Soy tan feliz cuando hago de pianista imaginaria...



Ha salido el sol, arrogante y español. Me parece una de las frases más sublimes que he escuchado jamás en una canción. Y que no me toquen ahora las narices los nacionalistasmodernillosprogresdebajaalcurnia. Me parece preciosa esa frase.

Me siento tan completa cuando toco el piano imaginario. Tanto, que a veces me pongo a llorar ante mi público imaginario. Me levanto, saludo con los ojos imaginarios -nunca con la mano- y hago una pequeña reverencia imaginaria para cerrar el concierto.

Siento los aplausos imaginarios sobre los hombros y las voces de algunas personas del público que se alzan, algo tímidas, sobre sus asientos. Esas noches siento una vergüenza imaginaria que me hace desaparecer lo más rápido posible detrás del telón.

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El último concierto, sin embargo, fue un fracaso. No hubo aplausos imaginarios. Ni miradas imaginarias sobre mi rostro. Ni partituras imaginarias. No sé qué pudo pasar. Tal vez equivoqué la partitura o la dirección del teatro. Puede que no fuera vestida para la ocasión, o que se me notara demasiado la última copa de vodka ingerida minutos antes.

El último concierto fue un fracaso porque no fui capaz de ver mi piano imaginario.

Y he sentido tanto miedo que ya no sé si algún día podré volver a tocar.

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