"Ya no me hacen falta galones", qué buena frase, tanto que duele



He vuelto de comer con Elena por una carretera por la que hacía mucho tiempo que no pasaba. He llorado bajo el parapeto de las gafas de sol pero ella, que es muy lista, me ha cogido la mano y me la ha apretado fuerte. No he llorado por nadie, por nada, ni siquiera por mí. No sé por qué he llorado, era una de esas tristezas punzantes, como algunas canciones de La Habitación Roja, que siempre son jóvenes y siempre te cuentan historias de dolor y de penas tremendas. Y te duele, joder cómo te duele ese sol tiránico tras los sucios cristales del coche de Elena, mientras notas el corazón estrujado como una bayeta de cocina, escurriendo agua, que en tu caso será sangre o cualquier otro líquido imposible. Y no le confiesas toda la historia a Elena porque temes el acto de verbalizar, siempre comprometedor, siempre incómodo, aunque a veces necesario. Mentalmente le echas la culpa a las canciones sabiendo que te agarras a esa excusa como quien lo hace a un salvavidas defectuoso, condenado al hundimiento. Sabes que mañana estarás de nuevo de puta madre, que te enfrentarás al trabajo con la ropa impoluta, planchadísima, recién desayunada y oliendo a perfume europeo. No habrá nada, absolutamente nada, en tu aspecto que pueda dejar al descubierto tus flaquezas, y mejor así, porque empiezas a estar harta de que te disparen a matar cuando resulta que tú te mueves por el universo sin coraza ni chaleco antibalas. Recuperas tu ingenuidad y la pierdes tres minutos más tarde y eso, joder, eso, bien sabes también lo que duele porque no es necesario que te restrieguen por la cara que los Reyes no existen, que también son un fraude, uno más, y que los mapas te han sido arrebatados en el peor de los momentos para que tropieces contigo misma, como Audrey, ya sabes, otro día rojo, una vez más, tan intensa como la primera de las primeras. Y puede que la culpa real, la verdadera de todo este momento negro, sea de esos campos insultantemente verdes, que han sido escenario incluso de una película que no piensas ver pero que tal vez acabes viendo porque eres así de imbécil a veces, incluso cuando no te lo propones. Esos campos perfectamente labrados, sembrados de cosechas invisibles, trazados con un pulso magistral, tan perfecto que su aspecto te parece artificial a pesar de que sabes perfectamente que son parte de lo poco real que vas a ver durante el día de hoy. Elena sigue conduciendo y la miras; esta noche no tocará comportarse como una persona responsable sino todo lo contrario, saltándote los horarios, encerrándote en tu tortura adolescente, tan pasada ya de rosca que ni siquiera resulta especial, a tu edad ya no, que no estás en la década de los noventa por mucho que te empeñes. Después de quince copas de vino tal vez aciertes a ponerte el pijama y a desmaquillarte el poco color que te habrá sobrevivido después de tu bloqueo desde las seis de la mañana, hora en la que la alarma te ha sacado de tus sábanas de domingo, impecables. Y sientes vergüenza de ti misma, de tus putos problemas de ham (burguesa) acumulados como el polvo bajo las camas de las casas de los enemigos, de la tuya nunca, porque es algo que no toleras, que tu suelo está tan brillante que podrías derramar sobre él litros de gazpacho para lamerlos después. La vida siempre se abre camino, la vida siempre se abre camino, la vida siempre se abre camino. Cópialo mil veces en el cabecero de tu cama, Blenk, tállalo con tu navaja suiza de imitación para que jamás se borre y se te instale en el disco duro de tus sueños o pesadillas, dependiendo de lo que te toque esta noche.

Y acabo jugando al billar y dando un impulso imposible a una carambola magnífica, tanto que me asusto y tengo que sentarme porque comprendo, al final, al término de este jodido día repleto de tacos y de lágrimas innecesarias pero obligadas, que todo tiene un sentido finalmente: las cinco letras de mi nombre. Uno mismo. Con su reflejo en los escaparates de las tiendas de barrio, esas que tanto me agradan, y que me devuelven mi imagen algo más trillada pero puede que más consecuente aunque siga tropezando conmigo misma en este lunes cruel e interminable. Paradoja de las paradojas.

4 comentarios:

bekiddo 27/2/14 11:32  

La vida siempre se abre camino. ¿Recuerdas que hace poco me lo dijiste a mí? yo sí que lo tallé en el cabecero de nuestra cama...

Carol Blenk 28/2/14 17:41  

BEKIDDO, claro que me acuerdo... No lo olvidemos nunca...

jordim 1/3/14 20:52  

buenos versos.

Carol Blenk 3/3/14 01:35  

JORDIM, gracias, muy amable.

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