Siempre me quedará Silvio

Ayer volví a la ferretería a reclamar por la copia de la llave que me hicieron la semana pasada. Está defectuosa y no abre. Me hicieron una nueva y regresé a casa a probarla. Tampoco funcionó. Volví a la tienda, algo cansada de tanto camino, y de nuevo retocaron la llave. Aún no la he probado, lo haré mañana.

Siempre me ha fascinado que se pueda hacer copia de una llave cualquiera, será más o menos cara, más o menos sofisticada, pero siempre se puede duplicar.

Debería escribir un cuento. La chica que va de ferretería en ferretería intentando que le hagan una buena copia de la llave de su casa. De ciudad en ciudad. Día tras día. Y tal vez el tiempo iría pasando y ella, poco a poco, se olvidaría de dónde está su casa. No recordaría ni la calle, ni la ciudad, ni los vecinos. De tan ocupada que estuvo persiguiendo esa copia, se olvidó de que había dejado la puerta abierta.

Y un día, alguien vio que aquella casa se había llenado de gente extraña que había llegado desde todos los rincones: sacudían su cama, se comían su fruta, destrozaban sus facturas...

A la chica no le dolió todo aquello puesto que no regresó a su casa jamás. Siguió -en vano- buscando el duplicado de la llave.

Quién fuera Alí Babá
Quién fuera el mítico Simbad
Quién fuera un poderoso sortilegio
Quién fuera encantador

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