Vivir en el penúltimo día

- ¿Señora Blenk?
- Sí, soy yo.
- Siéntese en la sala B de Barcelona y espere a que le llamemos, por favor.

Así que me voy rápido a la sala B porque queda al final del pasillo, no vaya a ser que me llamen antes de que haya llegado y pierda el turno. Aunque sé que esto es del todo improbable.

Unos minutos después, me llaman y una enfermera andaluza simpatiquísima me da las instrucciones para realizarme la mamografía.

- Agarra la barra amarilla, pon los pies mirando hacia delante, gira la cara hacia este lado y sube la barbilla un poco más...

A mí me da por reír pensando en la situación: llevo sólo unos vaqueros y las botas y tengo el cuerpo totalmente torcido como un cuadro de la época cubista de Picasso, o mejor aún, parezco una sevillana torpe que se ha quedado estática tras la primera (mírala cara a cara que es la primera, etc.).

- Cuanto más te duela, mejor saldrá - me advierte.

Joder, pienso, pues qué bien, a sufrir se ha dicho, todo sea porque se vea nítido y no tenga que repetirme la prueba.

Dos de lado y dos de cara, cuatro momentazos de sevillana semidesnuda.

Me visto y me dice que tengo que esperar los resultados. Evidentemente, me quedo mordiéndome las uñas, como siempre que uno espera el resultado de algo en la vida. Lo peor es que ella sale al cabo de un buen rato, me levanto, me acerco y me susurra en plan confidencia.

- No te asustes pero...

Ya está. La frase maldita que uno no desearía escuchar jamás pero que, fatalmente, siempre está presente a nuestro alrededor.

Me explica que hay que repetir la prueba por motivos de seguridad y otros detalles. Lo próximo es una ecografía mamaria. Así que me trasladan a una especie de sala a media luz en la que me atiende un médico realmente guapo, con un timbre de voz perfecto. No está mal, ya que te han de manosear, al menos que sea alguien con encanto.

Me embadurna de gelatina y apenas respiro. Es mi primera vez y no sé qué he de hacer, si le he de mirar, si he de contestar a lo que me pregunta o mantenerme en silencio. El tipo se hace el interesante y cada vez que detiene el aparatito demasiado tiempo en una zona del pecho me voy al borde del infarto.

Por fin termina. Me pone un papel secante a modo de bikini y pienso que estoy en plan foto moderna. Todo está bien, nos deseamos felices fiestas, nos damos la mano y salgo aliviada de la sala con luz romántica.

Ignoro el tiempo que ha pasado entre la incertidumbre de no saber qué me podría pasar y la certeza de que no tengo nada. Ha sido una agonía. He visto mi vida pasar, como suele decirse. Tal vez soy una exagerada, probablemente sí, siempre he asumido mi mirada hiperbólica sin vergüenza, es lo que hay.

Si me hubieran dado otro resultado habría sido terrible pero lo tendría que haber asumido, como lo asume tanta gente. Cada vez -es curioso- conozco a más personas con algún tipo de problema importante de salud, no los problemas tontos de ham (burguesa) que a veces nos preocupan, yo incluida.

Deberíamos empatizar más con algunas personas que sufren, no estar tan alejados de ellos porque el día menos pensado -un jueves 19 de diciembre lluvioso en Barcelona, por ejemplo- la vida nos puede dar un giro inesperado y difícil de reconducir. Y no es que el tema me sea ajeno, he perdido a varias personas cercanas por motivos muy parecidos, sólo que a veces nos olvidamos de que nos puede tocar el número fatídico.

Cuando he terminado todas las pruebas -había algunas más, de las que aún no sé los resultados- he salido a la calle y caía una llovizna feliz, pero no feliz del todo sino a un cincuenta por ciento sólo. Me he dirigido al metro a coger la línea verde para regresar a casa y he sentido una pena muy intensa en el centro del estómago al no coger la amarilla.

Mientras veía pasar las paradas, pese a todo, como no puedo evitar este sentido del humor detectivesco, he sonreído al reproducir mentalmente el diálogo con la ginecóloga.

- ¿Relaciones sexuales?
- Sí... Bueno, ahora no muchas, más bien pocas...
- ¿Método anticonceptivo?
- Ninguno.

Silencio. Como ya tengo experiencia en el tema, prefiero zanjar pronto mi supuesta imagen de promiscuidad de zorrón.

- Me van las chicas.
- Ah, bien, entonces, ¿ninguna relación heterosexual?
- Ni una.
- Pues oye, mejor para ti, que los hombres son todos unos trastos.

Silencio. Me quedo muerta con su comentario. La tipa tiene pinta de alemana moderna, con el pelo cortísimo, como las uñas, y ningún anillo. Escudriño su despacho en búsqueda de alguna evidencia que niegue su heterosexualidad, como buena detective. No hallo ninguna. Seguimos hablando y nos despedimos con un buen apretón de manos. La duda está servida.


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