Agarrarse a uno mismo con los brazos, la boca y los ojos

El verano pasado lo tenía mucho más fácil porque las monjas andaluzas eran más permisivas y resultaba más fácil burlar su vigilancia. Sin embargo, las monjas castellanas no me quitan la vista de encima, les deben de haber contado barbaridades de mí como, por ejemplo, que a la mínima ya estoy fumando o que envío mensajes de socorro a través del móvil.

Puedo afirmar que no he encendido ni un solo pitillo y que no he enviado ningún mensaje. Ni uno solo. Y eso que tengo tres Camel escondidos en el colchón.

Lo cierto es que si ahora puedo enviar este escrito es porque me he hecho bastante amiga de una de las monjas jóvenes, María. Le calculo unos veinticinco años, es pelirroja y tiene la piel llena de pecas. Lo del color de pelo lo sé porque el otro día le asomaba la punta de un mechón. La monja jefa le echó una bronca monumental, por supuesto, y ella abandonó el comedor con la mirada temblando. Crucé mis ojos con los suyos y le guiñé un ojo en plan cómplice. Desde ese momento sé que va a ser mi aliada aquí y eso me da fuerzas porque no me siento tan desamparada como al principio.

Estoy bastante cansada. Ayer me hicieron lijar y pintar toda una verja, acabé de pintura gris hasta las cejas, fue terrible porque el sol me castigaba y ahora no lo soporto. De hecho, es el primer año en mucho tiempo que no piso la playa y que no tomo el sol. Hoy me han dado instrucciones para cuidar del huerto y he estado regando varias matas de tomates, además de limpiar las hojas secas entre otras tareas.

Los domingos no son un buen día para escribir ni para charlar con nadie, son muy nocivos tanto para el emisor como para el receptor del mensaje. No obstante, me arriesgo a enviar esta nota porque posiblemente no conseguiré esquivar la vigilancia ningún otro día, a no ser que tenga mucha suerte.

Estoy más o menos bien. En realidad ésta es una frase bien estúpida, siempre significa que estás jodida, ése es el verdadero subtexto. Ojalá pudiera librarme de los subtextos, de los que dirijo y de los que me dirigen, ya que ambos son peligrosos. Hablar con un único nivel de significado sería tal vez más sano pero, por otro lado, mucho menos emocionante y menos vivo.

A algunos de nosotros nos resulta imposible renunciar a los subtextos porque somos unos perfectos adictos a ellos.

Así que mejor decir que lo mejor está por llegar, como siempre afirmaba mi amiga M. Y agarrarse a eso como a un salvavidas para que pasen rápido estos días y pueda volver a mi hogar.

Me da mucha pena esta canción de Loquillo, ya me entristecía cuando iba al colegio y ahora compruebo que aún me hunde.

Y literatos sabios descifrarán mis rimas
Psiquiatras argentinos lo harán con mis complejos
[…]
Quizás el cuadro que resultará
Te desenfoque mi recuerdo
Te contarán de mí quizás lo peor
Quizás no sé si haya existido.

3 comentarios:

Scarlett 11/8/13 19:22  

Querida Carol:

No sé si te llegará este mensaje al convento, si la monja María logrará esquivar toda la vigilancia respecto al correo. Deseo que sea así. Te diré que a veces he soñado con esa vida tranquila, en el huerto, cuidando tomates; sin subtexto ni contaminación exterior. El mundo, en cambio, sigue abriendo sus ventanas.
Te mando en este sobre un cigarrillo más, por si en una madrugada loca decides fumarte los tuyos.

S.

nieves 12/8/13 14:24  

Y Sor Corazón? Nunca más la vi.
Los subtextos litúrgicos conventuales son muy excitantes...disfrutalos, ¿por qué no?
Saludos
N

Carol Blenk 17/8/13 22:30  

Scarlett, gracias por el pitillo, lo guardo por si acaso aunque de momento he superado la tentación. Lo del huerto es tan difícil pero tan poético...

Nieves, cómo estás? No la he vuelto a ver porque este verano no estoy en el sur sino en el centro. Los subtextos te pueden salvar o... matar.

Besos mil.

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