"Y José Tomás paró los relojes del mar"

(Los antitaurinos pueden saltarse el post; el resto, ojalá lo disfrute porque lo he redactado con toda mi emoción, el día después de ver a José Tomás)



Nunca había ido a los toros y ayer fue mi primera vez. En un domingo en el que tal vez sea la última corrida de la Monumental en Barcelona, una tarde en la que “José Tomás paró los relojes del mar”, como ha escrito en su crónica el genial Zabala de la Serna:

Y si muriese el mar que sea en esta arena de Barcelona a los pies de José Tomás. Si quieren degollar la Fiesta, cuánta belleza van a matar. De una sola tacada, pureza, verdad y libertad. Derrochar el talento, los pianos de Larrocha, Alicia, el toreo. El toreo es José Tomás. ¿Por qué os duele tanto? ¿Por qué castigáis el espacio donde el alma vuela como voló ayer en la Monumental? A JT le latió el corazón en las muñecas esta vez. Como la última ola.

Casi 20.000 personas en la plaza, lleno absoluto, ni una entrada disponible. Jamás pensé que sentiría lo que sentí al ver torear a José Tomás. No soy una experta, ni mucho menos, es más, reconozco que no tengo ni idea del arte del toreo pero después de verle a él… hay un antes y un después.

Ese hombre no es humano. Se arrima al toro como quien se arrima a un gato, valiente y elegante, lento y sincero. Ahora comprendo las palabras de la fotógrafa Anya Bartels:

Hace aproximadamente unos doce años vi torear en una plaza de toros a José Tomás. Fue, sin duda ninguna, un momento que marcó mi vida. Hay una antes y un después. La sensación y emoción que me produjo su toreo fue tan profunda e impactante que tuve que seguirle a partir de este momento como aficionada, siempre con la cámara en la mano. […] Desde que José Tomás reapareció el 17 de junio 2007, después de 5 años de haber estado retirado, he seguido prácticamente todas sus faenas y sé que jamás dejaré de seguirle allá donde él toree.

(Ella ha publicado José Tomás. Serenata de un amanecer, un libro impresionante de fotos del torero)

El domingo ella estaba allí, viendo la corrida. Cuando José Tomás dio la vuelta al ruedo, Anya le tiró un pañuelo y él se acercó a a devolvérselo, con dos besos. Me pareció un momento precioso y me sentí afortunada al poder verlo tan cerca.

Qué emocionante el silencio en la plaza, ¿cómo es posible que ni una sola de las casi 20.000 almas se atreva a respirar? Yo no imaginaba que en los toros había tanto respeto, tanto silencio, tanta belleza. Desde luego, ahora puedo afirmar que no te puedes morir sin antes haber visto una corrida de toros. Sobre todo si tienes la suerte de haber asistido a una faena de José Tomás.

Es algo fascinante.

Y nos quieren vender que ir a los toros no es digno de personas civilizadas o cultas. Para mi asombro, la plaza estaba llena de gente de mi edad, de parejas, ¡de un montón de tipas guapas!, de catalanes y catalanas que se expresaban en catalán. Y me entero de que uno de mis poetas preferidos, Pere Gimferrer, ha redactado y firmado su propio manifiesto en defensa de los toros en Barcelona:

Queremos, con ocasión de esta Fira de la Mercé que reunirá a decenas de miles de personas en el histórico coso de Barcelona, hacer un llamamiento a todos los ciudadanos de Catalunya. No sólo a los aficionados, sino a todos sin excepción: taurinos, antitaurinos e indiferentes ante la fiesta de los toros. Queremos recordar a todos los catalanes que con la prohibición de la fiesta de los toros lo que podría ser prohibido es una parte de libertad, es un espacio de libertad lo que todos perderíamos. […] Cada vez que la libertad de alguien se ve negada o limitada, la libertad de todos pierde peso, se debilita, se empequeñece. Queremos recordarlo ante todo a nuestros representantes parlamentarios que han de tomar la decisión: no sólo es la realidad cultural, festiva, tradicional, económica y social de los toros lo que está en juego: es la propia libertad.

Tal vez sea la última vez que se abre la Monumental. Tal vez sea la última vez que hayamos podido sentir latir a José Tomás en Barcelona. Una pena.

Y hoy me apetece volver al gran poeta, y así recordar unos de los versos de la elegía más estremecedora de la literatura española (y universal, me atrevo a escribir):

No se cerraron sus ojos
cuando vio los cuernos cerca,
pero las madres terribles
levantaron la cabeza.
Y a través de las ganaderías,
hubo un aire de voces secretas
que gritaban a toros celestes,
mayorales de pálida niebla.
No hubo príncipe en Sevilla
que comparársele pueda,
ni espada como su espada,
ni corazón tan de veras.

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