Ser valiente no es sólo cuestión de suerte



Un sábado de diciembre te cae una canción del cielo y en ella encuentras todas las respuestas que, sin tú saberlo, necesitabas. Tan sencillo como eso pero tan difícil porque no sirve una canción cualquiera, ha de contener un mensaje, ha de ser nueva y, sobre todo, te tiene que hacer temblar. Esto último es obligatorio.

Una canción hipnótica, extraña, intrigante. Una canción que, dependiendo del momento, te puede saber a copa de vino o a trinaranjus, a jamón del bueno o a galletas de príncipe, a mandarinas o a mango. Una canción que deambula por la cuerda floja, que se mueve sigilosamente de noche como un ejército de soldados preparados para la batalla. Una canción que te salva pero que al mismo tiempo te condena al insomnio. Una canción que te agarra por la cintura y te besa aunque vayas en un tren al trabajo rodeada de gente.

Porque es una canción valiente.

Desde aquel sábado, suena en mi cabeza y en mi casa todos los días.

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