Al final este post trata de lo jodido que es echar de menos a alguien

Ahora me ha dado por escuchar versiones radiofónicas de películas y/o de novelas. He escuchado dos que me han parecido brutales: Blade Runner y Drácula en la web de RNE. Paso mucho tiempo en trenes, autobuses y vigilando en la calle o desde un café los movimientos de las personas a las que espío, como cualquier detective. Por eso necesito entretener un poco la mente, porque si no se me hacen eternos esos paréntesis de inactividad física. Después, cuando apuro las ficciones, vuelvo a quedarme a solas conmigo misma y trato de no tropezarme demasiado.

A veces, cuando regreso algo tarde a casa y apenas entra luz por las ventanas, suelo agacharme a mirar debajo de la cama. Lo confieso con algo de vergüenza, lo admito con el rubor de saber que es un gesto irracional y estúpido. Intento analizar qué es lo que pretendo encontrar o no encontrar allí. Un ladrón agazapado, un lobo, un fantasma o un tal vez un monstruo. Hace mucho que no dejo comida para los monstruos pero puede que, como soy algo desconfiada, no termino de relajarme y sigo vigilando los rincones más oscuros de la casa. Nunca hay nadie. Eso me gusta y me tranquiliza. Ayer se lo confesé a una amiga y fue reconfortante porque ella me confesó a su vez que hace algo similar: una ronda por todas las habitaciones de su casa que consiste en entrar, encender la luz y comprobar que no hay ningún otro ser vivo allí.

La echo mucho de menos. Siempre fue mi sobrina preferida y ahora no me dejan acercarme a ella. A veces hago sesenta y tres kilómetros por la mañana, muy temprano, para poder verla tan sólo los cinco segundos que tarda en salir del portal de su casa, darle un beso a su madre y meterse en el autobús escolar. Creen que soy una mala influencia para ella y que ella también lo es para mí. Me desespera pensar que pueda olvidarme, me da una pena infinita y a veces me quedo como un ovillo en el peor rincón de casa recordando su voz y sus gestos pequeños.

Dejará de ser un cachorro y tal vez nos encontremos algún día en una ciudad desubicada, muy lejos de aquí, y mi rostro no le dirá nada.

..................................................................................................................................................................

Tres pitillos y un gin tonic después de escribir lo anterior me doy cuenta de que tengo un hambre de besos increíble -no valen unos besos cualquiera- y de bailar -tampoco me vale cualquiera.



5 comentarios:

Blau 30/3/14 12:17  

Detective, leerte me tranquiliza. A veces, cuando entro en el baño, separo la cortina para comprobar que no hay un monstruo. También me da miedo que mi sobrina me olvide, yo lo tengo más difícil, con suerte puedo verla 2 veces al año. Sobre los besos ya no te digo nada.


Carol Blenk 2/4/14 19:47  

BLAU, te confesaré algo: también miro detrás de la cortina del baño, increíble, ¿verdad? A veces incluso la dejo apartada a un lado para descubrir más rápido a los monstruos ;)

V.M. 4/4/14 12:49  

Seguramente el destino te pondrá en su camino nuevamente...

Sofia Cavas 7/4/14 00:38  

A veces deberías de hacer setenta y pico km para darle un beso en los 5 seg que tarda en bajar del autobús e ir al cole.

Carol Blenk 7/4/14 18:08  

V.M., ya, pero a veces hay que forzar un poco el destino porque si no...

SOFÍA CAVAS, eso es cierto, un beso furtivo y una caricia bien lo valdrían, sí.

Besos mil.

Banda sonora del blog

Las canciones que aparecen en el blog

Follow by Email

Sección reivindicativa

De otro planeta

Carol

La pertenencia, Gema Nieto

Seguidores

Desaparecer