La mancha negra

El chico que está arreglando el tejado de la casa de mi madre ha llegado hoy muy triste. Le ha contado a la señora Blenk que un amigo suyo se había suicidado. Era panadero de los de toda la vida, de los que nacen entre pan y, dramáticamente, mueren entre él. El pan, que hasta hoy me había parecido algo así como un símbolo de vida, hoy se me ha vuelto como una flecha negra porque me he imaginado a ese chico atravesado por ella.

No nos ha dado más detalles. No era necesario.

He recordado una historia que durante mucho tiempo me tuvo muy triste, porque cada día la tenía presente inevitablemente...

De camino al instituto, siempre pasaba por la casa en la que vivía un pintor. Era una casa más, ni muy alta ni muy baja, más bien vieja, pero sin llegar a estar en ruinas, no destacaba en la calle. Yo no sabía que él vivía allí, me enteré bastante más tarde. Un día, al llegar del instituto, encontré a mi madre leyendo un folleto. Ella se fue a preparar la comida y me senté a leer distraídamente el papel que había dejado. Hablaba de un pintor joven con una espesa barba negra y unos ojos pequeñísimos, negrísimos, pero tal vez los ojos más brillantes que haya visto jamás en una fotografía. Llenos de vida. El pintor sonreía en aquella foto, aún puedo recordar su cara, jamás la olvidaría. Esto lo sé ahora pero entonces poco podía imaginarlo.

La foto se acompañaba de un texto y de varias reproducciones de sus pinturas. Tenía un estilo muy original, no sabría explicarlo, eran dibujos muy sencillos, en blanco y negro, como si dibujara con pluma, algo así. Recuerdo uno que me llamó la atención, era de un mendigo que la daba una flor a una sirena, parece un tema cursi pero no lo era en absoluto. Era precioso y, además, el pintor escribía frases breves bajo cada ilustración y eran todas magníficas.

En el texto se explicaba la historia de aquel hombre, un pintor sencillo que no vivía de su arte pero que seguramente sí vivía para su arte. Por lo visto un día se empezó a sentir mal, como si algo le molestara por dentro, algo invisible, algo lento y profundo, inquietante. Cada día que pasaba se sentía peor, le dolía más, y se daba cuenta de que una mancha negra le estaba creciendo en el interior, como si fuera petróleo grasiento que todo lo mancha. Hasta que llegó una mañana en que aquella mancha se apoderó del cuerpo y de su vida. El pintor se suicidó. En aquella casa por la que yo pasaba cada día dos veces.

Creo que comí menos de lo habitual. Cuando me dispuse para volver al instituto por la tarde, mi madre me dio la basura para que la sacara y vi asomando el folleto del pintor. Lo saqué de la bolsa y lo guardé en mi carpeta.

Al pasar por su casa el corazón me dio un vuelco. Sentí una pena honda y negra, como las de los poemas de Lorca, una pena de gitanos y de juncos. Una pena de sur.

Y así todos los días. Todos los meses. No sé durante cuánto tiempo. Jamás lo olvidé. Sus ojos, los más llenos de vida, vencidos por aquella brutal mancha negra.

Yo era sólo una adolescente pero recuerdo que recé para que jamás, jamás en la vida me saliera una mancha negra como la del pintor.

Ahora hay un kebab en su antigua casa.

He buscado su nombre en Google y no hay rastro de él. Murió antes de Internet y por eso es probable que nunca aparezca en la red.

Esta canción de Rafael Berrio (cuya trayectoria musical merecería también otro jugoso post) me recuerda mucho a esta historia, sin motivo aparente.


2 comentarios:

Carmen 1/2/13 21:48  

vaya. demasiadas manchas negras...

gracias por descubrirme la canción y por contar esta historia.

un abrazo, Blenk

Etcétera 1/2/13 22:31  

Me ha emocionado la historia de tu pintor y su mancha negra. Ojalà pudieras dar con él. No creo que seres así puedan desaparecer sin dejar huella. Busca, busca, detective, tiene que haber dejado algún rastro.
Besos
Etcétera

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