me siento perdida, como una sonámbula que se equivoca de cama. No creo que me arrepienta, hay decisiones que las tomas sabiendo que no vas a equivocarte o que, por lo menos, tienes la certeza de que era lo que en ese momento deseabas hacer.

Hoy no he salido de casa. He dormido fatal porque anoche se me fueron de las manos las cervezas y los amigos, y el alcohol y la amistad a veces son lo mejor para alimentar el insomnio. Como consecuencia de ello, hoy estoy bajo mínimos de tabaco y he tenido que improvisar -o inventar, mejor dicho- la comida: una tortilla de dos huevos con parmesano recién rallado por encima y por debajo de una rebanada de pan de pagès con tomate (visca Catalonia).

Paso revista a lo que he estado haciendo durante el día y soy consciente de que mis actos han sido de lo más adolescente. Jugar a los Sims (tratar de salvar a mis dos personajes de morir, estaban hambrientos, muertos de cansancio y sucios), al Preguntados, ver una película, hablar interminablemente con una amiga por teléfono fijo (sí, algunos aún lo usamos), chatear, tender la ropa, beberme una tónica de pimienta rosa, comer frutos secos y desgastar mis listas de Spotify. Joder, vaya plan. Apuro mis 39. Y me pregunto si algo cambiará en mi vida. Si algo cambiará mi vida. Y si no quiero cambiarla, ¿qué pasará?

Igual me he vuelto una superficial descastada. Es curioso, en tauromaquia los toros descastados son los que no responden a las cualidades de su casta, algo así como los que no son demasiado buenos, creo. Si al final va a resultar que todo está conectado en este gran universo. 

No me voy a poner intensa, que no son horas.

La canción del final la he elegido porque es una fiel descripción de mi estado de ánimo. No me baso en la letra en absoluto, me da igual que vaya de un amor feliz o de las tortugas en Tokio. Es el cambio de ritmo lo que me interesa, un giro excelente, una melodía genialmente conectada. Un diez de canción. Ahora mismo podría ser mi huella dactilar.


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