"Ara saps que la mort no és morir-te / sinó que mori algú estimat" (Miquel Martí i Pol, uno de mis grandes)


Esta mañana he pasado casi cuatro horas vagando por el cementerio de Montjuïc. No había estado nunca y lo cierto es que no me arrepiento de la visita, es un lugar realmente bello. No iba buscando las tumbas ilustres, aunque me he topado con algunas como la de Isaac Albéniz. Pero lo realmente asombroso de este cementerio (dejando de lado las más de 150.000 tumbas que lo forman) es su ubicación, ocupando la montaña, serpenteando por ella como si quisiera extenderse hasta el cielo.

Hay tumbas por todos los rincones imaginables, y de todos los tipos, desde las más austeras hasta las más deslumbrantes. Nunca me pareció la muerte tan estética como me lo ha parecido hoy. Me sentía como una escaladora silenciosa que sólo se atreve a romper el silencio con el chasquido del encendedor. Las vistas desde la cumbre son impagables, se puede ver el mar, a un lado, y la ciudad, al otro.

He pensado mucho. He sentido mucho. Creo que debería cambiar "mucho" por "intensamente" o "con fuerza" porque es más apropiado.

Me he propuesto seguir la ruta de los cementerios y visitar todos los que pueda.

Uno nunca sabe cuándo va a morir pero yo hoy he decidido que quiero un entierro como en el XIX, mi siglo preferido ya que ahora es posible (aunque quisiera que los músicos también vayan de época).


4 comentarios:

Blau 11/11/13 19:59  

Detective, yo tambiém quiero!
Una vez mi amiga Patricia me invito a una visita nocturna, no pudimos concretarla, pero yo también quiero hacer esas visitas.

Carol Blenk 12/11/13 00:35  

BLAU, absolutamente recomendable, en serio, estuve casi cuatro horas investigando todo aquello y todavía me quedaron rincones sin descubrir. Yo no hice visita guiada, fui por libre, pero si se desea hacerla hay que reservar.

Nuria (Editora con carrito) 29/12/13 22:56  

Voy leyendo el blog con retraso...

En Vitoria hay un cementario en medio de la ciudad, a menos de 10 minutos andando de mi casa, así que durante muchos años pensé que todas las ciudades tenían el cementerio dentro, como un barrio más, hasta que ya en la universidad alguien me dijo: «ah, Vitoria, esa ciudad que tiene un cementario en el centro de la ciudad», y ahí caí en la cuenta de que los cementarios del resto de lugares no estaban tan integrados con el día a día de las ciudades.

El cementerio de pueblo, por su parte, te va a encantar. Hay dos, el nuevo y el viejo. En el nuevo es donde yo seré enterrada algún día (es extraño de explicar, pero tener esa certeza me da mucha tranquilidad) y lo que impresiona más es visitarlo con mi madre y que te vaya explicando tumba por tumba anécdotas de los ya muertos, pero muy vivos en su memoria. El viejo tienes que visitarlo sí o sí algún día. Es un cementerio en ruinas, donde la maleza crece por encima de tumbas y panteones y donde cada vez todo está más hundido. Entre otras tumbas, hay una que lleva el nombre de mi madre, es la de una hermana suya que murió con apenas unos meses de vida y que nació solo un año antes que mi madre. Siempre le pregunto a mi madre si aquello no le impresiona, pero para ella aquello parece tan natural como pelar una patata, algo sobre lo que no merece la pena pensar ni un segundo.

En fin, me enrollaría bastante para este tema, da incluso para un post en Casa Tía Julia, aunque no sé si eso animaría mucho a venir a la gente...

Carol Blenk 30/12/13 02:06  

EDITORA, fascinante, quiero ruta por ese cementerio ya :)

Hambre de tus historias, ¡siempre!

Besazo infinito ;)

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